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24 de enero de 2018

Al filo del amanecer



Hay una hora particular de la madrugada cuando la noche es más oscura, más negra, cuando parece que el tiempo para que amanezca se hace más lento y la oscuridad parece que se puede sentir entre los dedos como si fuera algo viscoso y profundamente negro, ocurre alrededor de las cuatro de la mañana, poco antes del amanecer, cuando la luz del nuevo día parece tan lejana de llegar y todo lo que se ve alrededor es la negrura de la noche.

Era el año 1993, el año en que inicié mi exploración del mundo homosexual y la exploración de mí mismo, trataba de descubrir quién era yo y lo que quería llegar a ser. El auto compacto que manejaba se desplazaba a toda velocidad por las calles del oriente de la Ciudad de México, era de madrugada y me encontraba ebrio, Carlos y yo habíamos salido de una cantina frecuentada por homosexuales, la cual hoy día soy incapaz de recordar dónde estaba, él me había llevado ahí y ahora íbamos hacia el departamento en el que vivía hacia el rumbo de la colonia Obrera, manejaba por calles que no conocía y que eran vías rápidas, veía las luces de los faros de los coches pasar a mi lado mientras trataba de esquivarlos, mi visión era borrosa, las luces parecían dejar una estela al irlos pasando, Carlos iba menos borracho que yo, pero no me decía nada, no daba importancia a eso, mientras me iba diciendo por dónde debía ir. En ese año me encontraba desempleado y después de buscar trabajo sin encontrarlo en mi ciudad, había llegado al DF y una de esas tardes después de fracasar buscando trabajo encontré un cine porno en las inmediaciones del centro histórico, ahí conocí a Carlos, tuvimos sexo fugaz y luego me propuso ir al departamento donde vivía, el cual compartía con otros tres amigos.
  
Tiempo después me hablaron de mi ciudad para ofrecerme un trabajo, me regresé y entré a trabajar en una posición modesta que me daría para vivir en los siguientes años, pero los fines de semana regresaba al DF para buscar a Carlos. Él me enseño un mundo que yo no conocía, me llevó a los bares del Centro Histórico y ese día había insistido en ir a una cantina del oriente de la ciudad. Recuerdo que el ambiente se me hizo muy pesado, los  hombres que estaban ahí parecían reconocer al que no era de esos rumbos y sólo se me quedaban viendo, yo confiaba en Carlos y pensaba que dado que él conocía ese lugar todo iba a estar bien. Las horas iban pasando y las cervezas se iban consumiendo, en algún momento me sentí ebrio y le pedí a Carlos que nos fuéramos, pero él quería seguir divirtiéndose, dado que yo no sabía bailar él se puso a bailar con otros y yo me quedé sólo en la mesa. Lo espere bastante tiempo, pues él era de los que se quedan hasta el final y así fue, salimos cuando estaban por cerrar yo creo que ya ni podía caminar derecho, no sabía si podría manejar pero Carlos me dijo que estaba bien, que yo era chingón, que podía y comencé a manejar rumbo a donde vivía. Las luces de la ciudad iluminaban las calles, arriba la oscuridad de la noche abrazaba la gran ciudad.
  
Carlos era una persona que sólo vivía para el momento, un día podía estar conmigo, al día siguiente con quien le prometiera otra cosa, por lo menos por ese día. Quizá su único talento era que sabía ser un buen pasivo, quiero decir que era de apariencia y comportamiento varonil, tenía buen sentido del humor y sabía hacer algo que yo no, sabía venderse bien, y sabía sacar provecho de ello, siempre buscaba divertirse, sin importar el mañana. Esa ocasión, fue la única vez que he manejado completamente borracho en una ciudad que no conozco, sabía que podía chocar en cualquier momento, él también lo sabía, y no le importaba, la noche había sido lo suficientemente divertida, el auto zigzagueaba mientras la promesa de un buen sexo me esperaba al final del camino. Poco tiempo después, un día, simplemente no volví a buscarlo. Estoy seguro que no me extrañó, siempre había alguien nuevo por conocer, había mucho que conocer del “ambiente”, conocer a otras personas, dormir en otras camas, probar otros cuerpos, los años fueron pasando.
  
