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26 de marzo de 2014

Yo, Tú, Él

La primera vez que vi a Cesar yo platicaba con un amigo, él paso frente a mí en su automóvil, mirando con quien estaba y buscándome con sus hermosos ojos negros, esa primer imagen de él siempre la recordare. Por ahora aún no tenía una respuesta para él, me gustaba mucho y si pasaba más tiempo con él podría enamorarme de su persona, pero no podía ajustarme a sus peticiones, sencillamente no podía hacerlo. Nunca me habían propuesto algo parecido, me parecía algo confuso, egoísta, desagradable y yo no estaba preparado para eso, quizá nunca lo estaría. Pero no dejaba de pensar en él y recordaba su rostro, me gustaba mucho, la noche que habíamos pasado juntos, fue de lo más placentero y no podía olvidar su cuerpo moreno y musculoso que me volvía loco.
Todo empezó semanas atrás, un día viernes, ese día por la tarde fui con mis amigos del trabajo al centro de la ciudad, después de convivir un rato llego el momento de partir cada uno a su casa, pues no teníamos planeado salir por la noche, así que me fui al paradero a esperar mi transporte, esa calle donde espero mi camión, es un boulevard muy céntrico,  donde hay muchos negocios y es también una zona de ambiente, donde se puede ligar, ahí vi por primera vez a Cesar, iba en su automóvil y cuando nuestras miradas se cruzaron, supe que pasaría algo interesante. Regreso varias veces por donde yo estaba, pero nadie tomo la iniciativa, solo nos observábamos. Finalmente llego mi ruta y me fui.
Yo no podía olvidar esos ojos, así que el siguiente lunes volví a presentarme por el mismo lugar y cuando ya estaba a punto de irme, llego el otra vez, pero esta vez estaba acompañado de un chavo muy apuesto y eso me desilusiono un poco. Nuevamente el me miro y mientras conversaba con el otro chavo, me miraban, parecían hablar de mí, yo solo especulaba sobre que podrían estar diciendo de mí, así que por precaución mejor me fui en cuanto llego nuevamente mi ruta. El siguiente viernes, ocho días después de que lo vi por primera vez, fue solo y esta vez, bajo de su automóvil y se dirigió a una tienda, por primera vez lo vi de cuerpo entero y caminando y la verdad se veía muy bien a mis ojos, yo prefiero que los hombres estén mejor formados del cuerpo aunque no tengan caras hermosas, aunque el si tiene unos ojos muy bonitos, pero de facciones muy varoniles, quizá estoy siendo muy subjetivo, pero él me gustó mucho.
Cuando salió de la tienda, cruzo la calle y se plantó frente a mí, extendió su mano y me ofreció uno de los jugos que llevaba. Me puso nervioso, pero acepte su ofrecimiento, a continuación se presentó y fue muy amable, platicamos un rato y después me invito a cenar. Le dije que ese día no podía, pero que con mucho gusto otro día que se pudiera aceptaba su amable invitación, si es que todavía seguía en pie. Creí que me iba a mandar a la chingada o que ya no me buscaría, después de intercambiar número nos despedimos. Pero los siguientes días seguimos mensajeandonos y conociéndonos más.
Y llego otro viernes, nos vimos y cenamos juntos, ya nos conocíamos y esta vez yo estaba deseoso de tener sexo con él, ya había visto que tenía un cuerpo musculoso, su tono de piel acanelado y un ligero vello que asomaba en su pecho. Cesar aparentaba unos 40 años, me llevaba diez o más, y a mí siempre me han gustado los hombres maduros, así que cuando dijo que quería pasar la noche conmigo, sin pensarlo dije si, él mostro una sonrisa muy agradable y esa imagen de su rostro sonriendo la tengo grabada en mi mente. Fuimos a un hotel y cuando vi su cuerpo, me di cuenta que era mejor de lo que me había imaginado, nos dimos un baño y después lo lleve a la cama y le bese hasta la sombra, como diría la canción de Arjona, cada parte de su cuerpo era hermosa y de verdad que disfrute cada segundo que lo hicimos, cuando llego el momento de penetrarlo, mi excitación estaba al máximo, su voz siempre varonil me invitaba a hacerlo mío, a llenarlo de placer y sin pensarlo más disfrute su delicioso orificio.
Al otro día cuando nos levantamos, quedamos de vernos por la noche. Yo solo tenía una duda ¿Quién era el chavo con el que estaba antes de conocerlo? Era un tipo de mi edad, más joven que él, también era agradable pero no era mi tipo, a mi me gustan los maduros. Cuando le pregunte, contesto que por la noche me diría quien era, pero que no debía preocuparme. Más tarde cuando nos vimos y le pregunte de nuevo, me dijo:
-          Es un tema delicado, tengo una propuesta que hacerte. El chavo con el que me viste es una de mis parejas.
-          ¿Qué? –Conteste.
-          Mi propuesta es que tú aceptes ser mi pareja también.
-     Déjame ver si entiendo Cesar, tú ya tienes pareja y quieres otra, ¿quieres que seamos un trío?
-      Si. -Contesto él- Yo soy interactivo, Juan, mi otra pareja es pasivo y tú eres activo. Deseo tener una relación con dos personas y me gustaría mucho que tú, te nos unieras. Juan, ya está de acuerdo. No me des una respuesta en este momento, piénsalo, pero tú eres perfecto para nosotros, de eso hablábamos cuando nos viste por primera vez y él quería conocerte, tú le gustaste y él te dió el visto bueno.

