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30 de agosto de 2017

Carta el hermano

A pesar de que me considero afortunado en el amor, porque tengo una gran pareja, siempre me he sentido con mucho coraje con la vida, pues a la menor contrariedad sacaba toda la ira que tenía acumulada y a veces hacia cosas muy violentas, perdía la razón y aunque no le pegaba físicamente a nadie, decía cosas muy hirientes. Últimamente he modificado eso en mi persona, como ya lo mencione antes por mi pareja, que ha sido muy paciente conmigo. Me doy cuenta que muy pocos en el medio homosexual logran tener una pareja estable y no pretendo saber la razón, cada pareja es distinta, pero sé muy bien que en nuestro caso, los años que llevamos juntos son producto del esfuerzo que ambos hemos hecho para mantenernos unidos y poder sortear las dificultades que podrían habernos separado. Pero esa gran ira que aún tengo acumulada y que tanto trabajo me ha costado eliminar, se debe a mis condiciones de vida. A continuación les compartiré una carta que pienso enviar a un familiar, creo que entenderán a qué me refiero después de leerla...

“¿Quién se hará cargo de los viejos? Siempre me acostumbré a verlos tan fuertes y firmes ante cualquier adversidad que no me di cuenta de que el paso del tiempo los iba envejeciendo, ahora están vencidos y necesitan de nosotros hermano, sé que tu hiciste tu vida lejos de ellos, lejos de mi, no tanto por ti, sino por estar lejos de mí, de ellos… no es necesario que me digas nada, yo lo sé, desde muy jóvenes y como mi hermano mayor lo supiste, te diste cuenta de muchas cosas que no pasaban conmigo, no tuve novias en la edad en la que tú ya te habías comprometido, siempre me cuestionabas por qué no tenía novias y qué pensaba hacer de mi vida, muchas veces me sentí tentado a decirte lo que yo era, pero ver tus reacciones hacia los “pinches putos” me hacían callar. Luego te casaste y cuando tu esposa estaba próxima al nacimiento de tu hijo te fuiste de la casa, te independizaste, eras el orgullo de los viejos, recuerdo su emoción cuando nació su primer nieto, con cuanto gusto lo cargaban cuando lo trajiste a la casa para que lo conocieran, pero no dejaste que yo lo cargara… Es curioso, ¿sabes que entre la gente como nosotros los tíos somos muy queridos? Si, los tíos solemos volcarnos en cariño hacia los sobrinos como si fueran los hijos que nunca podremos tener, pero algunos no confían en nosotros como tú, siempre evitaste que tu hijo y los que vinieron después convivieran conmigo, siempre los alejaste, siempre me vieron como un extraño…

No tienes que mentirme, sé por qué lo hiciste, por tus ideas acerca de la gente como yo, unos pervertidos que podían dar un mal ejemplo a tu primogénito, un varón al que criaste con más firmeza que cariño, querías evitar a toda costa que pudiera tener mi mala influencia y lo lograste, así que yo también me retiré de ti y de ellos… Me quedé aquí con los viejos, de alguna manera me sentía seguro, después que les diste su primer nieto me dejaron en paz, o quizá sería porque tú ya no estabas cuestionándome que también ellos dejaron de hacerlo y sólo se acostumbraron a verme sin preguntarme ya nada, creo que llegaron a saber lo que yo era sin decirlo con todas las letras que tu me dijiste una noche que llegaste borracho después de ver a tu novia, ¿ya lo olvidaste? Me dijiste que yo no tenía novia porque era un pinche puto, me lo gritaste, yo no te dije nada, pero tenía la cara roja de vergüenza, eras mi hermano mayor y no podía cuestionarte, siempre te respete a pesar de que tu jamás me respetaste a mi, estoy seguro que los viejos te escucharon pero nunca me dijeron nada, y el tiempo fue pasando, todos nos fuimos haciendo viejos, ellos más.

Con la distancia y el tiempo de por medio entre nosotros de alguna forma aprendiste a tolerarme, a verme como un mal necesario y a ver que después de todo podía servir para algo en la vida, por lo menos para acompañar a los viejos, y ahora que te busqué para hablar contigo quiero decirte que no se trata de mí ni de ti, ahora es por los viejos, desde que el viejo se cayó de las escaleras ha estado en cama, los médicos dicen que no tiene nada, pero a él le da miedo levantarse de la cama y cuando lo he levantado para caminar las piernas le tiemblan, y sus manos se aferran a mi brazo, ya no puede caminar solo, y la viejita no puede hacer mucho, sólo le hace compañía pero ya no puede hacer más, es un trabajo duro para mí solo y también tengo que trabajar, es necesario que nos ayudes, no por mí sino por ellos, por los viejos, ¿quién se hará cargo de los viejos?

