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24 de mayo de 2017

La banda de la esquina

La banda de la esquina
Por: Gabo Ortíz

“Hipnotizándome en silencio
vi flores de plástico
a su paso cayendo
y toda la banda
que está en la esquina
la sigue mirando
tan duros de tiempo” (La banda de la esquina, Enanitos Verdes)

¿Por dónde empezar? A veces, al recordar nuestra historia, nos dejamos llevar por detalles que a muchos les podrían resultar mínimos pero que, a nosotros, nos resultan importantes porque son hechos que marcaron nuestra historia y nuestra personalidad, así haya sido una simple frase, un beso, una noche…

Esta historia es lo que yo considero la base de quién soy, lo que me marcó en el paso de la adolescencia a la adultez, que empezó ahí y no sé en dónde acabará…

Llevaba año y medio viviendo en Pachuca porque ahí fue donde se me dio la oportunidad de estudiar la Universidad y, honestamente, lo disfrutaba, viví primero en una pensión y, posteriormente, renté un cuarto con un amigo heterosexual con el que, con el tiempo, acabé teniendo problemas por nuestra forma de ser, similares y a la vez opuestos así que, al terminar el tercer semestre de la carrera, le avisé que desocuparía su cuarto para vivir, por primera vez en mi vida, solo e independiente y, aprovechando que podía dejar mis cosas en ese lugar, busqué un lugar más apropiado para ese nuevo comienzo, algo no muy difícil siendo Pachuca como es, una ciudad de estudiantes.

Menos de una semana después de haber tomado la decisión de cambiar de hogar, ya estaba instalado en un diminuto cuarto en una de las colonias con peor fama de la ciudad pero que, para mi gusto, era tranquila, me había hecho de una cama cortesía de mi madre, algunos trastes y un mueble para guardar mis libros y revistas, el lugar era un pequeño cuarto en una especie de vecindad con una cocineta y un baño defectuoso y sin puerta que, cada que me bañaba, hacía que se mojara parte del cuarto por tener un mal diseño de salida del agua pero, aún así, yo era feliz de estar al fin independiente, solo y libre como era mi deseo y, casi enseguida, me adapté a esa vida, ir a la escuela, a mis prácticas y llegar a cenar y dormir era mi rutina diaria y satisfactoria.

Todo cambió un par de meses después de mi llegada a ese lugar, no recuerdo bien si ese día no tuve prácticas o salí temprano pero, en lugar de llegar a las 8 o 9 de la noche como era lo usual, llegué como a las 5 de la tarde, un jueves si no me fallan los cálculos y, sin nada qué hacer, decidí recorrer un poco las calles de la colonia, ver qué hallaba de comer aparte de los lugares que ya conocía, quizás buscar un bar o algo donde disfrutar de algo que me apartara de la rutina pero, en lugar de ello, lo que hallé fue algo distinto, un local de paletas y maquinitas en el que, sin nada qué hacer, decidí perder un rato el tiempo sin saber a lo que eso me llevaría.

Algunos juegos del clásico King of Fighters después, noté como, de repente, el lugar se iba llenando de chavos, la mayoría de ellos con pinta de vagos, de desempleados, algunos con olor a thinner que, al igual que yo, disfrutaban de los juegos del lugar pero no sin quedárseme viendo ocasionalmente, riendo y cuchicheando y es que, en ese tiempo, yo solía vestir al estilo darketo aunque sin maquillaje alguno, ya bastante era con saber que era gay como para darlo a entender aún más, en fin, el tiempo pasó y, viendo a esa gente que, de vez en cuando se pasaba alguna cerveza entre ellos y reían a la menor provocación, decidí que lo mejor era irme al desconocer qué tipo de personas eran así que, sin más, me dirigí a la salida del lugar cometiendo el error de sacar un cigarro de mi bolsillo, momento en el cual me vi rodeado por esos desconocidos con el objetivo de cerrarme el paso mientras uno de ellos me aseguraba que, o les daba todo lo que traía o de ahí salía hasta sin ropa así que, resignado y asustado, empecé a vaciar mis bolsillos notando de reojo como dos de ellos, en uno de los aparatos, seguían en su juego sin inmutarse siquiera hasta que, justo cuando estaba por dar mi cartera, el más joven fue derrotado en el juego, algo que me dio una idea, una locura inesperada pero que demostró ser efectiva.

