2 de diciembre de 2020

El ocaso de una vida

 “La vejez es la peor de todas las corrupciones” Thomas Mann

 

Llegamos a su pequeño departamento, en un edificio bastante viejo de los que aún tienen renta congelada, sólo hay dos cuartos, una pequeña cocineta y un baño, un cuarto lo hace de recamara, el otro de sala comedor. El lugar luce bastante descuidado y huele a humedad. Parte de lo que hago es ser muy observador, aunque trato que los demás no se den cuenta de lo que observo, pero si he llegado hasta aquí ha sido porque eso me ha ayudado en muchas situaciones, a él parece no importarle lo que yo haga. Las paredes parecen no haber sido pintadas hace mucho tiempo, en algunos puntos lucen manchas que nadie ha cubierto. No tiene gran cosa, los muebles son viejos, el sofá tiene algún resorte saltado, quizá lo único menos viejo es la televisión. Va delante de mí, camina con paso lento, no parece tener prisa en lo que hace, yo tampoco tengo otra cosa que hacer, me siento en el sofá y desde ahí observo. Me pregunta si quiero tomar algo, tiene brandy y coca cola, le digo que sí, él va a la cocina por un vaso y hielo. En las paredes hay algunos cuadros con fotos viejas, han perdido el color, como todo lo que alcanza el tiempo, como los mismos recuerdos que se van desdibujando, puedo ver a un hombre joven en traje de baño en alguna playa, me parece es Acapulco por las rocas del fondo, se ve bien, tiene buen cuerpo, el pelo negro mojado por el mar, pero me llama la atención los ojos, vivos, alegres. Él regresa con dos vasos con brandy y un refresco, me sorprende cuando estoy mirando las fotos del cuadro y me dice: “ése soy yo…hace muchos años…”.

Ya lo había visto antes, a veces lo encontraba en el bar que acostumbraba visitar, sobre todo cuando llegaba temprano, casi siempre yo llegaba tarde, cuando la gente llevaba varias cervezas encima y trae la sangre encendida y busca un cuerpo que caliente su soledad, era entonces cuando yo llegaba, me pedía una cerveza y observaba a la gente, a quienes iban solos, puedo decir que la mayor parte de la gente que va a un bar van solos, porque aunque vayan con sus amigos en realidad están solos, ir con amigos es la forma que tienen de aparentar no estar solos en el bar, y si en esa noche conocen a alguien dejan a sus amigos para irse con ese alguien. A esos era a los que yo observaba, casi siempre conseguía a alguien con quien irme, de antemano les decía que yo no traía lana y que si querían que me fuera con ellos debían “apoyarme”. Muchos salían con eso de que “yo no pago por sexo, ni que estuviera tan necesitado”, pero el chiste de esto no es pedirlo abiertamente, sino hacer que ellos mismos lo ofrezcan, para ello hay que hablarles bien, observarlos, saber sus debilidades, hacer empatía con ellos, eso es lo que yo hago.