Para ti que hace años dejaste de convivir con ellos te es más fácil pensar que para eso estoy yo, sé que cuando te enteraste que el viejo había agarrado cama por primera vez agradeciste que yo no me hubiera casado nunca, porque ahora podría cuidarlos yo sin que tu distrajeras tu tiempo, pero ahora te lo digo, ya es necesario que también te hagas cargo, porque aunque yo viva aquí tú has recibido más de ellos que yo, recuerda que ellos fueron quienes te ayudaron a comprar tu casa y que cuando tus hijos estaban chicos muchas veces ellos te ayudaron con sus gastos, sobre todo del mayor que fue muy enfermizo de niño, así que de una u otra manera es necesario que también veas por ellos en estos momentos, la responsabilidad de cuidarlos es de ambos como hijos, no sé cuánto tiempo pueda durar esta situación, lo que sí te digo es que sólo puede empeorar, y que solo hay un desenlace posible, pero no sabemos cuánto tiempo pueda llevar…

¿Qué cómo estoy? pues bien, es curioso, a pesar de que somos hermanos hace muchos años que no platicamos entre nosotros, y no es porque no haya querido, sino porque desde que te casaste e hiciste tu vida aparte yo también decidí hacer la mía por mi lado, hay mucho de mí que no conoces, y lo que sabes es por lo que los viejos te contaron de mí, creo que si bien al inicio aceptaron que no pudiéramos llevarnos como hermanos, al final eso les ha causado tristeza, no me lo dicen a mí pero los he llegado a escuchar, ¿sabes? hablan mucho de las cosas que pasaron hace muchos años, de cosas que yo ya había olvidado, hablan de cosas que nos pasaron a ti y a mi de niños, cosas que sé que tú también ya olvidaste, quizá yo sepa más de ti que tú de mi, creo que simplemente te dejé de importar como hermano por lo que yo era, sí, no me pongas a tu familia de excusa, ambos ya también estamos viejos y no creo que tenga caso que nos digamos mentiras disfrazadas de frases amables, ya no tiene caso,

¿Ves a los viejos? En poco tiempo nosotros mismos seremos ellos, la vida pasa muy rápido y cuando nos damos cuenta se ha ido, el tiempo que queda para corregir los errores siempre es insuficiente, y ahora ya es muy tarde para entendernos… como te dije, no es por mí, es por los viejos, a ellos les gustaría verte en el tiempo que aún les quede, el viejo aunque está en cama está lúcido, pero ella la veo cada vez más extraviada, por eso es que también tú debes hacerte de cargo de ellos, y no me digas que tienes más responsabilidades que yo porque tienes hijos, sé que tus hijos están haciendo su vida y que ya no están contigo, sé que ellos no te quieren por la forma como los educaste, les inculcaste miedo y tan pronto pudieron irse de tu lado lo hicieron, y sé que tu esposa hace mucho que ya no hace vida conyugal contigo, pero todo eso lo has ocultado para mostrar a los viejos que eres mejor que yo, que tú si fuiste capaz de formar una familia, que no fuiste alguien “seco”, estéril, y que tu paso por el mundo valió la pena… pero déjame decirte algo, no voy a estar aquí cuando los viejos se hayan ido, no creas que me pienso quedar con la casa, yo también hice mi vida, una que no conoces, no porque la haya ocultado, sino porque nunca quisiste saber más de mí, por ello te digo que no voy a estar aquí después de ellos, ¿qué haré? Irme de aquí, dejar atrás los recuerdos, y afrontar el tiempo que me quede de la mejor manera, porque, hermano, el tiempo ha pasado también por nosotros, a pesar que te pintes el pelo y que te veas fuerte y tengas relaciones extramaritales, sé que tomas por lo menos unas tres pastillas al día para los padecimientos que ya tienes… y no me digas que no puedes ceder parte de tu tiempo para cuidar a los viejos, y si sólo te alejas como creo que finalmente lo harás, te pregunto, ¿quién se hará cargo de los viejos? y esta vez no me refiero a ellos, esta vez me refiero a ti, a mí. ¿Se harán cargo tus hijos de ti, cuando estés más viejo y ya no puedas valerte por ti mismo? o ¿harán lo mismo que tú le estás haciendo a tus propios padres? ”

Por: Tigrillo Serch


17 de agosto de 2017

¿Quieres ser mi cu...?

Un chacal, el sueño sexual por excelencia de una gran mayoría de homosexuales, ese gusto inconfesable para muchos, carente de estilo, de elegancia, de glamour, con un bajo nivel educativo y carente de buen gusto, de gestos toscos, brusco en su trato, desapegado, desprovisto de sentimientos de denoten una flaqueza, pero provisto de una alta carga sexual, convertido en un objeto de deseo, como si se tratara de un platillo exótico de condimentos autóctonos y fuertes que desde el primer bocado son un golpe a los sentidos, como si fuera un trago de aguardiente que de inmediato calienta el cuerpo, una experiencia que no se tiene a menudo, pero que cuando sucede provoca una embriaguez sexual casi inmediata.


“¿No quieres ser mi culito?”, eso fue lo que me dijo cuándo lo conocí, sin más rodeos, sin más pretensiones, frente a mi tenía a un hombre que me parecía muy sensual, era como el tipo de chacal que yo había imaginado en mis fantasías... de pronto, no supe que decir.

