Dos noches
Una noche cualquiera,
puede ser radicalmente distinta para dos personas que están relacionándose, el
tiempo que pasen juntos es algo relativo, una sola noche puede definir el
inicio de algo, o el final de todo, porque aún cuando por fuera un observador
pudiera pensar que solo por el hecho de estar juntos una pareja tiene algo
bueno y duradero, no es así, el simplemente observar no permite saber todo lo
que ocurre en las mentes de cada uno, puede haber todo un torbellino de
pensamientos que pueden estar en oposición a mantenerse unidos, los
observadores pueden creer que las expresiones del rostro y el comportamiento
cotidiano y aparentemente solidario,
pueden indicar que todo está bien, sin embargo los pensamientos y los
verdaderos motivos de cada uno determinaran lo que ocurrirá en el futuro, sea
éste cercano o lejano. En este relato me propongo analizar dos noches de mi
vida, con la persona con la que me relacione poco más de diez años, dos noches
decisivas en mi vida que demostraron finalmente que clase de vida tenia con tal
persona.
Primera Noche, el
inicio
Fue un encuentro
casual, yo no debía estar ahí, era un sábado y daba clases sabatinas en un
diplomado en la Universidad, ese día había salido temprano y pase por el centro
de la ciudad antes de ir a casa, nos vimos, nos gustamos, y lo que cada quien
vio en el otro era lo que parecíamos buscar, creo que realmente nunca supe a
ciencia cierta qué era lo que él veía en mí, pero supuse que también le había
gustado. A mis ojos él era un señor casado, padre de familia responsable que de
vez en cuando buscaba explorar esta parte de su sexualidad con otros hombres.
Es casado, me repetía a mí mismo, sabía cómo eran las relaciones con casados,
ninguno se comprometía más allá de lo que era su vida familiar, su esposa e
hijos siempre estaban por encima de cualquier otra cosa, así que lo único
seguro era esa vez, y quizá ahí terminaría todo, en un encuentro casual como
tantos. A ese sábado siguió otro, y luego otro más, y entonces vino la
propuesta de pasar un fin de semana juntos en la hoy CDMX. Era un sábado de
Diciembre, las calles de la ciudad
lucían iluminadas con adornos navideños, y ese día sería la primera
noche que pasaríamos juntos.
Fuimos al bar El
Oasis, yo no tenía más atención que para él, en esa noche pensé que sus ojos
solo eran para mí. Yo estaba en esa etapa de enamoramiento tan común cuando
conocemos a alguien que nos gusta y todo lo que hacemos, lo que vemos, lo que
pensamos, sentimos, se va formando alrededor de una construcción mental propia,
es decir construimos a la persona que deseamos y la idealizamos. Sólo el tiempo
va poniendo cada cosa en su lugar y va rompiendo cada parte de la construcción
idílica que creamos, como piezas de un cascarón que va cayendo para mostrar a
la persona como realmente es, no como pensamos que era. Pero aun así, es algo
fascinante de vivir, y tratas de que esos primeros momentos sean tan buenos que
puedan definir toda la relación por venir.
Esa noche al llegar al
hotel tuvimos sexo, ambos lo deseábamos, nos deseábamos, dejamos que los
instintos nos guiaran, una, dos veces, dormitábamos y cuando alguien despertaba
comenzaba de nuevo una vez más, para dormitar otro rato y volver a empezar, así
hasta el amanecer, buscando aprovechar cada momento de la noche porque quizá
esa iba a ser la primera y única noche juntos. Y quizá así fue, porque esa
noche de Diciembre sólo fue un instante en la vida, y al terminar ese fin de
semana cada quien volvió a su vida cotidiana, quizá desde esa ocasión ya no
volvimos a vernos de la misma forma y sin embargo fue la primera de muchas
noches que habríamos de pasar juntos durante años, pues finalmente nos
decidimos por vivir juntos.
Segunda Noche, el
final
El tiempo fue
transcurriendo y como todo lo que empieza, se va construyendo poco a poco, pero
no nos damos cuenta de la forma que está tomando lo que hacemos porque estamos
encerrados dentro de una construcción emocional que creamos alrededor nuestro,
salir fuera y ver lo que se ha hecho desde una mirada externa es algo que no se
puede hacer, por lo menos no todos lo pueden hacer, requiere de objetividad y
autocrítica, algo que cuando se han involucrado sentimientos no es posible de
hacer, hasta que lo construido se somete al paso del tiempo y entonces puede
ser que nos demos cuenta que lo construido estuvo mal desde los cimientos, que
las premisas iniciales que se asumieron como válidas estaban equivocadas, y el
tiempo comienza a fragmentar todo lo hecho, y se va derrumbando sin darnos
cuenta, se va cayendo a pedazos hasta no quedar nada más que el polvo de los
recuerdos de todo lo que alguna vez fue.
