2 de agosto de 2018

Dos noches, el inicio y el fin


Dos noches

Una noche cualquiera, puede ser radicalmente distinta para dos personas que están relacionándose, el tiempo que pasen juntos es algo relativo, una sola noche puede definir el inicio de algo, o el final de todo, porque aún cuando por fuera un observador pudiera pensar que solo por el hecho de estar juntos una pareja tiene algo bueno y duradero, no es así, el simplemente observar no permite saber todo lo que ocurre en las mentes de cada uno, puede haber todo un torbellino de pensamientos que pueden estar en oposición a mantenerse unidos, los observadores pueden creer que las expresiones del rostro y el comportamiento cotidiano  y aparentemente solidario, pueden indicar que todo está bien, sin embargo los pensamientos y los verdaderos motivos de cada uno determinaran lo que ocurrirá en el futuro, sea éste cercano o lejano. En este relato me propongo analizar dos noches de mi vida, con la persona con la que me relacione poco más de diez años, dos noches decisivas en mi vida que demostraron finalmente que clase de vida tenia con tal persona.

Primera Noche, el inicio

Fue un encuentro casual, yo no debía estar ahí, era un sábado y daba clases sabatinas en un diplomado en la Universidad, ese día había salido temprano y pase por el centro de la ciudad antes de ir a casa, nos vimos, nos gustamos, y lo que cada quien vio en el otro era lo que parecíamos buscar, creo que realmente nunca supe a ciencia cierta qué era lo que él veía en mí, pero supuse que también le había gustado. A mis ojos él era un señor casado, padre de familia responsable que de vez en cuando buscaba explorar esta parte de su sexualidad con otros hombres. Es casado, me repetía a mí mismo, sabía cómo eran las relaciones con casados, ninguno se comprometía más allá de lo que era su vida familiar, su esposa e hijos siempre estaban por encima de cualquier otra cosa, así que lo único seguro era esa vez, y quizá ahí terminaría todo, en un encuentro casual como tantos. A ese sábado siguió otro, y luego otro más, y entonces vino la propuesta de pasar un fin de semana juntos en la hoy CDMX. Era un sábado de Diciembre, las calles de la ciudad  lucían iluminadas con adornos navideños, y ese día sería la primera noche que pasaríamos juntos.

Fuimos al bar El Oasis, yo no tenía más atención que para él, en esa noche pensé que sus ojos solo eran para mí. Yo estaba en esa etapa de enamoramiento tan común cuando conocemos a alguien que nos gusta y todo lo que hacemos, lo que vemos, lo que pensamos, sentimos, se va formando alrededor de una construcción mental propia, es decir construimos a la persona que deseamos y la idealizamos. Sólo el tiempo va poniendo cada cosa en su lugar y va rompiendo cada parte de la construcción idílica que creamos, como piezas de un cascarón que va cayendo para mostrar a la persona como realmente es, no como pensamos que era. Pero aun así, es algo fascinante de vivir, y tratas de que esos primeros momentos sean tan buenos que puedan definir toda la relación por venir.
 
Esa noche al llegar al hotel tuvimos sexo, ambos lo deseábamos, nos deseábamos, dejamos que los instintos nos guiaran, una, dos veces, dormitábamos y cuando alguien despertaba comenzaba de nuevo una vez más, para dormitar otro rato y volver a empezar, así hasta el amanecer, buscando aprovechar cada momento de la noche porque quizá esa iba a ser la primera y única noche juntos. Y quizá así fue, porque esa noche de Diciembre sólo fue un instante en la vida, y al terminar ese fin de semana cada quien volvió a su vida cotidiana, quizá desde esa ocasión ya no volvimos a vernos de la misma forma y sin embargo fue la primera de muchas noches que habríamos de pasar juntos durante años, pues finalmente nos decidimos por vivir juntos.

Segunda Noche, el final

El tiempo fue transcurriendo y como todo lo que empieza, se va construyendo poco a poco, pero no nos damos cuenta de la forma que está tomando lo que hacemos porque estamos encerrados dentro de una construcción emocional que creamos alrededor nuestro, salir fuera y ver lo que se ha hecho desde una mirada externa es algo que no se puede hacer, por lo menos no todos lo pueden hacer, requiere de objetividad y autocrítica, algo que cuando se han involucrado sentimientos no es posible de hacer, hasta que lo construido se somete al paso del tiempo y entonces puede ser que nos demos cuenta que lo construido estuvo mal desde los cimientos, que las premisas iniciales que se asumieron como válidas estaban equivocadas, y el tiempo comienza a fragmentar todo lo hecho, y se va derrumbando sin darnos cuenta, se va cayendo a pedazos hasta no quedar nada más que el polvo de los recuerdos de todo lo que alguna vez fue.