Fue uno de esos días extraños en que algo cambia en la rutina diaria de trabajo, una tarde en que el hastío de la cotidianidad hace que desees cambiar de rumbo en la vida, y que por lo menos lo haces cambiando de calle al regresar a casa, esa tarde caminé hasta encontrarme con el viejo cine porno que aún subsiste entre tiendas que se modernizan, ahí, al final del pasillo viejo y olvidado compré mi boleto. Me quedé en la entrada pasando las cortinas rojas y derruidas del acceso para acostumbrar mis ojos a la oscuridad. A mi lado de vez en cuando alguien pasaba mirándome de arriba abajo y haciendo el cálculo mental del potencial de sexo que pudiera representar, cuando de repente apareció ante mí, un chacal, moreno, una mochila de trabajo al hombro, un pantalón de mezclilla gastado y una camisa con las mangas arremangadas y tres botones abiertos, bigote y zapatos tipo industriales, estaba recargado en una pared frente a mí, pero mis ojos aún no se acostumbraban a la oscuridad y al poco tiempo lo perdí de vista.

Cuando mis ojos por fin me permitieron ver en la oscuridad, traté de buscarlo pero no pude ubicarlo, así que comencé a dar vueltas por todo el cine, al pasar por los asientos del frente lo encontré, estaba sentado mientras otro estaba de rodillas frente a él haciéndole sexo oral, él me miró con una mezcla de diversión y egolatría, casi podía adivinar diciéndome con la mirada “ni modo, ya te ganaron”. No me gusta hacer mal tercio así que me alejé y me quedé a mitad del cine en un pasillo que separaba la parte superior del cine, algunos se me acercaban pero al ver que no les hacía juego se iban a buscar alguien más dispuesto. Al cabo de un rato el chacal se había levantado del asiento y estaba al otro extremo del pasillo donde yo estaba, lo miré y dudé un poco en acercarme, finalmente lo hice hasta quedar a unos pasos de él. Me volteo a ver, se tocó el miembro en clara invitación, lo toqué, tenía la verga dura, le bajé el cierre del pantalón, lo que vi y toque entre penumbras, era algo que pocas veces había presenciado, el chacal la tenía grande, gruesa, y muy estética. Sin que me importara que los demás me vieran, me puse de rodillas frente a él y me dejé llevar en una explosión de placer.

Cuando todo pasó me levanté y quise platicar con él, no me dijo gran cosa, me pareció que quería abrazarme pero pronto sus manos fueron a mis nalgas apretándolas con fuerza mientras me decía “que buen culo tienes”.  En ese punto de mi vida siempre me había considerado inter, cuando me dijo eso mi instinto me habría hecho rechazarlo y alejarme, pero hubo algo en él que me hizo detenerme, lo miré con una sonrisa nerviosa mientras él me hacia la pregunta con la que inicie este relato. Cuando no supe que decir, agarro mi mano y la puso de nuevo en su enorme verga y pregunto “¿no te gustaría disfrutar diario de algo así?” No respondí de nuevo y entonces le pedí un beso, pero como buen chacal, dijo que él no besaba, mientras me esquivaba al tiempo que apretaba con más fuerza mis nalgas. Era hora de irme pero intercambiamos números de teléfono. Por esos días tenía un viaje, estaría fuera de la ciudad, a mi regreso no sabía si verlo o no, pensé que quizá nos viéramos una vez más, quizá una vez en otro lugar que no fuera el cine, un lugar donde tuviera la privacidad suficiente para tener sexo sin prisa, así que a mi regreso le llamé, quedamos de vernos cierto día, acordamos el lugar, la hora.

Ese día llegó con una gorra gastada, pantalones rotos y una expresión seria, indiferente, casi molesto, me miró por un momento sólo para estar seguro que fuera yo la misma persona de la oscuridad del cine y luego no me miró más, dijo muy poco de sí mismo, que solo podía estar conmigo un rato, que era albañil, mientras caminaba mirando al frente. En ese momento pensé por primera vez que no había sido buena idea haberlo citado, que quizá podría ser peligroso, pero la calentura de la vez anterior fue más fuerte y llegamos al cuarto de hotel. Él sólo se quitó la camisa mientras me miraba de frente, su cuerpo no era musculoso pero si firme, a ambos lados de su cintura, bajo su abdomen se dibujaban unas líneas y al centro se asomaba el vello púbico, todo eso me había excitado mucho, pero su presencia también me ponía nervioso le desabroché el pantalón y entonces el objeto de mi deseo saltó a mi vista, ahora podía ver su miembro con la luz del atardecer que se filtraba por la ventana, tiempo después supe que su verga era su orgullo, y si, de verdad pocas veces había visto alguien que tuviera una verga que me gustara mucho estéticamente. Me desnudé por completo y me hinqué para hacerle sexo oral, él no decía nada, sólo me miraba mientras sus manos buscaban mis nalgas. Creo que siempre he sido malo para hacer sexo oral y esta vez no era la excepción pues pronto me quitó para voltearme y empujarme boca abajo en la cama, se quitó el pantalón, buscó un condón y me penetró sin decir más, sólo gemía de placer, parecía tener un vocabulario muy limitado pues solo repetía “eso me gusta” y “que rico culito me estoy chingando”.

