Tengo ganas de ponerme una borrachera, una como aquellas que me ponía de
joven cuando estaba contigo, con cualquier botella, con cualquier cerveza, en
el terreno de mis abuelos a la orilla del campo, asando elotes mientras caía la
tarde y el frío comenzaba a soplar entre las copas de los árboles que había al oriente,
nos quitábamos el frío con la fogata y con nuestros mismos cuerpos, una
borrachera de esas donde nada importaba, donde el tiempo se detenía y nos
recostábamos en el suelo a mirar las estrellas, donde después nos mirábamos a
los ojos y nos decíamos lo que no nos atrevíamos a decir de viva voz, sólo
dejábamos que la música de la radio de pilas que teníamos lo dijera a través de
las voces de Pedro Infante, Javier Solís y muchos otros cantantes, pero hemos
envejecido, esas borracheras no volverán, eran especiales porque estábamos
juntos, pero ahora estamos distanciados y vivimos con otras personas. De
cualquier modo, quisiera ponerme una borrachera como aquellas, cuando me perdía
en tu cuerpo, en tus ojos, hasta quedar dormido.
Éramos jóvenes, inexpertos, aún no sabíamos lo que queríamos en la vida,
sólo soñábamos, con que fuera mejor, queríamos conocer el mundo que se alzaba
más allá de los cerros que rodeaban nuestro pueblo, queríamos salir, conocer
otras ciudades, otras formas de vivir y no sabíamos si habría regreso al
pueblo, pensábamos que el mundo nos esperaba para comerlo a grandes bocados,
solo queríamos irnos, aunque esto significara dejar a nuestras familias, los
demás nos decían que estábamos locos, para nosotros los locos eran ellos, así que
algunas tardes del último verano que estuvimos en el pueblo comprábamos
cualquier clase de alcohol y nos íbamos al terreno de mis abuelos sembrado de
maíz, ahí nos contábamos nuestros sueños de juventud, y nos entendíamos, los
demás no comprendían que nuestros intereses estaban fuera de ese pequeño mundo
limitado solo al pueblo y a los lugares cercanos, quizá nosotros éramos más
ambiciosos que los demás jóvenes del pueblo, ansiábamos experimentar todo lo
que había afuera, aunque nuestro futuro como adultos aún era un evento lejano
que estaba lejos de alcanzarnos y mientras tanto, en esas tardes disfrutábamos
de nuestra compañía, tomábamos alcohol y de esa forma creíamos que aprendíamos
a ser mayores, como si tuviéramos prisa por ser hombres adultos y fue entonces
cuando comenzamos a tener nuestros primeros jugueteos sexuales, de forma
bastante torpe e ingenua.
En algún punto del terreno pasaba una barranca que en época de lluvias
se volvía un pequeño río por donde corría el agua que bajaba de los cerros del
oriente, muy fría, donde a veces nos aventábamos jugando y quedábamos empapados
y había que quitarnos la ropa para que se secara, quedando nuestros cuerpos
desnudos en el frío del atardecer, así comenzamos nuestros juegos, entre
borracheras donde al calor del alcohol nuestros cuerpos se calentaban, entre
toqueteos, descubriendo sensaciones que nos eran nuevas, que nos enervaban la
piel, los sentidos, los miembros. Descubrimos lo que era tener el contacto
sexual entre dos varones, nadie tenía idea de lo que se debía hacer, sólo nos
íbamos llevando por el instinto y el licor, en esos momentos no importaba lo
que ocurría a nuestro alrededor, no importaba que se nos hubiera enseñado que
eso que hacíamos era algo prohibido, vergonzoso, porque para nosotros eso era
como sellar la amistad que teníamos, con algo tan personal como el entregarnos
en cuerpo y alma joven, era parte de compartir nuestros sueños, sin nada más
que nos preocupara, sin nadie más que lo supiera, había mucho tiempo por
delante para aprender, para equivocarse, para arrepentirse, para cambiar.
Fueron momentos muy felices de mi vida y estoy seguro que para ti también, el
descubrirnos como hombres, aún con algo de inocencia, en el trance entre ser
jóvenes y ser adultos, cuando los sueños podían aún ser posibles, cuando los
corazones no se habían roto.
