Dicen que en gustos se rompen géneros, y en mi caso siempre me han
gustado los hombres de color, aunque quizá debo decir que mi fantasía no es ir
a Africa a buscar negros, no, mas bien tengo el gusto por el hombre de raza
negra que ha tenido un proceso de mestizaje, que está mezclado con algo de
europeo.
Aunque había tenido encuentros sexuales con otros hombres, siempre había
evadido a la gente de piel muy blanca o rubios, por muy guapos que fueran los
veía con rasgos femeninos, algo que chocaba con mi imagen de masculinidad que
me había formado desde pequeño. Y cuando en los inicios llegué a tener algo con
alguno los veía con la misma excitación que me produciría el ver el tono de
piel de un pollo de rosticería, de tal forma que el encuentro resultaba un
fracaso, evitándolos en lo sucesivo.
Han pasado muchos años, era joven y había ido a un curso a la ciudad de
México por parte de mi primer trabajo, era un día martes cualquiera, terminamos
a eso de las 7 de la noche y estaba cerca del centro histórico, los bares en
ese día seguramente estarían vacíos, pero no quería estar con mis compañeros de
curso, me habían invitado a salir pero puse un pretexto y salí por mi cuenta,
me dirigí al Oasis, serían cerca de las 8 de la noche, el bar estaba
prácticamente vacío, en un vistazo rápido pude darme cuenta que solo había dos
mesas ocupadas, sin fijarme mucho me senté en una vacía y pedí una cerveza.
Mientras la tomaba sentí una mirada a mis espaldas y pude ver que en la mesa de
al lado estaba una pareja, pero lo que me llamó la atención es que uno de ellos
era un hombre de raza negra, muy guapo, su mirada me puso nervioso, un hombre
negro era una de mis fantasías, pero no sabía qué pasaría con su acompañante,
no sabía si eran pareja abierta, entonces él levantó su cerveza viendo hacia mí y
sonriéndome, entonces le correspondí y me hizo una seña con la cabeza para que
los acompañara a su mesa. Sin pensarlo accedí, y entonces pude verlo de cerca,
era muy atractivo, su piel negra contrastaba con lo blanco de su dentadura
perfecta y su sonrisa era encantadora, tenía el pelo muy corto y una mirada
pícara. Supe que su acompañante no era su pareja, solo eran amigos, ambos eran
cubanos, lo que hacía más agradable su voz gruesa y profunda. Alguna vez estuve
en Cuba y aún recuerdo su forma de hablar, siempre me ha parecido muy sensual.
No sé qué pudo haber visto en mi pero le agradé, después de algunas cervezas
salimos del bar el cual quedó vacío y decidimos caminar los tres. Mi hotel
quedaba camino a donde ellos vivían, así que caminamos juntos, él era más alto
que yo y tenía un cuerpo delgado pero marcado, con una cintura estrecha y unas
nalgas firmes y duras. No supe cómo pasó el tiempo pero cuando me dí cuenta ya
estábamos a la puerta de mi hotel. Ahí nos quedamos un rato sin saber qué
hacer. Él se acercó a mi oído para que su amigo no lo escuchara y me dijo algo
al oído, sentí su aliento cálido y una voz atercioperada que me hizo vibrar y
eso fue lo que me hizo invitarlo a mi hotel. Él aceptó y se despidió de su
amigo y entonces entramos al hotel, el amplio lobby lucía vacío a la media
noche y nos dirigimos al ascensor sin que nadie reparara en nosotros.
Realmente no sé cómo fue que me dí cuenta de mi gusto por la piel
oscura, crecí en un pueblo de provincia en Veracruz a donde mis padres llegaron
a trabajar como maestros rurales, era un pueblo pequeño y la gente de ahí era
muy morena, así que los recuerdos que tengo son de hombres con la piel quemada
al sol lo cual asumí como algo común. Al tercer año de primaria mis padres se
movieron al bajío, donde la gente es de piel muy blanca, y ahí transcurrió
buena parte de mi vida, pero los primeros recuerdos quedaron en mi. Quizá las
primeras veces que fui consciente de mis gustos fue cuando estaba en la
secundaria y veía las revistas de fisicoculturismo de aquel tiempo, y me
gustaban los cuerpos de los negros. En aquel tiempo no lo sabía pero todos los
que participan en eventos de fisicoculturismo se pintan el cuerpo de tonos
bronceados para resaltar los cortes de músculo en el cuerpo, los mismos cuerpos
sin puntura se ven lisos, sin separación muscular, la pintura oscurece y hace que contrasten los
músculos, ahí comencé a darme cuenta de cómo los mejores cuerpos se veían mejor
cuanto más negro fuera el tono de piel. Y estar con un hombre de raza negra se
volvió una fantasía para mí. Nunca pensé que en un bar vacío iba a hacerlo
realidad.
Esa noche el tiempo fue corto, la habitación se quedó a media luz, quise
disfrutar cada minuto de la noche, cada parte de su cuerpo, y perderme en lo
negro y aterciopelado de su piel. Nos quitamos la ropa y nos bañamos juntos, no
sabía que parte de su cuerpo me gustaba más, nos acariciamos el cuerpo con el
jabón mientras el agua tibia resbalaba nuestras manos recorriendo nuestro
cuerpo. Sus labios eran gruesos y firmes, su primer beso fue bajo el agua de la
regadera, su piel la sentía más gruesa, y su cuerpo era firme, macizo. Nos secamos y caímos sobre la cama, él tomó
la iniciativa y me besó, no sé por qué pero sus besos sabían diferente, su
sabor era diferente, quizá sería solo mi imaginación, pero algo era diferente,
muy fuerte y muy agradable. Su cuerpo tenía un vello fino y crespo que le
cubría las piernas y parte del pecho, las sensaciones corporales al tocarlo
eran diferentes a las que conocía. Las horas no fueron suficientes para los
dos, ahí mismo estaba cumpliendo mi fantasía por fin, ese hermoso cuerpo de ébano
estaba siendo mío, nos fundimos como si fuésemos uno solo, esa noche y por
primera vez en mucho tiempo no me importaron los roles, solo puedo
decir que ambos nos disfrutamos de todas las formas conocidas y solo puedo
decir que el mito acerca de los negros, es cierto. Esa noche solo me dejé
llevar por mi instinto primitivo y por su piel, de formas que yo mismo no
conocía.
Al día siguiente él salió muy temprano, yo estaba muy desvelado y apenas
pude llegar al curso, mis compañeros se me quedaban viendo y yo solo sonreía en
mi interior. A medio día sonó mi celular, era él quien me decía que me invitaba
a comer, le dije mi hora de comida y quedamos de vernos en un restaurante
cercano. Esa fue la última vez que lo vi, se iba de la ciudad de México y no
pude seguirlo. Sin embargo no lo lamento, solo lo recuerdo, en detalles
intensos que recuerdo y otros que se han ido diluyendo con el tiempo. Aún
escucho su voz grave y varonil diciéndome al oído, como hace muchos años en una
noche solitaria a las afueras de un hotel de Reforma: “¿te gustaría compartir
tu almohada conmigo…?”

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