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20 de abril de 2016

Promesas rotas

¿Cómo sabes que una persona es el amor de tu vida? Piensen esta pregunta por un momento, y la respuesta que se den a sí mismos, siempre será frágil, no importa si no lo creen en este momento, porque al paso del tiempo lo que vivan con esa persona puede volverse una mentira. Lo sé ahora que ya no estoy en condiciones de iniciar relación alguna, más que por lo que pueda ofrecer de forma material, en este punto de la vida el amor es solo un concepto sin traducción en la realidad, es solo una palabra que perdió su significado en los tiempos más lejanos de mi juventud.

Por lo tanto, esta no es una historia de amor, no sé incluso sí es una historia, o solo un conjunto de reflexiones sueltas que no llevan a ningún lado, como la vida que he intentado construir y que no me ha llevado a ningún lado en todo este tiempo. Hace muchos años lo conocí, en aquél tiempo yo recién acababa de llegar a los treinta años, había tenido varias experiencias en el medio mientras que él estaba ya cercano a los cuarenta años, con más experiencia en el camino que yo, el inicio fue como el de muchas parejas que inician una relación, nos sentimos atraídos mutuamente, comenzamos a salir y al cabo de poco tiempo nuestra atención se centró solo en nosotros, ambos éramos fuertes, yo tenía algunos años en el gimnasio y él tenía un trabajo que le hacía tener un cuerpo firme aún sin haber pisado nunca un gimnasio. Con el paso del tiempo dimos paso a una relación de pareja, y creo que no lo hacíamos tan mal, de hecho nuestros amigos nos decían que hacíamos una buena pareja, ambos en una buena edad para iniciar una vida juntos.

Poco después de un año de conocernos comenzamos a vivir juntos en un departamento que me traspasaron el cual poco a poco se fue llenando de nosotros, de nuestra vida, los modestos muebles los fuimos adquiriendo de uno en uno, las sillas y mesa de plástico iniciales fueron sustituidos por unos de madera firme, un pequeño bar, una pequeña cocina, no necesitábamos más, solo ocupábamos uno de los dos cuartos y en el otro almacenábamos cosas. En vacaciones siempre viajábamos y nuestro primer viaje fue a Vallarta, después fuimos conociendo otras playas, y así fue pasando el tiempo…

¿Cómo sabes que alguien es el amor de tu vida? Cuando pensé en esa pregunta lo miré a los ojos y le dije “sé que tú lo eres porque quiero envejecer a tu lado”. Me dijo que pensaba lo mismo, a veces ambos bromeábamos de cómo nos veríamos de viejos, peleando por trivialidades de la vida cotidiana, pero dentro de esa imagen y aún con las fuerzas disminuidas ambos nos visualizábamos juntos. Cierto día él comenzó con dolores de cabeza, al cabo de un tiempo ya no eran normales y fue al doctor quien le ordenó una tomografía. El resultado era que había unas manchas en el cerebro que podían ser coágulos, la situación era seria, fue internado casi de inmediato.

En ese punto no pude seguirlo, en su casa no me conocían, en los años que llevábamos viviendo juntos jamás me había invitado a su casa, a su familia ni les había hablado de mí. Así que no tuve forma de seguirlo, su evolución la fui siguiendo por los mensajes de celular que me enviaba a escondidas ya que tenía prohibido el celular en el hospital. ¿Y si lo operaban? ¿Y si…? Pero un día me dijo que había respondido bien al tratamiento y que no era necesaria una operación, que en pocos días lo darían de alta. Así fue, estuvo en casa de su familia algunos días más y al poco tiempo regresó conmigo, un poco más delgado pero con buena apariencia. Pero algo cambió en él, poco a poco dejó de ser la persona equilibrada que había sido hasta entonces, a veces divagaba o se interrumpía a media frase y luego olvidaba de lo que estaba hablando, y algunos otros cambios físicos que le provocaban torpezas en lo que hacía. También en cuanto al consumo de alcohol ya no aguantaba tomando la misma cantidad de antes y ahora con muy poco se ponía violento,

Cierto día que estaba cambiando un foco del techo perdió el equilibrio de la silla donde estaba y cayó al piso. A raíz de este episodio fue a dar al doctor quien le ordenó una serie de estudios de los cuales no me enteré sino hasta tiempo después. El resultado era que había comenzado a tener secuelas que poco a poco iban a ir siendo más graves, comenzaría a perder la destreza manual y después incluso podría perder la movilidad de parte del cuerpo, y también podría perder parte de su memoria de corto plazo. Esto no lo esperábamos ninguno de los dos. De pronto todo lo que habíamos tenido hasta ese momento se venía abajo. La forma en que yo lo percibía antes de sus problemas de salud, era diferente. Ahora ante mi estaba una persona distinta, un hombre que ya no podía valerse por sí mismo, una persona limitada, que ya no podía realizar todas las metas y planes que habíamos previsto con anterioridad.

