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28 de noviembre de 2013

Por faltas a la moral

Sucedió hace muchos años, yo era un estudiante de licenciatura, cursaba el último año de la carrera y como buen alumno me estaba dedicado a hacer mi tesis para poder graduarme. Aunque yo sabía de mis preferencias sexuales nunca lo había querido reconocer y me había hecho tonto con novias ocasionales que tuve. Proveniente de un pueblo de tradiciones muy conservadoras y muy cerrado, el haber salido a estudiar me recluyo en una escuela con un sistema de internado, de tal forma que conocía muy poco del mundo real. Mis instintos los escondía aunque en la intimidad me masturbara con imágenes mentales de hombres musculosos o velludos. Había visto muy poco de pornografía, en mi pueblo había un solo puesto de periódicos y no tenía ese tipo de revistas, así que me tenía que conformar con ver la única revista de fisicoculturismo que había en aquel tiempo, y me gustaba ver a los hombres con cuerpos musculosos. En la universidad había visto un par de revistas de algunos compañeros, eran revistas de porno hetero y muy centrados en las figuras femeninas, grandes senos, nalgas, vulvas, nada que me llamara la atención.

Llegó el momento en que terminé la tesis, aún se usaban las máquinas de escribir, y ahora debía imprimirla. Me recomendaron que me fuera a la ciudad de México a la plaza de Santo Domingo donde había muchas imprentas, así que agarré mi mochila con las hojas de mi tesis y me fui al DF. No tuve problema en llegar, efectivamente, había muchas imprentas, después de estar en unas tres me decidí por una, acordamos el precio y el plazo de entrega. Después de eso caminé un poco y entonces descubrí un cine, se veía viejo, con una marquesina amarilla y paredes pintadas de azul, al acercarme vi que proyectaban películas porno, y aunque era temprano ya estaba abierto. La curiosidad mató al gato, así que pagué mi boleto y entré. Me quede en la entrada en lo que acostumbraba a la penumbra. La película que proyectaban era hetero pero el sexo era explícito, me quedé asombrado, era la primera vez que veía un acto sexual en una pantalla grande de cine, lo que me llamó la atención fue el actor que salía, muy velludo, con una verga muy grande y muy estética (después supe que se llamaba Ron Jeremy), le estaban haciendo sexo oral. Tuve una erección instantánea, y entonces sentí un roce en mi pierna que me electrizó, voltee a ver y era un señor ya grande que me estaba tocando, aunque nunca me devolvió la mirada, veía la película. Tenía intención de sentarme pero la extraña sensación de placer de su mano bajando el cierre de mi pantalón y agarrando mi verga erecta me hicieron quedarme ahí, preguntándome que iba a pasar. Y lo supe, no había pasado ni quince minutos que había entrado y que me habían comenzado a agarrar la verga cuando dos tipos se pararon detrás de nosotros, nos agarraron de los hombros con fuerza y nos sacaron de la sala mientras nos decían: “acompáñenos por favor…”.
No supe lo que pasaba, pero tuve miedo, me olvidé de la erección. Nos subieron a un lobby que estaba en un segundo piso, había una dulcería pero nos llevaron a cada uno por su lado a unas escaleras aisladas, supongo eran las que servía para subir al techo, y entonces el que me llevaba me mostró de rápido una placa y me dijo que era de la policía y que me había sorprendido cometiendo faltas a la moral, que estaban por llamar a una patrulla para que nos llevaran a la delegación y que la multa iba a ser muy cara. Seguramente yo debía tener cara de espanto, aparte de cara de tonto, y agregaron que estando en la cárcel le iban a hablar a mi familia y que se iban a enterar lo que yo estaba haciendo ahí. En eso llegó el otro “policía” y le dijo que no fuera gacho conmigo, (el juego del policía malo y el bueno), que me echara la mano, me preguntaron si era la primera vez que iba ahí, dije que sí, y entonces me pidieron que cooperara. No llevaba ya casi dinero, por suerte había dejado pagado el dinero de la tesis, les enseñé el recibo, me quitaron la cartera, el reloj y la chamarra. Les pedí que me dejaran lo de mi pasaje ya que venía de fuera y por suerte accedieron, junto con un boleto del metro. Así salí de ahí, todo miedoso y con las miradas de los curiosos sobre mi. Regresé al internado, pensando lo que había pasado. Obviamente había yo sido víctima de un atraco y seguramente el otro señor estaba en complicidad para hacer caer a los que ellos detectaran como los más tontos. El conjunto de circunstancias me habían bloqueado la cabeza en ese momento.
Pasó el tiempo y tuve que ir a la Plaza de Santo Domingo a recoger la tesis, pero ya no entré al cine. Por lo menos no a ese. Los años han pasado, hace poco pasé por esa calle, el cine Rio sigue ahí, en ruinas, no sé si aún funcione o que haya cambiado. El porno llegó para instalarse en nuestra vida diaria, y surgieron nuevos lugares dedicados al sexo. De esa época solo quedó esta anécdota…

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