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29 de noviembre de 2017

¿Bailamos?



Dicen que los homosexuales tenemos una habilidad innata para bailar, pero eso es falso, bailar es como cualquier otra habilidad de las personas, creo que si lo pensamos mejor nos daremos cuenta que quienes tienen la habilidad de bailar son también muy histriónicos y por eso llaman la atención, luego entonces existe la idea general de que todos los homosexuales son muy escandalosos y por lo tanto deben saber bailar muy bien, ahí está el estereotipo, porque no todos los homosexuales saben bailar bien, algunos ni siquiera saben bailar. En mi caso, creo que siempre tuve dos pies izquierdos para bailar, recuerdo que cuando era estudiante de secundaria iba a las tardeadas y hasta el más torpe de mis amigos tenía más gracia para bailar que yo, quizá se debía a que nadie me enseñó nunca a hacerlo y lo más que llegaba a bailar era música disco donde cada quien bailaba como podía. Sin embargo, lo que me gustaba mucho era ver bailar a las parejas música del estilo de la cumbia, que hace muchos años en mi pueblo se le llamaba “música tropical”. Curiosamente en el medio en el que crecí y estudié no era común bailar “de vueltitas” y más bien era mal visto ya que se decía de forma despectiva, que eso era “un baile de chilangos”, las parejas bailaban separadas porque así debía bailarse.

Tenía unos años de haber terminado la Universidad cuando conocí a Benjamín, era atrayente para mi gusto y era una de las primeras personas con las que pretendía entablar algo parecido a un noviazgo, pero lo cierto es que no éramos nada, sólo dos hombres que de vez en cuando se veían para coger y nada más, sin más pretensiones que pasar bien el rato que estábamos juntos. Hacía algún tiempo que nos veíamos y cierta vez en un fin de año me invitó al entonces DF, a visitar a una pareja de amigos suyos, (la historia de Benjamín fue contada en el relato “Diciembre me gustó ´pa que te vayas”). La noche del 31 de Diciembre la pase con Benjamín y sus amigos, no recuerdo ya el nombre del antro, o quizá lo olvidé a propósito, era un lugar grande de tres pisos, y en aquel tiempo Gloria Estefan había sacado su primer disco en español, “Mi tierra”, con un ritmo muy latino y bailable, recuerdo que pusieron la canción “Ayer”, le pedí a Benjamín que bailáramos, ya antes lo habíamos intentado pero yo era muy malo para bailar mientras que él era muy bueno bailando, él me miró de forma despectiva y me dijo que no, porque yo no sabía bailar, por más que lo intentara, y se levantó a sacar a bailar a alguien más. Me sentí muy mal, yo sabía que no tenía idea de cómo bailar y no tenía pretensiones de hacerlo bien, pero solo quería compartir ese momento especial con él, ya que era 31 de Diciembre y de alguna manera estábamos juntos, aunque no fuésemos pareja formalmente, su rechazo me hizo sentirme torpe, inútil y muy frustrado.

Había pasado el tiempo, había olvidado a Benjamín, había conocido más personas con las cuales tuve sexo ocasional, siempre sin ningún compromiso, creo que nunca consideré que las relaciones entre dos hombres pudieran funcionar a largo plazo, nunca utilizaba la palabra pareja o novio porque no era algo en lo cual creyera, para mí lo que pasaba entre dos hombres era que tenían sexo, pasaban un buen rato, se desahogaban físicamente y hasta ahí, las parejas que había conocido también buscaban lo mismo, un rato de sexo independientemente de su supuesto compromiso, para mí una relación real, seria, sólo podía darse de forma verdadera entre un hombre y una mujer. En eso andaba, entre encuentros casuales y el trabajo. Cada día salía ya tarde de la oficina y emprendía el mismo camino de regreso a casa, pasaba siempre por las mismas calles y un día me llamó la atención un lugar donde se escuchaba música, principalmente cumbias, era un local en un segundo piso con ventanales que dejaban ver a parejas bailando. Pasaba cada día y me di cuenta que se trataba de una escuela de baile, pasaron varias semanas hasta que un día la curiosidad fue más, me estacioné y subí a ver a las parejas bailar.