Con el paso del tiempo
fui entendiendo muchos de los comportamientos de él, creo que casi desde el
principio cada uno sabía lo que podía esperar de una relación, pero no lo
hablamos nunca, lo dejamos sobre entendido, y optamos por ver lo que sí
teníamos en común. Ambos cometimos errores, debo reconocer que mi carácter a
veces no es muy agradable y tengo la tendencia a complicar mucho las cosas, lo
es y lo entiendo ahora. En lo emocional, parecía que nos apoyábamos, pero lo
que pasaba en momentos claves de nuestras propias vidas debía bastar para
darnos cuenta que no era así, había un apoyo limitado, a veces incluso menos
que el apoyo que puede ofrecer alguien con quien se tiene una simple amistad.
En el terreno de lo
sexual al principio solo fuimos pareja cerrada y con el tiempo comenzamos a
frecuentar clubes de encuentro, al principio solo teníamos sexo entre nosotros
y cuando comenzamos a abrir la relación fuimos haciéndolo poco a poco. Acordamos
poner ciertas reglas al relacionarnos con otros, pero en esencia decidimos
tener cuidado y no involucrarnos románticamente con las personas con las que
teníamos sexo, lo sé, es complicado, pero solo quienes han tenido una
experiencia de vida parecida lo entenderán. En todo caso, es motivo de una
historia aparte. Cuando las diferencias personales comenzaron a pesar más en
nuestras vidas, una relación abierta fue el medio de escape de la propia
relación, era la forma que encontramos de cubrir las fracturas de una relación
en la que cada quien creía cada vez menos y que se sostenía por algunas
ventajas que representaba cohabitar una casa. Todos quienes nos conocieron en
aquél tiempo nos miraban como un ejemplo de pareja, la relación abierta era
vista como señal de madurez, sólo nosotros sabíamos lo que pasaba en realidad,
cada vez más separados, cada vez más individuales, y lo que comenzó con un
distanciamiento fue dando paso a un rechazo del otro, y a una indiferencia de
lo que hiciera sexualmente, finalmente habían sido años de discutir las
diferencias sin ningún resultado que al final ya no importaba hablar.
Sabemos cuándo algo
esta iniciando, pero no sabemos cuándo es el final de eso, y a veces
prolongamos indefinidamente algo que en realidad ya está roto, y un día te das
cuenta que esa noche que pasaste con él en realidad fue la última noche que
estuvieron juntos. Esa noche fue en Huatulco, un viaje de una semana donde cada
noche fue igual a la otra. No, en ninguna de esas noches hubo sexo. Al llegar
al cuarto del hotel cada noche después del bar, algo alcoholizados, nos
esperaban dos camas, en muda invitación a ocupar cada quien una de ellas. Pero
la costumbre nos hacía compartir la misma cama, ya sin sexo. El abrazo era en realidad una cortesía que estaba de más,
el brazo sobre el cuerpo del otro pero sin acercar el cuerpo, sólo descansando
la mano en el otro sin que ninguna otra parte del cuerpo se tocara. No había
erecciones al ver el cuerpo desnudo del otro al lado, el refugio era el sueño profundo
desde donde cada uno se fugaba a otros mundos, a otros cuerpos, de vez en
cuando alguno se despertaba y se daba cuenta que la distancia entre ambos
cuerpos era mayor, cada uno se evitaba, en extremos de la amplia cama. Y lo que
pasaba en Huatulco era lo que había pasado los últimos años en casa. El cliché
de estar solos aunque estuviéramos juntos era cierto.
¿Y si sólo llegamos
juntos hasta la marcha? Por mí está bien… Tres meses después se había terminado
todo, pero el proceso fue muy doloroso creo que para ambos, pero al final creo
que cada uno se dio cuenta que podía volver a tener algo que ninguno había
permitido en el otro, tener libertad de hacer lo que cada quien quisiera, sin
las ataduras de las obligaciones que representaba una vida común. Quizá no se
trata de que los dos cambiamos, se trata de que cada quien regresó a sí mismo,
a ser lo que era, a tener nuevamente sueños propios, proyectos individuales que
estando en pareja eran incompatibles. Y entonces, al poner la cabeza en la
almohada sin nadie más al lado se pudo tener la libertad de volver a soñar.
Por: Martín Soloman
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