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15 de marzo de 2018

En el corazón no se manda


El paso del tiempo suele hacernos olvidar muchas cosas, principalmente aquellas que no tuvieron tanta importancia, sin embargo también olvidamos cosas que fueron trascendentes en nuestra vida, a veces porque son traumáticas. Muchas de esas cosas se van perdiendo, como cuando una fotografía luminosa se va desdibujando y va perdiendo color con el paso del tiempo, así pasa con nuestros recuerdos, sin embargo esos recuerdos a veces se van alterando, tal como cuando se llevan esas viejas fotografías para ser retocadas y adquieren un nuevo brillo y color, así nuestros recuerdos van siendo modificados a base de hacer repasos mentales de cómo nos hubiera gustado que fueran, con nuestras expectativas, con nuestros sueños, con nuestros deseos y todas esas personas que amamos las que se fueron para siempre y que hoy viven solamente en nuestros recuerdos, son renovadas en nuestras mentes y nos producen otras sensaciones, otros sentimientos.

Esa mañana me encontraba como siempre en el trabajo, en el cubículo de oficina que tenía asignado cuando sonó el teléfono, era Emilio, un amigo de Juan Manuel quien sabía todo de nuestra historia y en cuya casa un tiempo nos dio refugio y que era donde a veces, después del trabajo, quedábamos en vernos y pasábamos un rato juntos, nos permitía estar en una recamara, donde podíamos soltar nuestros instintos y fundir nuestros cuerpos desnudos, hasta que la esposa de Juan Manuel descubrió lo que pasaba. Escuché el tono de voz de Emilio, sonaba nervioso, me dijo que tenía que verme, que si podía ir a mi oficina, le dije que sí, no quiso decirme más. Media hora después lo vi cruzar el pasillo hacia donde yo estaba, al verlo noté que tenía los ojos rojos e hinchados, se sentó y me dijo que Juan Manuel había tenido un derrame cerebral el día anterior y que se encontraba en el hospital internado, no reaccionaba, estaba en coma. Me sentí aturdido, como si hubiese quedado sordo, no alcanzaba a entender bien lo que me decía, apenas dos días antes lo había visto, en ese punto ya no éramos pareja, pero seguíamos siendo buenos amigos y nos veíamos de vez en cuando, platicábamos de nuestras vidas y de cómo nos estaba yendo, sencillamente yo no podía creer lo que me estaba diciendo Emilio.

Hacia un tiempo ya, que ambos teníamos otras relaciones, pero creo que en el fondo seguía habiendo el sentimiento que nos había unido durante seis años. Para mí, Juan Manuel era la primera pareja que tuve, para él yo era la segunda persona que consideraba como tal. Aunque cuando nos conocimos éramos aún jóvenes, lo cierto es que yo había iniciado muy tarde mi camino en el proceso de aceptarme, siempre había pretendido ser lo que no era y aún tenía la idea de casarme y tener hijos. Cuando tuve mi primera relación de pareja tenía una edad en la que hoy día muchos ya han vivido lo que yo en toda mi vida hasta ahora, pero para mí eran los inicios de todo, estaba iniciando mi camino en lo que quería construir aún sin saberlo, y había conocido a Juan Manuel, una buena persona, pero era casado, y era muy responsable con su familia. Cuando terminamos no fue porque nos hubiésemos dejado de querer, sino porque yo quería más que sólo momentos, quería una vida juntos, quería pasar las noches con él, pero no podía, pues él siempre regresaba con su familia, así que un día decidimos separarnos. Era como darnos un tiempo, un tiempo que quizá nunca debió darse.

Emilio me dijo que tenía que ir a verlo al hospital, le dije que sí y en ese momento salí con él del trabajo hacia el hospital. ¿Y cómo se supone que debo llegar y presentarme para verlo? No era yo ningún familiar y suponía que su familia estaría con él, ¿Quién era yo si la única persona que me conocía era su esposa y ella sabía quién era yo y la relación que tuve con su esposo? Pero iba con Emilio, eso quizá ayudaría. En el hospital sólo pude verlo desde la puerta de entrada del cuarto donde estaba, había una mujer joven a su lado, no supe quién era, no había nadie más. Juan Manuel yacía en una cama de hospital, tenía un respirador, parecía estar dormido. No pude acercarme a él, hubiese querido estar a su lado y tomarle de la mano y hablarle, decirle que estaba ahí, me di cuenta que había tantas cosas que tenía por decirle, pero no pude hacer nada, sólo lo vi y luego salí de ahí en silencio, mientras las lágrimas rodaban por mi cara. No volví al hospital, no podía, sólo me quedaba esperar a que algo pasara, para bien, o para mal.

