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8 de noviembre de 2017

Un puto frío

“¿Así qué quieres saber cómo empecé en esto? ¿Cómo llegué a ser el “puto frío” como tantas veces me han llamado? Te lo advierto, es una larga historia ¿Qué dices? ¿Tienes tiempo? ¿Tu esposa tardará en volver? Bien…

Muchos dicen “¿Tienes sexo por dinero? Qué chingón, a mí igual me gustaría hacerlo igual” pero no ven todo lo que implica pero no nos adelantemos a los hechos, primero, ¿Por dónde empezar? Supongo por Don Valentín que fue el primero que me enseñó a usar mi cuerpo de esta manera… Te estoy hablando del 2004 o 2005 si mi memoria no falla, recién cumplidos los 18 años, joven, delgado y, en esa época, con cierto amaneramiento que, con el tiempo, he ido dejando atrás por mi propio bienestar… Don Valentín era mi vecino, rentaba el cuarto al lado del mío, un señor de, en ese tiempo, 62 años, viudo, originario de Jalisco y abandonado en ese lugar por los hijos que, sin nada más que sacarle, lo dejaron en ese cuarto con varias rentas adelantadas con tal de no hacerse cargo de él.

Don Valentín era un hombre emprendedor que, rápidamente, logró hacerse jefe de meseros en un importante restaurante de la ciudad y empezó a ganar bien aunque con un gran defecto, apenas salir del trabajo, todo el tiempo era estar tomando hasta perderse, fue así como lo conocí precisamente, un día, subiendo la escalera que daba a nuestros cuartos, casi cae por el estado de embriaguez en el que se encontraba y yo me vi en la necesidad de sostenerlo, ante lo cual, a manera de agradecimiento, él me invitó a tomar unas cubas a su cuarto el día que así pudiera ya que, estando ahí, se sentía solo e igual yo así que, menos de una semana después, decidí aceptar la invitación y fui a visitarlo, tomamos tequila y brandy, él en una medida mucho mayor de la que yo jamás he hecho y a una gran velocidad mientras, entre trago y trago, me confesaba su historia tal cual la conté hace un momento, un anciano solo y abandonado sin ninguna característica en especial que lo distinguiera de muchos otros con historias similares o al menos eso pensé hasta que, ya cuando yo también empezaba a sentir los sentidos alterados por la bebida, sin más, comenzó a besarme y a acariciarme; no lo niego, tuve mis dudas en ese momento, era una persona que me triplicaba la edad, que no me parecía atractivo y que además, olía a alcohol pero, entre el alcohol y la poca costumbre de sentirme deseado, lo dejé hacer mientras él, sin sentir oposición, continuaba con sus caricias a la vez que me quitaba la ropa asegurándome que le gustaba lo que veía y lo que tocaba, tras lo cual me empezó a hacer sexo oral sin siquiera preguntar y con una habilidad que dejaba entrever que no era su primera vez que lo hacía, yo lo dejé hacer hasta que, al fin, con sus labios en mi falo, acabé en lo profundo de su garganta, tras lo cual me pidió que lo dejara penetrarme, dudé aún pero al fin accedí y nos pusimos de lado, yo con mi culo ofrecido hacia él pero su borrachera era tan grande que, a pesar de sus esfuerzos, no pudo lograr que se le levantara y, sin más, haciendo corajes como un niño pequeño, se quedó dormido súbitamente mientras yo, al fin reaccionando ante lo que había hecho y lo que estuve a punto de hacer, me vestí y me salí del cuarto con cierto sentimiento de culpa, mismo que se acrecentó aún más cuando, a la mañana siguiente, alguien tocó a mi puerta temprano y, por un vidrio roto que esta solía tener, dejaron caer un sobre con 300 pesos y una nota de letra floreada agradeciendo la noche anterior…

La sorpresa fue grande, yo nunca hablé de necesidad económica aunque sí la tenía en ese tiempo como la tengo ahora y, en un principio, pensé en devolverlos pero, al fin, la ambición me ganó y acepté el obsequio en silencio junto con los demás detalles de don Valentín, quien, de ser un anciano solitario, a partir de esa noche se convirtió en un hombre amigable que constantemente me invitaba a su casa a “pistear” como él solía decir, algo a lo que seguí accediendo en varias ocasiones con la conciencia de que, al día siguiente, hallaría un sobre con 300 o 400 pesos caído por mi vidrio roto. El tiempo pasó, don Valentín quería más, quería que viviera con él y dejara que me mantuviera como su amante de planta pero, honestamente, no pude hacerlo, mi juventud y mis sueños eran más grandes y, en cuanto me salí de ese lugar de renta, dejé de verlo aún a la fecha, sé que sigue por ahí porque alguna vez lo vi de lejos pero no quise acercarme a saludarlo, no lo sentí correcto dentro de mí y no sé cómo haya continuado su vida.