Era una escuela muy informal, la gente no era muy constante, la cuota era por clase, le dije al profesor que yo no sabía bailar nada, me dijo que no había problema, que muchos habían llegado ahí sin saber absolutamente nada, yo veía que algunas parejas bailaban realmente bien, no tenía confianza en que pudiera aprender algo pero decidí probar con una clase. Me asignaron a una señora que ya sabía bailar, me fue guiando poco a poco y me fue dando confianza para intentarlo. El primer día no fue malo, al día siguiente regresé y conforme fueron pasando los días fui adquiriendo más confianza. El profesor tenía un sistema que me parecía muy práctico y en cada clase nos iba cambiando de pareja dependiendo que tan malos o buenos nos viera para ir aprendiendo. Uno de esas veces me puso de pareja a una chica que era algo más joven que yo, era muy risueña, también iba sola a la clase, y poco a poco y sin darme cuenta cada vez que iba la buscaba como pareja de baile. Platicábamos y supe que era de una colonia aledaña a donde yo vivía, un día le ofrecí un aventón (ya tenía un coche de medio uso) y accedió, la llevé hasta su casa.

Comenzamos a salir fuera de las clases de baile, comenzamos a pasar más tiempo juntos, y un día le pedí fuera mi novia. Ella accedió, conocí a su familia, la llevé a mi casa, le presente a mi familia. En aquel tiempo yo ya no era tan joven  y en mi familia siempre estuvo latente la preocupación de mi orientación sexual no declarada pero intuida, disfrazada de preocupación por mi futuro, de si alguna vez me casaría, de si les daría nietos. En provincia y después de cierta edad sin estar casado era algo que les preocupaba y me presionaban por casarme pronto. Así que cuando les presenté a mi novia en casa, mi familia cambio hacía mí, supongo pensaron que sus oraciones habían sido escuchadas, y aunque en la escuela tuve novias, con nadie había llegado tan lejos como esta vez. Las cosas iban avanzando, yo enfrentaba un dilema, por un lado el deseo de estar con ella, de formar una familia, de dejar el mundo de los encuentros sexuales vacíos, sin futuro, quizá tener hijos, pero por otra parte estaba mi naturaleza y el placer que experimentaba al tener relaciones sexuales con otros hombres, algo que disfrutaba mucho cada vez que los buscaba, y no me faltaban oportunidades. Así y mientras tenía ese dilema las cosas con ella iban avanzando, y un día tomé una decisión: me casaría con ella.

Hablé con mi familia en casa, les dio mucho gusto saber que, ¡por fin!, iba a casarme. Elegí un día para hacerle la propuesta, elegí un restaurante discreto donde la invité a cenar y ahí, mientras la tomaba de las manos, le propuse casarnos. Ella accedió, le dio mucho gusto, me abrazó y me besó, creo que era algo que ya esperaba que pasara. Fijamos una fecha para el enlace, no tan larga, no tan corta, comenzamos a hablar mucho de los detalles de la boda, decidimos que no tendríamos boda religiosa, sólo civil, ella se vendría a vivir conmigo, nuestras familias comenzaban ya a frecuentarse, yo fui a su casa a hablar con sus padres para pedir formalmente su mano, a ellos les dio mucho gusto, sólo dentro de mí un frío recorría mi cuerpo al darme cuenta lo que estaba por hacer, el cómo iba a cambiar mi vida, el cómo iba a afectar su vida, y la de nuestras familias. Cada día después de pasarla a dejar a su casa llegaba a la mía y me costaba trabajo dormir. Casarme era algo que deseaba, sentar cabeza como decían mis padres, pero por otro lado estaba mi vida oculta, aquella que sólo yo conocía donde daba rienda suelta a mis instintos, donde gozaba poseer el cuerpo de otro hombre, donde tenía placer, donde disfrutaba.

Y aquí me encuentro en este punto de mi vida, con más interrogantes y miedos que certezas y esperanzas. El tiempo ha pasado muy rápido y de pronto me doy cuenta que faltan sólo diez días para que nos casemos, hemos ido ya al registro civil para llenar la solicitud, aunque la boda será sólo civil hay muchas cosas que se han venido presentando y que no tenía idea, he tenido que hacer cambios en mi casa para adaptarme a lo que será mi vida de casado, para recibirla, para vivir juntos. Hoy iré a su casa para platicar con su familia los últimos detalles previos, y tengo miedo. Creo que poco a poco la alegría inicial de hacer esto ha ido cambiando a resignación y a miedo, de cortar mi vida personal, de que esto no funcione, y de destruir esperanzas de otros. Pienso muchas cosas mientras me dirijo a su casa, sólo faltan diez días y nuestras vidas están a punto de cambiar. La noche es oscura y fría, pero yo me descubro sudando, me acerco a su casa, mientras me pregunto: ¿de verdad quiero casarme? ¿por qué decidí casarme? ¿será porque quiero complacer a mi familia, a la sociedad? ¿porque es lo que se espera de un hombre de mi edad, maduro? ¿ella por qué se casa? ¿tendrá los motivos adecuados? ¿que represento yo para ella? ¿cuánto tiempo durará este matrimonio? ¿qué haré con mi vida oculta, cómo la viviré?. Pero ya he llegado a su casa, finalmente toco a su puerta, y en silencio decido responder todas esas preguntas honestamente antes de casarme con ella, de nuevo un sudor frío recorre mi cuerpo mientras ella me abre la puerta con una gran sonrisa...

