11 de julio de 2018

Rogelio



¿Cuántas veces es posible enamorarse? ¿Cuánto tiempo es suficiente para saber que uno se ha enamorado, una noche, un día, una vida? A veces hay encuentros que quedan en el recuerdo para toda la vida, y ahí radica su encanto, lo especial, lo inolvidable, a veces conoces a alguien y ese alguien es especial, muy especial, y puede ser que crucen una mirada, una sola mirada que ninguno quiere cortar, y en ese breve espacio de tiempo que dura el siguiente pestañeo se han dicho tantas cosas con los ojos, un me gustas, me atraes, me gustaría hablarte, no me rechaces, quiero saber más de ti, quiero desnudarte, quiero conocerte, y esperas que las respuestas estén en la mirada del otro que tampoco quiere dejar de verte, y entonces le sonríes esperando una respuesta favorable, y lo que pase después habrá de ser incierto, puede ser que dure toda una vida en el lapso de un día, y lo que haya pasado puede permanecer ahí en los recuerdos más vivos la vida restante.

Fue hace muchos años, yo era muy joven, tenía poco de haber terminado la Universidad y tenía mi primer trabajo en provincia, era el inicio de la década de los noventas y no conocía gran cosa de muchas cosas, me faltaba experiencia de vida y tenía poco que me había abierto a explorar mi sexualidad con hombres, de alguna manera el estar en provincia me hacía conocer el mundo homosexual de una forma diferente a como es hoy, era muy limitada, muy cerrada. Las pocas personas que había conocido hasta entonces eran casados, los homosexuales declarados eran muy obvios, los casados en cambio estaban acostumbrados a mostrar masculinidad y eso me gustaba. Tenía quizá un par de años en el trabajo cuando cierto día me enviaron a tomar un curso de capacitación al entonces DF, era de una semana, de lunes a viernes, el hotel donde nos quedábamos los compañeros era bastante céntrico. Yo no conocía todos los lugares que la ciudad tenía para los homosexuales, bares, vapores, cantinas, cines. No había smarphones para contactar a alguien, la información era impresa y escasa.

El primer día de curso transcurrió sin nada más que hacer, el curso terminaba a eso de las 6 de la tarde y el resto del tiempo era libre. El segundo día, un martes, decidí salir a caminar después del curso, encontré un cine porno (el cual hoy día ya no existe), en aquel tiempo yo no sabía todo lo que pasaba al interior, parecía ser un lugar aburrido donde los oficinistas iban a pasar un rato después de trabajar, un lugar más bien para gente mayor, el cine era muy amplio, la gente poca. Mientras me acostumbraba a la oscuridad del lugar vi a un tipo recargado en la pared de la entrada, parecía mirar la pantalla, pero su mirada buscaba algo. Me llamó la atención la forma en la que iba vestido, poco común para una ciudad, parecía alguien foráneo, pantalón de mezclilla, camisa a cuadros de mangas largas y arremangadas, botas norteñas, un cinturón ancho.

Me quedé a cierta distancia de él, me miró y pude apreciar más detalles, era más alto que yo, tendría quizá unos 45 años, un cuerpo firme, rollizo, la frente amplia, usaba bigote y su pelo era medio quebrado, canoso en las sienes, era de esos hombres que encanecen muy rápido pero que les queda muy bien las canas porque el resto de su rostro y cuerpo lucen más jóvenes, era atractivo, piel morena, tenía la camisa desabotonada del pecho de donde sobresalía un fino vello rizado. Me gustó, me quedé observándolo, él también me miraba, supongo también me estaba evaluando, al poco tiempo se veía que de vez en cuando pasaba alguien del mismo cine con una lamparita en la mano que alumbraba a los asistentes, cuidando no hicieran algo. Entonces esta persona comenzó a caminar hacia la salida del cine, de vez en cuando me volteaba a ver, entendí que quería que lo sugiera fuera del cine, salí después que él, media cuadra más adelante me esperaba recargado sobre un poste, lo vi de espaldas, me gustó cómo le quedaba el pantalón, ajustado muy bien a un trasero firme y bien formado.

