El día J había llegado, 24 de Junio, CDMX, el día de la marcha LGBTTTIQ
(más todas las letras que se acumulen), durante semanas las redes sociales se
habían visto inundadas con publicaciones que bien podían haber sido redactadas
por el Frente por la Familia, rechazando las expresiones exhibicionistas, de
desnudos, travestidas y afeminadas que se ven en una marcha, gritando que no
había orgullo en que a los homosexuales les gustara que les metieran la verga,
que eso era un circo, una vergüenza y que eso no los representaba, que iban a
exhibir putería a la marcha, que uno como adulto como quiera, pero ¿y los
niños?, ¿acaso esos homosexuales irresponsables no pensaban en el daño que
provocaban a los niños que veían sus desviaciones exhibidas en público? Como si
fuera el día de un apocalipsis zombi, así se anunciaba que sería este día, un
apocalipsis de exhibicionismo y putería disfrazado de lucha por los derechos,
¿por qué los homosexuales no pueden marchar como personas “normales”, vestidas
como si fueran a sus trabajos, de forma “decente”? Por su culpa la sociedad nos
rechaza. Y así por el estilo el resto de las publicaciones. El tan temido día
del apocalipsis arcoíris gay había llegado para imponer su agenda…
Desde que llegamos al centro de la ciudad un día antes, se pudo sentir
un ambiente festivo, muchos lugares ya adornados con la clásica bandera
arcoíris, bancos, comercios, restaurantes, tiendas de conveniencia, los
negocios eran gayfriendly y buscaban atraer a los visitantes de provincia como
nosotros. Por la noche, los bares de ambiente llenos de personas identificadas
con una preferencia sexual distinta, era común ver a parejas del mismo sexo
tomados de la mano en plena calle sin ningún problema y por toda la ciudad,
pero esto no se compara a lo que al día siguiente pudimos ver y vivir.
Tomamos un taxi en Centro Histórico, le indicamos al taxista que íbamos
a la glorieta del Ángel, nos advirtió que iba a ser difícil llegar porque iba a
haber una marcha, le pedimos nos acercara lo más posible. Conforme iba
avanzando, el taxista comenzaba a protestar, era una marcha de jotos, cómo era
posible que unos pinches jotos cerraran Reforma, por eso el País no avanzaba.
Al llegar a la glorieta de la Palma el tráfico era desviado, hasta ahí nos dejó
no sin antes decir que no era su culpa sino de los pinches maricones. Íbamos
vestidos de forma “normal”, no llevábamos nada que nos “delatara”, ni una
banderita ni nada. Sí, de todos modos y aunque a la marcha fueran todos
vestidos de forma “decente”, siempre seríamos diferentes al resto de la
sociedad, unos pinches jotos sin mayor valor. Al caminar hacia el Ángel tuvimos
un panorama general de lo que nos esperaba y es que, mientras caminábamos, nos
tocó ver una gran cantidad de gente que se dirigía al mismo lugar, travestís,
chicos y chicas de la mano, grupos de amigos, personas disfrazadas, una
gatúbela con dificultades para caminar en tacones, hasta un señor que trató de
convencer a uno de mis amigos de que se fuera con él a la marcha porque lo
encontró atractivo, toda una diversidad de gente vestida de forma diferente
pero con algo en común que se podía sentir en el ambiente, alegría, festividad,
libertad. Con amigos o solos, personas con evidente amaneramiento caminaban sin
ser objeto de burla o rechazo, las vestimentas se iban haciendo más elaboradas.
Seguíamos esperando ver el apocalipsis rosa.
Al llegar al Ángel ya había mucha gente, al frente un templete donde
había algún show al que solo por momentos los asistentes le ponían atención, si
había algún pronunciamiento político pocos se dieron cuenta, la mayoría de la
gente estaba poniéndose sus vestimentas, maquillaje, encontrando a sus amigos,
tras el Ángel los contingentes comenzaban a acomodarse, ríos de gente
comenzaban a inundar las calles aledañas, las obras del metrobus y las vallas
que se colocaron complicaban la circulación y la salida de la marcha se iba
posponiendo. Yo había decidido marchar sin camisa, con un arnés leather. Sí, yo
era parte del tan temido exhibicionismo que había sido denunciado en las redes,
pero para sorpresa mía no veía a nadie más desnudo o sin camisa, ¿Dónde se
habían metido? ¿Acaso la campaña de moralidad había surtido efecto? Indeciso,
me quité la camisa y me puse el arnés, llegaron algunos amigos, algunas fotos,
luego nos movimos a la explanada, por fin pude ver a una persona con un short
de latex untado a sus nalgas, era el único, los disfraces eran tales, disfraces
de todo, muy elaborados y detallados, llamativos, …y muy correctos. Personajes
como unicornios, caricaturas como Pokemon y Sailor Moon, películas como 300,
disfraces históricos como ciertos egipcios de muy buen ver más las clásicas
pero siempre impactantes caracterizaciones de las travestís y drags que, sin
duda, trabajaron bastante tiempo en sus vestuarios y en la actitud necesaria
para lucirlos ayudaron en gran parte a cambiar la perspectiva que usualmente
solía tener de ellas como simples hombres vestidos de mujer.