Dado que ya había notado que, a pesar de su aspecto rudo, parecían chavos propensos a la risa, les propuse una reta, si yo ganaba, me dejaban mi cartera, si ellos ganaban, les daba todo lo que trajera y, aunque las carcajadas que soltaron dijeron mucho de sus intenciones, al fin aceptaron y eligieron entre ellos a su competidor, un chico casi de mi misma edad, que usaba una camisa entre abierta que dejaba ver algunos tatuajes, delgado, rubio y chino, nada que destacar de atractivo en él fuera de sus ojos, de un café claro y muy expresivos aunque rojos por la droga que acostumbraba consumir. El juego empezó, la competencia fue reñida pero al final, por suerte o por táctica acabé ganándole ante las risas de los demás, quienes, no tan resignados a perder, se siguieron pasando mis cigarros hasta vaciar la cajetilla pero, de cualquier forma, me dejaron conservar la cartera y retirarme, no sin antes apodarme “el dark” y afirmarme que, cuando quisiera la revancha, ahí estarían, algo que yo, en mis adentros, estaba seguro de que nunca pasaría pero uno piensa una cosa y la vida decide otra, al día siguiente volví a mi casa en las orillas del estado sin pensar mucho en ello, pasé el fin de semana con mi familia y cosas por el estilo y no fue hasta el domingo que regresé a Pachuca cuando volví a encontrarlos pero este encuentro fue muy distinto…

Esta vez, sólo estaban dos de los más de diez que me encontré la primera ocasión, el mismo rubio con el que me tocó jugar y al que apodaban “Zuri” por zuricata y otro al que le decían cubano, por lo moreno, ambos sin camisa y a medio mojar por haberse dedicado todo el día a lavar los carros que pasaban en esa esquina aunque, en ese momento, ya habían concluido con su labor y yacían sentados en la banqueta tomando una cerveza y apenas verme, el Zuri me reconoció y, tras pedirme un cigarro, me invitó a sentarme con ellos y, aunque de principio lo dudé, un segundo vistazo al cubano me convenció de hacerlo y es que era el tipo de hombre que a mí me gustaba, musculoso de trabajo sin llegar a ser marcado, moreno intenso, una barba descuidada y poco profusa y una mirada desafiante que se convirtió en una sonrisa mientras me ofrecía una cerveza del six que yacía a sus pies.

Al poco rato, el resto de lo que ellos llamaban “la banda” llegó ahí, uno a uno se fueron presentando y ninguno se sintió incómodo con mi presencia sino que, por el contrario, me siguieron invitando alcohol y echando bromas mientras pedían saber un poco más de mí aunque siempre fui cuidadoso en no decir mi nombre, algo que no les importó puesto que, para ellos, yo era “el dark” y ya no había cambio, esa fue la primera de muchas noches que pasé junto con ellos bebiendo y fumando, los que yo llamaba “la banda de la esquina” porque era el usual lugar de encuentro aunque era común que, de ahí, partiéramos a otros lados, las maquinitas, las canchas, algunas ferias de otros pueblos cercanos, a todos los lugares en los que pudiéramos divertirnos hasta que…

A los pocos meses de juntarme con ellos, de identificarlos uno a uno y aprender incluso de sus mañas y vicios, noté algo que no estaba bien, los más abiertos conmigo fueron los dos primeros, el Zuri y el Cubano pero este último me atraía considerablemente, su sonrisa blanca con un diente roto por una pelea, sus brazos siempre descubiertos, su costumbre de abrazarme siempre que estábamos juntos y de querer saber más de mí, me dio las señales equivocadas, me empezó a gustar de más y fue algo que no pasó desapercibido para el resto de la banda; me gustaría decir que yo era correspondido pero no fue así, por el contrario, él lo notó de igual forma y, poco a poco, se fue alejando tanto del Zuri como de mí mientras se hacía de una novia para reforzar más su hombría ante los miembros de la banda mientras que yo, del “dark” pasaba a ser el jotito en sus rumores y en sus chistes, incluso frente a mí mismo, las burlas y bromas eran constantes pero me negaba a salir de ahí sin importar el bajón de autoestima que estaba sufriendo por ese tipo de trato, la pertenencia me era más importante que mi propia imagen.

