PAGINAS

29 de agosto de 2019

Tengo ganas de ponerme una borrachera...


Tengo ganas de ponerme una borrachera, una como aquellas que me ponía de joven cuando estaba contigo, con cualquier botella, con cualquier cerveza, en el terreno de mis abuelos a la orilla del campo, asando elotes mientras caía la tarde y el frío comenzaba a soplar entre las copas de los árboles que había al oriente, nos quitábamos el frío con la fogata y con nuestros mismos cuerpos, una borrachera de esas donde nada importaba, donde el tiempo se detenía y nos recostábamos en el suelo a mirar las estrellas, donde después nos mirábamos a los ojos y nos decíamos lo que no nos atrevíamos a decir de viva voz, sólo dejábamos que la música de la radio de pilas que teníamos lo dijera a través de las voces de Pedro Infante, Javier Solís y muchos otros cantantes, pero hemos envejecido, esas borracheras no volverán, eran especiales porque estábamos juntos, pero ahora estamos distanciados y vivimos con otras personas. De cualquier modo, quisiera ponerme una borrachera como aquellas, cuando me perdía en tu cuerpo, en tus ojos, hasta quedar dormido.

Éramos jóvenes, inexpertos, aún no sabíamos lo que queríamos en la vida, sólo soñábamos, con que fuera mejor, queríamos conocer el mundo que se alzaba más allá de los cerros que rodeaban nuestro pueblo, queríamos salir, conocer otras ciudades, otras formas de vivir y no sabíamos si habría regreso al pueblo, pensábamos que el mundo nos esperaba para comerlo a grandes bocados, solo queríamos irnos, aunque esto significara dejar a nuestras familias, los demás nos decían que estábamos locos, para nosotros los locos eran ellos, así que algunas tardes del último verano que estuvimos en el pueblo comprábamos cualquier clase de alcohol y nos íbamos al terreno de mis abuelos sembrado de maíz, ahí nos contábamos nuestros sueños de juventud, y nos entendíamos, los demás no comprendían que nuestros intereses estaban fuera de ese pequeño mundo limitado solo al pueblo y a los lugares cercanos, quizá nosotros éramos más ambiciosos que los demás jóvenes del pueblo, ansiábamos experimentar todo lo que había afuera, aunque nuestro futuro como adultos aún era un evento lejano que estaba lejos de alcanzarnos y mientras tanto, en esas tardes disfrutábamos de nuestra compañía, tomábamos alcohol y de esa forma creíamos que aprendíamos a ser mayores, como si tuviéramos prisa por ser hombres adultos y fue entonces cuando comenzamos a tener nuestros primeros jugueteos sexuales, de forma bastante torpe e ingenua.

 
En algún punto del terreno pasaba una barranca que en época de lluvias se volvía un pequeño río por donde corría el agua que bajaba de los cerros del oriente, muy fría, donde a veces nos aventábamos jugando y quedábamos empapados y había que quitarnos la ropa para que se secara, quedando nuestros cuerpos desnudos en el frío del atardecer, así comenzamos nuestros juegos, entre borracheras donde al calor del alcohol nuestros cuerpos se calentaban, entre toqueteos, descubriendo sensaciones que nos eran nuevas, que nos enervaban la piel, los sentidos, los miembros. Descubrimos lo que era tener el contacto sexual entre dos varones, nadie tenía idea de lo que se debía hacer, sólo nos íbamos llevando por el instinto y el licor, en esos momentos no importaba lo que ocurría a nuestro alrededor, no importaba que se nos hubiera enseñado que eso que hacíamos era algo prohibido, vergonzoso, porque para nosotros eso era como sellar la amistad que teníamos, con algo tan personal como el entregarnos en cuerpo y alma joven, era parte de compartir nuestros sueños, sin nada más que nos preocupara, sin nadie más que lo supiera, había mucho tiempo por delante para aprender, para equivocarse, para arrepentirse, para cambiar. Fueron momentos muy felices de mi vida y estoy seguro que para ti también, el descubrirnos como hombres, aún con algo de inocencia, en el trance entre ser jóvenes y ser adultos, cuando los sueños podían aún ser posibles, cuando los corazones no se habían roto.