Por: Martín Soloman


15 de noviembre de 2017

Yo... ¿pecador?

Confieso que desde muy joven he sido sexualmente muy activo, he tenido sexo en cuatro paredes y al aire libre, con uno, con dos, con diez al mismo tiempo, he hecho el amor y he tenido sexo incógnito de una sola vez, con solteros y casados, con hombres y mujeres, con jóvenes y adultos mayores, en carros, autobuses, aviones y trenes, en vapores, baños, moteles y cuartos oscuros, en fiestas y funerales, en comedores, barras de bares y escritorios de oficina, a oscuras y con luz, iluminados por reflectores, velas o la luz de la luna, en ríos, cascadas, albercas y el mar, sobre un catre, escaleras y en una piedra, en camas de agua, de resortes y de esponja, sobre las sábanas de esposas, de hijos, de papás y hasta abuelas, mientras muerden el último peluche que le regalaron a su hija, a su novia o su novio, incluso ese que conservaban desde niños y hacen recordar el primer amor, he quitado, roto y desgarrado pantaletas, bikinis, tangas, truzas, boxers, suspensorios, bodys, lycras y trajes de baño, he retirado con desesperación corbatas, trajes, sombreros, botas, tenis, huaraches, tirantes, lentes, cadenas, arneses y esposas, en esa desesperación he reventado muchos botones de camisas, he descompuesto cierres de pantalones y chamarras, he probado y dejado que me prueben, he visto y dejado que me vean, he amado y dejado que me amen, pero tenía que encontrarte a ti.

Si pensabas que está historia era sobre mí, déjame decirte que no, está historia es sobre ti que te has cruzado en mi camino, que sin importar todo este pasado y mis muchas cicatrices has decidido jugártela conmigo, que te diste el chance de conocerme a pesar de escuchar todo lo que te han dicho de mí, que sabes de mi basta experiencia sexual pero que es más tu cariño hacia este hombre.

En la primera vez no pasó nada y creo que eso fue un buen comienzo; que te podía mostrar yo de sexo que los demás no pudieron decirte ya de mí, en cambio decidiste llevarme a un lugar donde ningún otro cuerpo me había llevado y eso volvió más especial esa noche, hoy al verte aquí, recostado junto a mí, en mi cama, sobre mis sábanas, mientras veo como duermes con tu cuerpo desnudo y sudado, despidiendo ese aroma que sólo se genera después una buena sesión de sexo, roncando, mientras yo fumo un cigarrillo corriendo la cortina de la ventana para que el humo no te moleste, dejando entrar un poco de luz proveniente de un foco solitario de la calle; recordando lo que pasó hace un momento cuando te penetraba se te escapó un te amo acompañado de la mirada más sincera que había visto, después hiciste como que no dijiste nada y continuabas gimiendo entrecortadamente y repitiendo que te gustaba mucho mi verga y que te diera más duro, pero yo lo escuché muy bien, lo dijiste y más raro que al terminar y llenar tu pecho peludo de semen no pude más que corresponder tu sinceridad con un grito que resumía mis sentimientos en ese momento, yo también te amo B, después quedamos abrazados mezclando nuestros líquidos y sudor.


No sé qué va a pasar mañana, sólo se lo que siento hoy y como disfrute este encuentro que ya tienen 6 meses que vienen ocurriendo, volteas, estas despierto, me preguntas porque estoy junto a la ventana y no abrazándote, vuelvo a la cama contigo y pienso que no tengo pasado, que eres la primer persona que logra tocar una parte más profunda de mí; se que mañana te levantaras temprano porque es domingo y debes oficiar el servicio dominical en la parroquia, lo que me lleva a mi última duda… ¿puede un hombre de fe enamorarse de un pecador?


