PAGINAS

28 de agosto de 2014

Martes Negro

Dicen que en gustos se rompen géneros, y en mi caso siempre me han gustado los hombres de color, aunque quizá debo decir que mi fantasía no es ir a Africa a buscar negros, no, mas bien tengo el gusto por el hombre de raza negra que ha tenido un proceso de mestizaje, que está mezclado con algo de europeo.
Aunque había tenido encuentros sexuales con otros hombres, siempre había evadido a la gente de piel muy blanca o rubios, por muy guapos que fueran los veía con rasgos femeninos, algo que chocaba con mi imagen de masculinidad que me había formado desde pequeño. Y cuando en los inicios llegué a tener algo con alguno los veía con la misma excitación que me produciría el ver el tono de piel de un pollo de rosticería, de tal forma que el encuentro resultaba un fracaso, evitándolos en lo sucesivo.

Han pasado muchos años, era joven y había ido a un curso a la ciudad de México por parte de mi primer trabajo, era un día martes cualquiera, terminamos a eso de las 7 de la noche y estaba cerca del centro histórico, los bares en ese día seguramente estarían vacíos, pero no quería estar con mis compañeros de curso, me habían invitado a salir pero puse un pretexto y salí por mi cuenta, me dirigí al Oasis, serían cerca de las 8 de la noche, el bar estaba prácticamente vacío, en un vistazo rápido pude darme cuenta que solo había dos mesas ocupadas, sin fijarme mucho me senté en una vacía y pedí una cerveza. Mientras la tomaba sentí una mirada a mis espaldas y pude ver que en la mesa de al lado estaba una pareja, pero lo que me llamó la atención es que uno de ellos era un hombre de raza negra, muy guapo, su mirada me puso nervioso, un hombre negro era una de mis fantasías, pero no sabía qué pasaría con su acompañante, no sabía si eran pareja abierta, entonces él levantó su cerveza viendo hacia mí y sonriéndome, entonces le correspondí y me hizo una seña con la cabeza para que los acompañara a su mesa. Sin pensarlo accedí, y entonces pude verlo de cerca, era muy atractivo, su piel negra contrastaba con lo blanco de su dentadura perfecta y su sonrisa era encantadora, tenía el pelo muy corto y una mirada pícara. Supe que su acompañante no era su pareja, solo eran amigos, ambos eran cubanos, lo que hacía más agradable su voz gruesa y profunda. Alguna vez estuve en Cuba y aún recuerdo su forma de hablar, siempre me ha parecido muy sensual. No sé qué pudo haber visto en mi pero le agradé, después de algunas cervezas salimos del bar el cual quedó vacío y decidimos caminar los tres. Mi hotel quedaba camino a donde ellos vivían, así que caminamos juntos, él era más alto que yo y tenía un cuerpo delgado pero marcado, con una cintura estrecha y unas nalgas firmes y duras. No supe cómo pasó el tiempo pero cuando me dí cuenta ya estábamos a la puerta de mi hotel. Ahí nos quedamos un rato sin saber qué hacer. Él se acercó a mi oído para que su amigo no lo escuchara y me dijo algo al oído, sentí su aliento cálido y una voz atercioperada que me hizo vibrar y eso fue lo que me hizo invitarlo a mi hotel. Él aceptó y se despidió de su amigo y entonces entramos al hotel, el amplio lobby lucía vacío a la media noche y nos dirigimos al ascensor sin que nadie reparara en nosotros.

Realmente no sé cómo fue que me dí cuenta de mi gusto por la piel oscura, crecí en un pueblo de provincia en Veracruz a donde mis padres llegaron a trabajar como maestros rurales, era un pueblo pequeño y la gente de ahí era muy morena, así que los recuerdos que tengo son de hombres con la piel quemada al sol lo cual asumí como algo común. Al tercer año de primaria mis padres se movieron al bajío, donde la gente es de piel muy blanca, y ahí transcurrió buena parte de mi vida, pero los primeros recuerdos quedaron en mi. Quizá las primeras veces que fui consciente de mis gustos fue cuando estaba en la secundaria y veía las revistas de fisicoculturismo de aquel tiempo, y me gustaban los cuerpos de los negros. En aquel tiempo no lo sabía pero todos los que participan en eventos de fisicoculturismo se pintan el cuerpo de tonos bronceados para resaltar los cortes de músculo en el cuerpo, los mismos cuerpos sin puntura se ven lisos, sin separación muscular, la pintura oscurece y hace que contrasten los músculos, ahí comencé a darme cuenta de cómo los mejores cuerpos se veían mejor cuanto más negro fuera el tono de piel. Y estar con un hombre de raza negra se volvió una fantasía para mí. Nunca pensé que en un bar vacío iba a hacerlo realidad.

Esa noche el tiempo fue corto, la habitación se quedó a media luz, quise disfrutar cada minuto de la noche, cada parte de su cuerpo, y perderme en lo negro y aterciopelado de su piel. Nos quitamos la ropa y nos bañamos juntos, no sabía que parte de su cuerpo me gustaba más, nos acariciamos el cuerpo con el jabón mientras el agua tibia resbalaba nuestras manos recorriendo nuestro cuerpo. Sus labios eran gruesos y firmes, su primer beso fue bajo el agua de la regadera, su piel la sentía más gruesa, y su cuerpo era firme, macizo.  Nos secamos y caímos sobre la cama, él tomó la iniciativa y me besó, no sé por qué pero sus besos sabían diferente, su sabor era diferente, quizá sería solo mi imaginación, pero algo era diferente, muy fuerte y muy agradable. Su cuerpo tenía un vello fino y crespo que le cubría las piernas y parte del pecho, las sensaciones corporales al tocarlo eran diferentes a las que conocía. Las horas no fueron suficientes para los dos, ahí mismo estaba cumpliendo mi fantasía por fin, ese hermoso cuerpo de ébano estaba siendo mío, nos fundimos como si fuésemos uno solo, esa noche y por primera vez en mucho tiempo no me importaron los roles, solo puedo decir que ambos nos disfrutamos de todas las formas conocidas y solo puedo decir que el mito acerca de los negros, es cierto. Esa noche solo me dejé llevar por mi instinto primitivo y por su piel, de formas que yo mismo no conocía. 

Al día siguiente él salió muy temprano, yo estaba muy desvelado y apenas pude llegar al curso, mis compañeros se me quedaban viendo y yo solo sonreía en mi interior. A medio día sonó mi celular, era él quien me decía que me invitaba a comer, le dije mi hora de comida y quedamos de vernos en un restaurante cercano. Esa fue la última vez que lo vi, se iba de la ciudad de México y no pude seguirlo. Sin embargo no lo lamento, solo lo recuerdo, en detalles intensos que recuerdo y otros que se han ido diluyendo con el tiempo. Aún escucho su voz grave y varonil diciéndome al oído, como hace muchos años en una noche solitaria a las afueras de un hotel de Reforma: “¿te gustaría compartir tu almohada conmigo…?”

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Comentarios:


Gracias por comentar