Trataba de ocultar mis
instintos en una especie de admiración hacia ellos, y conforme crecía me
comenzaron a gustar cuerpos más adultos, con formas más definidas, descubrí las
revistas de fisicoculturismo y esos cuerpos de gimnasio fueron para mi los
nuevos dioses a los cuales yo admiraba y convertía en modelos a seguir, me hice
unas pesas de cemento con tubos y hacia levantamientos tratando de desarrollar
los músculos que a esa edad eran aún de un niño, recortaba las fotos de los que
más me gustaban y entonces, cierto día, comencé a masturbarme mirando uno de
esos cuerpos, y entonces, al llegar el orgasmo llegó también el pensamiento
consciente de lo que yo era, ¡era un homosexual!, un puto, un maricón, y todo
el placer se volvió una culpa completa, me sentí la peor de las personas,
indigno de mis padres.
A partir de ese
momento me volví introvertido, trataba de pasar desapercibido y me volví
desconfiado de todos, pensaba que en algún momento alguien iba a descubrir mi
secreto y entonces todos me señalarían con el dedo diciéndome ¡Puto!. Así
terminé la secundaria y dejé la provincia para irme a estudiar la preparatoria
a una Universidad que integraba también la preparatoria y tenía un sistema de
internado. Los primeros años fueron insoportables, la escuela era sumamente
machista, y tuve que encerrarme más en mi mismo. En el primer semestre del
tercer año de preparatoria tuve un profesor que nos impartía la clase de
biología. Su forma de dar clases era muy amena, a mi nunca me gustó la
biología, siempre me sentí más inclinado hacia las ciencias sociales y
sicología ya que de alguna manera buscaba una respuesta a por qué era yo así, que
era lo que hacía que fuera yo homosexual, pero su clase era muy amena.
Terminó
el primer semestre de ese tercer año y entonces en el segundo semestre la
escuela ofrecía una variedad de cursos a elección, orientados a distintas ramas
de las licenciaturas que ofrecían. Este maestro ofrecía un curso en particular,
Fisiología de la Reproducción Humana, un curso que en sí no iba orientado a
ninguna de las licenciaturas que la Universidad tenía como opciones de carrera,
y por el contenido del programa a mi me daba miedo tomar por el hecho de pensar
en que fuera yo a ser descubierto en mi condición de homosexual en un medio
machista. Había la opción de tomar una clase como muestra para saber si el
curso te gustaba, muchos de mis compañeros estaban decididos a tomar el curso
con él por ser un buen maestro. Y aunque yo lo reconocía era más mi miedo a
sentirme descubierto al tomar temas tabú y no saber yo cómo reaccionar. Para
seguirles la corriente les dije que iría a la clase muestra, seguramente habría
una lista muy grande para inscribirse con él y después les diría que no alcancé
cupo. Fui mas forzado que nada a tomar el curso y para mi sorpresa me gustó la
clase muestra, era totalmente diferente a como había impartido biología, era
muy ameno, y sin tabús. El día de las inscripciones me levanté mas temprano y
fui el tercero en anotarse en su clase. A lo largo de un semestre las clases
fueron audiovisuales, sin apuntes, con muchas imágenes, mucha discusión y se
tocaron todos los temas de ese momento, aborto, virginidad, homosexualidad,
filias, parafilias, el ciclo reproductivo sin morbo, y ahí aprendí, gracias a
ese maestro, que yo no era una anormalidad, ahí discutimos el tema de lo que es
normal y no, y ahí fue, durante esos seis meses, que comencé a aceptarme,
gracias a ese maestro, que fue uno de los pocos que tocó mi vida para bien. Al
terminar el curso sabía lo que debía estudiar, poco a poco me fui abriendo e
incluso fui capaz de bromear de mi mismo frente a otros, aprendí a enfrentar a
los demás de forma diferente.
Tres años después de
ese curso un nuevo evento habría de cambiar el curso de la forma de tener sexo
hasta nuestros días, entre rumores y nuevos miedos una palabra estaba cambiando
a la sociedad: Sida.
Este 15 de Mayo quise
recordar a ese maestro que me cambió para bien, sin que él nunca lo supiera.
Gracias a todos aquellos que merecen llamarse Maestros.
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