Ustedes dos proyectan una imagen muy fuerte,
son una pareja de hombres maduros con diferencias que al unirse los hace ver
con mucha carga sexual, por lo menos para mí son así, siempre que veo sus fotos
donde están abrazados pone a volar mi imaginación, uno moreno, otro blanco,
desnudos entre las sábanas blancas, insinuando lo que va a pasar. Sé que
posiblemente yo no sea de su gusto, pero solo quiero verlos, si quieren yo les
puedo tomar las fotos que gusten, si quieren que les tome un vídeo con su
cámara me dicen, solo quiero ver cómo son en su intimidad, cómo lo hacen,
siempre me ha gustado ver cómo las parejas como ustedes lo hacen, no tanto el
participar, ustedes pueden hacer como que yo no estoy ahí, ni siquiera hago
ruido, mi gusto es verlos hacerlo, soy una persona discreta, ya me conocerán.
Muchas veces me han dicho que solo soy un calienta huevos, pero no es eso, es
solo que a mí lo que más me gusta es ver, sé muy bien que la mayoría desearía
hacer un trío con ustedes, pero mi placer está en mirar, hay una palabra que
define ese comportamiento sexual y seguramente la conocen, eso es algo que
muchos me han preguntado, les contaré cómo es que llegué a ser lo que ahora soy
y el por qué de que me guste tanto mirar.
Desde muy pequeño viví en casa de mis abuelos,
incluso yo creía que mis abuelos eran mis padres, pero de vez en cuando
aparecía en casa una pareja de jóvenes que me decían hijo, ellos siempre
llevaban regalos para todos, mis tíos y mis abuelos se ponían felices y durante
una semana o dos había fiesta en casa hasta que ellos de nuevo se iban. Esa pareja
de jóvenes eran mis padres, aun los recuerdo, mi papá tenía cabello muy negro
con una barba tupida con la cual me hacía cosquillas en mi pancita de niño,
también tenía unos ojos que me gustaban mucho, mi madre por otro lado era muy
morena, más que mi padre y tenía una voz que siempre se quebraba cuando me
tenía a su lado. Parecía que en vez de alegrarse al verme, se pusiera triste.
Nunca entendí porque si eran mis padres me habían dejado al cuidado de mis
abuelos. Cuando se iban, yo no podía controlar mi llanto, de pronto un día
amanecía y ya no estaban, mi tía se iba a jugar conmigo y así me consolaba poco
a poco, con la idea de que volverían de nuevo.
Yo crecí con mis tíos menores, hermanos de mi
padre, como si fuesen mis hermanos, el más pequeño, era 5 años mayor que yo y
se convirtió en mi peor enemigo, comenzamos a pelear todo el tiempo por
cualquier cosa y aunque mi tía me defendía de él, yo comencé a sentirme
rechazado, creía que en casa le daban preferencia a él, yo siempre era el
culpable de los pleitos que teníamos y mi abuelo cuando estaba ebrio siempre
decía cosas desagradables de mis padres y de mí. Eso ocurrió porque de pronto
mis padres dejaron de ir a casa, yo calculaba que más o menos cada medio año
nos visitaban, pero eso cambio y pasaron como tres años y mis padres ya no
volvieron. Comencé a interrogar a todos en casa, sobre por qué no regresaban
mis padres, pero solo me decían que no sabían, mi abuelo solo se callaba, mi
abuela no sabía nada, ella era muy callada y solo se veía triste. Yo cada vez
me sentía más triste que de costumbre, no entendía porque no podían decirme
nada de ellos, quería salir a buscarlos, pero era muy pequeño para eso, en esa
época tenía un buen amigo en la escuela y platicaba con él, era un niño llamado
Javier, yo sentía algo por él, pero no entendía que era atracción y recuerdo
que cuando jugábamos en su casa en ocasiones nos abrazábamos y besábamos.
Un día mi abuelo falleció, aunque no era un
hombre muy grande le dio un paro cardíaco, quizá porque fumaba mucho, pero en
esa época no me interesó ya que en ocasiones había sido malo conmigo y no
sentía mucho aprecio por él. Mi abuela se quedó con la responsabilidad de
mantener a mis tíos menores y a mí, fueron tiempos difíciles, pero mi abuela
era una mujer muy trabajadora, y comenzó a hacer tortillas para vender y con
ese trabajo nos mandaba a la escuela a mis tíos y a mí. Ellos cursaban la
preparatoria y yo la primaria. Entonces comencé a hacer un trabajo en casa,
cuando llegaba de la escuela primaria, mi abuela ya me tenía listo mi almuerzo.
Después de comer me mandaba a entregar paquetes de tortillas para sus clientes.
Yo hacía con gusto ese trabajo, ya que descubrí algo muy placentero al
realizarlo…
Y un día, ya sin esperarlo, recibí una gran
noticia, mi abuela me dijo que mi papá iba a regresar, yo me puse muy contento,
aunque mi abuela también dijo que mi madre no vendría con él, solo me dijo que
ella estaba bien y que en algún momento volvería a visitarme, pero que ya no
estaban juntos. No me dio más explicaciones, solo me dijo que a partir de ese
momento mi padre me visitaría más seguido, no se quedaría en casa, pero estaría
más pendiente de mí, que estaría cerca. Yo estaba muy feliz, mi papá también
prometió que estaría conmigo el día de mi cumpleaños y me haría una fiesta en
casa.
Recuerdo muy bien ese día, como cualquier otro
entre semana, por la mañana fui a la escuela, regrese buscando a mi papá, mi
abuela me dijo que había avisado que llegaría más tarde y que mientras fuera a
entregar las tortillas que ya estaban listas. Ese día, quizá por la emoción de
que vería a mi papá, se me hizo tarde entregando los otros pedidos y cuando fui
a la casa de Don Israel ya eran las tres de la tarde, así que no hice lo que
normalmente hacia al llegar a esa casa, sino que fui directamente a tocar el
timbre. Después de tocarlo, escuche cuando don Israel dijo “te toca ir a abrir
la puerta, debe ser el chico de las tortillas, siempre llega a esta hora”. Yo
esperé en la puerta a hacer el entrego de tortillas. Salió un hombre sudando,
la faena debió ser dura, había pasado el tiempo, pero aún lo recordaba, su
inconfundible barba, su piel morena, y entonces lo reconocí, quien me había
abierto la puerta y estaba parado frente a mí, era mi padre.
Mi vida cambió a partir de entonces. Pero ahora
ya como adulto lo que me gusta es observar. Cada experiencia es diferente,
aprecio cada cuerpo, cada movimiento, cada gesto, cada detalle que quienes
están haciéndolo no pueden darse cuenta del cúmulo de emociones que desprenden,
la testosterona puede olerse en el ambiente, el roce de los cuerpos, cada cosa
que hacen es excitante, y ahí estoy yo, como el intruso en primera fila que es
testigo de lo que hacen. Cuando quieran me dicen y voy para estar con ustedes,
espero se animen…
(propuesta recibida de un lector del blog)

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