PAGINAS

29 de agosto de 2013

Angel

Relato anónimo enviado al blog


Hace tiempo, cuando aún era yo joven e inexperto, aunque ya sabía mi orientación sexual no había tenido ninguna experiencia y todavía no  conocía muy bien el ambiente gay. Me había pasado toda la vida negando que yo era homosexual, mis padres tenían muchas expectativas depositadas en mi por ser el único hijo y sentía que fallaría si aceptaba mi homosexualidad. Siempre me había dedicado al estudio, era el primero en mi clase, en todas las escuelas hasta ese momento que estaba en la universidad, pero ahora quería vivir para mi, no podía dejar más de lado esa parte tan importante de mi persona.
 Cierta vez hubo un ciclo de cine en la Universidad y pasaron una película gay de temática cultural que me movió el tapete, y fue después de eso que decidí asumir mi sexualidad, quería encontrar el amor en otro chico como yo, al diablo las relaciones heterosexuales, yo era gay y buscaría un chico como yo. Pero, ¿dónde encontrarlo? Ya antes había sentido atracción por otros hombres, pero ninguno me gustaba tanto como para dar el primer paso, y los lugares de ambiente no estaban muy generalizados. Yo lo que quería no era solo pasar el rato, yo quería encontrar a mi media naranja, si es que existía.
 En mi mente sonaba la canción final de la película que había visto "Cada mañana sentirás, te lo prometo, algo mejor, una aventura emprenderás cada mañana junto a mí. Algo distinto, sin rutinas, sin reproches te daré cada mañana cuando vivas junto a mi..."
 Cierta vez estaba en mis reflexiones sentado en un paradero, cuando sentí la mirada de alguien sobre mi, levante mi rostro y busque, justamente en la ruta al frente de mi, un joven me veía con fijeza, las luces del atardecer hacían que brillara como un ángel, después de mirarnos un rato le sonreí, el contesto con una sonrisa y seguimos mirándonos, la ruta avanzaba, le hice señas de que bajara y el toco el timbre y bajo, todo eso paso en segundos, quizá minutos, pero fueron momentos que parecieron una eternidad.
 Cuando le tuve cerca de mi, me di cuenta que era muy atractivo, él se presentó "hola, soy Ángel y tú?" Le dije mi nombre y no sé en qué momento sentí que el era el amor de mi vida, me sentí tan atraído hacia él, que estaba decidido a todo solo para complacerlo, platicamos mucho y sentí que era mi otra mitad, al parecer el sintió lo mismo hacia mi. Caminamos sin parar por la ciudad, nos compramos un helado, nos sentamos en varios parques a platicar. Hablamos de todo y yo estaba decidido a estar con él por siempre.
