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29 de junio de 2017

Crónica de una marcha normalizada

El día J había llegado, 24 de Junio, CDMX, el día de la marcha LGBTTTIQ (más todas las letras que se acumulen), durante semanas las redes sociales se habían visto inundadas con publicaciones que bien podían haber sido redactadas por el Frente por la Familia, rechazando las expresiones exhibicionistas, de desnudos, travestidas y afeminadas que se ven en una marcha, gritando que no había orgullo en que a los homosexuales les gustara que les metieran la verga, que eso era un circo, una vergüenza y que eso no los representaba, que iban a exhibir putería a la marcha, que uno como adulto como quiera, pero ¿y los niños?, ¿acaso esos homosexuales irresponsables no pensaban en el daño que provocaban a los niños que veían sus desviaciones exhibidas en público? Como si fuera el día de un apocalipsis zombi, así se anunciaba que sería este día, un apocalipsis de exhibicionismo y putería disfrazado de lucha por los derechos, ¿por qué los homosexuales no pueden marchar como personas “normales”, vestidas como si fueran a sus trabajos, de forma “decente”? Por su culpa la sociedad nos rechaza. Y así por el estilo el resto de las publicaciones. El tan temido día del apocalipsis arcoíris gay había llegado para imponer su agenda

Desde que llegamos al centro de la ciudad un día antes, se pudo sentir un ambiente festivo, muchos lugares ya adornados con la clásica bandera arcoíris, bancos, comercios, restaurantes, tiendas de conveniencia, los negocios eran gayfriendly y buscaban atraer a los visitantes de provincia como nosotros. Por la noche, los bares de ambiente llenos de personas identificadas con una preferencia sexual distinta, era común ver a parejas del mismo sexo tomados de la mano en plena calle sin ningún problema y por toda la ciudad, pero esto no se compara a lo que al día siguiente pudimos ver y vivir.

Tomamos un taxi en Centro Histórico, le indicamos al taxista que íbamos a la glorieta del Ángel, nos advirtió que iba a ser difícil llegar porque iba a haber una marcha, le pedimos nos acercara lo más posible. Conforme iba avanzando, el taxista comenzaba a protestar, era una marcha de jotos, cómo era posible que unos pinches jotos cerraran Reforma, por eso el País no avanzaba. Al llegar a la glorieta de la Palma el tráfico era desviado, hasta ahí nos dejó no sin antes decir que no era su culpa sino de los pinches maricones. Íbamos vestidos de forma “normal”, no llevábamos nada que nos “delatara”, ni una banderita ni nada. Sí, de todos modos y aunque a la marcha fueran todos vestidos de forma “decente”, siempre seríamos diferentes al resto de la sociedad, unos pinches jotos sin mayor valor. Al caminar hacia el Ángel tuvimos un panorama general de lo que nos esperaba y es que, mientras caminábamos, nos tocó ver una gran cantidad de gente que se dirigía al mismo lugar, travestís, chicos y chicas de la mano, grupos de amigos, personas disfrazadas, una gatúbela con dificultades para caminar en tacones, hasta un señor que trató de convencer a uno de mis amigos de que se fuera con él a la marcha porque lo encontró atractivo, toda una diversidad de gente vestida de forma diferente pero con algo en común que se podía sentir en el ambiente, alegría, festividad, libertad. Con amigos o solos, personas con evidente amaneramiento caminaban sin ser objeto de burla o rechazo, las vestimentas se iban haciendo más elaboradas. Seguíamos esperando ver el apocalipsis rosa.

