Y la respuesta era
Por: Gabo Ortíz
Busca siempre una luz
entre tanta oscuridad
que te ayude a
alcanzar
una estrella en la
inmensidad...
Busca siempre tu paz
en un bosque de
eternidad
entre la tempestad
que marcó mi partida
fugaz... (Un nuevo camino, fortaleza)
Tras esa pregunta, el
“¿No te has arrepentido?” y su inesperada respuesta de que, al contrario,
estaba más seguro que nunca, nuestras vidas dieron un rápido e inesperado giro,
nuestro noviazgo empezó ese mismo día y, para mi sorpresa, también el vivir
juntos ya que, si bien durante el día Osmar iba a su casa y a la universidad,
cada tarde, a las 6 o 7, llegaba conmigo, preparaba algo de cenar para los dos
y platicábamos de los temas más diversos aunque su costumbre de cada noche de
poner las almohadas siguió presentándose durante un mes, mismo que yo aproveché
para conocerlo mejor, era un joven detallista, risueño, inocente que había
dejado que su familia eligiera su carrera por él, una ingeniería que, si bien
le gustaba, no lo satisfacía del todo ya que su sueño siempre había sido
estudiar derecho pero, dado que su padre era quién le pagaba la carrera, no le
dio otra opción, tenía que ser lo que él quería si quería seguir contando con
su apoyo.
Durante ese corto
lapso de tiempo, se presentaron dos problemas, el primero, tanto el supuesto
modelo por el que accidentalmente lo conocí como el anfitrión de la fiesta nos
estuvieron molestando por celular, furiosos de nuestra incipiente relación
aunque se solucionó fácilmente al ignorar los mensajes hasta que estos
desaparecieron, el otro, mucho más fuerte fue que yo, por un problema de
papeles ya no pude conseguir otro trabajo y, viendo el final de mis vacaciones,
me vi forzado a volver a mi pueblo pero, curiosamente, eso, en lugar de
separarnos, nos unió aún más como pareja ya que, cada fin de semana, ahorrando
y con dificultades, seguimos nuestros encuentros sin faltar un solo día a
ellos, conoció a mi familia, yo conocí a la suya, me abrió los ojos sobre las
supuestas amistades que yo tenía en mi pueblo e incluso, en un movimiento
inesperado aunque un poco impulsado por mí, se enfrentó a sus padres y admitió
que quería estudiar derecho en la misma universidad en la que yo daba clases y,
aunque su padre le negó el apoyo, él se puso terco y, en septiembre, se vino a
vivir conmigo, en la casa de mi familia y a cumplir su sueño con el apoyo de su
mamá y el mío, lo que parecía la vida y la pareja perfecta salvo por un
detalle, ¡¡Llevábamos medio año y seguíamos sin tener relaciones!!
De principio, eso me
atrajo de él pero, ya posteriormente, no se me hizo normal que lo evadiera,
teníamos contacto, besábamos, fajábamos, me encantaba verlo desnudo a cada
oportunidad que me daba pero, fuera de una masturbación mutua y un par de veces
que me dejó hacerle sexo oral, no había penetración alguna y lo peor fue que
era hablar del tema, de la posibilidad y él se enojaba, me decía que sólo eso
me interesaba, que no me fijaba en los sentimientos y que, si no estaba satisfecho
con ello, buscara a otra persona, discusiones que nos dejaban a ambos dolidos y
con posterior arrepentimiento pero que seguían apareciendo cada vez con más
frecuencia hasta que, finalmente, a dos días de cumplir un año de relación todo
explotó…
Era un día normal en
la escuela, él a sus clases como alumno, yo a las mías como profesor, en los
recesos nos veíamos, desayunábamos juntos, fumábamos un cigarro, hablábamos del
día y nos hacíamos compañía pero, ese día, algo pasó, él salió antes que yo de
la escuela y se fue al centro del pueblo a comprar cosas que necesitaba,
libros, lapiceros y eso pero, cuando lo fui a alcanzar para regresar a la casa
juntos como siempre, lo noté extraño, distante, malhumorado, en todo el camino
apenas cruzamos palabra y, en cuanto llegó, para mi sorpresa, siendo un martes,
empezó a hacer su maleta, le pregunté qué pasaba y se negaba a decirlo hasta
que al fin, tras negarme a dejarlo ir sin decírmelo, me confesó que se había
encontrado con uno de mis supuestos “amigos” de antes y este le había dicho uno
y mil chismes de mí, que si me había visto con no sé quién y con no sé cuál,
que si yo le ponía los cuernos desde el primer día que empezamos a salir,
tontería y media, comencé a cuestionarlo, le pregunté si realmente creía que yo
era así, hice pedazos cada mentira con argumentos, siempre estábamos juntos,
las 24 horas del día, si le era infiel, por qué le seguía pidiendo tener
relaciones a cada mínima oportunidad, detalles así pero, de cualquier forma, él
insistió en irse y ya no pude detenerlo, me dio mi regalo de aniversario, un
conejo de peluche que me había encantado unos días antes y que me compró a
escondidas y, tras darle las gracias a mi familia, se fue, llorando mientras yo
me esforzaba por mantenerme frío para evitar detenerlo.
