PAGINAS

3 de junio de 2015

El placer de mirar

Ustedes dos proyectan una imagen muy fuerte, son una pareja de hombres maduros con diferencias que al unirse los hace ver con mucha carga sexual, por lo menos para mí son así, siempre que veo sus fotos donde están abrazados pone a volar mi imaginación, uno moreno, otro blanco, desnudos entre las sábanas blancas, insinuando lo que va a pasar. Sé que posiblemente yo no sea de su gusto, pero solo quiero verlos, si quieren yo les puedo tomar las fotos que gusten, si quieren que les tome un vídeo con su cámara me dicen, solo quiero ver cómo son en su intimidad, cómo lo hacen, siempre me ha gustado ver cómo las parejas como ustedes lo hacen, no tanto el participar, ustedes pueden hacer como que yo no estoy ahí, ni siquiera hago ruido, mi gusto es verlos hacerlo, soy una persona discreta, ya me conocerán. Muchas veces me han dicho que solo soy un calienta huevos, pero no es eso, es solo que a mí lo que más me gusta es ver, sé muy bien que la mayoría desearía hacer un trío con ustedes, pero mi placer está en mirar, hay una palabra que define ese comportamiento sexual y seguramente la conocen, eso es algo que muchos me han preguntado, les contaré cómo es que llegué a ser lo que ahora soy y el por qué de que me guste tanto mirar.

Desde muy pequeño viví en casa de mis abuelos, incluso yo creía que mis abuelos eran mis padres, pero de vez en cuando aparecía en casa una pareja de jóvenes que me decían hijo, ellos siempre llevaban regalos para todos, mis tíos y mis abuelos se ponían felices y durante una semana o dos había fiesta en casa hasta que ellos de nuevo se iban. Esa pareja de jóvenes eran mis padres, aun los recuerdo, mi papá tenía cabello muy negro con una barba tupida con la cual me hacía cosquillas en mi pancita de niño, también tenía unos ojos que me gustaban mucho, mi madre por otro lado era muy morena, más que mi padre y tenía una voz que siempre se quebraba cuando me tenía a su lado. Parecía que en vez de alegrarse al verme, se pusiera triste. Nunca entendí porque si eran mis padres me habían dejado al cuidado de mis abuelos. Cuando se iban, yo no podía controlar mi llanto, de pronto un día amanecía y ya no estaban, mi tía se iba a jugar conmigo y así me consolaba poco a poco, con la idea de que volverían de nuevo.

Yo crecí con mis tíos menores, hermanos de mi padre, como si fuesen mis hermanos, el más pequeño, era 5 años mayor que yo y se convirtió en mi peor enemigo, comenzamos a pelear todo el tiempo por cualquier cosa y aunque mi tía me defendía de él, yo comencé a sentirme rechazado, creía que en casa le daban preferencia a él, yo siempre era el culpable de los pleitos que teníamos y mi abuelo cuando estaba ebrio siempre decía cosas desagradables de mis padres y de mí. Eso ocurrió porque de pronto mis padres dejaron de ir a casa, yo calculaba que más o menos cada medio año nos visitaban, pero eso cambio y pasaron como tres años y mis padres ya no volvieron. Comencé a interrogar a todos en casa, sobre por qué no regresaban mis padres, pero solo me decían que no sabían, mi abuelo solo se callaba, mi abuela no sabía nada, ella era muy callada y solo se veía triste. Yo cada vez me sentía más triste que de costumbre, no entendía porque no podían decirme nada de ellos, quería salir a buscarlos, pero era muy pequeño para eso, en esa época tenía un buen amigo en la escuela y platicaba con él, era un niño llamado Javier, yo sentía algo por él, pero no entendía que era atracción y recuerdo que cuando jugábamos en su casa en ocasiones nos abrazábamos y besábamos.

Un día mi abuelo falleció, aunque no era un hombre muy grande le dio un paro cardíaco, quizá porque fumaba mucho, pero en esa época no me interesó ya que en ocasiones había sido malo conmigo y no sentía mucho aprecio por él. Mi abuela se quedó con la responsabilidad de mantener a mis tíos menores y a mí, fueron tiempos difíciles, pero mi abuela era una mujer muy trabajadora, y comenzó a hacer tortillas para vender y con ese trabajo nos mandaba a la escuela a mis tíos y a mí. Ellos cursaban la preparatoria y yo la primaria. Entonces comencé a hacer un trabajo en casa, cuando llegaba de la escuela primaria, mi abuela ya me tenía listo mi almuerzo. Después de comer me mandaba a entregar paquetes de tortillas para sus clientes. Yo hacía con gusto ese trabajo, ya que descubrí algo muy placentero al realizarlo…