Esto sólo duró un par de semanas, obviamente, las burlas de tener a un gay en un grupo usualmente machista no tardan en hacer efecto y una noche, tomando, uno de los miembros de la banda con los que casi no me llevaba, me empezó a tirar pleito enfrente de todos, ya más de una vez habíamos llegado a los golpes y yo sabía que era dueño de una fuerza considerable estando sobrio, no quisiera pensarlo siquiera borracho y envalentonado por los demás miembros de la banda pero, para mi sorpresa, alguien saltó a mi defensa, el usualmente tranquilo Zuri, el chico al que ni yo ni nadie veíamos entró a defenderme, a decirle que si yo lo ofendía tanto era porque tal vez representaba algo que él no se atrevía a admitir y cosas así, desconozco la verdad en ello pero, de cualquier forma, el otro chavo se contuvo y, desde ahí, ni él ni nadie volvieron a molestarme pero algo más pasó esa noche, el Zuri, un chico casado tontamente a los 17 años, con un hijo en su casa y otro en camino aprovechó esa defensa para pedirme discretamente, una vez solucionado el problema que le demostrara mi “agradecimiento”.

Hasta ese momento y como ya dije, nunca me había fijado en él realmente, para mí era un simple amigo y ya pero había algo en su mirada, quizás la tristeza de una vida rápida, quizás el golpe de las adicciones que sufría que, finalmente, me convenció de hacerlo, como pudimos, nos fuimos aparentemente cada uno por su lado sólo para encontrarnos dos cuadras más lejos de la cancha en la que estábamos, en un baldío con algunos paredones a medio construir y en donde se bajó el cierre y, sin más, me ordenó que se la chupara ahí mismo, no voy a exagerar ni nada por el estilo, su verga era de un tamaño normal y algo que, en lo personal no me gustó fue que estaba curveada hacia abajo, lo cual lo hacía más incómodo pero, de todas formas, su mirada lasciva, de placer, me llevó a seguir con mi muestra de agradecimiento hasta que, con una leve exclamación, acabó en mi boca, satisfecho y sonriente, se subió el cierre y sin más, me aseguró que volveríamos a hacerlo mientras se alejaba hacia su calle y yo, tras escupir los restos de semen, regresaba a mi hogar aún un poco mareado por todo lo bebido y sobre todo por todo lo que había vivido esa noche.

A partir de ese primer encuentro, los demás fueron más frecuentes, a veces de igual manera en baldíos y a veces en mi cuarto pero sin diferencia alguna, él simplemente llegaba, se bajaba el cierre y me obligaba a chupársela hasta que terminara, lo más que llegaba a hacer era desabrocharse la camisa y dejar que acariciara su pecho, no había una caricia de parte suya, un beso ni nada por el estilo, para él, en esos encuentros, yo sólo era una boca experta y así me lo dijo en varias ocasiones, algo que, si bien en un principio me hizo sentir halagado, con el tiempo se hizo insuficiente.

Las cosas con la “banda” tampoco andaban bien en ese momento, si bien ya me aceptaban como tal e incluso bromeábamos al respecto, el famoso cubano, una vez mi amigo, ahora me odiaba y buscaba pleito por cualquier cosa, tal vez por lo que se pudo dar entre los dos, tal vez por los rumores, tal vez porque, desde ese suceso, el Zuri, su mejor amigo, me prefería a mí sobre él y, finalmente, una tarde, poco antes de semana santa del 2005, todo estalló, en plena calle, empezamos a discutir, yo ya había aprendido a no dejarme de nadie gracias al Zuri y, tras una de sus ofensas, nos agarramos a golpes el cubano y yo y, aunque la diferencia de fuerzas era abismal, no fue hasta que la banda nos separó cuando al fin dejamos las cosas por la paz, yo cubierto de sangre, él sólo con el labio hinchado y aún retándonos mientras nos alejaban.


Tras ese suceso y tras comprobar que yo también estaba adquiriendo sus vicios y mañas, que estaba perdiendo incluso la escuela y que ya no era feliz, me decidí a partir de ese lugar y, una mañana, sin despedirme de ninguno de ellos, así lo hice, conseguí un camión de mudanza y me fui a vivir a otra colonia, a iniciar de nuevo sin el Zuri, sin el cubano y muchos otros que, marcaron mi vida pero, antes de irme, hubo algo más, alguien más…

Por: Gabo Ortíz

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