Al llegar al Ángel ya había mucha gente, al frente un templete donde había algún show al que solo por momentos los asistentes le ponían atención, si había algún pronunciamiento político pocos se dieron cuenta, la mayoría de la gente estaba poniéndose sus vestimentas, maquillaje, encontrando a sus amigos, tras el Ángel los contingentes comenzaban a acomodarse, ríos de gente comenzaban a inundar las calles aledañas, las obras del metrobus y las vallas que se colocaron complicaban la circulación y la salida de la marcha se iba posponiendo. Yo había decidido marchar sin camisa, con un arnés leather. Sí, yo era parte del tan temido exhibicionismo que había sido denunciado en las redes, pero para sorpresa mía no veía a nadie más desnudo o sin camisa, ¿Dónde se habían metido? ¿Acaso la campaña de moralidad había surtido efecto? Indeciso, me quité la camisa y me puse el arnés, llegaron algunos amigos, algunas fotos, luego nos movimos a la explanada, por fin pude ver a una persona con un short de latex untado a sus nalgas, era el único, los disfraces eran tales, disfraces de todo, muy elaborados y detallados, llamativos, …y muy correctos. Personajes como unicornios, caricaturas como Pokemon y Sailor Moon, películas como 300, disfraces históricos como ciertos egipcios de muy buen ver más las clásicas pero siempre impactantes caracterizaciones de las travestís y drags que, sin duda, trabajaron bastante tiempo en sus vestuarios y en la actitud necesaria para lucirlos ayudaron en gran parte a cambiar la perspectiva que usualmente solía tener de ellas como simples hombres vestidos de mujer.

Sí, había travestís y un par de jóvenes desnudos como suelen describirlo en las noticias pero no eran ni de cerca la mayoría absoluta que se podía pensar sino que, por el contrario, había de todo, jóvenes en grupos de amigos, parejas homosexuales, parejas lesbianas, personas ya mayores, transexuales que, de no decirlo, cualquiera de mis amigos bugas las tomarían por mujeres, incluso parejas y personas heterosexuales apoyando a sus amigos y familiares homosexuales. Las familias también formaron parte de la marcha, varios padres, hermanos, primos, incluso abuelos, acompañando a sus hijos homosexuales a la lucha por sus derechos y demostrando de esa forma su apoyo y su amor por ellos e incluso riendo cuando uno u otro les gritábamos “suegro” o “suegra” cuando la persona en cuestión resultaba de buen ver.

Los carros alegóricos promovían principalmente negocios, eran los más vistosos, Cabyfy, Google, algunas empresas con programas de inclusión uniformaron a sus empleados con playeras de sus empresas, por alguna razón los contingentes de vaqueros y osos que años antes eran de los más vistosos, lucían desangelados, los leathers eran pocos, la mayoría fueron agrupados en una plataforma de un bar, algunos carros llevaban hombres en shorts pero nada que fuera escandaloso, los cuerpos bien formados eran buscados para tomarse fotos, los disfraces más elaborados y vistosos eran perseguidos, pero la mayoría de la gente iba vestida de forma “normal”, ríos de gente y de cuando en cuando en medio de la multitud aparecía algún transexual con los pechos al aire, curiosamente ya no escandalizaban, eran vistos de forma cotidiana, no eran de los más buscados para las fotos. Las consignas eran gritadas festivamente, “ese bigotón también es maricón”, “banquetera únete”, pero la consigna más cantada era “que perra, que perra mi amiga”, era la consigna que definía la marcha.

Una de las frases más repetidas en la red era “que la homosexualidad no te quite tu masculinidad”, pero en la marcha las expresiones de masculinidad eran pocas, muy pocas, las nuevas generaciones de homosexuales caían rendidas ante el perreo y el amaneramiento, “que perra, que perra mi amiga”, se repetía a todo pulmón mientras avanzaba la marcha, pero eso ya no escandalizaba, las profecías de las redes sociales simplemente no llegaron, el apocalipsis gay nunca llegó. Las diversas expresiones de la diversidad que tiempo atrás hubieran escandalizado a quienes miraban la marcha ya no lo hicieron, curiosamente se respiraba un aire de “normalidad”, como si el carácter transgresor de los homosexuales se hubiese diluido entre la normalización de cómo la sociedad ha aprendido no solo a tolerar, sino a sacar provecho de la masa de consumo que son los homosexuales y que ese día son aceptados por dejar una importante derrama económica, y una derrama de votos potencial. Sí, ese día todos buscan ser gayfriendly, mientras fuera de la burbuja que es la marcha la homofobia y el desprecio por los homosexuales sigue estando presente.

