El Doctor Felipe
Todos conocían a Felipe en los baños de vapor, pocos sabían que era
médico, ya que todos lo evitaban, ya no era joven, moreno, el pelo entrecano
que le daba un aspecto de viejo descuidado incrementaban el rechazo de la gente
a la cual buscaba acercarse, la mayoría buscando un buen cuerpo, una buena
cara, una buena verga, un buen culo, pero sobre todo, buscando alguien joven.
El Doctor Felipe tenía pocas oportunidades de ligar a alguien, quienes lo
habían visto tener sexo en el vapor general sabían que sólo le encantaba mamar,
lo podía hacer por horas, y al menos se veía que le ponía empeño en complacer a
quien le estuviera haciendo sexo oral, pero la mayoría evitaba acercarse a él,
a pesar de eso Felipe seguía yendo cada sábado al vapor, se quedaba hasta
tarde, era de los últimos en salir, así era su rutina, hasta esa tarde en que
todos lo rodearon. Esa tarde, en la hora en que el vapor estaba lleno, en el
área de regaderas estaba Felipe haciéndole sexo oral a un tipo que hasta
entonces nadie había visto en el vapor, era un hombre joven, de unos treinta
años a lo mucho, moreno, de bigote y barba a medio crecer, un cuerpo musculado
por el trabajo, un abdomen duro y marcado, si eso era suficiente para que todos
se fijaran en él y desearan tener sexo con él, lo mejor era su miembro, era
grande, grueso, moreno, con un glande bien formado, parecía sacado de una
revista de modelos de dildos, y ahí, entre sus piernas y de rodillas, estaba
Felipe dándole sexo oral, todos se preguntaban cómo era que la persona más
insignificante, más vieja y menos agraciada estuviera con un hombre así, él
podía tener al que quisiera, ¿por qué estaba con Felipe?, todos lo rodeaban y
veían cómo disfrutaba dándole sexo oral, Felipe sabía que todos lo miraban y
que además lo envidiaban, y eso lo hacía disfrutar aún más, el otro era suyo
por ese rato, sólo suyo, su cuerpo, pero sobre todo su verga, todos habrían
querido estar en su lugar en ese momento, y eso le daba a Felipe una actitud
distinta, retadora para quien se acercara, varios querían agarrarle la verga al
tipo, él se dejaba pero cuando eso pasaba Felipe la engullía por completo, no
les quitaba la mano, sólo tragaba más profundo. Uno de los mirones era bastante
insistente, trató de arrebatar el miembro para mamarlo y entonces Felipe le
dijo: “él cobra, a mí me cobró mil pesos por mamarle la verga, si se la quieres
mamar, ve por dinero y págale”, el otro miró desconcertado al moreno el cual
sonreía divertido y dijo que si, que era cierto, que cobraba mil pesos por
mamada y dos mil por una cogida, lo dijo en voz alta, para que todos lo oyeran,
quien quisiera entrarle que vaya por el dinero, dijo. Nadie se movió, nadie
tenía esa cantidad de dinero y si la tuvieran lo pensarían antes de pagar tanto
por alguien, pero lo que les causó extrañeza era que Felipe pudiera tener
dinero para pagarle, para todos Felipe no era el Doctor, sino alguien que
siempre había sido despreciable, ahora lo comenzaban a ver de otra forma, él
podía tener alguien que ninguno de los mirones podía, él podía pagar un
chichifo, él podía tener sexo pagando, pero buen sexo. A partir de ese día
comenzaron a ver a Felipe con respeto, y aunque volvió a buscar sexo con todos,
ya no enfrentaba el rechazo tan abiertamente, sabían que podían contar con
Felipe para el caso que necesitaran de dinero, y sólo dejaban que pasara.
Ese día, al salir del vapor, Felipe y su amigo chichifo salieron juntos.
Felipe le extendió unos billetes para pagarle pero el otro rechazo el dinero,
le dijo que él no se dedicaba a eso y que lo había hecho para devolver un favor
que Felipe le había hecho muchas veces cuando llevaba a sus niños a consulta y
a veces no tenía dinero para pagarle, él sabía que al Doctor Felipe le gustaba
pero nunca le había pedido ningún favor sexual a cambio, siempre se había
portado bien con él, sólo platicaban y bromeaban de andar en el desmadre, por
eso cuando el Doctor Felipe le platicó lo que quería hacer, al inicio lo
rechazó, luego pensó que era una buena forma de devolverle el favor y que por
eso lo había hecho. Se despidieron de mano, como dos buenos amigos, unos amigos
muy diferentes, muy extraños, sólo ellos sabían que podían confiar el uno en el
otro…Por: Martín Soloman
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Comentarios:
Gracias por comentar