Descubrirse es salir al mundo de golpe, desprovisto de cualquier
protección, desnudo, a pelear por un lugar que nos es negado por el hecho de
ser diferentes. Crecí en un lejano pueblito de provincia, con calles de tierra
y piedra, casas con paredes de adobe y pisos de tierra, animales domésticos en corrales
sin cercar saliendo a la calles, en una sociedad producto del mestizaje, en un
pueblo conquistado violentamente que ahora renegaba de sus raíces, un pueblo
aislado y regido por sus propias costumbres. Ahí, donde la vida no valía nada,
textualmente, quienes eran diferentes eran atacados, objeto de burlas y
escarnio. Nadie de ellos pudo hacer su vida y optaron por pasar desapercibidos
para no ser señalados, sin opción a hacer su vida como hoy en día es normal
para cualquiera y la posibilidad de elección es libre.
Salí de ahí para irme a la ciudad a estudiar, dejé elun lugar aislado
para de repente conocer el mundo, sin saber todo lo que había afuera. La
dualidad “afuera” y “adentro” había surgido. Y al igual que cualquier individuo
que se cuestione si uno esáa solo en el mundo también nos preguntamos si estamos
solo en esta sociedad, si hay mas como nosotros y se busca la aceptación
social. Así pasaron los años, en una disyuntiva entre el querer ser y el deber
ser, sublimando los instintos, buscando no estar solo, no ser el único
diferente. Quizás habría de regresar a provincia una vez que terminara la
licenciatura, quizás volvería a encerrarme en un pequeño pueblo y a seguir el
mismo camino de quienes, siendo diferentes, sucumbieron a su familia, a sus
conocidos y a sí mismos para mutilar su vida y ser nadie, porque siendo nadie
eran uno más en una sociedad que solo así los aceptaba, castrados por la
fuerza, imposibilitados de ejercer su sexualidad y su vida.
Dicen que no hay casualidades, y que la ociosidad es la madre de todos
los vicios. Había yo terminado la licenciatura y buscando trabajo llegué a la
ciudad de México. Sin conocer a nadie buscaba trabajo en diferentes lugares, y
aunque no encontré trabajo si encontré otras cosas. Cierto día y cansado de
caminar después de encontrar trabajo solo en empresas fantasmas dedicadas a la
venta disfrazada de artículos para los cuales pedían una “inversión mínima
inicial”, pasé por un cine porno y me metí. Ahí conocí todo lo que pasaba y ahí
dentro. Y a partir de ahí cambió el rumbo de mi vida, no exenta de muchos
errores y de encontrar muchas personas que solo buscaban sacar un provecho
momentáneo, pero al fin y al cabo ya era mi vida. Y en ese camino conocí
también personas muy valiosas, que más allá de su preferencia sexual son
valiosas por su condición humana, son valiosas no porque estén “buenotes” o
sean “dotados” o tengan “buen culo”, que son las características con las que
hoy en día se da valor a la gente en el medio. Son valiosas por su calidad
humana, por sus sentimientos, por su apoyo, personas que me han acompañado en
la vida.
Esa ocasión en el cine conocí a un tipo. Dijo llamarse Carlos, hasta hoy
no sé si ese era su nombre real, he conocido tanta gente que suele tener nombres
“artísticos” para que no los “ubiquen”. Bueno, dijo llamarse Carlos, después de
un primer contacto donde él había tomado la iniciativa platicamos brevemente y
me dijo que quería que nos viéramos en otra ocasión, me indicó donde vivía y
como llegar a donde él estaba. Pasaron los días y después de pensarlo mucho me decidí
a buscarlo, pensaba en él, me había gustado que no se veía que fuera obvio, era
más alto que yo, facciones recias, joven, delgado. Sin conocer bien la ciudad
de México pude llegar hasta donde él vivía. Era un departamento que rentaban
entre cuatro personas pero solamente dos vivían de fijo ahí. Los otros dos
ocupaban el departamento de medio tiempo y principalmente para sus ligues o
cuando se les hacía tarde y no podían llegar a sus casas. Estaban en una zona
habitacional popular ya bastante vieja, el departamento estaba muy descuidado,
paredes despintadas, oscuro, pocos muebles, el refrigerador solo contenía agua,
vacío, la estufa de dos hornillas portátil bastante sucia de cochambre y restos
de comida rápida regados en la cocineta. Pero esos detalles pasaban
desapercibidos. Con él estaba liberando mis instintos, mezclándolo con
sentimientos, explorando mi sexualidad. Todo era agradable, satisfactorio, el
sexo era bueno y estaba yo seguro que no habría nadie más como él, era único para
íi, no podría encontrar a nadie como él.
Ahí nos vimos varias veces, hasta que en una ocasión que llegué a
visitarlo sin avisar se mostró sorprendido, me recibió más forzado que nada y
ahí me confesó que en realidad estaba esperando a otra persona. Ahí en ese
momento entendí de golpe cómo son realmente muchas cosas en el ambiente. Relaciones fugaces,
momentáneas, vacías. Supe que Carlos en realidad era un “chichifo”, muy barato
por cierto, y que conmigo y por el hecho de que le había gustado no me había
cobrado, pero que en realidad estaba saliendo con un Contador el cual le pagaba
todos sus gastos, aunque decía que “no lo quería”, pero por solventar sus
gastos no lo podía dejar. Al poco tiempo se detuvo un auto lujoso, le toco el
claxon, Carlos subió al coche y se fue, dejándome ahí, en medio de la calle, en
compañía de su compañero del departamento. Estuve un rato sin saber que hacer y
finalmente también me fui. No volví a buscarlo. Volví a la soledad que rodea a
los homosexuales. Porque aunque estemos en un antro repleto de gente, en un bar
donde apenas quepa un alfiler, en realidad estamos solos. Los encuentros
sexuales abundan, los lugares de encuentro proliferan, y se conoce mucha gente,
aunque al día siguiente se amanezca más solo que ayer, más hueco, más vacío,
esperando tan solo el siguiente encuentro sexual, el siguiente amante de media
hora, que nos permita llenar en algo el vacío que se agranda cada día, buscando
pertenecer a algo, buscando no sentirnos solos.
Por esos días me resolvieron de un trabajo en provincia, en la capital
de mi estado, así que tampoco volví al DF en mucho tiempo. Han pasado muchos
años desde esa primera vez y han pasado muchas cosas. Hace poco estuve en el DF
y caminando cerca del centro lo encontré por casualidad. A pesar del paso de
los años supe que era Carlos, pero él ya no me reconoció y yo no le dije nada.
Supongo que ambos hemos cambiado, aunque me parece que no lo sacaron de
trabajar. Me pregunto si seguirá siendo un chichifo, aunque ya no tiene edad
para vender. No tuve ninguna emoción, seguí mi camino y no pude menos que
recordar la canción de Pablo Milanes:
Hoy la ví, y tenía un rostro ajeno al que yo amaba
el que dan unos años de no ser feliz.
Hoy la ví, y recordé la historia de un pedazo de mi vida
en que abrí la primavera bruta de mis años al amor.
…
Junto a ti, mi futuro de sueños llené,
logré identificar tu belleza y el mundo al revés
nos miraban de muy buena fe,
nada cruel existía, si yo te veía, reía después.
Desperté la mañana en que no pudo ser,
no sin antes jurar que si no era contigo, jamás,
que esta herida me habría de matar
y heme aquí qué destino que ni el nombre tuyo
pude recordar.
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