Al verme cada vez más cerca, me sonrió, y entonces descubrí que era poseedor de una hermosa sonrisa, era amplia, fresca, sincera, se le dibujaban un par de hoyuelos a los lados, me dio confianza y lo saludé de mano. Me dijo que había preferido salir del cine para platicar mejor. Me propuso ir a un bar a tomar una cerveza, a pesar de parecer foráneo se desenvolvía muy bien en la ciudad, la conocía. Era un martes, me llevó a un bar gay el cual estaba prácticamente vacío, pero no nos importaba, podíamos platicar bien, sin el ruido estridente que hay en fin de semana. Me gustó su forma de andar, lento pero firme, como alguien que no tiene prisa y sabe a dónde va. Tenía la forma de hablar típica de la gente del norte. Supe que era de Zacatecas, que había venido al DF a visitar a sus hermanos que habían estudiado aquí y se habían quedado a hacer su vida en la ciudad, me contó que él no quiso estudiar y que prefirió la vida del pueblo. Miré sus manos, eran anchas, fuertes, su piel estaba tostada por el sol, su cuerpo estaba macizo por el trabajo. Le conté de mí, me sentí como un provinciano perdido en la ciudad, sin experiencia, sin mayor atractivo más que el ser muy joven. Al poco rato ambos reíamos de lo que platicábamos, me pareció una persona sencilla, después de algunas cervezas recuerdo que estaba de moda la música de Michael Jackson y que yo lo saqué a bailar, pero él me dijo que no sabía bailar eso, así que bailamos abrazados como si lo que estuvieran tocando fuera música norteña, resultaba muy curioso pero no nos importó, no había nadie más en el bar, nosotros bailábamos abrazados y sintiendo nuestros cuerpos, sus formas, su calidez, nuestras caras se rozaban, nos dimos un beso.

Me dijo que tenía que volver con una hermana que es con quien se estaba quedando, que no le había avisado porque en realidad pensaba volver temprano, así que quedamos en vernos al día siguiente, le dije en qué hotel me estaba quedando y le dije que preguntara por mí en recepción, él tomó nota, pagamos las pocas cervezas consumidas y salimos a la noche. Ambos tomamos caminos distintos, yo me fui al hotel con la duda de si al día siguiente lo volvería a ver. Él me había dicho que al día siguiente avisaría a su hermana que no llegaría y que se quedaría toda la noche conmigo. No sabía si lo haría, no tenía más datos de él, más que el nombre que me había dado, Rogelio, quizá nunca nos volveríamos a ver, como suele pasar en el medio, inventa un nombre falso, inventa un número de teléfono, no lo vuelvas a ver nunca y sigue tu camino buscando una oferta mejor. Al día siguiente mientras tomaba el curso del trabajo no dejaba de pensar en él y miraba mi reloj esperando fueran las 6 pm para regresar al hotel, lo esperaba a las 7 pm, me dirigí a mi habitación mientras escuchaba el tic tac del reloj avanzando lentamente.

Suena el teléfono de la habitación, me indican de recepción que alguien me está buscando. Me levanto rápidamente y bajo al lobby. Ahí está Rogelio, me espera sentado en un sillón mientras hojea un periódico, al verme lo deja a un lado y me sonríe con esa sonrisa que ahora ya conozco tan bien, unos labios carnosos enmarcados por un bigote amplio, el par de hoyuelos en las mejillas, va vestido muy parecido al día anterior, mezclilla deslavada, camisa a cuadros. Lo saludo de mano y le digo que me acompañe a mi habitación. Al cerrar la puerta ambos nos quedamos sin saber exactamente qué hacer. Como dije, en ese momento de mi vida recién comenzaba a explorar mi sexualidad con otros hombres, y realmente no sabía bien qué hacer. Rogelio por su parte y a pesar de ser mayor que yo, parecía esperar a que yo tomara la iniciativa. Se sentó en la cama y luego se recostó, con los brazos hacia arriba, lo seguí y me recosté a su lado. Lo besé, sentí su aliento y probé su sabor, y ahí supe cómo saben los labios de alguien que te atrae, y cómo cada persona tiene un sabor muy personal, propio. Le fui desabotonando la camisa, sus manos comenzaron a recorrer mi cuerpo hasta llegar a mi bragueta, yo estaba lubricando, él me abrió el zipper y puso sus labios en mi miembro.

