Blog de historias y anécdotas con las cuales más de uno nos hemos sentido identificados, buscamos siempre resaltar el aspecto humano de las relaciones entre Hombres, más allá de solo un momento fugaz, expresando todas aquellas vivencias que ha dejado huella en nuestra vida y que nos ha llevado a ser lo que somos, personas reales, con las cuales la gente convive a diario
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22 de junio de 2024
Te cambio un cigarro por un condón
En el 94, yo era un muchacho universitario. Estudiante de la UAM-X había dejado mi más reciente trabajo como administrativo porque la carrera ya demandaba mucho: prácticas, investigaciones, exposiciones, trabajos en equipo y un largo etcétera. Mi libido andaba por las nubes súper alto, pero no había tiempo ni chance de andar en la cacería. Una noche de miércoles tenía un poco de tiempo: no tenía tarea, ni había cita con equipos de trabajo.
Ya era costumbre llegar a casa después de las 10 de la noche por tantas actividades. Esa vez era relativamente temprano, las 8 de la noche y estaba en la estación del metro donde tomaba un colectivo para mi casa. En esa estación, del lado contrario a dónde yo salía, había un par de salidas y se podía distinguir un poco de ambiente de cruising, algo muy discreto que la mayoría de gente no percibía, solo los gayos entendíamos el cortejo, los movimientos y las miradas bragueteras.
Ahí estaba Carlos, un conocido que siempre presumía su habilidad para conseguir ligue. Y la verdad era bueno, muchas veces lo ví, de la nada, iniciar una plática con algún tipo que salía del metro o que pasaba por ahí y se detenía a fumar un cigarro, con solo un par de minutos se desaparecían, y tiempo después regresaba Carlos para presumir los detalles: aunque era machín, el ligue había salido pasivo; o tenía una verga descomunal y no se la había aguantado; o tenia un cuerpazo para disfrutarlo buen rato además de una buena penetración.
Esa noche Carlos estaba como siempre platicando conmigo sin dejar de mirar el ganado que salía del metro. Un muchacho más o menos de mi edad (Carlos era varios años mayor, sin ser "maduro" aún) salió y se detuvo en las escaleras, encendió un cigarro y fumaba con lentitud, se veía algo cansado a mi parecer. Para mis gustos era muy guapo: más moreno que yo, cabello ligeramente largo y rizado, casi chino; un bigotazo y barba mal recortada que lo hacían ver más varonil aún. Llenito sin llegar a gordito y unas piernas que reventaban su pantalón de mezclilla.
Obvio Carlos lo vio como presa, y cosa curiosa en él, me decía que no se le ocurría nada para entablar conversación con el muchacho. Yo tomé la iniciativa y me acerqué, con una valentía que nunca he sabido de donde la saqué en esa ocasión, le digo con toda seguridad: "Hola, buenas noches. Oye, te cambio un cigarro por un condón". El muchacho se me queda viendo fijamente y me sonríe, sacó la cajetilla de Marlboros y me ofrece tomar uno. Saqué uno y el chico me dio su encendedor. Cómo hacía viento, no podía encender el cigarro. El chico acercó sus manos y cubrió mis propios puños, haciéndome "casita" para prender el cigarro; recibí una descarga elèctrica al sentir su toque.
Carlos se acercó, saludó y pidió también un cigarro, en un momento dado, al voltear para exhalar el humo, me tardé en regresar la vista, no habrá sido más de un minuto pero al voltear, Carlos se despide y me dice que "luego me cuenta", ¡Y SE RETIRAN AMBOS! Dejándome ahí todo con cara de baboso y sin saber que decir. Me quedé ahí medio molesto terminando de fumar el cigarro, ¡carajo!, yo había hecho la mayoría del "trabajo" y llega Carlos y se lleva la presa... ¡y qué presa!
Dos días después, noche de viernes estaba tan cansado que ni se me ocurría ir a un bar o a bailar, ni siquiera ir con los compañeros a las reuniones en casa de alguno donde se hacía coperacha para comprar cervezas y algo de botana.
Llegué a la estación del metro, empecé a caminar hacia la base de peseros, pero sin decidirlo conscientemente, cambié de dirección y crucé del lado contrario de la avenida. Saqué un cigarro y me puse a fumar estaba cansado pero también caliente, carajo.
Recargado en la barda de las escaleras, veo llegar al tipo de hace un par de noches. Se me queda viendo y me saluda, ahora él me pide un cigarro (aunque estoy seguro que él debe tener los suyos, me da gusto que me pida) empezamos a platicar y en la conversación le pregunté cómo le fue la otra noche. Me dijo: "pues bastante mal, no hubo química, sólo me lo parché y ya. Le pedí que se fuera porque tenía que despertar temprano al día siguiente, la verdad solo quería que se fuera".
Aunque no le pregunté, me confesó: "después pensé que mejor me hubiera ido con el gordito, contigo". Sentí un orgullo tonto pero natural. "Yo no estoy gordito, tú estás más llenito que yo", le dije. "Pero tú estás más sabroso que el otro güey", me respondió.