Han pasado varios días, la idea me ha estado dando vueltas en la cabeza, no sé qué decida yo finalmente, pero siento que la curiosidad me va a ganar y entrare en una relación con dos personas. Todavía tengo en la mente la idea de una pareja, pero ¿qué sería de mí, si me uno a ellos? Una pareja es de dos, es un par, no más. Hoy quedé en llamar a Cesar, desde ese día hasta hoy no nos hemos mensajeado, él ha respetado el tiempo acordado para que yo lo pensara, no me ha presionado, me ha dado tiempo y libertad para pensarlo, mientras escribo estas líneas volteo a ver el celular una y otra vez, al tiempo que finalizo este relato se acerca la hora, al terminarlo tomaré el celular y escucharé la voz varonil de Cesar hablándome al oído, aunque sé que no estará solo, y entonces le diré que…

19 de marzo de 2014

La soledad del sexo

Amanece, suena la alarma, es hora de levantarse para ir a trabajar. Comienza una rutina automática, me levanto gruñendo antes de que salga el sol, el desayuno es ligero, luego inicia el traslado al trabajo, el metro otra vez viene atrasado, ¿por qué será que hoy viernes hay más gente que los otros días? ¿será porque amaneció lloviendo? El metro viene repleto a esta hora, a la fuerza y con un par de mentadas logro entrar al vagón. Mucha gente en el metro, mucha gente en la calle, pero yo me siento solo.
Hay mucha gente que desconozco y que me rodea, me aprisiona en un vagón del metro, pero vamos solos, desconfiando unos de otros. Llego tarde al trabajo, se me quedan viendo con cara de “ya ni la chingas” y comienzo mi rutina diaria de papeles, archivando, llevando, mientras agradezco que sea viernes y repasando la hora de salida, solo con mis pensamientos que no puedo compartir con nadie.
Hace tiempo no tengo pareja, fue algo complicado, y como diría la canción: “el mercader de sueños ya murió, el Príncipe Azul era un impostor, el último amante se largó”. Un desengaño más en la lista del fracaso. Hoy como todos los viernes vamos a comer con los compañeros de trabajo, pero yo me siento solo, me cuesta trabajo compartir mis pensamientos y debo disimular, inventar historias, y ser parte de su normalidad. Hoy, saliendo del trabajo regresaré a casa a cambiarme el aburrido traje gris que uso cada día y que me uniforma con mis compañeros y con todos los que día a día viajamos en el trayecto al trabajo. Luego saldré a la noche.
La soledad siempre rodea al hombre desde sus inicios, aunque busca no estar solo, por eso se ha hecho acompañar de presencias a lo largo de la historia, y ha buscado compañías en su tránsito por el mundo. Dioses, presencias divinas, héroes mitológicos que acompañan al hombre en su camino, con la promesa de que al final hay algo más allá. Si la soledad rodea al hombre, la soledad es mayor para el homosexual. Desde que se descubre como tal comienza un proceso de segregación del resto de la sociedad, voluntario o involuntario. El hecho de ser diferente obliga al aislamiento del individuo, lo arroja a la soledad que lo acompañará en adelante. En esa búsqueda de semejantes, de sentirse acompañado, comienza también una búsqueda hacia otros que sean iguales. Las redes sociales son hoy los nuevos dioses que acompañan al homosexual en su camino. En el anonimato de la web nadie está solo, la red ha irrumpido en la vida cotidiana y ahí todo es posible. Las redes están llenas de amigos, se coleccionan likes como si fueran estampitas, las fotos son coloridas, te etiquetan, no está uno solo.
Sin embargo, esto acentúa la soledad del individuo en el mundo real. Día a día, noche a noche navegamos en medio de un mar de soledad buscando a otros seres solitarios, buscando pertenecer a algo, para no sentirnos solos. Yo no soy la excepción y he buscado también grupos en la red. Soy parte de una búsqueda que nos lleva a conocer grupos virtuales y reales, grupos donde se clasifican a los homosexuales en subculturas, en subcategorías, principalmente por los atributos físicos, por las indumentarias, y por los fetiches individuales. Encontramos grupos, de muchas clases en la red, grupos de osos, de nudismo, de vaqueros, de leathers, grupos de encuentro, grupos de apoyo, de contactos, de fetichistas, de ciclistas, de bareback, de maduros, de etnias, y un largo etcétera, grupos de toda clase. Las nuevas tribus urbanas de los homosexuales son las nuevas subculturas en las que se pueden clasificar y subclasificar a la gente pero también encasillar en estereotipos. Hay tantos grupos con tantos objetivos que es imposible contarlos, algunos con una vida muy corta, algunos mas duraderos, algunos numerosos, otros no tanto, varios desdibujados, pero todos buscando llenar un espacio, un vacío en la colectividad homosexual.