En eso tocaron la puerta, rápidamente me incorporé y pregunté quién era. Mis compañeros del curso habían pasado por mi para ir a cenar, les dije que lo haría más tarde y se fueron. Decidimos que quizá lo mejor era salir a caminar. Nos acomodamos la ropa y fuimos a cenar a un lugar cercano, luego fuimos a comprar cervezas y buscamos otro hotel donde no tuviéramos interrupciones. Esa noche se entregó a mi de una forma que no sabía que podía darse, hasta ese momento mis encuentros sexuales habían sido muy simples, muy básicos, es decir, iban directamente al sexo sin más preámbulos. Pero con Rogelio esto no pasó así, tal y como era su forma de caminar sin prisas, también lo era su forma de entregarse, desde el ir desnudándonos lentamente para ir descubriendo poco a poco la desnudez de los cuerpos, hasta ir acariciando cada parte, cada tramo de piel, me iba llevando con sus labios muy cerca del orgasmo y se detenía, hasta que me indicó que lo penetrara, y fue algo explosivo, era involucrar todos los sentidos, el sudor nos cubría.

Y tal como me lo había dicho, esa noche se quedó conmigo, dormimos juntos, abrazados. Era una de esas noches en que tratas de atrapar todos los recuerdos, todos los detalles, todas las sensaciones, porque no tienes certeza del mañana, de lo que pasará, de si nos volveríamos a ver. Ambos estábamos en la ciudad por diferentes circunstancias, ambos vivíamos muy lejos, de todo ello éramos conscientes y preferíamos no hablarlo, sólo nuestras manos en la oscuridad del cuarto de hotel trataban de asir algo que agonizaba conforme la noche avanzaba. Ya amanecía y yo debía regresar para continuar con mi curso, Rogelio había de regresar con su hermana. Ambos nos vestimos en silencio y salimos del hotel. Nos quedamos parados en la calle un instante, uno frente al otro, sin saber qué decirnos, sin querer despedirnos. Pero debimos de hacerlo, había tantas cosas que decir pero ninguna tenía futuro, sólo nos despedimos de mano, tal como nos habíamos conocido, le dije que esa noche aún estaría yo en la ciudad, que me buscara en el hotel al anochecer, el me miró con una sonrisa y me dijo “quizás vaya”...

No intercambiamos teléfonos, no había forma de localizarnos, ambos sabíamos que lo que había pasado quedaría ahí, que no había un futuro que nos esperara, pero a veces uno no entiende de razones, de lógica, sólo se deja llevar, y termina construyendo una ilusión, con los trozos de los recuerdos que quedaron de un par de noches. Ese día al salir del curso, corrí al hotel y esperé su llamada en vano. Nunca volví a verlo. Al día siguiente el curso terminaba y yo había de regresar a mi lugar de origen. Pero el recuerdo de Rogelio, de cómo lo conocí, de cómo nos amamos en esa noche, sigue estando presente en mis recuerdos, donde está con su amplia sonrisa, atrapado en un instante del tiempo que no transcurre, que no envejece, que no se marchita.

Epílogo

Ese viernes de mañana sonó el teléfono de mi habitación, por un momento pensé era la alarma, medio dormido descolgué, me dijeron de recepción que tenía una llamada, accedí a tomarla, era Rogelio, se disculpaba por no haber venido la noche anterior, pero también se disculpaba por haber omitido un detalle conmigo, que me lo diría y entonces yo entendería, él era casado…

Por: Martín Soloman

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