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28 de octubre de 2015

Una de indio

Eran las seis de la tarde cuando llegué al bar, tenía algún tiempo que lo frecuentaba. Entré y busqué con la mirada sin que lo viera, quién sabe si hoy vendría, quién sabe si lo vería. Una de las meseras me reconoció y me indicó con una mano que tenía una mesa disponible, fui y me senté, ella limpió con un trapo húmedo la mesa, me miró y sonrió mientras me preguntaba si tomaría lo mismo, le dije que sí, ya se iba y me pregunto si solo una, miré hacia la puerta, él no había llegado y le dije que sí, solo una. Me llevó mi cerveza Indio y una botana, alguien puso en la rockola una canción, “y volver volver volver, a tus brazos otra vez…”. No era la primera vez que la ponían cuando yo iba, volteé a ver a la rockola pero no vi al gracioso que la puso. Fue hace años que conocí ese bar al cual también hace años que no he regresado.

En aquellos años tuve un problema legal y necesitaba con urgencia un buen abogado. Pero para alguien como yo que no conocía nada de licenciados, encontrar uno bueno me parecía muy difícil, afortunadamente un compañero del trabajo me recomendó visitar a un amigo suyo, este era un abogado muy reconocido por ser bueno en su trabajo, fuimos juntos a visitarlo y sorprendentemente su casa estaba ubicada en una zona muy peculiar. Aunque su casa estaba cerca del centro, muy cerca de una avenida principal de la ciudad, la calle donde vivía conducía a una zona conocida por su peligrosidad,  los antiguos patios de la estación de tren. Hacía muchos años que el tren había dejado de funcionar, y todos los terrenos fueron invadidos y se hicieron asentamientos habitacionales irregulares, era una zona muy peligrosa que todo mundo evitaba, eran frecuentes las notas rojas de esa zona. Sin embargo, la calle por la que entramos era una zona residencial muy tranquila, con casas antiguas, pero cuidadas, al dar vuelta hacia la calle donde vivía el licenciado esta era de un solo sentido pero bastante ancha, con árboles frondosos.

Dimos con la casa, tocamos y salió el licenciado, nos invitó a pasar aunque dijo que tenía a toda su familia enfiestada, se escuchaban risas de niños y música, no quise distracciones, así que le dije que si no tenía inconveniente le podía explicar ahí mismo en la calle, a lo cual accedió. Era una tarde calurosa del mes de Mayo, tardamos un buen rato platicando y exponiéndole mi problema, el tiempo pasó, y ya que estábamos en la calle, comenzó a pasar gente, parecían trabajadores de oficios diversos, me quedé viendo y me comentaron que era la hora en que la gente de los patios de la estación regresaban a sus casas, esa calle iba a dar a la colonia. Mi amigo me dijo que si no quería ir a echarme una cerveza en un bar que estaba más adelante y que es a donde esa gente pasaba después de trabajar.

Por supuesto, no acepté la invitación, lo tome como una broma suya, parecía riesgoso, además en ese momento estaba centrado en el asunto que fui a tratar con el abogado, pero si me quedo la idea de alguna vez visitar el bar. Estuve pensando varios días en esa calle y un viernes decidí ir. Me vestí con pantalón de mezclilla, camisa de manga larga arremangada y una gorra, caminé por esa calle en dirección a los patios de la estación. El bar estaba un par de calles más adelante de la casa del abogado y aun retirado de los patios de la estación, era un edificio muy antiguo, las típicas puertas de cantina vieja, el ruido de una rockola al fondo, las paredes cubiertas de loseta marrón medio rota. Entré, había poca gente, nadie parecía fijarse en mí, tomé una mesa, pedí una cerveza y me llevaron algo de botana, además de la bebida servían comida para quienes regresaban de trabajar a esa hora. Quienes atendían eran mujeres, ya maduras, conocían a los que entraban, los saludaban y reían con ellos mientras resonaba la música de la rockola. Lo que estaba observando en el bar era diferente a lo que estaba acostumbrado a ver, no era un bar de ambiente, el tipo de gente que iba era tosca, sin escolaridad y sin modales, el sudor que despedían era fuerte, y aunque yo iba vestido sencillamente, de alguna forma contrastaba con ellos.