Me apresuraba a entregar todos los paquetes de tortillas que tenía para dejar al último el más importante, el del Don Israel. A él le llevaba sus tortillas a las tres de la tarde. En el pueblo Don Israel era uno de los hombres más ricos, tenía tierras y casas, y se le respetaba por eso, pero también se sabía que él era homosexual, sin embargo era un hombre muy atractivo y discreto, no se veía para nada afeminado, a mí me atraía mucho porque tenía una barba como la de mi padre, y yo encontraba cierto placer al verlo, el contraste de su piel blanca y su pelo negro me gustaba mucho. Vivía al fondo de una privada, en la última casa, muy alejado de todo. Él me había dicho desde el primer día que siempre le entregara sus tortillas a las 3 en punto, nunca antes, nunca después, ya que tenía una serie de compromisos y era muy estricto con su horario. Sin embargo a veces terminaba antes y llegaba antes de esa hora a su casa, y me ponía a perder el tiempo viendo su casa desde fuera, era una propiedad grande, tenía un jardín con alberca y estaba cercado con una barda como de un metro y después tenía enredaderas que habían formado una barda natural por donde podía verse el magnífico interior. Una de esas veces pude verlo teniendo sexo con otro hombre, mi corazón comenzó a latir con más fuerza, procuraba no hacer ruido para verlo cómo tenía sexo mientras una tímida erección crecía en mi pantalón.

Desde ese día procuraba terminar pronto para llegar a su casa lo más temprano posible, muchas veces pude observar como tenía sexo con ese hombre y me parecía muy placentero contemplarlos, varias veces terminaba con los pantalones manchados, inconscientemente me llevaba la mano a mi pene y lubricaba mucho, veía todos los detalles de lo que hacían, veía sus cuerpos, sus gestos, su placer, y ese fue siendo mi placer, verlos. Al final, cuando terminaban, me regresaba a la puerta principal de la calle y les tocaba el timbre, a veces salía Don Israel, otras veces el otro señor, aun sudando y me pagaban las tortillas que yo le entregaba sin decirme nada. Después me entere en los chismes de pueblo que solo contrataba a una señora para que le hiciera el aseo y la comida y se fuera al terminar, cuando llegaba su pareja. Supuse que era la hora en que yo llevaba las tortillas.

Verlos tener sexo se me volvió una costumbre. No siempre que iba lo hacían, pero algunas veces tenía suerte y mi curiosidad era satisfecha. En ocasiones iba algún otro hombre y entonces hacían tríos. El momento más excitante para mí era cuando el otro hombre comenzaba a penetrar a don Israel y llegaba su pareja por atrás para comenzar a penetrar al invitado, haciendo un trío. Yo no entendía bien que sensaciones experimentaba en ese momento, pero comenzaba a tocarme mi pene, y a masajearme de tal forma que me masturbaba sin darme cuenta, eyaculaba y luego como podía me limpiaba con las plantas y me apresuraba a ir a la puerta para entregar las tortillas. Me gustaba mucho cuando hacían tríos, no tenían limitaciones, hacían de todo, eran cosas que nunca me hubiera imaginado y que tardaría mucho en volver a ver en vivo. Siempre quedaba a distancia, a veces no podía ver con exactitud todo lo que pasaba, pero mi imaginación siempre se encargaba de darme esas imágenes que apenas podría ver de lejos. Sin pensarlo era yo un participante más a prudente distancia y sin que ellos se dieran cuenta que eran observados.

Y un día, ya sin esperarlo, recibí una gran noticia, mi abuela me dijo que mi papá iba a regresar, yo me puse muy contento, aunque mi abuela también dijo que mi madre no vendría con él, solo me dijo que ella estaba bien y que en algún momento volvería a visitarme, pero que ya no estaban juntos. No me dio más explicaciones, solo me dijo que a partir de ese momento mi padre me visitaría más seguido, no se quedaría en casa, pero estaría más pendiente de mí, que estaría cerca. Yo estaba muy feliz, mi papá también prometió que estaría conmigo el día de mi cumpleaños y me haría una fiesta en casa.

Recuerdo muy bien ese día, como cualquier otro entre semana, por la mañana fui a la escuela, regrese buscando a mi papá, mi abuela me dijo que había avisado que llegaría más tarde y que mientras fuera a entregar las tortillas que ya estaban listas. Ese día, quizá por la emoción de que vería a mi papá, se me hizo tarde entregando los otros pedidos y cuando fui a la casa de Don Israel ya eran las tres de la tarde, así que no hice lo que normalmente hacia al llegar a esa casa, sino que fui directamente a tocar el timbre. Después de tocarlo, escuche cuando don Israel dijo “te toca ir a abrir la puerta, debe ser el chico de las tortillas, siempre llega a esta hora”. Yo esperé en la puerta a hacer el entrego de tortillas. Salió un hombre sudando, la faena debió ser dura, había pasado el tiempo, pero aún lo recordaba, su inconfundible barba, su piel morena, y entonces lo reconocí, quien me había abierto la puerta y estaba parado frente a mí, era mi padre.

Mi vida cambió a partir de entonces. Pero ahora ya como adulto lo que me gusta es observar. Cada experiencia es diferente, aprecio cada cuerpo, cada movimiento, cada gesto, cada detalle que quienes están haciéndolo no pueden darse cuenta del cúmulo de emociones que desprenden, la testosterona puede olerse en el ambiente, el roce de los cuerpos, cada cosa que hacen es excitante, y ahí estoy yo, como el intruso en primera fila que es testigo de lo que hacen. Cuando quieran me dicen y voy para estar con ustedes, espero se animen…
(propuesta recibida de un lector del blog)







No hay comentarios:

Publicar un comentario

Comentarios:


Gracias por comentar