Con el paso del tiempo fui entendiendo muchos de los comportamientos de él, creo que casi desde el principio cada uno sabía lo que podía esperar de una relación, pero no lo hablamos nunca, lo dejamos sobre entendido, y optamos por ver lo que sí teníamos en común. Ambos cometimos errores, debo reconocer que mi carácter a veces no es muy agradable y tengo la tendencia a complicar mucho las cosas, lo es y lo entiendo ahora. En lo emocional, parecía que nos apoyábamos, pero lo que pasaba en momentos claves de nuestras propias vidas debía bastar para darnos cuenta que no era así, había un apoyo limitado, a veces incluso menos que el apoyo que puede ofrecer alguien con quien se tiene una simple amistad.

En el terreno de lo sexual al principio solo fuimos pareja cerrada y con el tiempo comenzamos a frecuentar clubes de encuentro, al principio solo teníamos sexo entre nosotros y cuando comenzamos a abrir la relación fuimos haciéndolo poco a poco. Acordamos poner ciertas reglas al relacionarnos con otros, pero en esencia decidimos tener cuidado y no involucrarnos románticamente con las personas con las que teníamos sexo, lo sé, es complicado, pero solo quienes han tenido una experiencia de vida parecida lo entenderán. En todo caso, es motivo de una historia aparte. Cuando las diferencias personales comenzaron a pesar más en nuestras vidas, una relación abierta fue el medio de escape de la propia relación, era la forma que encontramos de cubrir las fracturas de una relación en la que cada quien creía cada vez menos y que se sostenía por algunas ventajas que representaba cohabitar una casa. Todos quienes nos conocieron en aquél tiempo nos miraban como un ejemplo de pareja, la relación abierta era vista como señal de madurez, sólo nosotros sabíamos lo que pasaba en realidad, cada vez más separados, cada vez más individuales, y lo que comenzó con un distanciamiento fue dando paso a un rechazo del otro, y a una indiferencia de lo que hiciera sexualmente, finalmente habían sido años de discutir las diferencias sin ningún resultado que al final ya no importaba hablar.

Sabemos cuándo algo esta iniciando, pero no sabemos cuándo es el final de eso, y a veces prolongamos indefinidamente algo que en realidad ya está roto, y un día te das cuenta que esa noche que pasaste con él en realidad fue la última noche que estuvieron juntos. Esa noche fue en Huatulco, un viaje de una semana donde cada noche fue igual a la otra. No, en ninguna de esas noches hubo sexo. Al llegar al cuarto del hotel cada noche después del bar, algo alcoholizados, nos esperaban dos camas, en muda invitación a ocupar cada quien una de ellas. Pero la costumbre nos hacía compartir la misma cama, ya sin sexo. El abrazo era  en realidad una cortesía que estaba de más, el brazo sobre el cuerpo del otro pero sin acercar el cuerpo, sólo descansando la mano en el otro sin que ninguna otra parte del cuerpo se tocara. No había erecciones al ver el cuerpo desnudo del otro al lado, el refugio era el sueño profundo desde donde cada uno se fugaba a otros mundos, a otros cuerpos, de vez en cuando alguno se despertaba y se daba cuenta que la distancia entre ambos cuerpos era mayor, cada uno se evitaba, en extremos de la amplia cama. Y lo que pasaba en Huatulco era lo que había pasado los últimos años en casa. El cliché de estar solos aunque estuviéramos juntos era cierto.

No éramos dos desconocidos que dormían juntos, al contrario, porque cuando dos desconocidos se encuentran para pasar una noche juntos hacen todo para que esa noche dure lo más posible, tratan de descubrir la esencia del otro, de su cuerpo, de su piel, de sus besos y caricias, se involucran los sentidos, se captura el sonido de su voz, el sabor de sus labios, el olor de su cuerpo, las formas, los tiempos, pero esta vez éramos dos conocidos, y quizá nos conocíamos de más, y lo que habíamos conocido a lo largo de años ya no resultaba agradable, la forma de ser de cada uno había hecho que el rechazo permeara a lo físico, y así como había silencios prolongados en casa, la cama del hotel también enmudecía, cada uno buscaba el sueño que da el alcohol para evadir la realidad. Cada noche en Huatulco fue el final de todo, sin hablarlo, sin decirlo.

¿Y si sólo llegamos juntos hasta la marcha? Por mí está bien… Tres meses después se había terminado todo, pero el proceso fue muy doloroso creo que para ambos, pero al final creo que cada uno se dio cuenta que podía volver a tener algo que ninguno había permitido en el otro, tener libertad de hacer lo que cada quien quisiera, sin las ataduras de las obligaciones que representaba una vida común. Quizá no se trata de que los dos cambiamos, se trata de que cada quien regresó a sí mismo, a ser lo que era, a tener nuevamente sueños propios, proyectos individuales que estando en pareja eran incompatibles. Y entonces, al poner la cabeza en la almohada sin nadie más al lado se pudo tener la libertad de volver a soñar.



Por: Martín Soloman

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