Después de algunas cervezas y no ver algo interesante decidí que era hora de irme, el rumbo era peligroso y no conocía las calles, no quería seguir ahí cuando oscureciera. Pasé al baño, un espacio pequeño, gente entraba y salía, estaba orinando cuando llegó un hombre a mi lado a orinar, no quise verle la verga, sentí el peso de su mirada en mí, con temor lo voltee a ver y lo que vi me agradó. Era de estatura algo mayor que la mía, llevaba una gorra algo sucia, la piel quemada por el sol, la barba medio crecida, algo pasado de peso. Nuestras miradas se cruzaron, él no tenía ninguna expresión. Salí rápidamente, llegué a mi mesa y pedí la cuenta mientras terminaba mi última cerveza. Estaba pagando cuando el hombre que había visto en el baño se acercó y me preguntó si ya iba yo a desocupar la mesa porque se quería sentar, le dije que sí y me quise levantar, él me dijo que me terminara la cerveza, que no había problema. Yo estaba nervioso pero su mirada era imperativa, me quedé sentado y tomé mi cerveza, él acercó la suya y me dijo “salud”. Eso me tranquilizó, terminé mi cerveza en silencio, él parecía no verme, miraba a todos lados y a ninguno, no parecía tener ninguna emoción. Hice el intento de levantarme de la mesa pero él pidió dos cervezas y me acercó una. Me dijo que me había estado viendo, que no era de por ahí y que se había acercado a mí para que no tuviera problema, si los demás me veían platicando con él todo estaría bien.

Le agradecí y comenzamos a platicar de su trabajo. Era carpintero, comento que estaba arreglando una casa, pude verlo mejor, tenía nariz ancha, pómulos pronunciados, mandíbula fuerte y manos grandes, aunque tenía barba a medio crecer no tenía vello corporal, excepto en los antebrazos, calculé que debía ser unos diez años mayor que yo, quizá el trabajo rudo lo hacía ver mayor de lo que era. Su plática era sencilla, pero por alguna razón podíamos conversar bien. La siguiente cerveza se la invité yo, la plática no tenía nada fuera de lo común, no había ninguna insinuación, excepto un movimiento de su mano para rascarse la entrepierna, pero cuando lo hacía no me veía, no había tampoco una mirada que insinuara algo. Anochecía y decidí que lo mejor sería irme, pagué y me despedí de él de mano, al hacerlo sentí su mano con callos.

Iba caminando por la calle hacia la avenida principal cuando sentí unos pasos rápidos tras de mí, caminé más rápido y entonces él me alcanzó. Me dijo que también ya se iba, me extraño porque ese no era su rumbo. Le dije que no me había presentado y él me dijo que se llamaba Benjamín. Íbamos caminando juntos y antes de alcanzar la avenida principal, de pronto él me agarró una nalga. Yo volteé a verlo pero él no me miró. Llegamos a la avenida principal y entonces le pregunté si quería ir a otro lado, él me miró de arriba abajo y solo me dijo “está bien”. Tomamos un taxi y nos perdimos en la noche, hacia un hotel que conocía yo, donde no les importaba si quien entraba era una pareja de hombres. En el camino compramos un six de cervezas.

En el cuarto él no dijo mucho, se recostó en la cama mientras encendía la TV y abría una lata de cerveza, solo se agarraba la verga por encima del pantalón. Yo me recosté a su lado, le abrí la camisa y le acaricié el pecho, su piel se sentía dura, tenía un cuerpo macizo, él tomó mi mano y la bajó hacia su bragueta, sentí su bulto duro y lo acaricié sobre su pantalón, luego abrí su bragueta, llevaba un pantalón de mezclilla con botones en vez de cierre, saltó su verga, me gustó, era morena y de buen tamaño, el glande era del mismo color que sus labios, acerqué mi boca, tenía un olor fuerte pero excitante, me puse a mamarla. Él se bajó los pantalones, yo me quité mi ropa. Quise besarlo pero el hizo la cara a un lado, me dijo que no le gustaba besar y que además ya le había mamado la verga. No dije nada y seguí con lo mío, luego me dijo que quería que me sentara en él, quería que yo mismo me fuera clavando su verga en mí, que yo solo me fuera ensartando en él. Así lo hice, aunque me costaba trabajo yo mismo iba controlando el dolor, cuando de repente él me tomó de la cintura y arqueó su cadera hacia arriba penetrando totalmente en mí. Grité de dolor, quise zafarme pero sus fuertes manos no me dejaron, me dijo “tranquilo, ya pasará”. Pero el dolor no pasó tan rápido como esperaba, sin embargo poco a poco me fui acostumbrando y fui iniciando el sube y baja, él me soltó y puso los brazos sobre su cabeza. Con más soltura cambié de posición mis piernas y me puse en cuclillas sobre él subiendo y bajando, el rango de movimiento era más amplio, su verga casi salía de mí para de un golpe entrar toda, mis nalgas golpeaban sus huevos. Así, sin que él se moviera de repente sus piernas comenzaron a tensarse, apretó el abdomen y eyaculó entre gemidos mientras yo me masturbaba para venirme después que él.