Luego nos recostábamos, cansados, ebrios, dejábamos que se hiciera de
noche mientras encendíamos una fogata donde nos calentábamos y para que se
secara nuestra ropa, nos habíamos acabado el alcohol, yacíamos de espaldas
viendo el cielo estrellado, nos mirábamos a los ojos en silencio, luego nos
vestíamos y emprendíamos el camino de regreso a nuestras casas, habíamos
compartido una tarde, el alcohol, nuestras ilusiones y también habíamos
descubierto sensaciones nuevas, nos sentíamos listos para ser hombres adultos,
queríamos actuar como tales, juntos nos sentíamos tan fuertes que podíamos
enfrentar a cualquiera, menos a nosotros mismos, pero eso no lo sabíamos. Ese
verano de los años ochentas fue el último que estuvimos juntos, luego de ahí
nos separamos, no sabíamos que ya no nos habíamos de volver a encontrar en
mucho tiempo, yo me fui a estudiar a una escuela rural en otro Estado, y tú al
Colegio Militar. Nos perdimos la pista, pero en ocasiones cuando regresaba al
pueblo me enteraba de algunas cosas de ti, que te habías casado, tenido hijos,
que solo en ocasiones volvías al pueblo, que como militar estuviste en muchas
partes del país. Por mi parte estuve en un trabajo donde tuve la oportunidad de
viajar desde Sierra de Juárez en Oaxaca hasta Tijuana en Baja California, y
todas las ciudades entre esos dos puntos.
Supongo que ambos vimos el mundo que estaba a nuestro alcance, pero no
nos pudimos comer el mundo, más bien éste nos dio algunas dentelladas, el
tiempo pasó tan rápido que sin darme cuenta se fue como arena entre mis dedos,
de ilusiones frustradas, de corazones rotos, de amargura y de pérdidas. Ignoro
si aún recuerdas esa época de nuestra vida, pero ha quedado tan lejos lo que
alguna vez fuimos, que la última vez que te mire por la calle éramos diferentes,
dos desconocidos, apenas y te pude reconocer, los años nos cambiaron mucho, me
miraste, con ese sentimiento distante, vacío, solo pude ver en tus ojos un
atisbo de nostalgia, quise pensar entonces que recordaste lo que una vez
tuvimos y lo imposible que era que fuese realidad. Ahora ibas con tu esposa y
tus hijos y yo iba solo por la calle con mi pequeño hijo peludo, ni siquiera
nos detuvimos a saludarnos, solo nos lanzamos miradas como dos desconocidos que
se topan por la calle y que inmediatamente después siguen con su vida
cotidiana, no volvimos a encontrarnos más desde entonces.
Y hoy, treinta años después de ese verano que guardo nostálgico en mi
memoria y quizá acumulando más fracasos que éxitos, aún tengo ganas de ponerme
una borrachera como aquellas que nos poníamos de jóvenes, en el terreno de los
abuelos que ya hace años no están aquí, con cualquier licor, a la orilla del
sembradío de maíz que ahora lo cultivan mi tío y mi primo, tengo ganas de
ponerme una borrachera mientras escucho a José Alfredo, a Chavela Vargas, y
quisiera verte a ti, pero no como eres hoy en día, no como soy yo, ambos viejos
y cansados, tengo ganas de que el alcohol me haga recordar cómo éramos en
aquellos días, en que parecía que el mundo nos estaba esperando, en que
podíamos soñar, reír y descubrir, pero aunque aún escucho el ruido del viento
deslizándose entre las hojas de los árboles, el tiempo ha pasado,
implacablemente, y sólo recuerdo lo que fuimos, sonrío mientras desgrano los
sueños que tuvimos, todo resultó ser diferente, estoy de regreso en mi pueblo,
aún corre agua en verano en la barranca del terreno, pero son otras aguas, son
otras hierbas, y son otros los ojos que reflejan mis ojos cansados, donde ya no
hay sueños, donde ya no hay ilusiones, mientras apuro el trago que tengo en la
mano y en el celular suena la música “toda una vida, me estaría contigo…”
Por: Martín Soloman
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Comentarios:
Gracias por comentar