Anónimo
Compartido por: Martín Soloman

8 de noviembre de 2017

Un puto frío

“¿Así qué quieres saber cómo empecé en esto? ¿Cómo llegué a ser el “puto frío” como tantas veces me han llamado? Te lo advierto, es una larga historia ¿Qué dices? ¿Tienes tiempo? ¿Tu esposa tardará en volver? Bien…

Muchos dicen “¿Tienes sexo por dinero? Qué chingón, a mí igual me gustaría hacerlo igual” pero no ven todo lo que implica pero no nos adelantemos a los hechos, primero, ¿Por dónde empezar? Supongo por Don Valentín que fue el primero que me enseñó a usar mi cuerpo de esta manera… Te estoy hablando del 2004 o 2005 si mi memoria no falla, recién cumplidos los 18 años, joven, delgado y, en esa época, con cierto amaneramiento que, con el tiempo, he ido dejando atrás por mi propio bienestar… Don Valentín era mi vecino, rentaba el cuarto al lado del mío, un señor de, en ese tiempo, 62 años, viudo, originario de Jalisco y abandonado en ese lugar por los hijos que, sin nada más que sacarle, lo dejaron en ese cuarto con varias rentas adelantadas con tal de no hacerse cargo de él.

Don Valentín era un hombre emprendedor que, rápidamente, logró hacerse jefe de meseros en un importante restaurante de la ciudad y empezó a ganar bien aunque con un gran defecto, apenas salir del trabajo, todo el tiempo era estar tomando hasta perderse, fue así como lo conocí precisamente, un día, subiendo la escalera que daba a nuestros cuartos, casi cae por el estado de embriaguez en el que se encontraba y yo me vi en la necesidad de sostenerlo, ante lo cual, a manera de agradecimiento, él me invitó a tomar unas cubas a su cuarto el día que así pudiera ya que, estando ahí, se sentía solo e igual yo así que, menos de una semana después, decidí aceptar la invitación y fui a visitarlo, tomamos tequila y brandy, él en una medida mucho mayor de la que yo jamás he hecho y a una gran velocidad mientras, entre trago y trago, me confesaba su historia tal cual la conté hace un momento, un anciano solo y abandonado sin ninguna característica en especial que lo distinguiera de muchos otros con historias similares o al menos eso pensé hasta que, ya cuando yo también empezaba a sentir los sentidos alterados por la bebida, sin más, comenzó a besarme y a acariciarme; no lo niego, tuve mis dudas en ese momento, era una persona que me triplicaba la edad, que no me parecía atractivo y que además, olía a alcohol pero, entre el alcohol y la poca costumbre de sentirme deseado, lo dejé hacer mientras él, sin sentir oposición, continuaba con sus caricias a la vez que me quitaba la ropa asegurándome que le gustaba lo que veía y lo que tocaba, tras lo cual me empezó a hacer sexo oral sin siquiera preguntar y con una habilidad que dejaba entrever que no era su primera vez que lo hacía, yo lo dejé hacer hasta que, al fin, con sus labios en mi falo, acabé en lo profundo de su garganta, tras lo cual me pidió que lo dejara penetrarme, dudé aún pero al fin accedí y nos pusimos de lado, yo con mi culo ofrecido hacia él pero su borrachera era tan grande que, a pesar de sus esfuerzos, no pudo lograr que se le levantara y, sin más, haciendo corajes como un niño pequeño, se quedó dormido súbitamente mientras yo, al fin reaccionando ante lo que había hecho y lo que estuve a punto de hacer, me vestí y me salí del cuarto con cierto sentimiento de culpa, mismo que se acrecentó aún más cuando, a la mañana siguiente, alguien tocó a mi puerta temprano y, por un vidrio roto que esta solía tener, dejaron caer un sobre con 300 pesos y una nota de letra floreada agradeciendo la noche anterior…

La sorpresa fue grande, yo nunca hablé de necesidad económica aunque sí la tenía en ese tiempo como la tengo ahora y, en un principio, pensé en devolverlos pero, al fin, la ambición me ganó y acepté el obsequio en silencio junto con los demás detalles de don Valentín, quien, de ser un anciano solitario, a partir de esa noche se convirtió en un hombre amigable que constantemente me invitaba a su casa a “pistear” como él solía decir, algo a lo que seguí accediendo en varias ocasiones con la conciencia de que, al día siguiente, hallaría un sobre con 300 o 400 pesos caído por mi vidrio roto. El tiempo pasó, don Valentín quería más, quería que viviera con él y dejara que me mantuviera como su amante de planta pero, honestamente, no pude hacerlo, mi juventud y mis sueños eran más grandes y, en cuanto me salí de ese lugar de renta, dejé de verlo aún a la fecha, sé que sigue por ahí porque alguna vez lo vi de lejos pero no quise acercarme a saludarlo, no lo sentí correcto dentro de mí y no sé cómo haya continuado su vida.

