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15 de mayo de 2014

Al maestro con cariño

 Hay pocos maestros que han dejado huella en mi. Hoy quiero recordar a uno de ellos, el más importante para mi. Desde que recuerdo siempre he sabido que soy diferente, aún a temprana edad siempre me sentí atraído hacia otros niños, conforme fue pasando el tiempo supe que de alguna forma yo era diferente, aunque no tenía conciencia de lo que era, solo sabía que eso estaba mal y en el fondo pensaba que esto pronto iba a pasar, pero mi instinto era más fuerte que yo y siempre admiraba a los niños que me llevaban algunos años y que comenzaban a desarrollar características masculinas más marcadas, mas avanzadas que el resto de los niños de mi edad.
Trataba de ocultar mis instintos en una especie de admiración hacia ellos, y conforme crecía me comenzaron a gustar cuerpos más adultos, con formas más definidas, descubrí las revistas de fisicoculturismo y esos cuerpos de gimnasio fueron para mi los nuevos dioses a los cuales yo admiraba y convertía en modelos a seguir, me hice unas pesas de cemento con tubos y hacia levantamientos tratando de desarrollar los músculos que a esa edad eran aún de un niño, recortaba las fotos de los que más me gustaban y entonces, cierto día, comencé a masturbarme mirando uno de esos cuerpos, y entonces, al llegar el orgasmo llegó también el pensamiento consciente de lo que yo era, ¡era un homosexual!, un puto, un maricón, y todo el placer se volvió una culpa completa, me sentí la peor de las personas, indigno de mis padres.
A partir de ese momento me volví introvertido, trataba de pasar desapercibido y me volví desconfiado de todos, pensaba que en algún momento alguien iba a descubrir mi secreto y entonces todos me señalarían con el dedo diciéndome ¡Puto!. Así terminé la secundaria y dejé la provincia para irme a estudiar la preparatoria a una Universidad que integraba también la preparatoria y tenía un sistema de internado. Los primeros años fueron insoportables, la escuela era sumamente machista, y tuve que encerrarme más en mi mismo. En el primer semestre del tercer año de preparatoria tuve un profesor que nos impartía la clase de biología. Su forma de dar clases era muy amena, a mi nunca me gustó la biología, siempre me sentí más inclinado hacia las ciencias sociales y sicología ya que de alguna manera buscaba una respuesta a por qué era yo así, que era lo que hacía que fuera yo homosexual, pero su clase era muy amena. 
Terminó el primer semestre de ese tercer año y entonces en el segundo semestre la escuela ofrecía una variedad de cursos a elección, orientados a distintas ramas de las licenciaturas que ofrecían. Este maestro ofrecía un curso en particular, Fisiología de la Reproducción Humana, un curso que en sí no iba orientado a ninguna de las licenciaturas que la Universidad tenía como opciones de carrera, y por el contenido del programa a mi me daba miedo tomar por el hecho de pensar en que fuera yo a ser descubierto en mi condición de homosexual en un medio machista. Había la opción de tomar una clase como muestra para saber si el curso te gustaba, muchos de mis compañeros estaban decididos a tomar el curso con él por ser un buen maestro. Y aunque yo lo reconocía era más mi miedo a sentirme descubierto al tomar temas tabú y no saber yo cómo reaccionar. Para seguirles la corriente les dije que iría a la clase muestra, seguramente habría una lista muy grande para inscribirse con él y después les diría que no alcancé cupo. Fui mas forzado que nada a tomar el curso y para mi sorpresa me gustó la clase muestra, era totalmente diferente a como había impartido biología, era muy ameno, y sin tabús. El día de las inscripciones me levanté mas temprano y fui el tercero en anotarse en su clase. A lo largo de un semestre las clases fueron audiovisuales, sin apuntes, con muchas imágenes, mucha discusión y se tocaron todos los temas de ese momento, aborto, virginidad, homosexualidad, filias, parafilias, el ciclo reproductivo sin morbo, y ahí aprendí, gracias a ese maestro, que yo no era una anormalidad, ahí discutimos el tema de lo que es normal y no, y ahí fue, durante esos seis meses, que comencé a aceptarme, gracias a ese maestro, que fue uno de los pocos que tocó mi vida para bien. Al terminar el curso sabía lo que debía estudiar, poco a poco me fui abriendo e incluso fui capaz de bromear de mi mismo frente a otros, aprendí a enfrentar a los demás de forma diferente.
Tres años después de ese curso un nuevo evento habría de cambiar el curso de la forma de tener sexo hasta nuestros días, entre rumores y nuevos miedos una palabra estaba cambiando a la sociedad: Sida.

Este 15 de Mayo quise recordar a ese maestro que me cambió para bien, sin que él nunca lo supiera. Gracias a todos aquellos que merecen llamarse Maestros.

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