Nos fuimos a bañar, él se metió primero a la regadera y luego yo, después nos quedamos recostados en la cama mientras tomábamos otra cerveza, ambos estábamos más relajados, yo le acariciaba el cuerpo mientras él se iba quedando dormido, así yo también me quedé dormido. Me despertó de madrugada, me dijo que ya estaba por amanecer y tenía que irse, le pregunté si era casado y me dijo que no pero que tenía que ir a trabajar, olvidaba que yo no trabajaba los sábados pero él sí. Nos vestimos y le pregunté si tenía un teléfono al cual pudiera hablarle para vernos otro día, me volteó a ver con cara inexpresiva y me dijo que cuando quisiera verlo lo buscara en el mismo bar donde lo había encontrado. No le dije nada, salimos a la calle donde caminamos a la esquina, ahí pasó su camión, no me despedí de él, sabía que no volvería a verlo pero él me dijo: “búscame”. Fue todo y se subió al camión.

Pasó el fin de semana, volví a mi rutina habitual, él me había gustado y la había pasado muy bien, pero lo más seguro era que no volviera a buscarlo. Sin embargo me descubría a ratos pensando en él. Al cabo de dos semanas, un viernes volví al mismo bar. Eran las seis de la tarde, había poca gente, la mesera de la primera vez me reconoció y me llevó a una mesa, me preguntó que tomaría y le dije “una cerveza Indio”. Pasó una hora cuando llegó Benjamín, se detuvo en la puerta un momento y al verme fue a mi mesa. Me saludó de mano como viejos conocidos y me dijo “tardaste en venir”. Yo me puse nervioso, le dije que había tenido trabajo, pero me interrumpió, “no importa”, me dijo. La mesera vino y le preguntó que tomaba, pidió lo mismo que yo. Estuvimos tomando unas cervezas y luego le pregunté si quería ir a otro lugar, me dijo que sí.

Así pasaba siempre, cada vez que quería verlo iba al mismo bar, a veces él no llegaba y me regresaba solo a mi casa, no sé si llegaría más tarde, yo salía de ahí antes de las ocho. Nunca supe dónde vivía, ni supe su número. Cierta vez llegué al bar más tarde y al entrar vi a Benjamín en una mesa con otro tipo. Ambos estaban platicando, el otro parecía entusiasmado con él mientras Benjamín permanecía distante, sin expresión en su cara. Me volteó a ver pero no hizo ningún gesto, fue como si no me conociera. Me senté en otra mesa, esperé hasta que fue al baño y lo seguí, me puse a su lado como la primera vez, lo miré y solo me dijo: “no pensé que vinieras, ¿se te hizo tarde?” le dije que era por el trabajo, y mientras se sacudía la verga me dijo “´pa la otra nos vemos” y se salió.
  


Ambos salieron juntos del bar, yo me quedé a terminar mi cerveza, la mesera se acercó a preguntarme si quería otra, yo estaba triste mirando hacia la puerta, ella me volvió a preguntar, le dije que sí y cuando me la trajo debió verme los ojos rojos, abrió la cerveza, se paró junto a mí y me dijo: “él es así, no es de nadie, puedes estar con él, pero nunca estará contigo”. Fue la única vez que me dijo algo así, yo la miré mientras ella iba a atender otra mesa, en la rockola alguien ponía esa canción “y volver volver volver, a tus brazos otra vez…”

Por: Martín Soloman




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