Recuerdo muy bien ese día, como cada sábado había salido temprano del
trabajo, así que pase al centro de la ciudad a comer antojitos, después camine
un rato por esas calle repletas de puestos ambulantes y compre algunas cosas de
poco valor, siempre me he detenido a curiosear y siempre termino comprando
cosas que generalmente no sirven para nada. No tenía prisa por llegar a casa.
La verdad es que muy dentro de mí estaba ocurriendo algo, había llegado a un
punto en mi vida en el que me sentía harto de lo mismo. Necesitaba algo nuevo,
cosas que me hicieran ver la vida de otro modo. Eso era, tenía que hacer algo
diferente, así que pensé que por fin visitaría a mi hermana, ella vivía por un
rumbo opuesto al mío en la ciudad. Estuve un rato pero no me sentía a gusto,
así que me regresé a donde vivía. Tomé el metro, decidí no ir en el último
vagón, todos sabemos lo que ocurre ahí, pero siempre que yo entraba no había
nada que me gustara, siempre las mismas jotitas andróginas y en el peor de los
casos, seres grotescos. Mis amigos siempre dicen que soy muy exigente y quizá
lo sea.
Subí al penúltimo vagón, estaba atestado, pero poco a poco en cada
estación se fue vaciando, entonces a lo lejos frente a mi estaba él. Este
hombre era diferente, no muy alto no muy bajo, no joven no muy viejo y se veía
muy masculino. En un punto mientras nuestras miradas se cruzaban, vi en sus
ojos una furia que me intimido y me hizo pensar que ya no debía observarlo
parecía que quizá podría acercarse y lastimarme. De pronto fui consciente de
que varios de los hombres en el vagón llevaban el pelo corto, igual que el
hombre que yo observaba. Entonces caí en la cuenta que debía haber un cuartel
militar por la zona. Por un momento ya no volví a ver al hombre que me había
gustado, pero la curiosidad me llevo a dirigir mi mirada hacia él de nuevo. Su
mirada seguía siendo fuerte, pero ya no parecía agresiva, mostraba una
expresión distinta, retadora, y si no juzgaba mal, hasta invitadora. Al llegar
al metro Pino Suarez se levantó y camino hasta la puerta que estaba cerca de
mí, sin dejar de observarme, a mí me costaba sostenerle la mirada. Al parecer
quería que lo siguiera al bajarse, pero no estaba seguro, quizá yo estaba
entendiendo mal. Sentí esa mezcla de sentimientos, entre miedo y curiosidad, y
lo seguí. Ya fuera del metro me detuve mientras él caminaba, ya no lo seguiría,
ante todo debía ser prudente, sabia las historias que circulan de boca en boca
acerca de los militares, que son muy violentos y que pueden incluso matar.
En ese momento él se detuvo, volteó y me observo, pareció entender que
desconfiaba de seguirlo, así que regresó y fue directamente hacia mí, mirándome
fijamente, yo me quedé quieto y entonces me dijo con voz grave: "mi nombre
es Caín", y me extendió la mano. Tenía un nombre muy particular, pero no
comente nada al respecto, solo me presente también, el saludo fue firme, su
mano era grande, gruesa. Le pregunté hacia donde se dirigía, tratando de
adivinar cuáles eran sus intenciones para conmigo. No me dijo que fuera
homosexual ni nada parecido, pero si me dijo que en ese momento le latía
tomarse una cerveza. “¿Te gustaría acompañarme?” me preguntó. Acepte, pues
pensé que en un lugar público estaría más seguro con alguien como él, un
desconocido del cual no estaba seguro que quería de mí, aunque yo si sabía que
quería de él.
Caminamos unas cuadras, yo no conocía esas calles, me parecían muy
inseguras, había varios bares, todos se veían de mala muerte, con mesas y sillas
muy viejas, sucios, al interior se veían muchos hombres jóvenes con apariencia
de militares, los cuales se veían muy chacales y aparte había jóvenes que a
simple vista se veía eran una jotitas acompañándolos. No entramos en ese bar,
nos fuimos a otro más adelante, ahí había hombres más maduros, me sentí más a
gusto ahí, y mi acompañante también me expreso sentirse más a gusto también
ahí. Caín hablaba poco, pero note que si sentía cierta curiosidad hacia mí,
observaba con detenimiento mi cuerpo y cuando me levantaba para ir al baño me
parecía que observaba mi trasero. De pronto se acercó un hombre que se veía más
joven y le comenzó a insultar, por lo que le decía note que era uno de sus
subordinados y le estaba insinuando que era un puto. De pronto mi acompañante
se levantó y frente a mi le puso un golpe en la cara al otro hombre que lo tiró
al suelo, con la boca sangrando, los demás no intervinieron. En ese momento sentí
el deseo de huir, para no correr la misma suerte, pero Caín me dijo que no me
preocupara, que esas cosas pasaban, pero me aclaró que no era puto, que era muy
hombre.