Luego nos recostábamos, cansados, ebrios, dejábamos que se hiciera de noche mientras encendíamos una fogata donde nos calentábamos y para que se secara nuestra ropa, nos habíamos acabado el alcohol, yacíamos de espaldas viendo el cielo estrellado, nos mirábamos a los ojos en silencio, luego nos vestíamos y emprendíamos el camino de regreso a nuestras casas, habíamos compartido una tarde, el alcohol, nuestras ilusiones y también habíamos descubierto sensaciones nuevas, nos sentíamos listos para ser hombres adultos, queríamos actuar como tales, juntos nos sentíamos tan fuertes que podíamos enfrentar a cualquiera, menos a nosotros mismos, pero eso no lo sabíamos. Ese verano de los años ochentas fue el último que estuvimos juntos, luego de ahí nos separamos, no sabíamos que ya no nos habíamos de volver a encontrar en mucho tiempo, yo me fui a estudiar a una escuela rural en otro Estado, y tú al Colegio Militar. Nos perdimos la pista, pero en ocasiones cuando regresaba al pueblo me enteraba de algunas cosas de ti, que te habías casado, tenido hijos, que solo en ocasiones volvías al pueblo, que como militar estuviste en muchas partes del país. Por mi parte estuve en un trabajo donde tuve la oportunidad de viajar desde Sierra de Juárez en Oaxaca hasta Tijuana en Baja California, y todas las ciudades entre esos dos puntos.

Supongo que ambos vimos el mundo que estaba a nuestro alcance, pero no nos pudimos comer el mundo, más bien éste nos dio algunas dentelladas, el tiempo pasó tan rápido que sin darme cuenta se fue como arena entre mis dedos, de ilusiones frustradas, de corazones rotos, de amargura y de pérdidas. Ignoro si aún recuerdas esa época de nuestra vida, pero ha quedado tan lejos lo que alguna vez fuimos, que la última vez que te mire por la calle éramos diferentes, dos desconocidos, apenas y te pude reconocer, los años nos cambiaron mucho, me miraste, con ese sentimiento distante, vacío, solo pude ver en tus ojos un atisbo de nostalgia, quise pensar entonces que recordaste lo que una vez tuvimos y lo imposible que era que fuese realidad. Ahora ibas con tu esposa y tus hijos y yo iba solo por la calle con mi pequeño hijo peludo, ni siquiera nos detuvimos a saludarnos, solo nos lanzamos miradas como dos desconocidos que se topan por la calle y que inmediatamente después siguen con su vida cotidiana, no volvimos a encontrarnos más desde entonces.

 
Y hoy, treinta años después de ese verano que guardo nostálgico en mi memoria y quizá acumulando más fracasos que éxitos, aún tengo ganas de ponerme una borrachera como aquellas que nos poníamos de jóvenes, en el terreno de los abuelos que ya hace años no están aquí, con cualquier licor, a la orilla del sembradío de maíz que ahora lo cultivan mi tío y mi primo, tengo ganas de ponerme una borrachera mientras escucho a José Alfredo, a Chavela Vargas, y quisiera verte a ti, pero no como eres hoy en día, no como soy yo, ambos viejos y cansados, tengo ganas de que el alcohol me haga recordar cómo éramos en aquellos días, en que parecía que el mundo nos estaba esperando, en que podíamos soñar, reír y descubrir, pero aunque aún escucho el ruido del viento deslizándose entre las hojas de los árboles, el tiempo ha pasado, implacablemente, y sólo recuerdo lo que fuimos, sonrío mientras desgrano los sueños que tuvimos, todo resultó ser diferente, estoy de regreso en mi pueblo, aún corre agua en verano en la barranca del terreno, pero son otras aguas, son otras hierbas, y son otros los ojos que reflejan mis ojos cansados, donde ya no hay sueños, donde ya no hay ilusiones, mientras apuro el trago que tengo en la mano y en el celular suena la música “toda una vida, me estaría contigo…”

Por: Martín Soloman

15 de agosto de 2019

Sebastián, rompiendo una regla (2a parte)

Segunda parte

...¿podría yo finalmente romper con mi regla y hacer algo con Sebas? Si cruzaba yo esa línea no habría vuelta atrás, podría haber consecuencias. Caminé más despacio en silencio, su casa estaba a unos pasos, él me miró con ojos vidriosos por el alcohol, la boca entreabierta, buscaba mi aliento, su mirada decía todo. Entonces entramos a su casa…