Dos días después y aún
con la tristeza de haber roto, recibí una llamada de su mamá, que él estaba muy
mal desde que había vuelto, no le quiso contar que había pasado pero lo que sí
le dijo es que iba a abandonar la carrera e iba a buscar algún trabajo de
obrero para no darles más molestias y, aunque la señora, una mujer siempre muy
amable me pidió explicaciones, no pude darle ninguna así que, en cuanto colgué
con ella, le marqué a él, furioso, quería saber a qué rayos jugaba, por qué
lastimaba de esa manera a su madre, por qué se atrevía a dejar su sueño a un
lado, ya sabiendo que ya no estábamos juntos, le hice todas las preguntas que,
por miedo a perderlo, no le había hecho antes y, aunque me colgó en dos
ocasiones, más veces le marqué yo hasta que al fin, me dijo que al día
siguiente fuera a verlo a Pachuca, que ahí me explicaría todo, sin dejar nada
fuera así que, con dudas, avisé en casa y, saliendo del trabajo, me fui a
verlo.
Fue una de las
conversaciones más difíciles que he tenido en la vida, su verdad, el motivo de
su miedo a tener sexo fue muy duro y difícil de comprender para mí, yo no lo
sabía pero, cuando nos conocimos esa primera vez hacía varios años y de la cual
él aún seguía sin acordarse, Osmar, mi Osmar, acababa de salir del centro
tutelar de menores, acusado de homicidio, su estadía en la cárcel lo había
hecho reprimido, con miedo al sexo y a socializar con casi ninguna persona
fuera del contacto común pero, eso no era todo, antes de mí, había habido otra
persona, otra pareja que, aprovechándose de esa timidez, de ese miedo, lo había
golpeado, humillado, hecho menos y, en más de una ocasión, incluso había
abusado de él, por eso su rechazo extremo al sexo y también por eso su decisión
de terminar conmigo, porque sentía que no me estaba completando como, según
él, yo merecía.
Mis dudas fueron
grandes al saber todo eso, se negó a decirme en ese momento si era culpable o
inocente de lo que le habían acusado, me dijo que, si en verdad lo quería,
tenía que decidir en ese instante si podía aceptarlo con esa historia y SIN
tener sexo jamás ni volver a pedírselo porque no se sentía capaz de hacerlo, no
lo niego, dudé varios minutos pero su mirada, la misma mirada llena de tristeza
que tanto me había llamado la atención cuando lo conocí, que tanto me había
enamorado durante ese año me convenció de que nada había cambiado en él, de que
él era la persona a la que yo amaba y de que no quería separarme de él.
Esa noche, nos
quedamos en un hotel, hablamos de todo, se tomaron decisiones, se hicieron
confesiones, se abrió nuestro corazón y la madrugada nos sorprendió abrazados
en como uno solo, no hubo sexo, hicimos, por primera vez, con besos y caricias,
el amor, recorrimos cada centímetro de piel con nuestros labios, nos hicimos
promesas al oído, admiramos nuestra desnudez, nos tocamos una y otra vez hasta
llegar al orgasmo, no hubo necesidad de penetración de parte de ninguno de los
dos, no hacía falta para hacernos felices…
Esta vida duró 4 años
y 10 meses, mi Osmar, con el tiempo, me dio la libertad de tener intercambios
sexuales con otras personas para que no lo extrañara aunque, noche a noche,
seguimos haciendo el amor y a cada mañana, tras besarlo por los buenos días,
siempre le hacía la misma pregunta “¿Aún no te has arrepentido?”, su respuesta
siempre fue la misma, “No”…
Finalmente y como
todo, la relación acabó, nos dimos cuenta de que teníamos metas distintas, yo
era alguien muy liberal que soñaba con caminar de la mano con mi pareja, con
él, en donde fuera, en cambio él siempre fue de la idea de esconderse, de que
nadie, ni su familia siquiera, debía saber de nosotros, sus deseos de ser
padre, de volver a Pachuca, problemas económicos, de salud, todo fue minando la
relación hasta que, un día, por mensaje, simplemente me dijo, “quiero terminar
contigo” y, aunque me dolió, entendí que, en realidad, ya no había nada qué
terminar, ya no había nada que rescatar y preferí que fuera así, sin pleitos,
sin reclamos ni nada, por el contrario, nos vimos ese fin de semana otra vez,
nos tomamos una botella en un hotel, nos abrazamos y nos agradecimos por la
experiencia compartida, no hubo secretos entre nosotros nunca y no fue la
excepción, al día siguiente, nos separamos en la terminal de autobuses,
llorando pero felices de lo que vivimos y, con el tiempo, tras dejar que las
heridas sanaran, continuamos con la amistad aún hasta hoy en día, nos vemos de
vez en cuando, fumamos un cigarro juntos, tomamos una cerveza en el lugar de
siempre, nos hablamos de los planes a futuro, de nuestras respectivas parejas,
caminamos por el campo y admitimos lo mucho que nos queremos aún, la pregunta
ya surge de ambas partes: “¿No te arrepientes de haberme conocido?” “No…”
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Comentarios:
Gracias por comentar