Dicen que todos nacemos iguales, pero eso no es cierto. Los niños
nacemos diferentes, y aunque por nacimiento sean varones o hembras, no siempre
es lo que somos. Si me preguntan su nombre debo decir que no lo recuerdo. En
algunas personas el nombre es secundario, y a menudo olvidado, cobrando más
relevancia su sobrenombre, mote, apodo, nos da una rápida idea de quién es en
realidad dicha persona: “el
manotas”, “el tribilin”, “el gordo”, etc. A él lo conocí en la primaria, aunque
no íbamos en el mismo grupo, si estábamos en la misma generación, así que éramos
de la misma edad. Lo conocí por su apodo, le decían “el caperuzo”. Y en ese
apodo cargaba la descripción de lo que era: un homosexual. Los niños suelen ser
muy crueles, se dice que es porque a esa edad aún no se tiene plena conciencia
del bien y del mal. Yo digo que no es así, creo que es la manifestación del
lado malo en el hombre, algo que se desarrollará de adulto. Cuando le pusieron
ese apodo no se fijaron en las características de su vida, si era difícil o no,
solo en su característica más evidente, su orientación sexual que se
manifestaba desde esa edad. El apodo se debía a que usaba una chamarra roja
tipo impermeable con capucha, era la única que tenía para protegerse del frío,
y en alusión al cuento de Caperucita Roja y por ser “niña”, le pusieron así, “el
caperuzo”.
Quien diga que la infancia es una etapa hermosa miente. No es así para
todos. Quizá no se tiene conciencia de cómo es la propia infancia porque no se
tiene plena conciencia de otras formas de trato en otras familias. Creo que
dentro de su mundo “el caperuzo” era feliz, a pesar de sus propias
circunstancias. Nunca conoció a su padre y su madre tuvo que irse a trabajar a
Estados Unidos como ilegal, a él lo había dejado al cuidado de su abuela, quien
lo criaba lo mejor que podía, como un hijo propio. De su madre no se sabía
nada, hacía varios años que se había ido y se había olvidado de su hijo. Su
abuela era de escasos recursos, la chamarra roja la había comprado seminueva
para su nieto, no era mucho lo que podía darle. A él le gustaba usarla, o quizá
no, a lo mejor solo era porque no tenía otra cosa que usar. Y ese mote lo
siguió toda su vida.
El “caperuzo” era estudioso, nunca fue un niño travieso, hacía sus
tareas mientras nosotros nos íbamos de pinta o jugábamos fut bol. Su forma tan
delicada de hablar lo hacía frecuentemente blanco de burlas ante la mirada
complaciente de los maestros, homofóbicos, que nunca hicieron nada por
defenderlo. Las bromas eran cada vez más pesadas, le escondían los libros, le
rayaban la hoja de la tarea, le ponían zancadillas, y la preferida, le
remedaban su tono de voz al hablar, remarcando su amaneramiento. Su único mundo
donde era feliz era junto a su abuela, era quien lo consentía, quien lo
aceptaba sin reprocharle nada, quien veía cómo sacar un dinero extra para darle
algo más.
Quisiera decir que todas las historias son ejemplos de superación ante
las adversidades de la vida, pero esas veces son las menos. Porque la vida
cotidiana es así, impredecible, y casi siempre nos lleva por caminos que nunca
esperamos tomar. Quizá esta historia podría terminar diciendo que el “caperuzo”
habría estudiado, hecho alguna profesión, quizá habría encontrado a alguien que
lo amara y que finalmente habría sido feliz, haciéndose cargo de su abuela hasta
el final de sus días, pero eso sería faltar a la verdad, y también sería un
final demasiado rosa, y la vida no es de color de rosa. Terminamos la primaria
y yo dejé de verlo, seguí mi propio camino, me olvidé de él. Estaba estudiando
la preparatoria cuando cierta vez en una plática de amigos supe nuevamente del “caperuzo”.
En algún momento de la preparatoria, cierto día y sin que nadie lo esperara
apareció su madre, había regresado de Estados Unidos, después de casi quince
años había decidido volver, pero no para quedarse, sino para proponerle a su
hijo irse a vivir con ella. Por razones que nadie supo, el “caperuzo” decidió
irse con su madre a Estados Unidos, de nada valieron las súplicas y el llanto
de su abuela que lo había criado como a un hijo propio durante todos esos años,
simplemente se fue sin decir nada a nadie. Para su abuela fue un golpe muy
duro, enfermó y su vida comenzó a marchitarse, perdiendo el sentido de la
misma. Poco tiempo después murió. Su funeral fue muy sencillo, muy pocos fueron
al sepelio, su tumba quedó olvidada en el panteón, no hubo quien fuera a
dejarle flores, ni siquiera en un diez de Mayo. Es como si nunca hubiese tenido
una hija, un nieto.
Hay acciones que nadie sabe entender,
a veces uno mismo no sabe el por qué reaccionamos de cierta forma, hay cosas
que no pueden explicarse, solo son así, son situaciones sin razón aparente.
Quizá el “caperuzo” estaba harto de que todos lo señalaran como el puto del
barrio, quizá pensó que aquí nunca iba a encontrar la vida que anhelaba, quizá
quiso empezar de nuevo en otro lugar, donde nadie lo conociera, donde nadie
supiera lo que era, pero eso son solo suposiciones mías, porque nadie supo sus
razones. En algún momento de la vida todos pensamos en huir de lo que nos
rodea, empezar de cero, volver al inicio, por lo menos yo lo llegué a pensar de
joven. El “caperuzo” lo hizo, por lo menos quiero pensar que esa fue su
intención.
Los años pasan sin darnos cuenta. Personas van y vienen en nuestras
vidas. De muchas nos olvidamos, no nos preguntamos qué fue de ellas,
simplemente desaparecen sin darnos cuenta que alguna vez las conocimos, dejamos
de extrañarlas, como si nunca las hubiésemos conocido. No sé qué tanto haya
encontrado en Estados Unidos lo que fue a buscar, algunas veces no se sabe qué
se busca. Muchos años después volví a saber del “caperuzo”. Había muerto en
Estados Unidos, nadie supo la causa de su muerte, quizá fue un accidente, hay
tantos ilegales que reciben malos tratos, más cuando además de ilegales son
hmosexuales. Pero a la gente le gusta hacer leña del árbol caído, la gente
siempre tiende a hablar de lo que no conoce, más cuando ese alguien de quien
habla es “diferente”. Lo que todos susurraban en un rumor a voces era que había
muerto de una “rara enfermedad”, pero nadie pudo tener la certeza de la causa
de su muerte. Aun así la gente no dejó de hablar por un tiempo.
En torno al “caperuzo” se tejieron las historias más absurdas y
fantasiosas que tanto gustan contarse para alimentar el morbo de la gente de
buenas conciencias. Yo no puedo afirmar nada, solo sé lo que escuchaba. Después
de todo él está muerto y no puede decir ya nada. Yo solo cuento lo que pasó. Esto
lo supimos porque un día, de pronto, llegó una señora ya vieja con una cajita
que contenía las cenizas del “caperuzo”. Fueron depositadas en la tumba de su
abuela. Al final de su camino por fin estaban juntos como cuando él era niño y
no sabía de la existencia de su madre, como cuando su abuela lo cuidaba y
procuraba. Ahora en la muerte volvían a estar juntos. Alguna vez después de eso
pasé por el panteón, la tumba seguía olvidada, solo algunas flores ya secas
estaban aún dentro de una lata que había servido de florero, como mudo testigo
de su paso por la vida.
(Historia anónima)
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