La marcha terminó, no así las críticas post marcha que siguen inundando de argumentos “lógicos” y “racionales”, las imágenes de los memes serán actualizados por los pocos cuya imagen aún transgrede a quienes no van a la marcha, que son los que critican. Y mientras cae la lluvia sobre la última parte de la marcha pienso en lo que se ha estado repitiendo: “eso no me representa”, y creo que tienen razón pero de forma inversa, a quienes han criticado de esa forma a quienes marchamos no me representan, no puede representarme la discriminación, el prejuicio, la intolerancia y los fuera de contexto para justificar un linchamiento ideológico, ellos no me representan.

Y aunque la asimilación y normalización de la marcha y la pérdida de su carácter transgresor sea uno de los costos de la misma, la asistencia a la misma crece cada año, los organizadores estimaron 1.3 millones de asistentes, el Gobierno de la CDMX dijo que eran 27 mil, otras estimaciones hablan de 500 mil asistentes, mientras cada año más empresas se integran a la marcha de forma ordenada, “normalizada”. El desastre sicológico del exhibicionismo simplemente nunca llegó, la marcha va siendo asimilada, normalizada, comercializada, y quienes marchan muestran que también pueden ser “gente bien”.


Por: Martín Soloman
Junio 2017









8 de junio de 2017

Y la respuesta era...

Y la respuesta era
Por: Gabo Ortíz

Busca siempre una luz
entre tanta oscuridad
que te ayude a alcanzar
una estrella en la inmensidad...
Busca siempre tu paz
en un bosque de eternidad
entre la tempestad
que marcó mi partida fugaz... (Un nuevo camino, fortaleza)

Tras esa pregunta, el “¿No te has arrepentido?” y su inesperada respuesta de que, al contrario, estaba más seguro que nunca, nuestras vidas dieron un rápido e inesperado giro, nuestro noviazgo empezó ese mismo día y, para mi sorpresa, también el vivir juntos ya que, si bien durante el día Osmar iba a su casa y a la universidad, cada tarde, a las 6 o 7, llegaba conmigo, preparaba algo de cenar para los dos y platicábamos de los temas más diversos aunque su costumbre de cada noche de poner las almohadas siguió presentándose durante un mes, mismo que yo aproveché para conocerlo mejor, era un joven detallista, risueño, inocente que había dejado que su familia eligiera su carrera por él, una ingeniería que, si bien le gustaba, no lo satisfacía del todo ya que su sueño siempre había sido estudiar derecho pero, dado que su padre era quién le pagaba la carrera, no le dio otra opción, tenía que ser lo que él quería si quería seguir contando con su apoyo.

Durante ese corto lapso de tiempo, se presentaron dos problemas, el primero, tanto el supuesto modelo por el que accidentalmente lo conocí como el anfitrión de la fiesta nos estuvieron molestando por celular, furiosos de nuestra incipiente relación aunque se solucionó fácilmente al ignorar los mensajes hasta que estos desaparecieron, el otro, mucho más fuerte fue que yo, por un problema de papeles ya no pude conseguir otro trabajo y, viendo el final de mis vacaciones, me vi forzado a volver a mi pueblo pero, curiosamente, eso, en lugar de separarnos, nos unió aún más como pareja ya que, cada fin de semana, ahorrando y con dificultades, seguimos nuestros encuentros sin faltar un solo día a ellos, conoció a mi familia, yo conocí a la suya, me abrió los ojos sobre las supuestas amistades que yo tenía en mi pueblo e incluso, en un movimiento inesperado aunque un poco impulsado por mí, se enfrentó a sus padres y admitió que quería estudiar derecho en la misma universidad en la que yo daba clases y, aunque su padre le negó el apoyo, él se puso terco y, en septiembre, se vino a vivir conmigo, en la casa de mi familia y a cumplir su sueño con el apoyo de su mamá y el mío, lo que parecía la vida y la pareja perfecta salvo por un detalle, ¡¡Llevábamos medio año y seguíamos sin tener relaciones!!