En ese momento pensé que me estaba metiendo en problemas, hacía mucho
que no me involucraba con hombres que no aceptaban su homosexualidad, especialmente
porque no quería lidiar con sus conflictos personales. Pero ya estaba ahí y
Caín no era guapo pero se veía muy varonil, sus facciones eran recias, tenía un
rostro que me atraía mucho, la ropa que cubría su cuerpo dejaba adivinar un
hombre muy fuerte y su entrepierna era algo voluminoso, debía tener una buena
herramienta, además de que tenía un culo muy bonito. Justo el tipo de hombre
que me gustaba, una extraña mezcla de hombría que olía a peligro.
Cuando llegamos ahí eran alrededor de las seis de la tarde, pero cuando
salimos ya era casi medianoche, yo estaba muy ebrio, sin embargo él parecía
como si nada, me dijo que me llevaría a su cuarto, que esa noche descansaría en
su casa, que le había caído muy bien como amigo y que donde él estuviera
también yo estaría, esas palabras me hacían sentir bien, y si no era así, ya no
había de otra, estaba muy ebrio para irme solo. Caminamos por la calle, yo iba
del lado de la calle y él me pasó hacia la pared, me dijo que así debía ser,
que el hombre caminaba siempre hacia el lado de la calle. Yo no dije nada, pero
esa fue la primera insinuación de lo que me esperaba.
Llegamos a un pequeño departamento, se veía sencillo, no tenía muchas
cosas. Caín me hizo pasar y preparó otros tragos, se acercó y me dio un vaso,
creo que era tequila, le dije que ya no
podía seguir tomando, a lo cual respondió "bueno si ya no quieres seguir
tomando entonces ¿qué chingados hacemos?" Entonces él me tomó de la
cintura y comenzó a masajear mis nalgas y a besarme el cuello diciendo que le
gustaba mucho mi culo, yo traté de abrazarlo pero él no me dejó, Caín era quien
siempre llevó la iniciativa para todo. Me volteó de espaldas y sentí su aliento
cálido en mi espalda, me bajó los pantalones y me restregó su bulto entre mis
nalgas. De pronto me puso de frente y cuando quise besarlo, él me tomó de los
hombros obligándome a hincarme, mi cara quedó frente a su entrepierna, se veía
un gran bulto, quise tocarlo pero me apartó la mano, él mismo se bajó la
bragueta del pantalón y me puso su verga frente a mi cara, me dijo que se la
mamara, yo lo hice, a veces me ahogaba y quería sacarla de mi boca pero él no
me dejaba sacarla, con su mano presionaba mi cabeza contra su pelvis, tampoco
dejaba que le agarrara la verga, cada que lo intentaba me apartaba la mano con
firmeza. Me tiro de espaldas en el piso del cuarto, estaba muy frío y su cuerpo
estaba muy caliente, y ahí mismo me penetró, sin más miramientos, entraba una y
otra vez provocandome sensaciones diferentes, entre lo duro y frío del piso y
su forma violenta de cogerme, hasta que dejó escapar un grito. Se quedó tirado
un rato sobre mí, luego se levantó, fue al baño a lavarse y me tiró una toalla.
Se lavó y sirvió otros tragos, platicó otras cosas, a mí me dolía el cuerpo
pero no podía ir a ningún lado, poco a poco el sueño me fue venciendo, pero Caín
me despertó otra vez cuando me estaba penetrando de nuevo, eso se repitió una
vez más, era incansable, cuando me daba cuenta, ya lo tenía dentro de mí. Fue
una noche muy placentera. Había hecho algo nuevo por fin.
Al día siguiente y muy de mañana me despertó con brusquedad y me dijo
que me tenía que ir, que ya era muy tarde y que él no tardaría en irse y que no
quería que nadie nos viera salir juntos. Entonces me di cuenta que ya no
volvería a verlo, su trato había cambiado, ya no era el mismo hombre de la
noche anterior, ahora era grosero y no parecía querer volver a verme de nuevo.
Así que me vestí y me salí de su casa, el frío de la mañana azotó mi rostro
volviéndome a la realidad, las calles aún lucían solitarias, me dirigí hacia el
metro, no tuve tiempo de pedirle su número de teléfono, o de darle el mío, no
tenía forma de volver a verlo, esa fue la primera y última noche que ví a Caín.
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