El cuarto era pequeño, estaba al fondo de la casa, la entrada era independiente, por la ventana cubierta con una cortina delgada entraba la luz del alumbrado de la calle, era una noche fría pero nuestros cuerpos desnudos estaban calientes y sudaban, Sebastián estaba desnudo de espaldas a mí, por su espalda bajaban gotas de sudor que resbalaban hacia sus nalgas las cuales estaban cubiertas de un vello muy fino, la tenue luz que se filtraba por la ventana hacía brillar sus glúteos firmes los cuales recorría con mis manos, hurgando entre ellos, mi boca recorría desde su nuca, bajaba por su espalda y se entretenía entre sus nalgas, buscando, encontrando, él se dejaba disfrutar entre gemidos guturales  apenas perceptibles, estando vestido no podía apreciar lo que ahora veía, tenía un cuerpo delgado pero marcado, la cintura pequeña resaltaba ese par de nalgas duras que habían atrapado todo mi interés, lo sentí palpitar, ardiente, húmedo, entonces lo penetré…

No acostumbro dormir mucho cuando estoy en una casa que no conozco, apenas comenzaba a aclarar la madrugada cuando me comencé a vestir para ir por mi auto e irme a la casa para bañarme y cambiarme, era lunes y debía trabajar. Sebastián dormía profundamente y lo tuve que despertar para decirle que ya me iba, apenas abrió los ojos, no parecía reconocerme hasta que se despabiló y me preguntó si nos volveríamos a ver, yo dudaba, sólo le dije que probablemente sí, me dio el número de su celular y me insistió para que le marcara y que también él tuviera mi número, lo hice, me puso una chamarra y me acompañó fuera de su casa, nos despedimos como dos amigos y me fui, el frío de la mañana cortaba mi cara, caminé a donde había dejado el coche, me esperaban unos 45 minutos de carretera y un lunes de trabajo desvelado y crudo, el dolor de cabeza era constante, ni siquiera tenía hambre, sólo quería que el día acabara para irme a dormir a casa, y solo pensaba en lo que había pasado la noche anterior, hasta ese momento siempre había evitado estar con hombres que fueran mucho más jóvenes que yo, los encontraba insulsos, me parecía que no tenían cuerpo, pero en el caso de Sebastián era diferente, siendo mucho más joven que yo se veía con un cuerpo maduro, quizá el trabajo del campo lo había hecho desarrollarse más rápido para su edad y definitivamente estar con él había sido un encuentro muy agradable.

Me hundí en mi rutina de trabajo, esa tarde Sebastián me envió un mensaje al celular, me preguntaba qué tal me había ido ese día, y comenzamos a conversar, eso se repitió un par de días después, comenzamos a estar en contacto de forma ocasional, yo estaba en un dilema, no quería volver a verlo porque era alguien de mi pueblo y muy cercano a mis familiares allá, a uno de mis tíos en particular, hasta entonces nadie en mi pueblo podía afirmar nada acerca de mi orientación sexual, pero al mismo tiempo tenía el recuerdo de su cuerpo desnudo recorriéndolo con mis manos, con mi boca, quizá podríamos vernos una vez más, quizá sólo era cuestión de tener cuidado, de no exponernos públicamente, esos eran mis pensamientos al principio de conocerlo.

Con Sebastián entre a un terreno desconocido, la pregunta obligada para mí era ¿todavía me importa lo que piensen de mi los demás? Era obvio que sí, por ello había creado esa regla de no involucrarme con alguien del pueblo, tuve que hacerlo para volverme libre, aunque tuve que matar una parte de mí. Pero, ¿seguía siendo práctica esa regla que había seguido durante muchos años? Quizá las cosas eran diferentes ahora, eso estaba por verse. Comencé a visitar con frecuencia a Sebastián y por consecuencia a mis familiares en el pueblo, del trato con ellos me pude dar cuenta que Sebastián era una persona integrada en la comunidad, gozaba de cierto respeto ya que había sido parte de la mayordomía en las fiestas religiosas del pueblo y siempre participaba en las celebraciones que en un pueblo son muy frecuentes, y la gente lo saludaba, por lo demás no se metían en su vida privada. Todo él era muy distinto a la persona que yo siempre había sido, pues soy muy individualista y me involucro poco con la gente.