Y entre todos estos grupos buscamos pertenecer a alguno, donde encontremos nuestros iguales, donde podamos estar con otros que sean como uno, similares, noche a noche buscando. Cada grupo crea su propio lenguaje, sus propias imágenes, sus contraseñas, su vestimenta y todo lo que va formando su identidad, con lo que cada quien se identifica y se reconoce en el otro.
Salimos a la noche y hay muchas opciones, todos prometen diversión, pero aun cuando sea un antro repleto de gente, un bar donde apenas quepa un alfiler, en realidad estamos solos. La soledad es la condición misma de nuestras vidas pero también es ruptura con la sociedad. Los grupos reivindican el derecho de comunión entre semejantes. Por un momento estamos junto a otros, por una noche podemos bailar, reír, emborracharnos, abrazar, besar a otros, y también podemos tener sexo ocasional, sin compromiso.
El homosexual es un ser sobre-erotizado, con muchas facilidades para tener sexo, para engañar la soledad. En esta situación hay dos cosas que se pueden hacer para olvidarnos por un momento de la soledad: emborracharse o tener sexo. Lo mejor es que las dos cosas se pueden combinar y hacerlos a la par, porque el sexo es más desinhibido cuando se tiene alcohol en el cuerpo. Y las dos cosas causan resaca al día siguiente, una es física, la otra es moral, son los costos del exceso que se pagan con gusto por una noche con alguien más, mientras la soledad se ahoga en el alcohol y en otros cuerpos.
Saliendo del trabajo llego a casa de paso, por cinco días el trabajo me ha permitido olvidarme de mi mismo. Llego temprano a una cantina del centro histórico. A esta hora aún hay poca gente, me dirijo a la rocola y deposito unas monedas: Mientras pasan las canciones de Javier Solís tomo una cerveza, lentamente. Poco a poco va llegando la gente. Mis dedos sacan un papelito con la dirección de un grupo que encontré desde hace dos meses en la red. Es un grupo de encuentros, y aún estoy indeciso en ir. Nunca he estado en un grupo de encuentros aunque si conozco los cuartos oscuros de los antros, con muy mala experiencia por cierto. Cierta vez entre a un cuarto oscuro. 
Por precaución siempre llevo muy poco dinero en la billetera. Esa vez entré y era literalmente un cuarto oscuro, no se veía nada, solo podía sentir el roce de manos, hasta que me bajaron el cierre del pantalón y me comenzaron a dar sexo oral; el tipo sabía hacer su trabajo, mientras sus labios no se separaban de mi verga sus manos me tomaron de la cintura para atraerme, mi verga se hundía hasta su garganta, me desabrochó el pantalón y el cinturón y su lengua pasó a lamer mis testículos en una combinación alternada, sus dientes mordían suavemente mi glande combinándolo con su lengua sin dar tregua; estaba yo concentrado en esa sensación que no repare en que sus manos comenzaban a hurgar en mis bolsillos hasta extraerme, primero mi cartera y luego el semen, en una intensa eyaculación. Salí del cuarto oscuro deslechado y sin la billetera, por suerte solo eran unos $100 pesos, lo tomé como la propina por el trabajo realizado. Sirvió además de experiencia para que no volviera a entrar a un cuarto oscuro. Pero esta vez era diferente, era un grupo de encuentros, no tenía idea de lo que pasaría, me daba recelo pero a la vez mucha curiosidad. Solo hacen una reunión al mes y hoy es el día, ya he dejado pasar un par de fechas antes, la tercera es la vencida. Pago mi cerveza y me dirijo a la dirección que está escrita en el papelito, aún indeciso. Era el año 2002 y este era el único grupo de ese tipo que existía en el DF, se llamaba Milk. . .