Sí, había travestís y un par de jóvenes desnudos como suelen describirlo
en las noticias pero no eran ni de cerca la mayoría absoluta que se podía
pensar sino que, por el contrario, había de todo, jóvenes en grupos de amigos,
parejas homosexuales, parejas lesbianas, personas ya mayores, transexuales que,
de no decirlo, cualquiera de mis amigos bugas las tomarían por mujeres, incluso
parejas y personas heterosexuales apoyando a sus amigos y familiares
homosexuales. Las familias también formaron parte de la marcha, varios padres,
hermanos, primos, incluso abuelos, acompañando a sus hijos homosexuales a la
lucha por sus derechos y demostrando de esa forma su apoyo y su amor por ellos
e incluso riendo cuando uno u otro les gritábamos “suegro” o “suegra” cuando la
persona en cuestión resultaba de buen ver.
Los carros alegóricos promovían principalmente negocios, eran los más
vistosos, Cabyfy, Google, algunas empresas con programas de inclusión
uniformaron a sus empleados con playeras de sus empresas, por alguna razón los
contingentes de vaqueros y osos que años antes eran de los más vistosos, lucían
desangelados, los leathers eran pocos, la mayoría fueron agrupados en una
plataforma de un bar, algunos carros llevaban hombres en shorts pero nada que
fuera escandaloso, los cuerpos bien formados eran buscados para tomarse fotos,
los disfraces más elaborados y vistosos eran perseguidos, pero la mayoría de la
gente iba vestida de forma “normal”, ríos de gente y de cuando en cuando en
medio de la multitud aparecía algún transexual con los pechos al aire,
curiosamente ya no escandalizaban, eran vistos de forma cotidiana, no eran de
los más buscados para las fotos. Las consignas eran gritadas festivamente, “ese
bigotón también es maricón”, “banquetera únete”, pero la consigna más cantada
era “que perra, que perra mi amiga”, era la consigna que definía la marcha.
Una de las frases más repetidas en la red era “que la homosexualidad no
te quite tu masculinidad”, pero en la marcha las expresiones de masculinidad
eran pocas, muy pocas, las nuevas generaciones de homosexuales caían rendidas
ante el perreo y el amaneramiento, “que perra, que perra mi amiga”, se repetía
a todo pulmón mientras avanzaba la marcha, pero eso ya no escandalizaba, las
profecías de las redes sociales simplemente no llegaron, el apocalipsis gay
nunca llegó. Las diversas expresiones de la diversidad que tiempo atrás
hubieran escandalizado a quienes miraban la marcha ya no lo hicieron,
curiosamente se respiraba un aire de “normalidad”, como si el carácter
transgresor de los homosexuales se hubiese diluido entre la normalización de
cómo la sociedad ha aprendido no solo a tolerar, sino a sacar provecho de la
masa de consumo que son los homosexuales y que ese día son aceptados por dejar
una importante derrama económica, y una derrama de votos potencial. Sí, ese día
todos buscan ser gayfriendly, mientras fuera de la burbuja que es la marcha la
homofobia y el desprecio por los homosexuales sigue estando presente.
La marcha terminó, no así las críticas post marcha que siguen inundando
de argumentos “lógicos” y “racionales”, las imágenes de los memes serán
actualizados por los pocos cuya imagen aún transgrede a quienes no van a la
marcha, que son los que critican. Y mientras cae la lluvia sobre la última
parte de la marcha pienso en lo que se ha estado repitiendo: “eso no me
representa”, y creo que tienen razón pero de forma inversa, a quienes han
criticado de esa forma a quienes marchamos no me representan, no puede
representarme la discriminación, el prejuicio, la intolerancia y los fuera de
contexto para justificar un linchamiento ideológico, ellos no me representan.
Y aunque la asimilación y normalización de la marcha y la pérdida de su
carácter transgresor sea uno de los costos de la misma, la asistencia a la
misma crece cada año, los organizadores estimaron 1.3 millones de asistentes,
el Gobierno de la CDMX dijo que eran 27 mil, otras estimaciones hablan de 500
mil asistentes, mientras cada año más empresas se integran a la marcha de forma
ordenada, “normalizada”. El desastre sicológico del exhibicionismo simplemente
nunca llegó, la marcha va siendo asimilada, normalizada, comercializada, y quienes marchan
muestran que también pueden ser “gente bien”.
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