Hoy es viernes, saldré
con mi pareja. ¿A dónde ir? Hay muchas opciones, pero al mismo tiempo son pocas
las que encajan para nosotros, quienes gustamos por un estilo masculino, sin
poses ni exageraciones.
Mientras camino hacia
donde quedamos en vernos, recuerdo que hace muchos años cuando no existían las
libertades de hoy en día había pocas, muy pocas opciones de bares o de lo que
hoy en día se llaman “antros”. Eran los
tiempos en que la cultura homosexual se quedaba encerrada dentro de las paredes
de un tugurio, de entrada discreta, disimulada.
Quizás por el hecho de
que lo homosexual estaba mal visto la gente tenía que ser más discreta, mas
conservadora en su forma de vestir. Los colores de la bandera del arco iris
eran solo para la gente mas obvia y totalmente fuera del closet. El resto teníamos que actuar con cautela,
estar fuera del closet no estaba de moda.
La gente “normal” pensaba
muchas cosas de los homosexuales, los imaginaba personas raras, diferentes,
quizás enfermos, pervertidos, encerrados en su mundo subterraneo de antros
oscuros y sucios. Y como todo lo que es prohibido, atrae, se desea en secreto. Para
nosotros fueron las primeras escapadas a un bar gay. Por fuera no se reconocía,
abría temprano y había poca gente, nada dentro del bar podía hacer pensar que
se trataba de un bar gay. Los meseros eran señores de edad, como en cualquier
cantina del centro histórico, el mobiliario común, simple, sin ninguna
publicidad. Pero por referencias sabíamos que sí lo era.
Así que entramos,
pedimos unas cervezas y esperamos a ver qué pasaba. Iba llegando mas gente,
todos de apariencia común, aunque todos hombres. Pantalón de mezclilla, camisas
informales, bigote, barbas descuidadas, andar firme, ademanes toscos. Y entre
todo esto poco a poco surgían abrazos tímidos, miradas de atracción y uno que
otro beso furtivo.
En algún punto algo
pasó. El closet literalmente explotó. Muchos artistas comenzaron a descubrir
que los gays eran sobre todo una moda. Y lo volcaron a la cultura de las masas.
Lo gay se volvió glamuroso. Los homosexuales dejaron de ser raros y enfermos
mentales a excéntricos, sofisticados, de buen gusto. Los cantantes comenzaron a
adoptar letras alusivas, vestuarios coloridos, bailarines andróginos,
coreografías amaneradas.
Y el closet se abrió
de golpe. Los colores de la bandera arco iris comenzaron a inundar la vida
cotidiana, y con eso llegó una normalización del estilo de vida.
Han pasado muchos
años. El triunfo del movimiento homosexual que buscaba la aceptación de un estilo
de vida es ahora el fracaso del movimiento. El homosexual es hoy una persona más
común y corriente que el mismo heterosexual. Ha perdido el encanto de lo
oculto, de lo prohibido, de lo que incita, de lo que provoca y lo que atrae. Se
ha perdido la originalidad. Los elementos de la bandera homosexual se
encuentran ya en la cultura de masas. Mucha publicidad y productos que no
tienen nada que ver con lo gay han adoptado los colores del arco iris. Surge el
concepto “gayfriendly”; lo nuevo, lo inn ya no es solo lo gay, es lo queer. En
la lucha por el reconocimiento y aceptación de los derechos de los
homosexuales, estos han perdido su identidad.
¿A dónde ir hoy? Creo
que mi pareja y yo seguimos siendo conservadores en este sentido. Buscamos un
sentido de identidad masculina, porque somos hombres y nos sentimos bien como
hombres. Hoy los antros lucen coloridos, se anuncian, son extrovertidos, y por
lo mismo, demasiado obvios, sin ese halo de lo prohibido que los hacía
atractivos años atrás
Llego junto a mi pareja,
ya me esta esperando, nos damos un abrazo fuerte, no más. Le platico las cosas
que venía pensando, no puede más que estar de acuerdo. Así que nos dirigimos al
primer bar que conocimos en el centro histórico. Es el mismo de años atrás pero
al mismo tiempo luce diferente. Y aunque aún hay gente como la que conocíamos
en nuestros inicios, también hay mucha gente diferente, con playeras de lycra
ceñidas a cuerpos delgadísimos y pantalones ajustados a la cadera, con un
montón de cintas de colores atados a las muñecas, cejas delineadas, cinturones
en tela con la bandera del arcoiris y voces atipladas. Sin embargo, ya no
sorprenden, no transgreden, no provocan. Si, la diversidad llegó para quedarse,
pero también la pérdida de identidad.
El mesero nos conoce,
nos asigna una mesa, vamos reconociendo a quienes frecuentamos ese bar, quienes
de alguna manera no han cambiado el estilo masculino en el vestir y en el
expresarse. Es irónico, antes nos vestíamos de forma masculina y con un
comportamiento varonil para pasar desapercibidos entre una sociedad homofóbica.
Con la explosión de lo queer, ahora quien lleva un atuendo masculino es quien
llama la atención, quien marca una identidad propia, con elementos que marcan
lo varonil. Un sombrero, una gorra, mezclilla, botas, piel, cinturones, dog
tags, etc. Elementos que marcan una identidad masculina, que nos hacen ser uno
mismo. Y eso es algo que llama la atención no solo a los que nos identificamos
de la misma forma, sino también a quienes son diversos.
La noche avanza, entre
una cerveza y otra, hay gente bailando, cuando de una mesa vecina ocupada por
mujeres, de repente una de ellas se acerca sonriendo y sin decir nada se sienta
entre mis piernas. Es joven, agradable, no esta tomada, es conciente de que me
ha tomado por sorpresa, la abrazo de la cintura y ella pega su cuerpo al mío
mientras comienza a moverse al ritmo de la música. Mi pareja se me queda viendo
sin alcanzar a decir nada. Todo pasa muy rápido, ambos sabemos que es solo un
juego, ella sabe que soy un hombre a quien le gustan los hombres, y sin embargo
me provoca, su cabello suelto roza mi cara, sus manos tocan mi entrepierna. Sus
compañeras de la mesa ríen, y entonces ella se levanta, me planta un beso y se
va.
Creo que es hora de
que mi pareja y yo nos vayamos al hotel. Pagamos la cuenta y salimos entre
miradas curiosas. Salimos a la noche. A la noche que yo amo y que no amanece
jamás.
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