A mí, me gusta que cuando me penetran tenga yo libertad de masturbarme, porque aun cuando llego a hacer el rol de pasivo mi centro de placer sigue estando en mi miembro, y así es como eyaculo, pero él no me dejaba incorporarme, cada que lo hacía imponía su cuerpo sobre el mío para que estuviera totalmente acostado boca abajo sin poder tocarme el miembro, mientras me penetraba en una sensación que iba más al dolor que al placer al no poder masturbarme. Luego lanzó un gemido y eyaculó. Sin decir nada se levantó y se fue a bañar. Después me bañe yo, cuando salí él ya estaba vestido, le dije que me esperara para salir juntos, lo hizo mientras veía la televisión. Yo no había tenido orgasmo y eso me pareció frustrante. Pero al despedirnos en la calle, me dijo: “el día que nos conocimos, antes de que entraras al cine yo ya te había visto y entre después de ti, tenía que hacerte mío, ese culito que tienes es mío, ya lo era antes de que me conocieras, porque lo que yo veo y deseo siempre llega a ser mío, nos vemos pronto, cuídamelo”, me quedé estupefacto y no supe que decir, mi mente estaba shokeada, ¿quién era este pendejo que se creía dueño de mí? Me molesto mucho, sin embargo, muy en el fondo, temiendo siquiera reconocer ese sentimiento, me gustaba la idea de que alguien así de varonil se fijara en mí, me sentí estúpido y me fui a casa resuelto a ya no verlo más, ante todo tenía mi orgullo.

Pasaron varios días y yo seguía pensando en él, la verdad es que si me había gustado mucho, pero también alcanzaba a percibir el tipo de hombre que era, muy machista y posesivo, lo que también no me gustaba es que la mayoría de esos hombres ni siquiera se perciben como homosexuales y eso ya de por si es todo un problema, no tenía ni las ganas ni el tiempo como para tratar con alguien así y eso que aún no lo conocía. A los 5 días de haberlo visto, me contactó, me envió un mensaje donde me decía que me esperaba a las 6 de la tarde para entrar al hotel de la vez pasada. Me empute de nuevo porque ¿quién se creía este wey, como para disponer de mi tiempo, cuando se le antojara?, ni siquiera me pregunto si podía, le dije que no podía y respondió que ya estaba planeado que me esperaba a esa hora. Como ustedes se imaginaran, ahí estuve puntual, cuando me vio llegar se dibujó una sonrisa que ilumino su cara, me pareció tan atractivo y supe en ese momento que ya había caído en sus redes. Este wey me había conquistado, quise darle el culo de inmediato.

Entramos al hotel y me puso una pinche cogida bien rica, después de hacerme beso negro, comenzó cogiéndome patitas al hombro, pero luego me tomo de una forma increíble, nadie me había cogido de esa forma, me agarro ambos pies a la altura de los tobillos y comenzó como a esquiar con mis piernas, mientras pegaba y restregaba su pelvis contra mi culo en movimientos circulares, se había recortado el vello púbico y cuando me tenía bien penetrado sus bellos rozaban mi ano de forma que me estimulaban y de esa forma también me pude masturbar, de manera que casi nos venimos al mismo tiempo. Me gustó mucho la forma en la que me miraba mientras me cogía, tenía una mirada que variaba a veces era fuerte, dominante y por momentos tierna, pero siempre con placer. Esta vez se mostró más expresivo y me veía al rostro, me dio a entender que yo le gustaba y quería seguirme viendo y efectivamente nos vimos muchas veces y comenzamos a conversar por mensajes, de manera que al mes de habernos conocido, yo solo estaba esperando el momento para vernos de nuevo, nunca me ofreció ser mi pareja o algo así, solo me decía que no me molestara si llegaba el momento en que ya no sintiera interés en mí, pues casi siempre dejaba de interesarse en la gente a los seis meses, yo no le decía nada, pero cada vez que lo veía, rogaba que no cumpliéramos los seis meses.

Cierto día, cuando nos vimos, me reclamó que un amigo suyo que supuestamente me conocía le dijo que me había visto muchas veces en el cine porno, y que iba a que me cogieran. En ese punto no había un compromiso entre ambos, no puedo decir que éramos pareja, porque sólo era sexo ocasional, pero a sus ojos,  yo le pertenecía, mi culo le pertenecía, y era como una propiedad de él. Y aunque yo era inter, nunca me habían cogido en el cine, pero no tenía credibilidad para él. Le pedí que llevara a su amigo a una plaza comercial que adoptamos como el punto de encuentro, y que frente a mí me dijera esas cosas, después de unas llamadas me dijo que sí y acordamos el día. Lo esperé un tiempo, sólo llegó él, a su amigo según le había surgido algo familiar y no había ido. Eso me molestó mucho. Ese día cada uno emprendió el camino de regreso por senderos opuestos, solos, ese día no hubo hotel a donde ir. Ya no quise verlo más, estaba decidido a sacarlo de mi vida de una vez para siempre.