 De pronto era de noche y había poca gente en la calle, el me tomo de la mano y me condujo a un rincón oscuro y me beso, yo correspondí, era un beso muy rico. Me propuso ir a su casa, pero donde yo vivía era más cerca, era un cuarto para estudiantes cerca de la Universidad, así que nos fuimos allá e hicimos el amor de la manera más increíble, lentamente, sin prisas, me dejé guiar, seguí mis instintos, y me sentí pleno, satisfecho, feliz. Me encantaba su piel, yo no podía dejar de acariciarlo y besarlo aun después de haber hecho el amor y el me correspondía. Después de un rato nos dimos un baño, ya era muy tarde y le pedí que se quedara conmigo esa noche, él accedió y nos fuimos a dormir abrazados, hicimos muchos planes y decidimos muchas cosas antes de que el sueño nos venciera, yo le canté la canción que me gustaba al oído mientas él se iba quedando dormido.
 Cuando desperté, me di cuenta que el seguía dormido, lo observe era un hombre muy hermoso, su cuerpo era fuerte y su cara era muy varonil, después de observarlo un rato lo tuve que despertar, yo tenía que ir a clases y no quería que llegara tarde. El se vistió y se despidió de mi prometiéndome que a partir de ese momento estaría conmigo cada mañana como la canción que tanto me había gustado, le preste un suéter azul que yo apreciaba mucho, le di el número de mi casera donde podía llamarme, él me dio su número de casa y salió. Pasaron un par de días y una tarde me llamó la casera que me rentaba el cuarto, tenía una llamada de Ángel, mi corazón latió de prisa y fui a tomar la llamada, pero cuando conteste, él ya había colgado. Jamás volví a verlo.
 No me llamo más, yo le marque muchas veces, pero nadie contestó nunca mis llamadas, y entonces pensé que seguramente solo se divirtió conmigo ese día y me olvido. Aunque me sentía triste, no hice nada por buscarlo. Días después, una amiga de la escuela que siempre estaba feliz, Laura, me confeso que estaba triste porque alguien en su familia había fallecido y no quería ir sola al funeral que sería esa misma tarde, me ofrecí a ir con ella al funeral, era mejor que seguir pensando en ese desgraciado que solo se burló de mi prometiéndome que estaría conmigo cada mañana para iniciar nuevas aventuras juntos.
 Cuando llegamos a la casa del funeral, me conmovió mucho ver a una mujer que tenía en sus manos una prenda azul del tono que me gusta y que lloraba sin parar, supuse que era la madre o la esposa del fallecido. Laura, entonces me dijo que el fallecido era su primo que la sra que lloraba era su tía, que su primo se llamaba Ángel, el  corazón me comenzó a latir con fuerza. El suéter que la mama del fallecido tenía en sus manos, se parecía mucho al mío, la dirección de la casa parecía corresponder donde mi Ángel, había dicho que vivía. Solo me quedaba acercarme al ataúd, para confirmar lo que ya temía.
 Sin comentar nada, me acerque al féretro y después de eso no pude contenerme y rompí a llorar, pues yo también tenía un motivo para hacerlo.