Dos días después iba manejando camino al trabajo cuando recibí una llamada al celular, era Emilio, sólo me dijo: “pues ya pasó…”, no había que decir más, dos días había estado esperando otro desenlace, que despertara, que se recuperara, pero eso no pasó, no despertó más. Ese día todo cambio, algo faltaba, ahora había un enorme hueco en mi vida y entonces supe que no lo volvería a ver, que no volvería a hablar con él, y que me había quedado con tantas cosas por decirle, y ahora ya no estaba para que las escuchara, todo lo que no le había dicho por orgullo y que esperaba un mejor momento para decirle ya no podría gritarlo, él ya no estaba más. ¿Por qué llora uno la muerte de alguien que se quiere? ¿Por qué duele tanto? Creo que es por el remordimiento, es lo que nos va consumiendo, y pienso en lo que pude haber hecho por él cuando vivía y que no lo hice, todo lo mal que me porté alguna vez con él y ahora ya no estaba aquí para pedirle un perdón que debí haber dicho cuando vivía.

Más tarde hablé con Emilio, le pregunté dónde iba a ser velado y sepultado, me dio el nombre de la capilla donde al día siguiente sería cremado, me dijo la hora, le pregunté si iba a ir, me dijo que sí, tanto él como su pareja irían. Esa fue la última vez que hablé con Emilio. Creo que Juan Manuel se había cansado de vivir, muchas veces durante el último año me había dicho que cuando él muriera quería que lo cremaran, me dijo que a él le gustaba andar de pata de perro, que quería ser libre y que no aguantaba la idea de estar encerrado en una sepultura, que quería ser cremado para que su espíritu fuera libre y pudiera ir a todos lados. Supe que en su familia y por la religión de su esposa ella se opuso a que lo cremaran, pero fueron sus hijos quienes se impusieron y pidieron respetar la voluntad de él y así fue que decidieron cremarlo.

Ese día llegué a la capilla, su esposa me vio pero no me dijo nada, nunca se acercó a mí y yo tampoco lo hice, me mantuve a distancia y en algún momento me acerqué a su féretro, la tapa estaba abierta, recuerdo que tenía una expresión distinta a como lo conocí en vida, tenía una expresión que me pareció era de sufrimiento, su rostro ya no tenía vida, sólo le dije “perdóname”, y no pude decir más, me ganaron las lágrimas. Su hija mayor se acercó a mí con ojos llorosos, supongo que en ese momento ella ya sabía quién era yo, sólo le dije “su papá los quiso mucho”, ella solo asintió y yo me alejé. A lo lejos contemplé cuando cerraron el féretro y comenzaron el camino hacia donde lo cremarían. Entonces di media vuelta y me alejé, observé a la distancia, me dio gusto que por lo menos su voluntad de ser cremado se hubiese cumplido, pensé para mí que ahora era, por fin, libre, por lo menos en la muerte.

Siempre recordare que durante más de un año antes del momento fatídico, nos veíamos con frecuencia, ya no como pareja, porque tanto él como yo estábamos con otras personas, pero siempre buscábamos la manera de vernos como amigos, esperábamos algo pero no sabíamos qué. Durante ese tiempo él cambió mucho, habló con su familia y les dijo lo que era, ganándose el rechazo de sus hijos, comenzó a pasar más tiempo con su última pareja, cuando le pregunté por qué no hizo eso cuando estaba conmigo durante tantos años me dijo: “no lo hice porque me faltaron huevos”, ahora lo había hecho, pero ya no estaba conmigo. Alguna vez le pedí me perdonara por los problemas que le hubiese hecho pasar con su familia, pero me dijo que no debía decirlo porque eran decisiones que él había tomado, porque “en el corazón no se manda”. Y es verdad, lo supe casi diez años después. Todo ese tiempo después de su muerte, hube de cargar con un sentimiento de culpa, sin que fuera consciente, yo mismo me prometí que mi pareja actual sería la última de la cual debía enamorarme, no quería hacerle daño a nadie más, y si esa relación que ya había iniciado fallaba, no buscaría a nadie más y juro que me esforcé por eso… pero en el corazón no se manda.

Mucho tiempo lo busqué, su ausencia era muy grande para mí, hasta ese momento no había sabido todo lo que Juan Manuel había significado en mi vida, mi primer pareja y la persona más importante que había conocido, pero todo eso no lo supe, hasta que él ya no estaba, y me quedé con tantas cosas por decirle, y las tuve que ahogar. Una de las cosas que yo le había dicho que quería hacer era tener un hijo, él me animaba a hacerlo, siempre lo hizo. Un año, un mes y un día después que él murió nació mi hijo. Lo que pasó después fue un completo desastre en mi vida. Una etapa se cerró entonces, creo que me extravié en el camino. Hoy ya estoy viejo, estoy comenzando a envejecer, él no vivió para hacerlo, murió aún joven, yo tengo otro camino, pero a veces nos encontramos en sueños, siempre lo veo sonriente, en mis sueños él está vivo, ha estado lejos de mí pero está vivo, entonces hablo brevemente con él, lo que el sueño me deja hablar, la última vez que lo vi me dijo que, con quién hoy estoy debe ser alguien especial, quiero pensar que es su forma de decirme que ahora estoy bien, entonces sonríe y yo despierto.

Por: Martín Soloman