¿Cómo nos íbamos a adaptar a esta nueva situación? ¿Dónde iba a decidir vivir él? ¿Con su familia o conmigo? ¿Qué pasaría con nuestra vida en pareja? Ambos lo platicamos, él me dijo que se sentía bien y que muchas veces los doctores se equivocan, así que seguimos viviendo juntos. Quisiera decir que vivimos felices para siempre, que esta historia tiene un final feliz, que el diagnóstico estuvo equivocado, que nos apoyamos hasta donde fue posible, pero la realidad nos alcanzó de forma implacable. Las cosas cotidianas fueron complicándose, alguna vez al llegar al departamento éste estaba lleno de humo por algo que había dejado cociendo en la estufa, no se había dado cuenta que no la había apagado y había salido, el agua se había evaporado y el interior se había comenzado a quemar, todo olía a quemado, por suerte no pasó a mayores. Él me dijo que pensó que había apagado la estufa, por las noches comenzó a presentar episodios de incontinencia urinaria, y así las cosas se fueron agravando. Comenzó a perder la movilidad de una parte del cuerpo, ya no podía quedarse solo pero yo no podía estar ahí por mi trabajo, prácticamente estaba fuera todo el día, y al llegar ambos nos enfrascábamos en discusiones llenas de reclamos.

¿Hasta qué punto se pueden sostener las promesas? ¿Hasta dónde debemos guardar la fidelidad a la pareja… y a nosotros mismos? Más cuando ambos conceptos van en diferente sentido, como si los trenes en que viajaba el deseo se hubiesen descarrilado y estuviesen a punto de caer en un barranco sin fondo. Poco a poco nos fuimos cuestionando cuánto dura el amor “para siempre”. A veces después de discutir nos quedábamos viendo a los ojos en silencio, buscando aquello que nos hizo enamorarnos hacía algunos años, y por más que buscábamos no encontrábamos ya aquellos motivos. Pero en esto había una parte egoísta, quizá el más egoísta era yo, porque tenía todas mis capacidades, porque aún tenía una buena edad, porque de pronto ya no podía salir a ningún lado, viajar se volvió prohibitivo, descuidé muchas cosas, incluso el gimnasio, dejé de lado muchas cosas que inicialmente había pensado en hacer juntos “cuando ambos envejeciéramos”… y la vida nos había puesto a ambos a vivir en circunstancias totalmente diferentes.

Yo quería salir, de pronto el lugar donde vivíamos se había vuelto algo que me ahogaba, no podíamos incluso ni ir al cine, ni compartir siquiera una lectura de un libro, él requería ayuda para moverse, ya no podía salir a la calle solo, cuando iba a visitar a su familia lo llevaba a tomar el camión, yo seguía sin poder conocer su casa. Lo veía más delgado, había dejado de trabajar como lo hacía y su cuerpo lo resentía, su fuerza no era la misma, incluso había cambiado la forma de tener intimidad, y a la par que su cuerpo se erosionaba rápidamente también lo hacía nuestra frágil relación y así se rompían nuestras promesas. Hablamos, tuvimos que reconocer que no podíamos seguir así, y un día que fue a visitar a su familia, ya no regresó. Lo busqué por teléfono y hablamos, me dijo que iba a estar mejor con su familia, que hacía tiempo le costaba mucho esfuerzo estar conmigo, que la mayor parte del tiempo estaba solo y que yo no veía sus necesidades, que muchas veces ni lo escuchaba, centrado únicamente en mis propios deseos egoístas, que hacía tiempo había hablado con su familia y que lo esperaban, me deseo suerte y que ojalá pudiera encontrar con quién llevar a cabo todos los proyectos que nosotros ya no podríamos nunca realizar.