Pasó el tiempo, bloquee su número, deje ese asunto por la paz, en el fondo sabía que estaba inconcluso, pero preferí evadirlo y no tratarlo más, ya pasaría y lo olvidaría por completo. Pero cierto día al entrar a un oxxo me encontré con él, estaba pagando en caja un par de six de cervezas, lo vi y recordé las veces en que ese cuerpo y esos brazos me tocaban y me daban placer, el placer que nadie me había proporcionado, él me reconoció y me dirigió una mirada de superioridad, cínica, burlona, de inmediato recordé la forma en la que me había tratado, solo como un objeto de su propiedad y volví a experimentar la terrible furia que antes ya había sentido. Me di vuelta y me dirigí a mi auto, él salió después de mí y entonces pude ver una expresión de tristeza, agachó su rostro y caminó hacia mí, se detuvo y me dio su número de teléfono en un pequeño papel, me dijo que seguramente lo había borrado y que quería verme en otro lugar más discreto para disculparse conmigo, de la forma adecuada, me dijo que sólo había podido ver una parte de lo que él era y que sería mejor que nos viéramos otro día para hablar bien, me dijo que estaba muy apenado conmigo y que aunque no lo creyera, pensaba mucho en mí. Vi sus ojos y me parecía muy creíble. Acepte el papel y le dije que después le llamaría. No sé qué hacer, aunque siento deseo por él creo que siento algo más por él, pero mi raciocinio dice que no es lo mejor para mí. ¿Ustedes que me sugieren?


Anónimo
Editado por: Martín Soloman

















3 de agosto de 2017

Baltazar y Rodrígo

El cielo estrellado sobre los cerros de Chalma se debatía entre la profundidad exquisita de un mar de tinta y la magnificencia plena de las estrellas que colmaban su infinita extensión. Un viento fresco bajaba a la cañada y, el multitudinario coro de los grillos, amenizaban la noche joven que como doncella, peinaba sus trenzas gruesas en el río poderoso que murmuraba secretas melodías en su enorme vertiente, mismo que, cual serpiente jaspeada, rodeaba el majestuoso templo del Santo Cristo aparecido y venerado hacía siglos atrás. La hospedería para los peregrinos que yacía levantada más allá del borde la cañada, mostraba sus ventanales hacia el paso del angosto camino de piedra bola que dirigía su destino y el de tantos penitentes a las plantas del Santo Señor de Chalma y que así mismo, bordeaba las sinuosas caras del cerro custodio del Santuario.

Aquella noche a finales de agosto, las nubes otorgaron tregua a los peregrinos que llegaban a las fiestas de San Agustín de Hipona, patrón de los religiosos que fundaron el Santuario y su convento. El suelo pedregoso del pueblo hallábase rebosante de espejos acuosos que las jornadas anteriores legaron para los festejos. Era casi la medianoche, cuando el encargado del portón escuchó los cuatro golpes secos contra la añeja tabla que resguardaba la hospedería del exterior y del camino de piedra bola y de los puestos que plagaban su estrecho territorio. Con voz aguardentosa el viejo portero preguntó: - ¿Quién? Una voz gruesa respondió del otro lado: - Dos cristianos peregrinos que buscan techo, petate y café. El anciano entreabrió una ceja de la tabla y miró hacia el callejoncillo y observó en efecto a dos hombres. Un tanto desconfiado, acercó su lámpara y halló dos rostros duros. Era evidente que ambos hombres pertenecían a tierras distintas, a juzgar por los huaraches, las fajas, los sombreros y las ropas, pudo inquirir que se trataba de un arriero de la tierra caliente de Morelos y el otro, un simple campesino de la tierra fría de más allá del Ajusco.

El arriero, tenía un aspecto de hombre recio, de poco hablar y mucho mirar. El otro hombre, un campesino labriego un tanto más joven que el arriero y de semblante más sereno que el otro. Ambos cargaban morral, gabán y a leguas se miraba que habían sido los últimos parroquianos en salir de la pulquería de la plaza vieja. Su experiencia en la vida le había enseñado a preguntar poco y cobrar por adelantado, no sin advertirles que los pleitos ò el escándalo por la embriaguez se sancionaba con la expulsión de la casa y la consecuencia de llamar a los municipales de Ocuilan. Cobró el precio de un cuarto que incluía petates, y el desayuno al rayar el alba. El café que pidieron se los cambió por una botella de mezcal y les acompañó hasta la entrada del cuarto que daba al angosto callejón de piedra bola y desde cuyo ventanal, se podían mirar, apenas como un retoño, el remate de las torres y la cúpula aperaltada del Santuario. Abrió con su llave la puerta y la entregó a los forasteros, no sin antes anunciarles la hora del desayuno y si deseaban agua caliente para bañarse se cobraba aparte.

El arriero de cara recia y modos toscos se llamaba Rodrigo Santa Cruz y el campesino labriego se llamaba Baltazar Cuaxospa. Se habían conocido muchas horas antes, apenas había pasado el mediodía cuando la vida los cruzó en los portales de la Hospedería que pertenece a los frailes agustinos del Santuario. Baltazar Cuaxospa había ido en peregrinación con la gente de su pueblo y llevaba la convicción de rogar a los pies del Santo Señor de Chalma, la protección divina para que sus yuntas de maíz produjeran una abundante cosecha, plena de cargas de mazorcas y, que sus rebaños de borregos multiplicasen sus cabezas ya que serían empleados para los primeros gastos de su nueva casa y así como para solventar su matrimonio con la doncella que sería su esposa y que se llamaba Cándida Molotla, hija del huesero del pueblo. Ese día, Baltazar Cuaxospa, había decidido quedarse en Chalma y no regresó con los de su pueblo porque un comerciante de Malinalco, le había prometido traer un hermoso rosario de plata proveniente de Taxco y que el joven casadero pensaba regalar a su novia. Había quedado de verse con el platero en el pasillo de los arcos que tiene la hospedería del Santuario un poco antes del mediodía, arriba de la fuente.