Posterior a esa situación, me junté con un chavo, uno que nunca llegó a saber de esa faceta mía y, durante todo ese tiempo, me porté respetuoso con él hasta que, finalmente, la relación se acabó por una infidelidad suya, de ahí duré soltero un año antes de mi relación más importante y, durante ese año, la ambición me llamaba pero evité hacerlo por la culpa…

No fue hasta hace dos años cuando, nuevamente soltero y con una necesidad económica bastante fuerte, al fin tomé la decisión de volver a ese mundo, entré a trabajar a un bar gay como mesero en el cual nunca faltaba el cliente que, ya tomado, tocaba todo lo que podía y, al no recibir rechazo y descubrir que lo que había bajo el bóxer le gustaba, siempre se llegaba a un acuerdo, muchos de mis compañeros del trabajo igual lo hacían y de ellos aprendí las reglas básicas para sobrevivir en el negocio, eso sí, nunca dentro del bar porque era arriesgar nuestro trabajo, terminábamos la noche y, saliendo, quedábamos en algún hotel o algún lado y a darle al cliente lo que pedía y como lo pedía que para eso nos pagaba, a veces, como don Valentín, 300 o 400 pesos, a veces, mucho más, incluso hubo uno que me dio 1,800 por dos cogidas que “porque lo hacía muy rico” aunque claro, estamos hablando de otros tiempos y una mejor condición física que me permitía coger toda la noche si era necesario, algo que, en la actualidad, ya no tengo.

Aun así, he seguido con esta vida ocasionalmente, por necesidad o por gusto, aún en la actualidad y no puedo negar que me ha traído satisfacciones pero, también, como te lo dije al principio, decepciones y dificultades, no es un trabajo seguro ni estable, hoy puede salir algo, mañana ya no, es cansado y con riesgos de lesión y de enfermedades y, tras coger todo el día, ya lo haces por costumbre, no por gusto, eso es algo que se va perdiendo junto con tu capacidad para sentir el placer de hacer lo que antes disfrutabas.
De las reglas, ¿Qué te puedo decir? El uso del preservativo es primordial ya que nunca falta el que quiere a pelo aun sabiendo los riesgos, uno debe ser firme en eso, hay quienes lo hacen y después, ahí los tienes, lamentándose de que tienen VIH o peor aún, esparciendo aún más el virus que tanto daño ha causado.

Otra que se me viene a la mente, lo que algunos llaman el contacto de seguridad, un amigo que sepa en dónde estás y qué estás haciendo por si algo llegara a pasarte y es que, en el fondo, nunca sabes con qué clase de persona puedes encontrarte; no usar drogas ni alcohol, evitar los tríos si no conoces a al menos uno de los dos con anterioridad, usar doble teléfono para cuando quieras evitar que te sigan hablando del trabajo, porque es lo que es, un trabajo al fin y al cabo, evitar en lo posible llevar dinero limitándote a pedirle que te pague en efectivo exacto lo de tu tarifa, y, sobre todo, llevar siempre una mente abierta y esperar de todo ya que no hay manera alguna de saber lo que estará detrás de esa última llamada donde sólo te dijeron “¿vamos a coger?”, ya sea un hombre casado y con prisa, una travestí de clóset o un joven de 150 kilos que no alcanza a verse sus propios pies, cada uno es un mundo y, al pagar por un servicio, merece ser tratado como tal.

Y aquí llego a otro punto importante y que a muchos les resulta confuso, ¿Por qué, si no soy atractivo, tengo éxito en este tipo de trabajo? Nunca lo he negado, soy feo y con gusto de serlo pero hay tres claves para mí, la primera, es mi imagen, un poco descuidado, un mucho fodongo y que a muchos se les hace de chacal, la segunda, el tamaño, ayuda mucho la verdad y la tercera, la inesperada, mi habilidad para entablar una conversación, para darles lo que desean, plática, buen trato (a veces malo, usted entenderá) y, sobre todo, para hacerlos sentir deseados al menos en lo que se llega al orgasmo, momento en el cual, me olvidaré de tu nombre y te olvidarás del mío, si es que al menos te dije el verdadero, y saldré, de nuevo, al frío, al puto frío tan similar al apodo con el que me han llamado en varias ocasiones los que me conocen bien.

¿Algo curioso en lo que terminas de quitarte la ropa? En mi vida cotidiana no disfruto ser activo, no es mi rol ni me satisface, lo hago por el dinero y por el gusto de dominar a otra persona, no por el placer sexual… Ahora sí, ¿Has acabado? Bien, ¿Cómo lo quieres? ¿Tierno y suave? ¿Rudo y fuerte? ¿No llegará tu esposa?...”