¿Quieres venir conmigo? Me pregunta, y claro que yo quería; llegamos a un complejo de edificios, subimos 2 pisos y abrió la puerta de su departamento. Al cerrar la puerta fue la locura, nos besábamos e íbamos desnudándonos uno al otro, casi con desesperación y prisa. Las ropas caían en el comedor, la sala y pasillo antes de llegar a su recámara.
Al verlo y sentirlo totalmente desnudo, era todo lo que me gustaba de un cabrón. Aunque no era musculoso, su cuerpo era fornido, firme, piel morena de un hermoso tono cobrizo. Sus pechos enormes y duros, con apenas una ligera mata de vello. Sus piernas gruesas y duras como si fueran de madera. Al tocar su verga ya erecta, en verdad era grande, algunos centímetros más grande que yo, pero su grosor era de no creerse. Yo solo soy activo y no tenía ni un poco de curiosidad de ser pasivo y menos con esa macana tan grande. No sabía qué iba a ocurrir, pero los besos y caricias eran lo suficientemente intensos para hacerme no prestar atención a ese detalle. Pero las cosas como dicen ahora, fluyeron sin complicaciones. El muchacho se acomodó a mis caricias y nos trenzamos en un 69, obvio que yo no podía más que con la puntita de ese trozo. Después de horas de acariciarnos y sudar a mares, se levanta me toma de la mano y me lleva al baño. Nos duchamos siguiendo con las caricias y besos, me secó el cuerpo con un cuidado que me dio más calentura aún. Regresamos a la cama y saco condones y lubricante... Casi sentí miedo, pero él me puso el condón a mí, uso bastante lubricante y me permitió poseerlo en todas las posiciones. Esa noche tuvimos tres orgasmos el último sin penetración, pero masturbándonos mutuamente. No supe en qué momento me quedé dormido, pero al despertarme, empecé a vestirme, el chico me detuvo: "Espérate"… lo que siguió fueron varias horas de besarnos acariciarnos, yo besé y lamí su espalda, piernas y axilas. Me excitaba su olor limpio y las feromonas de deseo que exudaba.
Ya eran las 3 de la tarde cuando salimos a comprar algo para preparar "desayuno". Comimos y ahí en el comedor volvimos a trenzamos en abrazos y besos, no llegamos a la recámara, los vidrios de las ventanas me devolvían mi imagen levantando sus piernas lamiendo sus pantorrillas, él gemía de placer de sentirme dentro. Nos besábamos con furia como si supiéramos que era algo que no iba a durar y había que aprovechar.
Pasé una segunda noche en su departamento, la tarde del domingo sabía que tenía que irme, yo necesitaba llegar a casa y preparar mis cosas para la universidad para el lunes. Necesitaba ir por dinero, y... Explicar a mis padres por qué habían faltado dos noches a la casa. Mi padre no era demasiado estricto, pero si exigía que le avisara si iba a faltar, está vez no lo hice.
Ya era nuevamente de noche cuando me zafé (me obligué a despegarme) de su cuerpo. "Me tengo que ir", le dije. "Lo sé, pero ten mi teléfono, espero que pronto me llames". Entonces los celulares eran costosos y no demasiado comunes aún, así que me dio un número de teléfono fijo. "Pero llámame en las noches después de las 8". Antes estoy trabajando todavía. Era taxista... Y el departamento era de su pareja, un señor maduro y casado que le permitía vivir ahí, y le daba el taxi a trabajar con una tarifa relativamente baja, para ayudarlo (supuestamente estaba terminando la prepa en una escuela privada que le pagaba su pareja).
Nos vimos al menos 3 veces a la semana por varios meses, los fines de semana casi era seguro que lo pasaba con él, encerrados en su recámara.
Pero ambos éramos jóvenes y los problemas surgieron rápido: necesidad de vernos más tiempo, celos, su dificultad para mantener su relación, ahora que mucha de su energía la descargaba conmigo cuando yo lo penetraba, porque casi siempre eyaculaba. Eso le hacía no poder cumplirle igual a su pareja.
La relación fue tumultuosa, difícil. Nos separamos con rencor pero también con dolor. Dejé de verlo muchos años, casi 20, cuando empezaron las redes sociales por la década de los 2010, por curiosidad escribí su nombre. Su apellido no es demasiado común y lo encontré. Al poco tiempo de dejarnos, se separó de su pareja pero encontró otro hombre que lo quiso y comprendió, hasta que falleció. En un periodo de depresión por la pérdida cayó en el alcoholismo y así otra persona lo rescató; le dio amor y la tranquilidad, el apoyo que necesitaba. Cuando lo contacté no me creía quien era yo. Le tuve que recordar que le dediqué un poema de Mario Benedetti y sólo así me creyó. Quedamos de vernos para ir a tomar un café, pasó por mì a mi trabajo de entonces, al llegar y hallar lugar en el estacionamiento de la cafetería, estaba desierto. No pude evitarlo y lo jale hacia mí y lo besé, me correspondió pero al terminar el beso, me pidió que no lo volviera a hacer, pues él ahora estaba casado. "Me gustó y la verdad casi lo deseaba, pero no lo vuelvas a hacer".
Aun después de varios años seguimos en contacto, a veces (muy pocas) me busca cuando tiene problemas con su esposo. Me pide consejo como si yo pudiera dárselo, cuando no he vuelto a tener otra relación así de intensa.
Por: Enrique Toro

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