Cuando llegó a ese lugar, los peregrinos que se alojaban en el angosto pasillo, almorzaban, y él se colocó a corta distancia de ellos. La cortesía de los hombres de pueblo y sus mujeres, se mostró ante él y le ofrecieron una gorda con chile, lo que no despreció por hallarse en ayunas y en franca disposición, devoró con avidez. De pronto, sintió el peso de una mirada, pero, entre la multitud que pululaba en el atrio del Santuario no logró hallar los ojos que le atormentaban. Mientras se encontraba distraído en buscar esa mirada, hizo su arribo el platero, quien llegó puntual como el negocio requería y ambos subieron al rincón de la hospedería a cerrar el trato de tan ansiada joya. El rosario que le presentó el platero Melquiades Ornelas, bien valía los pesos que había exigido y además era un trabajo fino, delicado e idóneo para adornar el cuello de su “chata” y engalanar su belleza morena. Entregó Baltazar el dinero y el platero la joya, se despidieron y cada quien tornaría a lo suyo.

De repente, sintió un golpe seco en la nuca, esa mirada volvió a romper su calma. Puso los ojos a buscar el origen de su malestar pero solo para toparse con un par de ojos verdes pertenecientes a un rostro recio, duro y barbado. Se quedó atónito, y esos instantes que le comieron la calma, se volvieron eternos, se liberó con trabajos de la fuerza magnética de aquella mirada proveniente ese hombre desconocido. Lo miró fuerte y lo encaró, si el extraño buscaba pleito o era un ladrón, bajo su faja cargaba un revólver y en su mano, la navaja que bien sabría asistirlo. El hombre mal encarado lo vio acercarse amenazante, obstinado, dispuesto y con un ademán rápido, sacó sus manos debajo del gabán y le gritó: - ¡No busco camorra compadre! ¡Quiero prevenirlo que está en peligro! Baltazar paró su carrera y le miró amenazante, dudoso, dejo entrever temeroso. - ¡Pos, que trae! ¡Me anda cazando desde hace rato! - El barbón mal encarado sonrió y le dijo: - Sólo quiero avisarle que no se fie del platero. - ¿Por qué?- Muy intrigado le inquirió Baltazar. - Entremos al Santuario, ahí le podré contar mejor. Le amonestó el arriero.

Ambos hombres cruzaron el umbral del Santuario y se confundieron entre la multitud de peregrinos. El arriero le condujo hasta el claustro del convento y salieron a la plazuela que se había formado a la orilla del portentoso río. - ¡Mire usted joven! El platero es un ladrón de la peor calaña. Vende su mercancía a peregrinos incautos, pero manda a sus criados a robar lo que vendió, por eso siempre pide señas y se las ingenia para saber donde se quedan sus víctimas. Mi hermano sufrió esa desgracia pero a los criados del platero, se les pasó la mano y me lo mataron. Era un poco más joven que usted y había venido a dejar mercancía de Mazatepec y Cocoyotla y tuvo la mala suerte de hallarse con ese demonio.- Finalizó el arriero y sus ojos se llenaron de lágrimas. - No, pos. ¡Gracias! pero no creo que usted sea tan buena gente y mejor me retiro.- Dijo Baltazar algo asustado y enderezaba sus pasos a la calle de las Guitarras. - ¡Espérese cabròn! Lo van a buscar donde duerme y saben que rumbo va a agarrar cuando se vaya- Le gritó Rodrigo y lo tomó del brazo. Algo desconocido en el espíritu de Baltazar hizo que su confianza otorgara crédito a las palabras del arriero y solamente atinó a decir: - ¡Vámonos para la Plaza Nueva! Le invito un taco, amigo. Y los dos tomaron el camino de los guajes.

Se oían las campanas del reloj del Santuario que anunciaban el cuarto para las tres de la tarde. En la Plaza Nueva, se arrimaron a un puestecito que atendía una viejecilla desdentada y cuyos ojos parecían enterrados entre los pliegues de sus numerosas arrugas. Comieron a dos carrillos y platicaron de sus vidas. El arriero de cara hosca y barbado, y singulares ojos verdes, se presentó como oriundo del pueblo de Tetecala Morelos, pegado a la sierra que divide con Guerrero. Recién había quedado viudo porque su mujer murió en el parto y se llevó a la criatura con ella. Dedicado a llevar mercancía propia y por encargo de los diferentes pueblos al sur de su Estado, ya fuese de Tehuixtla, de Mazatepec, de Coatlán del río, de Miacatlán, de Coatetelco, de Jojutla, de Tlaltizapán, de Tepalcingo, de Axochiapan, de Xantetelco; ya fuese jamaica, cacahuates, palanquetas, loza de barro, recuas de bueyes, mulas, y todo lo que esas campos benditos de la tierra caliente regalan al hombre que trabaja con sus manos y el sudor de su jornada.