13 de marzo de 2014

Un rostro ajeno al que yo amaba


Descubrirse es salir al mundo de golpe, desprovisto de cualquier protección, desnudo, a pelear por un lugar que nos es negado por el hecho de ser diferentes. Crecí en un lejano pueblito de provincia, con calles de tierra y piedra, casas con paredes de adobe y pisos de tierra, animales domésticos en corrales sin cercar saliendo a la calles, en una sociedad producto del mestizaje, en un pueblo conquistado violentamente que ahora renegaba de sus raíces, un pueblo aislado y regido por sus propias costumbres. Ahí, donde la vida no valía nada, textualmente, quienes eran diferentes eran atacados, objeto de burlas y escarnio. Nadie de ellos pudo hacer su vida y optaron por pasar desapercibidos para no ser señalados, sin opción a hacer su vida como hoy en día es normal para cualquiera y la posibilidad de elección es libre.
Salí de ahí para irme a la ciudad a estudiar, dejé elun lugar aislado para de repente conocer el mundo, sin saber todo lo que había afuera. La dualidad “afuera” y “adentro” había surgido. Y al igual que cualquier individuo que se cuestione si uno esáa solo en el mundo también nos preguntamos si estamos solo en esta sociedad, si hay mas como nosotros y se busca la aceptación social. Así pasaron los años, en una disyuntiva entre el querer ser y el deber ser, sublimando los instintos, buscando no estar solo, no ser el único diferente. Quizás habría de regresar a provincia una vez que terminara la licenciatura, quizás volvería a encerrarme en un pequeño pueblo y a seguir el mismo camino de quienes, siendo diferentes, sucumbieron a su familia, a sus conocidos y a sí mismos para mutilar su vida y ser nadie, porque siendo nadie eran uno más en una sociedad que solo así los aceptaba, castrados por la fuerza, imposibilitados de ejercer su sexualidad y su vida.
Dicen que no hay casualidades, y que la ociosidad es la madre de todos los vicios. Había yo terminado la licenciatura y buscando trabajo llegué a la ciudad de México. Sin conocer a nadie buscaba trabajo en diferentes lugares, y aunque no encontré trabajo si encontré otras cosas. Cierto día y cansado de caminar después de encontrar trabajo solo en empresas fantasmas dedicadas a la venta disfrazada de artículos para los cuales pedían una “inversión mínima inicial”, pasé por un cine porno y me metí. Ahí conocí todo lo que pasaba y ahí dentro. Y a partir de ahí cambió el rumbo de mi vida, no exenta de muchos errores y de encontrar muchas personas que solo buscaban sacar un provecho momentáneo, pero al fin y al cabo ya era mi vida. Y en ese camino conocí también personas muy valiosas, que más allá de su preferencia sexual son valiosas por su condición humana, son valiosas no porque estén “buenotes” o sean “dotados” o tengan “buen culo”, que son las características con las que hoy en día se da valor a la gente en el medio. Son valiosas por su calidad humana, por sus sentimientos, por su apoyo, personas que me han acompañado en la vida.
Esa ocasión en el cine conocí a un tipo. Dijo llamarse Carlos, hasta hoy no sé si ese era su nombre real, he conocido tanta gente que suele tener nombres “artísticos” para que no los “ubiquen”. Bueno, dijo llamarse Carlos, después de un primer contacto donde él había tomado la iniciativa platicamos brevemente y me dijo que quería que nos viéramos en otra ocasión, me indicó donde vivía y como llegar a donde él estaba. Pasaron los días y después de pensarlo mucho me decidí a buscarlo, pensaba en él, me había gustado que no se veía que fuera obvio, era más alto que yo, facciones