19 de agosto de 2013

"Así me hizo Dios"

La siguiente anécdota la tomé del columnista Catón quien escribe en Diario de Morelos, el texto del cual lo tomé esta aquí.

Robertito Guajardo era el joto del pueblo. En aquellos años –los cincuenta del pasado siglo- Saltillo, mi ciudad, era eso: un pueblo apenas un poco más grande que su catedral. A los homosexuales no se les llamaba así, y menos aún “gays”. Se les llamaba jotos. Y Robertito era el joto del pueblo. Tenía una afición: el teatro. Su sueño, confesaba, había sido siempre “subir al palco escénico”. De cuando en cuando llegaba a Saltillo el Teatro Tayita, de Blanquita Morones y el Chato Padilla. Robertito alojaba a toda la compañía en la vasta casona donde vivía solo. Así evitaba que los artistas gastaran en hotel durante el tiempo que permanecían en la ciudad. Una de aquellas veces esas buenas personas, que conocían el sueño de Robertito, quisieron corresponder a su hospitalidad, y lo invitaron a actuar con ellos en una función fuera de temporada. Él no podía creer la honrosa invitación: ¡al fin iba a poder hacer lo que siempre había soñado! Le ofrecieron el principal rol masculino en un “potente drama”. Robertito se aprendió de memoria el papel tras estudiarlo día y noche, y luego ensayó concienzudamente la obra con la compañía. Su personaje era el de un hombre noble, de carácter íntegro, cuya esposa había caído en brazos de un malvado seductor. El marido, para lavar su honra, iba a matarla con un tiro de revólver. Ella, de rodillas, le pedía perdón, pero él se mantenía firme en su propósito homicida. Ya iba a disparar cuando en eso entraba la pequeña hija del matrimonio y les preguntaba a sus padres con sonrisa de ángel: “¿A qué están jugando?”. El ofendido esposo, emocionado, abrazaba a la niña y luego la entregaba a su madre al tiempo que le decía volviéndole la espalda: “¡Anda! ¡Vete con tu hija!”. Salía la mujer, avergonzada, y él quedaba en escena, solo, sacudido por los sollozos con el rostro entre las manos. Telón lento. Aquello era de mucho efecto. Llegó el día de la función. La carpa se abarrotó con un público lleno de curiosidad por ver a Robertito Guajardo metido a actor de teatro. Vino la escena culminante. Blanquita Morones, en el papel de la esposa infiel, cayó a los pies de Robertito y le pidió clemencia. “¿Por qué me matas?” –le preguntó, desesperada. Robertito irguió toda su estatura y respondió con dramático acento: “¡Porque soy hombre!”. Una estentórea carcajada recibió esa frase. Se oyeron silbidos de burla, risotadas, gritos. “¡Dijo que es hombre!”. La representación se interrumpió. Blanquita, desconcertada, no sabía qué hacer. Crecían las risas, las voces de escarnio. Y entonces sucedió algo. Robertito avanzó hacia el proscenio y se puso frente ante el público. No hizo ningún ademán; no dijo una palabra. Poco a poco la gente dejó de reír y de gritar; sintió seguramente que Robertito iba a decir algo. Y en efecto, Robertito habló. “Con sus carcajadas y sus silbidos –dijo- me han arrebatado ustedes el momento más bello de mi vida. Pensé, tonto de mí, que la función iba a acabar de otra manera. Ustedes saben bien que siempre he procurado no ofenderlos con mi modo de ser. A nadie nunca le he faltado al respeto. Aun así he sufrido continuamente sus burlas y desprecios. No se los tomo a mal: sé lo que soy. Pero también sé que no tengo la culpa. Así me hizo Dios. Que él los perdone. Yo trataré de perdonarlos también, a pesar de lo que esto me ha dolido, y no les guardaré rencor. Muchas gracias, y buenas noches”. Se hizo un profundo silencio. Y de pronto estalló una ovación unánime. El público se puso en pie, lleno al mismo tiempo de emoción y de vergüenza, y le tributó a Robertito un aplauso en el que, sin palabras, todos le pedían perdón. Él, sorprendido, se llenó de confusión. Volvió la vista hacia Blanquita, como para preguntarle qué debía hacer. La actriz le indicó que regresara al frente del escenario a agradecer los aplausos. Una señora se acercó a él, le dio una flor y le dijo sinceramente apenada: “Dispénsenos, Robertito”. Un señor de la buena sociedad gritó sin poderse contener: “¡Bravo, Roberto!”. La función, como había esperado él, terminó de otra manera. Ahora, muchos años después, yo también le pido perdón a Robertito en nombre de todos los que a lo largo de su vida lo zaherimos y hostigamos, lo rechazamos y lo hicimos objeto de incomprensión, desprecio y burlas. Hay quienes, Robertito, somos crueles, ignorantes y soberbios. Y ni siquiera podemos decir, como tú, que así nos hizo Dios… Y es todo
 