Su gracia o mejor dicho su nombre era Rodrigo Santa Cruz Tapia, y le contó a su interlocutor parte de su historia íntima y, empezó narrando que era hijo ilegítimo del finado administrador de la Hacienda de Coahuixtla, un español otrora avecindado en Jojutla que sedujo a su madre y que abandonó apenas se enteró que su simiente germinaba en la fértil llanura de sus entrañas. Su madre, una bondadosa india tlahuica, hija del curandero de Tetecala, trabajaba de criada de Don Alfonso Meléndez, quien fue el culpable de su desgracia al llevarla con su amoroso verdugo a la Hacienda de Coahuixtla. Sólo el tiempo se encargó de compensar a la desdichada mujer, ya que el administrador de la Hacienda, engendraba puras hijas, que nacieron entre su mujer legítima y las numerosas aventuras y diversas fechorías del “calavera” españolito. Por lo que en su lecho de muerte, tuvo a bien ordenar el reconocimiento de su bastardo y heredarle un tercio de su fortuna, lo que asombró a Rodrigo y sin remordimiento, despreció el apellido y los bienes de su progenitor arrepentido.

Su difunta madre, todavía alcanzó a otorgar su bendición y presenciar su casamiento con Natividad Villalba, una dulce joven de Tepoztlán, que el arriero conoció en sus múltiples correrías por los pueblos de su Estado. Y que, al parir la vida que ambos sembraron amorosamente, el cielo destinó que no soportaría el trance y expiraría su aliento en tan delicada labor. Baltazar le escuchaba asombrado y compungido por la suerte de aquel arriero, le mostró su simpatía y quizá, un poco de temor se apodero de su alma, ya que no lograría sostenerse al padecer la misma agonía que su interlocutor le narraba y se veía reflejado con horror ante su próximo enlace con la joven que desposaría y para quien había elegido comprar la joya que sin saberlo él, le estaba condenando a muerte. El sol de verano que es fuerte y alegre, empezaba a descender y sus rayos pegaban duro contra los rostros de ambos hombres que compartían el pan y la sal aquella tarde. La anciana del puesto recogía sus trastos recién lavados y les anunció que cerraba el negocio. Aquellos hombres pagaron su cuenta y tomaron el camino de la Plaza Vieja, lejos del lugar donde había dormido Baltazar y que seguramente los ladrones enviados por el platero le buscarían al caer la noche.

En la Plaza Vieja, existe una infinidad de puestos que ofrecen fritangas, dulces, artículos religiosos, réplicas del Santo Cristo de Chalma en todos los tamaños, cirios, velas y veladoras. Entre la multitud piadosa que busca consuelo en la sagrada imagen, se hallan maleantes de la peor calaña que, cobijados en la multitud, realizan las peores bajezas ante los ojos del que acoge a los cansados y afligidos por las cargas de la vida. Ambos hombres llegaron al expendio de pulque que a esa hora se hallaba lleno de parroquianos y peregrinos, algunos jugaban baraja y, otros simplemente vaciaban “tornillos” de pulque mientras exprimían el dolor de sus cuitas entre trago y trago. Se rumoraba tapanco y un excelente momento para apostar a los gallos o se decía también que los jaripeos que tendrían lugar al día siguiente con los ejemplares traídos de Guerrero ò de las tierras bajas de Cuernavaca, serían un verdadero espectáculo para oriundos y peregrinos. Rodrigo había despepitado su historia e incluso había ido más allá de lo permitido pero un extraño sentimiento en su alma le dijo que el joven labriego de tierra fría era una persona de fiar, además, necesitaba contar su hondo penar que nomás se le estaba avinagrando en el cuerpo.

Les sirvieron generosamente el néctar de las entrañas del maguey y el tibio aire del expendio ayudado de las sillas acojinadas, les permitió mayor comodidad y ello propició que Baltazar le contara su historia. Empezó disculpándose por la mala espina que le causó el acercamiento del arriero, pero, claramente dejó entrever que la duda sobre las intenciones del hosco barbón, aún azotaban su alma. Rodrigo Santa Cruz, dibujó una sonrisa que evidenciaba la claridad de su propósito y puso la mano en su viejo escapulario. Baltazar Cuaxospa Acatitla, era su nombre completo, había nacido el día de los Santos Reyes y a muy temprana edad había quedado huérfano de padre, quien le dejó a cargo de su madre y una hermana que aún permanecía soltera. El resto de sus hermanos habían tomado su derrotero y fundado sus propias familias. Cada uno había entrado en posesión de la tierra que el finado padre había repartido entre su descendencia y a Baltazar le tocaron dos yuntas, la casa paterna y su solar, dos caballos, diez borregos y muchas deudas que pagar. Se había dedicado a sembrar su tierra y tomar en “medianía”, los terrenos de vecinos, principalmente viudas y mujeres solas.