Fue la última vez que hablé con él, las sucesivas llamadas que hice para preguntar cómo seguía no fueron contestadas. Tuve una mezcla de sentimientos, por un lado la preocupación por saber cómo se encontraba, pero por otro lado la sensación de libertad, y no saber qué hacer con ella, de repente me sentí como un adolescente que tenía el mundo por delante. Durante algún tiempo el departamento se veía sombrío, era raro llegar y verlo a oscuras, abrir la puerta y que estuviera en silencio, con todas las cosas tal y como las había dejado, y hacerme cargo de mí mismo. A veces comía cualquier cosa, a veces salía, poco a poco cambié las cosas de lugar, cambié colores, y así como la pintura iba cubriendo los muros, así también iba cubriendo el recuerdo de quien alguna vez compartió mi vida, mis sueños, mis ilusiones. En el piso quedaban rotas las promesas que nos habíamos hecho, mostrando la fragilidad de lo que decimos, de lo que comprometemos, cuando la realidad nos alcanza y nos confronta con nuestras propias creencias.

Pasaron los años, muchos más, gocé de mi libertad, tuve muchas aventuras, hoy sé que ya no soy deseable, mi pelo es cano, curiosamente fue en mis genitales donde primero aparecieron, mi cuerpo quiso resistir el paso del tiempo pero fue vencido, he comenzado a envejecer sin nadie a mi lado. Hace algún tiempo he ido al doctor y tengo problemas con el funcionamiento de mis riñones, me dice que es por mi costumbre de mezclar medicamentos con alcohol, mi presión no anda muy bien tampoco, he comenzado a preocuparme, y no tengo a quién decirle lo que me pasa. De pronto el tiempo se me ha venido encima, de alguna manera en las últimas semanas he pensado en él, nunca supe qué fue de él, me involucré en un ritmo que me facilitaba no pensar en el futuro, me gustaba escuchar los halagos de quienes buscaban algo inmediato de mí y hoy nadie de ellos está aquí, por lo menos para escucharme, para tomar un café, o para preguntarme “¿Cómo estás?”. Y ahora estoy envejeciendo, me encuentro solo, la cama es muy grande y fría y solo recuerdo lo que nos decíamos en esas noches cuando compartíamos la misma cama y nos mirábamos a los ojos entre la penumbra de la noche y le juraba ser el amor de su vida… “sé que tú lo eres porque quiero envejecer a tu lado”…


 Por. Martín Soloman






6 de abril de 2016

Si eres Vih negativo, lucha por mantenerte así.


El 9 de junio de 1966, en Ponce, Puerto Rico, nació un niño negro, homosexual y puertorriqueño. Mis padres tuvieron intentos anteriores, del que nació una niña, pero murió a los pocos días de nacer. Esperaban la llegada de otra fémina que tomara su lugar y entonces llegué yo. Alguien que les iba a cambiar los esquemas más que cualquier niña, alguien que alborotaría sus creencias religiosas católicas y sus principios morales. Después de mí no habría continuidad de nuestro apellido, no habría nietos, ni novias. Mis sentimientos homosexuales precoces trajeron desasosiego; mientras que yo me debatía con paso tranquilo entre la incertidumbre de los demás.

La adolescencia trajo mi primera experiencia sexual y no sabía sobre las Enfermedades de Transmisión Sexual. Por lo cual, contraje algunas. En esta época, se prohibía hablar sobre la sexualidad. Cuando aprendí sobre el VIH, tenía mucho miedo a la enfermedad y también a las personas con la enfermedad. Fue impresionante como los cuerpos se secaban, los pómulos se afilaban, las caras se apaisaban y una especie de tristeza gris sitiaba el ánimo de las víctimas hasta su muerte. Me sorprendió mucho también ver el rechazo de las familias de los afectados y la soledad a la que se le enviaba. Mientras tanto, yo brincaba de cama en cama, ignorando totalmente la posibilidad de que pudiera ocurrirme a mí. Me sentía invencible y mis amantes tenían buen aspecto, lo cual reforzaba un falso sentido de seguridad.

Después de muchos contactos sexuales conocí al que pensé que sería el amor de mi vida. Esta persona me enamoró de tal manera que, al cabo de poco menos de un mes, me mudé a su casa. Él me preguntaba siempre si sería yo capaz de aceptarle a él con el llamado: “paquete completo”. Desconocía qué pudiera tener un paquete completo, pero acepté porque nunca imaginamos que los regalos puedan tener espinas.

Mi novio y yo éramos una pareja perfecta. No usábamos protección porque todo era amor mutuo en carne viva. Con tanta intensidad lo vivimos que la duración de la relación no se alargó más de cuatro meses. No sé qué se hizo del famoso “paquete completo” ni me lo pregunte, pero por lo visto me lo tragué, estaba dentro de mí, mientras que el “regalador” desapareció de mi vida tan pronto como su cometido pareció haberse cumplido.