recias, joven, delgado. Sin conocer bien la ciudad de México pude llegar hasta donde él vivía. Era un departamento que rentaban entre cuatro personas pero solamente dos vivían de fijo ahí. Los otros dos ocupaban el departamento de medio tiempo y principalmente para sus ligues o cuando se les hacía tarde y no podían llegar a sus casas. Estaban en una zona habitacional popular ya bastante vieja, el departamento estaba muy descuidado, paredes despintadas, oscuro, pocos muebles, el refrigerador solo contenía agua, vacío, la estufa de dos hornillas portátil bastante sucia de cochambre y restos de comida rápida regados en la cocineta. Pero esos detalles pasaban desapercibidos. Con él estaba liberando mis instintos, mezclándolo con sentimientos, explorando mi sexualidad. Todo era agradable, satisfactorio, el sexo era bueno y estaba yo seguro que no habría nadie más como él, era único para íi, no podría encontrar a nadie como él.
Ahí nos vimos varias veces, hasta que en una ocasión que llegué a visitarlo sin avisar se mostró sorprendido, me recibió más forzado que nada y ahí me confesó que en realidad estaba esperando a otra persona. Ahí en ese momento entendí de golpe cómo son realmente muchas cosas  en el ambiente. Relaciones fugaces, momentáneas, vacías. Supe que Carlos en realidad era un “chichifo”, muy barato por cierto, y que conmigo y por el hecho de que le había gustado no me había cobrado, pero que en realidad estaba saliendo con un Contador el cual le pagaba todos sus gastos, aunque decía que “no lo quería”, pero por solventar sus gastos no lo podía dejar. Al poco tiempo se detuvo un auto lujoso, le toco el claxon, Carlos subió al coche y se fue, dejándome ahí, en medio de la calle, en compañía de su compañero del departamento. Estuve un rato sin saber que hacer y finalmente también me fui. No volví a buscarlo. Volví a la soledad que rodea a los homosexuales. Porque aunque estemos en un antro repleto de gente, en un bar donde apenas quepa un alfiler, en realidad estamos solos. Los encuentros sexuales abundan, los lugares de encuentro proliferan, y se conoce mucha gente, aunque al día siguiente se amanezca más solo que ayer, más hueco, más vacío, esperando tan solo el siguiente encuentro sexual, el siguiente amante de media hora, que nos permita llenar en algo el vacío que se agranda cada día, buscando pertenecer a algo, buscando no sentirnos solos.
Por esos días me resolvieron de un trabajo en provincia, en la capital de mi estado, así que tampoco volví al DF en mucho tiempo. Han pasado muchos años desde esa primera vez y han pasado muchas cosas. Hace poco estuve en el DF y caminando cerca del centro lo encontré por casualidad. A pesar del paso de los años supe que era Carlos, pero él ya no me reconoció y yo no le dije nada. Supongo que ambos hemos cambiado, aunque me parece que no lo sacaron de trabajar. Me pregunto si seguirá siendo un chichifo, aunque ya no tiene edad para vender. No tuve ninguna emoción, seguí mi camino y no pude menos que recordar la canción de Pablo Milanes:

Hoy la ví, y tenía un rostro ajeno al que yo amaba
el que dan unos años de no ser feliz.
Hoy la ví, y recordé la historia de un pedazo de mi vida
en que abrí la primavera bruta de mis años al amor.
Junto a ti, mi futuro de sueños llené,
logré identificar tu belleza y el mundo al revés
nos miraban de muy buena fe,
nada cruel existía, si yo te veía, reía después.
Desperté la mañana en que no pudo ser,
no sin antes jurar que si no era contigo, jamás,
que esta herida me habría de matar
y heme aquí qué destino que ni el nombre tuyo
pude recordar.