De principio, eso me atrajo de él pero, ya posteriormente, no se me hizo normal que lo evadiera, teníamos contacto, besábamos, fajábamos, me encantaba verlo desnudo a cada oportunidad que me daba pero, fuera de una masturbación mutua y un par de veces que me dejó hacerle sexo oral, no había penetración alguna y lo peor fue que era hablar del tema, de la posibilidad y él se enojaba, me decía que sólo eso me interesaba, que no me fijaba en los sentimientos y que, si no estaba satisfecho con ello, buscara a otra persona, discusiones que nos dejaban a ambos dolidos y con posterior arrepentimiento pero que seguían apareciendo cada vez con más frecuencia hasta que, finalmente, a dos días de cumplir un año de relación todo explotó…

Era un día normal en la escuela, él a sus clases como alumno, yo a las mías como profesor, en los recesos nos veíamos, desayunábamos juntos, fumábamos un cigarro, hablábamos del día y nos hacíamos compañía pero, ese día, algo pasó, él salió antes que yo de la escuela y se fue al centro del pueblo a comprar cosas que necesitaba, libros, lapiceros y eso pero, cuando lo fui a alcanzar para regresar a la casa juntos como siempre, lo noté extraño, distante, malhumorado, en todo el camino apenas cruzamos palabra y, en cuanto llegó, para mi sorpresa, siendo un martes, empezó a hacer su maleta, le pregunté qué pasaba y se negaba a decirlo hasta que al fin, tras negarme a dejarlo ir sin decírmelo, me confesó que se había encontrado con uno de mis supuestos “amigos” de antes y este le había dicho uno y mil chismes de mí, que si me había visto con no sé quién y con no sé cuál, que si yo le ponía los cuernos desde el primer día que empezamos a salir, tontería y media, comencé a cuestionarlo, le pregunté si realmente creía que yo era así, hice pedazos cada mentira con argumentos, siempre estábamos juntos, las 24 horas del día, si le era infiel, por qué le seguía pidiendo tener relaciones a cada mínima oportunidad, detalles así pero, de cualquier forma, él insistió en irse y ya no pude detenerlo, me dio mi regalo de aniversario, un conejo de peluche que me había encantado unos días antes y que me compró a escondidas y, tras darle las gracias a mi familia, se fue, llorando mientras yo me esforzaba por mantenerme frío para evitar detenerlo.

Dos días después y aún con la tristeza de haber roto, recibí una llamada de su mamá, que él estaba muy mal desde que había vuelto, no le quiso contar que había pasado pero lo que sí le dijo es que iba a abandonar la carrera e iba a buscar algún trabajo de obrero para no darles más molestias y, aunque la señora, una mujer siempre muy amable me pidió explicaciones, no pude darle ninguna así que, en cuanto colgué con ella, le marqué a él, furioso, quería saber a qué rayos jugaba, por qué lastimaba de esa manera a su madre, por qué se atrevía a dejar su sueño a un lado, ya sabiendo que ya no estábamos juntos, le hice todas las preguntas que, por miedo a perderlo, no le había hecho antes y, aunque me colgó en dos ocasiones, más veces le marqué yo hasta que al fin, me dijo que al día siguiente fuera a verlo a Pachuca, que ahí me explicaría todo, sin dejar nada fuera así que, con dudas, avisé en casa y, saliendo del trabajo, me fui a verlo.