Había trabajado como ayudante en la Hacienda de Santa Fe de Tetelco que se encontraba en las cercanías del pueblo de Santiago de Chalco. Sus negocios de medianero fructificaron y logró poner fin a las deudas que su difunto padre le había heredado y que el resto de sus hermanos evitó pagar. Su principal logro fue el conocer a la muchachilla de ojos garzos que le había robado el aliento y por quien había destinado dinero y fuerzas para peregrinar al Santuario y llevarle ese rosario que le había jugado una mala pasada con el platero. El sol terminó durmiéndose entre los cerros que ocultan Malinalco y los pueblos circundantes a Chalma y múltiples peregrinos bajaban y subían entonando cantos, tronando cohetes, quemando incienso. Los olores, los sonidos, que venían del callejón empedrado cuya desembocadura finalizaba en el atrio del Santuario, fueron bajando de tono hasta que el expendio de pulque quedó con ellos dos solos.

El etílico néctar lentamente se apoderó de los ánimos de ambos hombres y de repente sintieron que todo había terminado ahí, aunque la curiosidad de Baltazar abrió la cortina que despejaría su duda y sin rodeos le dijo a su compañero de esa noche: - ¿por qué me quiso auxiliar a mí? – preguntó Baltazar con el evidente trastabilleo que el pulque bebido impone y que también abría su franqueza. - Le digo que mi hermano sufrió la mala suerte de hallarse con ese platero del demonio. Que el Señor de Chalma me perdone, pero, éste es el mismo rosario de plata que había comprado mi hermano y que le arrancó la vida en las calles de este pueblo. No se apure usted Baltazar que no pretendo dañarlo ni robárselo, pero, ya había visto al platero negociar con usted un día antes, cuando yo ya disponía a irme. Ya sabía las señas del asesino de mi hermano y el modo en que cuaja sus fechorías. Y luego, usted, casi tiene la misma edad que mi hermano. De alguna manera quise evitarle ese dolor a su gente y si no puedo chingarme ahorita al platero al menos, empezaré por perjudicarle los golpes que manda a ejecutar con sus malandrines- dijo el arriero con tono melancólico.

Baltazar miro los ojos verdes y acuitados del arriero; sintió honda pena por las desventuras que la vida le había dispuesto. Sólo atinó a poner su mano sobre el hombro del barbado interlocutor y le compartió una sonrisa. El encargado del expendio, acercó la cuenta de los litros bebidos y ambos hombres se dispusieron a salir, un poco sigilosos pero ambos confiaban sin saber la causa, que no se harían daño y que nadie les haría daño, al menos no esa noche. Salieron al callejón que lleva al Santuario si se baja y a la Hospedería grande si se sube. Sentían el efecto del pulque en sus venas y el sentimiento de una camaradería que los hacía confiar sin detenerse. Olvidaron el temor de la amenaza y decidieron finalizar lo que ya era una parranda en la tranquilidad de una mesa. En el cuarto que habían alquilado, se hallaban dos petates, una mesita desvencijada y mugrienta. Un par de sillas de madera, pintadas de rojo y al parecer no viejas pero tampoco nuevas. Un cabo de cera, y el amplio ventanal que daba al callejón de los peregrinos. Baltazar prendió el cabo de cera y se alumbró un breve espacio del cuarto de alquiler. Rodrigo separó los petates y los colocó en distintos rincones del cuarto. Colocaron la botella de aguardiente en la mesa y se desprendieron de morrales y gabanes que pusieron cada cual en su petate.

Se sentaron a beber el licor bravo que recibieron del portero y comenzaron a platicar del cielo que les enmarcaba esa noche. - Mire Don Rodrigo, ésta noche el aire limpió los cielos. Tal parece que San Agustín quiere su día de fiesta sin el estorbo de la llovizna – dijo Baltazar mientras se acercaba al ventanal. - ¡Cierto es Baltazar! Nomás hace falta una guitarra para cantarle a las estrellas que salieron toditas a lavar. – agregó el arriero en un tono locuaz y dicharachero. No recibió más respuesta. El campesino se quedó impávido, pasmado, maravillado ante el magnífico escenario de aquella noche que sus sentidos invadidos por el alcohol le mostraban.

El arriero, primero tomó a mal el silencio del campesino, pero, pronto pensó que a lo mejor se habría quedado dormido como las mulas con lo ebrio que ya se hallaba. Se levantó y dio pasos lentos hacia el otro que miraba el cielo. En vez de parase junto a él, decidió recargarse en su cuerpo. No halló resistencia. No hubo queja, no hubo protesta. Su sangre mestiza hirvió de pronto y se quedó callado, cada vez más junto, cada vez más junto y reinó el silencio. El otro que había perdido la percepción del tiempo, por un momento dejó la sensación de aquel cielo pleno y colmado de estrellas pero sobretodo de paz. Y sintió el peso de un cuerpo, el calor de ese cuerpo. Percibió el olor a pulque, a tabaco, a sudor y a tierra que mezclados con el aliento caliente del arriero, le estremeció. Pronto sintió un tizón ardiente que engrosaba lentamente en dirección al arriero y sus manos toscas buscaron su cuerpo y lo replegaron contra sí. Pronto la barba del arriero se posó en su cuello y su propia carne se convirtió como la lengua de fuego que tienen los tlicuiles, sin demora el cuerpo fuerte y tosco del arriero se apoderó de él…….


 Por: Nagüal de Carrizal