Reconocí ese algo que vibraba dentro de mi cuerpo, era algo irreconocible, extraño, una especie de malestar en mi cuerpo. A pesar de que la depresión por la ruptura empecé a tener mareos y sudores nocturnos. Note que me cansaba más de lo habitual pero no le di más importancia porque no tardaría en enamorarme de un alguien nuevo a quien conocí en una discoteca.

Después de haberle conocido tres meses, surge una nueva relación sentimental con él. Fue entonces cuando me salió un Herpes Zoster. Fui a ver a mi médico con un terrible malestar en la cintura y una infección de oído. Me recetó un remedio para ambas cosas restándole importancia al asunto. Mi compañero estaba preocupado, me llevó a casa y allí me fui mejorando con el paso del tiempo. Al sentir me mejor, ya no pensaba que la infección era algo más serio que solo una infección de oído.

Encontré un buen médico y me instó a que me hiciera la prueba porque siempre venía bien controlar la salud de uno. Era correcto hacerme la prueba. Había estado con muchas personas y había tenido experiencias de riesgo. Me dieron el resultado que era positivo una semana después. La enfermera mostró admiración por mi reacción y le respondí que estaba dispuesto a asumir mis responsabilidades. Me citó para mi primera visita médica y al salir de la consulta empecé con mi nueva vida. Habían pasado pocos minutos desde que había entrado, y sin embargo, sentí que pasó el tiempo que necesita un cuerpo para reencarnarse en otro. Me enfrenté con el embrión que se gestaba dentro de mí. Le hice saber que a mi cuerpo no había sido invitado, le advertí de mi fortaleza, no le di muestra alguna de temor. Le hablaba como el padre que le advierte a un hijo recién nacido después de verle un 666 en la planta de un pie que tendrá que acostumbrarse a ir a misa todos los domingos.

Llame a mi pareja para decirle que tenía que hablar con él. Su reacción fue muy calurosa, me abrazó y me hizo saber que nada iba a cambiar por esa noticia. Afortunadamente, nunca tuve con él sexo sin protección, cosa que era extraña en mí. No obstante, le pedí que se hiciera la prueba. Su resultado negativo me alivió y volví a centrarme en mi propia lucha.

Si tienes la suerte de permanecer negativo, lucha por mantenerte así. Si eres positivo, necesitas fortaleza para aceptar y luchar para seguir adelante.

Yo llevo ya dieciseis años con SIDA y pienso que, aparte de la responsabilidad que me otorgó el virus, dispongo de las herramientas necesarias para ayudar a otros que están en mi misma situación. Soy activista en mi país para los derechos de pacientes con VIH/SIDA, he pertenecido al AIDS Taks Force EMA de San Juan, Puerto Rico, como Concejal y en el AIDS Alliance como adiestrador comunitario. Tengo también un lugar en el Grupo de Planificación Comunitaria para la Prevención del VIH en Puerto Rico representando a la comunidad de Hombres que tienen Sexo Con Hombres. Trabajo actualmente con el Dept. De Salud de Puerto Rico, haciendo las pruebas, llevando educación y encaminando a las personas que reciben un resultado positivo a tratamiento. Soy cofundador y dirijo la Asamblea Permanente de Personas infectadas y afectadas por el VIH/SIDA en Puerto Rico.

Doy gracias a la vida porque mi situación me ha sensibilizado y me ha dado la facultad de valorar cosas que antes podían pasarme por alto pero que están ahí, como un amanecer, la puesta del sol, el desarrollo de mis sobrinos, y de otras, como la oportunidad de mejorar los lazos con mi familia, de ver lo importante que es la figura de mis padres en mi vida y de tomar cada minuto de mi existencia como un nuevo reto.
Invito a que todos hagan lo mismo. Garantizo un resultado positivo. La vida está aquí y hay que luchar por ella.

Adalid Castro Carreras
San Juan, Puerto Rico
(publicado con autorización del autor)
  
De la foto que aparece arriba“…fue hecha para una protesta que se hizo en la isla por la ceguera gubernamental hacia nosotros los pacientes. Fue muy impactante en los medios. Representa también la pobreza que puede tener el hombre en espíritu y como la vida puede llevarte a situaciones que jamás esperabas, entre otras cosas…”