Fue una de las conversaciones más difíciles que he tenido en la vida, su verdad, el motivo de su miedo a tener sexo fue muy duro y difícil de comprender para mí, yo no lo sabía pero, cuando nos conocimos esa primera vez hacía varios años y de la cual él aún seguía sin acordarse, Osmar, mi Osmar, acababa de salir del centro tutelar de menores, acusado de homicidio, su estadía en la cárcel lo había hecho reprimido, con miedo al sexo y a socializar con casi ninguna persona fuera del contacto común pero, eso no era todo, antes de mí, había habido otra persona, otra pareja que, aprovechándose de esa timidez, de ese miedo, lo había golpeado, humillado, hecho menos y, en más de una ocasión, incluso había abusado de él, por eso su rechazo extremo al sexo y también por eso su decisión de terminar conmigo, porque sentía que no me estaba completando como, según él, yo merecía.

Mis dudas fueron grandes al saber todo eso, se negó a decirme en ese momento si era culpable o inocente de lo que le habían acusado, me dijo que, si en verdad lo quería, tenía que decidir en ese instante si podía aceptarlo con esa historia y SIN tener sexo jamás ni volver a pedírselo porque no se sentía capaz de hacerlo, no lo niego, dudé varios minutos pero su mirada, la misma mirada llena de tristeza que tanto me había llamado la atención cuando lo conocí, que tanto me había enamorado durante ese año me convenció de que nada había cambiado en él, de que él era la persona a la que yo amaba y de que no quería separarme de él.

Esa noche, nos quedamos en un hotel, hablamos de todo, se tomaron decisiones, se hicieron confesiones, se abrió nuestro corazón y la madrugada nos sorprendió abrazados en como uno solo, no hubo sexo, hicimos, por primera vez, con besos y caricias, el amor, recorrimos cada centímetro de piel con nuestros labios, nos hicimos promesas al oído, admiramos nuestra desnudez, nos tocamos una y otra vez hasta llegar al orgasmo, no hubo necesidad de penetración de parte de ninguno de los dos, no hacía falta para hacernos felices…

Esta vida duró 4 años y 10 meses, mi Osmar, con el tiempo, me dio la libertad de tener intercambios sexuales con otras personas para que no lo extrañara aunque, noche a noche, seguimos haciendo el amor y a cada mañana, tras besarlo por los buenos días, siempre le hacía la misma pregunta “¿Aún no te has arrepentido?”, su respuesta siempre fue la misma, “No”…

Finalmente y como todo, la relación acabó, nos dimos cuenta de que teníamos metas distintas, yo era alguien muy liberal que soñaba con caminar de la mano con mi pareja, con él, en donde fuera, en cambio él siempre fue de la idea de esconderse, de que nadie, ni su familia siquiera, debía saber de nosotros, sus deseos de ser padre, de volver a Pachuca, problemas económicos, de salud, todo fue minando la relación hasta que, un día, por mensaje, simplemente me dijo, “quiero terminar contigo” y, aunque me dolió, entendí que, en realidad, ya no había nada qué terminar, ya no había nada que rescatar y preferí que fuera así, sin pleitos, sin reclamos ni nada, por el contrario, nos vimos ese fin de semana otra vez, nos tomamos una botella en un hotel, nos abrazamos y nos agradecimos por la experiencia compartida, no hubo secretos entre nosotros nunca y no fue la excepción, al día siguiente, nos separamos en la terminal de autobuses, llorando pero felices de lo que vivimos y, con el tiempo, tras dejar que las heridas sanaran, continuamos con la amistad aún hasta hoy en día, nos vemos de vez en cuando, fumamos un cigarro juntos, tomamos una cerveza en el lugar de siempre, nos hablamos de los planes a futuro, de nuestras respectivas parejas, caminamos por el campo y admitimos lo mucho que nos queremos aún, la pregunta ya surge de ambas partes: “¿No te arrepientes de haberme conocido?”  “No…”

 Por: Gabo Ortíz