Era una noche cualquiera del año 2013, acababa de pasar la caseta de Tlalpan y manejaba en medio de la fría noche hacia Cuernavaca, las luces de los faros rasgaban la oscuridad de la noche mientras mi pareja con la que tenía varios años venía a mi lado dormitando, ebrio, despreocupado, regresábamos después de haber estado toda la noche en algún club de encuentros sexuales, donde teníamos por costumbre asistir frecuentemente. Iba tomando un red bull y momentos antes había tomado un par de cafiaspirinas para no dormirme durante el camino de regreso, aunque no venía yo tomado la hora en la que veníamos era muy pesada para mí, no era el joven de veinte años antes que podía aguantar las desveladas, me daba cuenta que no podia seguir asi, mientras la música de la radio sonaba, yo estaba absorto en mis pensamientos, quería pensar qué hacía yo manejando a esa hora mientras trataba de no dormir, ya era la madrugada del domingo, quizá las cuatro de la mañana, la carretera estaba sólida y el frío entraba al interior del coche. Quizá una desvelada no sea gran cosa, pero todo había empezado desde el viernes cuando mi entonces pareja se había puesto a tomar toda la noche para irse acostando hasta las cuatro o cinco de la mañana del sábado, de tal forma que ésta era la segunda desvelada consecutiva, y tenía que manejar sin que fuera a quedarme dormido en la carretera. Y esta situación con mi pareja se había repetido durante los últimos años.
  
Éramos una pareja abierta y frecuentábamos los clubes de encuentro, diría que éramos sexualmente atrayentes y todos quienes nos conocían en ese ambiente les gustaba eso de nosotros, la parte sexual, la apertura sexual en la relación era vista como sinónimo de madurez en la relación, el hecho de que cada quien pudiera tener sexo con quien quisiera sin que el otro se molestara era algo que admiraban, por lo menos en ese ambiente, eso era al menos lo que todos veían. Al interior la relación ya estaba fracturada. Abrir la relación fue un proceso que se dio muy temprano, y si bien al inicio tratamos de establecer reglas, finalmente se rompieron todas, ya no había reglas comunes, más que las que cada uno se quisiera poner, y mi pareja no respetaba ya ninguna, pero al mismo tiempo me exigía una exclusividad que él mismo no me daba. Y esto no se limitaba a la parte sexual, como persona no había consideración, empatía, todos y todo debía adaptarse a él. Cada fin de semana para mi pareja, eran borracheras hasta vomitar y arrastrarse en el suelo sin poder pararse, yo tenía que andar limpiando en casa sus destrozos o cuidándolo si andábamos fuera, que no le fuera a ocurrir algo malo, aunque eso implicara desvelarme y sin que a él le importara que al día siguiente tuviera que levantarme temprano y tuviera que manejar, con el riesgo de chocar si me quedaba dormido. Pero eso era algo que nadie más sabia, yo suponía que era parte de tener una pareja que le gustaba disfrutar, divertirse.

Mi pareja tenía un horario de trabajo que iniciaba cada día a la una de la tarde, cada día iniciaba para él a las doce del día, cuando se levantaba y terminaba a las cuatro o cinco de la mañana, cada uno de los días de la semana, sin importar que yo iniciara mi día a las siete de la mañana porque tenía que irme a trabajar, mi día tenía que terminar a la misma hora que él, total, al día siguiente él podía dormir hasta medio día. Yo compraba cafiaspirinas como si fueran dulces, el red bull lo compraba por paquetes, y eso era lo que me acompañaba cuando tenía que manejar al día siguiente.

Tres Marías había quedado atrás, iniciaba las curvas que descendían hacia Cuernavaca, las luces de la ciudad brillaban a lo lejos entre la oscuridad de la noche, el frío de la madrugada mordía la piel como cientos de dientes diminutos que se clavaban en la carne, la ciudad de México quedaba atrás, junto con todo lo vivido una noche, atrás quedaban los cuerpos desnudos entre la semioscuridad de un cuarto oscuro, culos, miembros, bocas, semen, saliva, condones tirados por doquier, cuerpos tirados también después de ser usados por algunos momentos, cuerpos sin nombres, bocas sin rostros, es sólo sexo, sin más pretensiones. Cruzo por el libramiento de Cuernavaca hacia mi casa, a mi lado mi pareja va dormido como un fardo, sé lo que pasará al llegar, despertará y seguirá tomando. Si, hay una hora en la madrugada cuando la noche es más oscura, cerca del amanecer. A mi izquierda comienza a aparecer, lejana aún, la luz del amanecer, la oscuridad poco a poco va quedando atrás, en el radio una canción suena, “yo no sé mañana”, volteo a verte por el espejo retrovisor y veo tus ojos negros mirándome inquisitivos, adelante comienza a amanecer, con la promesa de un nuevo día, una nueva vida…

Por: Martín Soloman