Había pasado mucho tiempo desde la última vez que yo había tenido interés en una persona para pareja, de hecho con mi última pareja habíamos terminado mal. Y no me gustaba mucho la idea de que Sebastián fuera alguien de mi pueblo, sin embargo era alguien que a mis ojos valía mucho la pena. Era muy distinto a mí y eso me atraía mucho, me deslumbraba la forma en la que siendo tan sencillo podía mantener conversaciones casi con cualquier persona, sus pláticas conmigo eran muy gratificantes, pasábamos horas platicando por las noches. Así nos conocimos bastante y así llegue a pensar que lo conocía desde hace décadas. Después de un tiempo iniciamos una relación, yo lo iba a visitar al pueblo, pues él estaba al cuidado de sus padres ancianos y yo tenía más facilidad de trasladarme. Durante esa época por decirlo así me reconcilié con mi pasado. Descubrí por ejemplo, que las personas del pueblo ni siquiera me reconocían como alguien de ahí, muchos pensaban que era de fuera. Mis tíos me permitían estar en su casa los días que iba, hasta ese momento no sabían que iba a visitar a Sebastián, pensaban que era por querer integrarme con ellos como familia, fui conociendo a mis primos y primas, algunos ya casados con hijos pequeños a los cuales sólo conocía de vista y de saludo, pero fue así como supe más de ellos, de mis padres y de mí mismo. A veces salía el tema de la gente que llegaba a conocer, a veces salía el nombre de Sebastián, mi tío se refería a él cómo su ahijado y al parecer lo estimaba mucho porque siempre lo apoyaba cuando se le cargaba el trabajo del campo, sabía que podía confiar en él, eso me daba tranquilidad.

Las cosas iban muy bien con Sebastián, llevábamos tiempo viéndonos y dejó de importarme el qué dirán, los fines de semana eran lo mejor en mi vida, era el tiempo que pasábamos juntos y sus padres me recibían en su casa con mucho gusto. Pero entonces ocurrió algo imprevisto, en cierta ocasión que salía del pueblo encontré en el camino a una persona de mi pasado, alguien que no era grato a mis ojos, se trataba de un ex novio con el cual habíamos terminado muy mal, pero como mi pueblo es un pueblo turístico, creí que él estaba ahí en calidad de turista, que no era una persona de la cual debiera preocuparme, así que olvide el incidente. El siguiente fin de semana cuando fui a visitar a Sebastián me encontré con la sorpresa muy desagradable de que tenía un amigo que lo estaba visitando, se trataba del tipo que había sido mi ex pareja. Él me reconoció y me miró con una sonrisa burlona, en mi sorpresa y para no parecer grosero lo salude de mala gana, solo para no quedar mal ante Sebastián y sus padres. Definitivamente tenía que hablar con Sebastián de esa persona y mientras platicaba con sus padres pude darme cuenta que el otro tipo lo aparto y note que le hablaba cosas en secreto, yo lo conocía muy bien y sabía que era capaz de cualquier cosa para fastidiarme, afortunadamente se fue y solo se despidió a lo lejos de los padres de Sebastián, esa fue mi oportunidad de hablar con Sebastián.

Él se había dado cuenta de la sorpresa que tuve y me preguntó si lo conocía, le dije que sí, que lo conocía muy bien, que había yo tenido una relación con él, y mientras le contaba cómo fue de mala esa relación, pude observar en su rostro la sorpresa al enterarse del periodo en el que fuimos pareja, a continuación me dijo que también había estado saliendo con él, en el mismo periodo y que ahora comprendía muchas cosas que ocurrieron en esa época, me dijo que también lo visitaba en el pueblo, pero que sospechaba que tenía algo que ver con otra persona en la ciudad porque en ocasiones mientras estaban juntos otra persona lo contactaba por el celular y tenía que apartarse para que no escuchara lo que hablaba con dicha persona. Que cuando me vio en su casa intento hablarle mal de mí, pero le dijo que mejor en otro momento hablarían y que tuvo cuidado de no decirle que tenía una relación conmigo. Le pregunté qué hacía él ahí y me dijo que de vez en cuando lo visitaba y le insistía en que volvieran, pero Sebastián ya no estaba interesado en él, que lo que habían tenido en el pasado no había funcionado, pero que él no lo rechazaba definitivamente porque no era su forma de ser. Eso al parecer detenía por un tiempo al otro y dejaba de buscarlo, pero de pronto volvía para insistir. Sebastián decía que no lo entendía del todo, pues ya tenía años que habían terminado definitivamente y aun lo seguía buscando. Yo no sabía qué pensar, era como si una parte de mi pasado de pronto se presentara para echarme a perder lo que estaba intentando hacer con Sebastián, él me miró largamente y me dijo que nos fuéramos a tomar unas cervezas a la cantina donde fuimos la primera vez, la idea me gustó, quizá unos tragos nos ayudarían a relajarnos y a platicar con más calma lo que había pasado.
 