14 de agosto de 2013

Mario


Nadie elige nacer de cierta forma. Y aunque personalmente me acerco a los comportamientos masculinos y rechazo los amaneramientos, a veces olvidamos que todos somos seres humanos, que cuando nacemos somos iguales, y también cuando morimos. Y no siempre la vida se vive en rosa, y que no todos se atreven a vivir su vida, pasando por aquí como si nunca hubieran existido.
A Mario lo conocí cuando eramos niños, yo era algo mayor que él, quizás unos tres años mayor. Su casa estaba cerca de donde yo vivía, en aquel tiempo pocas casas tenían televisión y era en blanco y negro, con dos o tres canales que se podían medio ver con una antena aérea, yo iba a su casa en la noche junto con otros chamacos a ver lo que había, Chespirito. Nunca me gusto, pero era más por el relajo de estar entre toda la bola de chamacos juntos. Su casa tenía un patio grande, su padre había tenido como ocho hijos, seis varones y Mario fue el menor de ellos, su familia sembraba el campo y tenían un tractor y maquinaria, los hijos mayores se partían el lomo yendo al campo, menos Mario por ser el más chico. Desde niño siempre se vio muy afeminado, la forma de caminar con los pies muy juntos, como apretando las nalgas, el movimiento excesivo de las manos al hablar, su renuencia a juegos pesados que otros niños teníamos, el apego a las actividades domésticas que hacía su madre, en fin, creo que todos lo sabíamos, pero no decíamos nada o no volveríamos a ver la tele.
Su familia era muy homofóbica, machista, supongo que en algún momento se dieron cuenta de sus modales. Entre juego y juego él se acercaba a los niños varones que eran mayores, a los que ya se les paraba la verga, y también se acercaba a mi, me abrazaba, cosa que siempre me incomodó, parecía una mujercita restregándose toda, siempre la rechace, incluso cuando en alguna ocasión se bajó los pantalones y me puso las nalgas, nunca me atrajeron ese tipo de personas.
Con el paso del tiempo deje de ir a esa casa, pero de alguna manera siempre sabíamos lo que pasaba. No supe bien en que momento tuvo un altercado con su padre, solo sé que fue cuando él se negó a ir al campo cuando su padre lo agarró a golpes con su cinturón, haciéndolo caer y ahí lo golpeó en la espalda varias veces con la hebilla del cinturón. Su madre lo quiso defender pero fue inútil. Nadie dijo nada, después de eso ya pocas veces supe de él, aunque lo veía en la calle solo nos cruzábamos el saludo, su expresión ya no era alegre como cuando era niño, ahora se veía serio todo el tiempo y rehuía las miradas, aunque su caminar y tono de voz seguía siendo el mismo. Muy joven y sin terminar de estudiar salió a trabajar, lo aceptaron en una empresa de limpieza y ahí iba diario, comenzó a ganar algo de dinero y aportaba a su casa, su familia seguía dedicándose al campo mientras que Mario hacía limpieza de oficinas a donde lo enviaran.
Una tarde al regresar de su trabajo tuvo un dolor muy fuerte en la espalda, bajó de la ruta y quedo tirado en el piso sin poder levantarse. Lo llevaron al Seguro Social, ahí le diagnosticaron un tumor en el pulmón. El tratamiento no funcionó y tuvo que requerir de una intervención quirúrgica. La operación fue bastante complicada, dicen que el tumor estaba por la parte detrás del pulmón. Solo su madre fue a visitarlo. La convalecencia fue larga pero se recuperó. Tiempo después volvió a su trabajo y a su rutina diaria, todos los días salía temprano de su casa, tomaba su camión para el trabajo y regresaba siempre a la misma hora a su casa. Nunca hizo su vida, nunca tuvo un novio, un resbalón, un día que llegara tarde a su casa o que faltara. Sus hermanos se fueron casando y fueron independizándose, su padre murió tiempo después y quedo solo con su madre, solo eran ellos dos. Pasaron algunos años hasta que volvió a sentir molestias en la espalda. Volvió al hospital, el cáncer había regresado a su cuerpo y esta vez estaba comenzando a invadir otros órganos que no era posible operar. Se sometió a un tratamiento de quimioterapia, su cuerpo se fue debilitando, dejó de trabajar y se quedó en su casa hasta donde iba por él la ambulancia del Seguro Social para llevarlo a las quimioterapias y lo regresaba a su casa, cada vez más débil. Poco a poco fue perdiendo capacidades, ya no podía caminar, usaba una andadera y salía a sentarse fuera de su casa, nadie lo iba a visitar, hasta que un día se cayó en el patio de su casa, no pudo levantarse y su madre no estaba, quedó ahí tirado medio día hasta que su madre llegó y lo encontró insolado. Como pudo lo levantó. A partir de ese día ya no pudo levantarse de la cama, solo su madre lo asistía para las cosas más sencillas como darle vuelta en la cama, alimentarlo, cambiarle el pañal, nunca lo visitaron.  Hoy al llegar a casa escuché a lo lejos que doblaban las campanas, pregunté y supe que Mario había muerto, creo que fue un descanso para él. Dicen que fue la golpiza que le dio su padre de joven lo que le provocó el tumor que terminó matándolo.  No lo sé, su padre murió de cáncer años atrás. Mañana nadie recordara a Mario, yo mismo no lo recordaba, hasta hoy que supe que ha muerto. Y no puedo menos que pensar que solo hay una vida, que es de uno y de nadie más, y que vale la pena vivirla…