Posterior a esa situación, me junté con un chavo, uno que nunca llegó a saber de esa faceta mía y, durante todo ese tiempo, me porté respetuoso con él hasta que, finalmente, la relación se acabó por una infidelidad suya, de ahí duré soltero un año antes de mi relación más importante y, durante ese año, la ambición me llamaba pero evité hacerlo por la culpa…

No fue hasta hace dos años cuando, nuevamente soltero y con una necesidad económica bastante fuerte, al fin tomé la decisión de volver a ese mundo, entré a trabajar a un bar gay como mesero en el cual nunca faltaba el cliente que, ya tomado, tocaba todo lo que podía y, al no recibir rechazo y descubrir que lo que había bajo el bóxer le gustaba, siempre se llegaba a un acuerdo, muchos de mis compañeros del trabajo igual lo hacían y de ellos aprendí las reglas básicas para sobrevivir en el negocio, eso sí, nunca dentro del bar porque era arriesgar nuestro trabajo, terminábamos la noche y, saliendo, quedábamos en algún hotel o algún lado y a darle al cliente lo que pedía y como lo pedía que para eso nos pagaba, a veces, como don Valentín, 300 o 400 pesos, a veces, mucho más, incluso hubo uno que me dio 1,800 por dos cogidas que “porque lo hacía muy rico” aunque claro, estamos hablando de otros tiempos y una mejor condición física que me permitía coger toda la noche si era necesario, algo que, en la actualidad, ya no tengo.

Aun así, he seguido con esta vida ocasionalmente, por necesidad o por gusto, aún en la actualidad y no puedo negar que me ha traído satisfacciones pero, también, como te lo dije al principio, decepciones y dificultades, no es un trabajo seguro ni estable, hoy puede salir algo, mañana ya no, es cansado y con riesgos de lesión y de enfermedades y, tras coger todo el día, ya lo haces por costumbre, no por gusto, eso es algo que se va perdiendo junto con tu capacidad para sentir el placer de hacer lo que antes disfrutabas.
De las reglas, ¿Qué te puedo decir? El uso del preservativo es primordial ya que nunca falta el que quiere a pelo aun sabiendo los riesgos, uno debe ser firme en eso, hay quienes lo hacen y después, ahí los tienes, lamentándose de que tienen VIH o peor aún, esparciendo aún más el virus que tanto daño ha causado.

Otra que se me viene a la mente, lo que algunos llaman el contacto de seguridad, un amigo que sepa en dónde estás y qué estás haciendo por si algo llegara a pasarte y es que, en el fondo, nunca sabes con qué clase de persona puedes encontrarte; no usar drogas ni alcohol, evitar los tríos si no conoces a al menos uno de los dos con anterioridad, usar doble teléfono para cuando quieras evitar que te sigan hablando del trabajo, porque es lo que es, un trabajo al fin y al cabo, evitar en lo posible llevar dinero limitándote a pedirle que te pague en efectivo exacto lo de tu tarifa, y, sobre todo, llevar siempre una mente abierta y esperar de todo ya que no hay manera alguna de saber lo que estará detrás de esa última llamada donde sólo te dijeron “¿vamos a coger?”, ya sea un hombre casado y con prisa, una travestí de clóset o un joven de 150 kilos que no alcanza a verse sus propios pies, cada uno es un mundo y, al pagar por un servicio, merece ser tratado como tal.

Y aquí llego a otro punto importante y que a muchos les resulta confuso, ¿Por qué, si no soy atractivo, tengo éxito en este tipo de trabajo? Nunca lo he negado, soy feo y con gusto de serlo pero hay tres claves para mí, la primera, es mi imagen, un poco descuidado, un mucho fodongo y que a muchos se les hace de chacal, la segunda, el tamaño, ayuda mucho la verdad y la tercera, la inesperada, mi habilidad para entablar una conversación, para darles lo que desean, plática, buen trato (a veces malo, usted entenderá) y, sobre todo, para hacerlos sentir deseados al menos en lo que se llega al orgasmo, momento en el cual, me olvidaré de tu nombre y te olvidarás del mío, si es que al menos te dije el verdadero, y saldré, de nuevo, al frío, al puto frío tan similar al apodo con el que me han llamado en varias ocasiones los que me conocen bien.

¿Algo curioso en lo que terminas de quitarte la ropa? En mi vida cotidiana no disfruto ser activo, no es mi rol ni me satisface, lo hago por el dinero y por el gusto de dominar a otra persona, no por el placer sexual… Ahora sí, ¿Has acabado? Bien, ¿Cómo lo quieres? ¿Tierno y suave? ¿Rudo y fuerte? ¿No llegará tu esposa?...”



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