Tomamos algunas cervezas y no veía que Sebastián quisiera hablar de lo que había pasado con quien había sido mi pareja, cada vez que yo intentaba tocar el tema él lo cambiaba o hacía una broma, en eso vi que entró a la cantina uno de mis primos con unos amigos suyos, nos vieron y se acercaron para saludarnos, pero no se quedaron en la misma mesa, se fueron a otra y desde ahí nos miraban de vez en cuando. Por alguna razón yo me sentía incómodo, era como si de repente me hubiera sentido descubierto, le pedí a Sebastián que nos fuéramos, nos acercamos a la mesa de mi primo para despedirnos, él se levantó y me dio un abrazo al tiempo que me decía “te esperamos en la casa mañana, habrá elotes asados”, le dije que ahí estaría y salimos. Camino a casa de Sebastián pasamos a comprar unas cervezas, ya era de noche cuando llegamos a su casa, tomamos en silencio, yo pensaba mil cosas, quería saber lo que había pasado entre él y mi anterior pareja, pero también sabía que a veces lo mejor es no preguntar de lo que no quieres saber las respuestas. Sebastián solo se acostó boca abajo en la cama, como si durmiera, me acerqué a él y me senté a un lado en la cama, comencé a acariciar su espalda por debajo de la camisa bajando hacía sus nalgas, él se estremeció pero no dijo nada, sabía que me gustaba tomar la iniciativa, sabía lo que me hacía reaccionar, le pedí que se incorporara, se sentó en la cama mientras buscaba el aliento de mi boca, me fui acercando a él y lo besé con fuerza, de repente me sentía con mucho coraje por lo que había visto esa tarde, mordí sus labios, luego le tomé de la solapa de la camisa y de un movimiento le abrí la camisa, los botones saltaron desprendidos por la fuerza, luego lo aventé sobre la cama y le bajé los pantalones, sus nalgas estaban ahí, redondas, firmes, las besé, las mordí, mis manos lo tomaban con fuerza, él gemía, luego de un golpe lo penetré con fuerza hasta el fondo, desahogando el coraje que tenía, él gritó…

Al día siguiente fui a casa de mi tío, ahí estaba mi primo al que había visto la noche anterior en la cantina con sus amigos, me saludo y me ofreció una cerveza “para la cruda”, estaban asando elotes, platicamos de cosas sin importancia, llevaba un par de cervezas encima cuando mi primo sacó una botella de whisky que le había quedado de alguna de las fiestas y me sirvió en un vaso de plástico, se sentó a mi lado, lo noté raro, nervioso, apuró su trago y entonces me preguntó qué hacía yo con Sebastián, le dije que lo consideraba un amigo y que a veces lo visitaba, hizo un breve silencio y entonces me comenzó a platicar de él, me dijo que si era muy trabajador, pero que eso de que era muy buena gente era solo una fachada que en realidad era un cabrón, me contó que era muy mujeriego, pero que no solo se acostaba con mujeres, sino también con hombres, que en el pueblo muchos ya lo conocían, que no era de una sola persona y que siempre agarraba parejo lo que se le presentara, hombre o mujer, y que su esposa lo había dejado porque lo había encontrado en la cama con otro hombre, “te lo digo para que tú sepas lo que haces”, me dijo al tiempo que me servía otro whisky y me cambiaba el tema. No le dije nada al respecto, solo lo escuche y al parecer nadie más había escuchado lo que me dijo, la tarde siguió transcurriendo normal, pero en ese momento dejé de tomar.

Desde entonces no he vuelto al pueblo, Sebastián me ha buscado por mensajes pero tampoco ha insistido mucho en verme, creo que sabe que algo ha cambiado...

Por: Tigrillo Serch