“No te desnudes por
completo”, me dijo cuando llegamos al hotel. Cuando lo conocí yo estaba en un
paradero esperando la ruta que me llevaría a mi casa, como cada tarde al salir
del trabajo. Ya estaba oscureciendo, era una tarde calurosa de verano cuando paso
caminando un chavo y me llamó la atención. Su caminar era firme, me gustó su
porte, se veía machín y balanceaba un poco el torso al caminar. Llevaba una
playera de tirantes, se le veía buen brazo y en uno de ellos llevaba un tatuaje
que le rodeaba el bíceps. Me volteo a ver un instante y siguió caminando,
cuando había avanzado algo le chiflé, dio unos pasos, volteó a ver y ya no se
fue. Vino hacia mí con una gran sonrisa, como si me conociera de mucho tiempo y
me saludó de mano. Ese día solo platicamos, quedamos de vernos para el fin de
semana.
Después de varios días
de vernos esa primera vez repasaba mentalmente lo que me había gustado de él y
aunque me esforzaba me costaba trabajo recordar cada detalle de su rostro. Nos
vimos el sábado, distinguí su forma de caminar a lo lejos, una forma
característica que lo distinguía, con una playera similar que dejaba ver el
tatuaje en su brazo y en el otro brazo en vez de reloj usaba en la muñeca un
brazalete en piel color café. Tenía un cuerpo macizo con unas piernas fuertes y
una espalda ancha. Yo iba de mezclilla y playera, fuera de la formalidad del
trabajo de la semana. Nos encontramos, nos reconocimos y estuvimos platicando
un rato. Luego fuimos a un bar hetero que el sugirió como muy discreto, medio
vacío a esa hora de la tarde y con un montón de caricaturas colgadas en la
pared, de hecho el bar se llamaba “La Caricatura”. Me dijo que él era casado,
se había descubierto bisexual y que “le gustaba el desmadre”. Trabajaba en la
distribución de una marca de cerveza, cuando aún las dos cerveceras del país
eran mexicanas. De ahí se le había formado el cuerpo que tenía y la forma de
caminar. Sacó una gorra, tenía el logotipo de su trabajo y me pidió que me la
pusiera, me dijo que era su regalo para mi.
Hasta entonces yo no
usaba gorra, no estaba tan popularizado, pero me la puse porque me sentí en
confianza y quería agradarle. Claro que pedimos cerveza, de la marca Victoria,
una cerveza que en aquel tiempo era mas bien para albañiles. Tomamos y
platicamos para conocernos más y después fuimos a uno de los hoteles de paso de
la zona de moteles de la ciudad, escogimos uno que parecía discreto, aunque
todos los moteles lo son pero a la vez no. Pagamos y subimos las escaleras para
entrar en un cuarto amplio, con una gran cama al centro, la televisión y el
baño muy amplio, con un tocador con un par de condones, dulces de menta y un
gran espejo al frente de la cama. Ahí estábamos, y comenzamos a desnudarnos
poco a poco, hasta que me dijo “no te desnudes por completo”. Eso me
sorprendió, hasta entonces y para un encuentro sexual yo siempre me desvestía
por completo, pero esta vez él me detuvo, parecía que no llevaba prisa y
comenzamos con el preambulo con el pantalón puesto. Cuando se lo quitó llevaba
puestos unos boxers. Siempre he pensado que los boxers son poco sensuales para
un encuentro sexual, pero a él le quedaban muy bien, sobre todo por lo grueso
de sus piernas, le quedaban ajustados y le hacían resaltar los glúteos firmes.
Al final él se quedó con el brazalete de piel puesto y unos tines blancos, a mi
me pidió que me quedara con la gorra puesta, lo cual al inicio parecía incomodo
pero el buscó la forma de que siempre la tuviera puesta.
Apagó la luz, hicimos
todo lo que se hace en estos casos, pero algo era diferente, en la penumbra me
tomó de ambas manos y me recostó en la cama. Pude sentir sus manos firmes
recorriendo mi cuerpo y la sensación de la pulsera de piel rozando mi piel era
nueva y excitante, mis manos recorriendo su cuerpo se topaban con el boxer
ajustado y la sensación del algodón en sus glúteos aceleraba la excitación,
trabajo de buscar lo que había debajo y alargando el momento. Entonces hizo una
pausa, encendió la luz del baño y pude verlo mejor, la luz no iluminaba mucho
pero era suficiente para vernos, las sombras marcaban mas el contorno de los
cuerpos y el sudor hacía que los músculos brillaran. Entonces me incorporó de
la cama, me puso de pie al frente del espejo del tocador, para entonces ya
estaba yo demasiado prendido y de un movimiento le quité los boxers. Ahí de pie
frente al espejo hicimos todo, por el espejo veía la sombra de su tatuaje en el
brazo y veía mi propia silueta con la gorra que él me había regalado.
Cuando todo pasó y aún
descansando le pedí intercambiar sus boxers por mi ropa interior, a lo cual
aceptó. Durante mucho tiempo conservé esos boxers con su olor impregnado, un
olor excitante, a macho.
Nos vimos otras veces,
en cada una había algo diferente, El me explicó que realmente uno nunca está
desnudo, y que aunque la idea común era que para tener sexo había que
desvestirse, esto no siempre era así, muchas veces uno se vestía para tener
sexo. En cada uno de los encuentros que tuvimos nunca estuvimos desnudos del
todo, siempre había algo que hacía que cada encuentro fuera diferente a los
otros, y era un excelente amante. Decía que el mismo tatuaje en el brazo era
una forma de tener algo aún estando desnudo, era cubrir su piel, pero al mismo
tiempo cuando estaba vestido y mostraba el brazo era insinuar parte de su
desnudez. Esto le daba un sentido diferente a cada encuentro sexual.
Como él era bisexual
me contaba sus aventuras con mujeres, donde la parte de lencería era también
parte del juego erótico. Incluso lo acompañe algunas veces a algunos table
dance, nunca estuvimos en un lugar para homosexuales y de hecho él no se asumía
como tal. Aunque ya había visto películas porno, él fue quien me hizo poner
atención a los detalles de estas, donde los actores porno no estaban totalmente
desnudos, siempre tenían puesto algo, siempre usaban algo, sin ser películas de
leathers donde, ahí si, los atuendos son el centro del filme.
Aunque la pasaba bien
cada vez que nos veíamos realmente no podíamos llegar a nada más. Su trabajo le
facilitaba conocer mucha gente, hombres, mujeres, mezclados con alcohol, una
mezcla peligrosa. La situación se complicó cuando embarazó a otra mujer, tuvo
que cambiar de ciudad y entonces dejé de verlo. Tenía mucha creatividad y los
encuentros siempre eran diferentes, impredecibles. Definitivamente cambió mi
forma de tener sexo. Hoy día aún le digo a mi pareja “no te desnudes por
completo . . .”

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