 Estoy bien consciente de mi aspecto, no soy el modelo que todos los homosexuales quieren para novio, pero si soy el tipo masculino y rudo con el que muchos desean tener sexo, soy joven y puedo aguantar mucho penetrando, además de que eyaculo varias veces teniendo sexo. Algunos me describen como: "ni guapo, ni feo, pero él te dará la cogida de tú vida". Mi origen se encuentra en algún lugar de provincia, como muchos llegué a la ciudad buscando algo mejor y siendo apenas adolescente descubrí que podía obtener ingresos de ésta forma y así obtengo algo extra, dinero o regalos que yo no puedo costearme, durante la semana trabajo en oficios diversos, no me gusta tener algo fijo, cambio de oficio, cambio de casa, y el fin de semana visito los lugares de ligue y cambio de persona. Aunque lo que obtengo no lo gasto en drogas o en caprichos, quiero algo distinto, aún no sé. No soy ladrón, quizá por eso algunos gustan de volver a contactarme, mis padres me inculcaron el respeto por las cosas ajenas, he pasado la noche en lujosos departamentos y nunca he robado nada, solo tomo lo que me dan, y lo agradezco. Un día me di cuenta que, por mucho que le gustara yo a alguien, no me quieren para algo serio, para algo formal, sólo les llama la atención de mi la parte sexual, sólo quieren una buena revolcada en la cama, alguien diferente a lo que tienen en su círculo inmediato, alguien que los saque de la rutina y del sexo tedioso, y encontré que podía sacar ventaja de esa situación, en vez de victimizarme podía aprovechar también lo que otros tienen y que están dispuestos a dar para conseguir una experiencia sexual satisfactoria que los ayude a continuar con sus vidas socialmente perfectas. Aprendí a observarlos, a entender sus gestos, sus miradas, aprendí a seguir sus conversaciones, a entender lo que no dicen expresamente, a llevarlos hacia lo que necesitan de mí, y a que todo puede darse por un intercambio, y sabía dónde podía encontrarlos, y sobre todo, en qué momento buscarlos, clientes asiduos de bares, rodeados de amigos, ruidosos, entre más amigos, entre más ruido, más solos estaban, y eso es lo que yo aprovecho.

 A veces iba temprano al bar, porque algunos de mis conocidos me dejaban un recado para vernos con uno de los meseros que era mi amigo, y en esas ocasiones que iba temprano lo encontraba tomando un trago, siempre solo, no platicaba con nadie, su ropa aunque vieja se veía limpia, el pelo canoso que contrastaba con un bigote negro, tomando un trago lentamente, sentado solo en la barra o en una mesa, nadie parecía hacerle caso. Cuando yo iba tarde él ya no estaba, al parecer se retiraba tan pronto comenzaba a anochecer, justo cuando para los seres nocturnos como yo la noche apenas nacía. Cierta vez le pregunté a mi amigo el mesero por ese señor, me dijo que desde que él llegó a trabajar ahí ese señor ya era cliente del bar, que siempre lo había visto solo, no daba problemas, siempre pedía lo mismo, brandy con cola y la comida que servían como botana, que estaba un largo rato ahí solo y luego cuando comenzaba a llegar la gente se iba, pero no conocía más detalles de él. Por una extraña razón me comenzó a llamar la atención, no parecía buscar algo, nunca volteaba a ver a nadie, solo permanecía sentado tomando lentamente su trago, sumido en sus pensamientos, mirando hacia ningún lugar, más allá de las mesas, a donde su mente lo llevara, yo lo miraba y me intrigaba sin saber por qué.

 Cierto día que fui temprano lo vi como siempre en la barra y me senté junto a él, me volteó a ver por un momento pero no me hizo caso. Pedí lo mismo que él tomaba, mi amigo me miró con extrañeza mientras me servía el trago. No usaba loción, me pareció que olía a viejo, como un libro que ha estado mucho tiempo en una biblioteca, su cara lucía con arrugas y manchas propias de la edad, su mirada era cansada, sus ojos tenían ojeras profundas, quise hacerle plática pero me contestaba con frases cortas, no era agresivo pero tampoco mostraba más interés, después de un tiempo se fue. En otra ocasión que lo vi hice lo mismo, por alguna extraña razón quería conocer más de él, ¿quién era, qué había detrás de esa mirada triste?. Al cabo de varias veces de sentarme junto a él comenzó a aceptarme más, cierta vez me vio llegar y me pidió un trago antes que yo lo pidiera, cuando llegó tomó su vaso y me dijo: “éste yo te lo invito, pero es lo único que podrás tener de mí”, le dije que no buscaba otra cosa con él más que platicar, conocer su historia, me miró y me dijo que su historia no era interesante, que era más bien aburrida para alguien como yo, que seguramente yo tenía posibilidades de conocer gente mucho más interesante, “…y mucho más joven”, agregó.

 No sé cuántos años tendría, era un señor de edad avanzada, ya no era un “maduro”, era más bien una persona de la tercera edad, él era consciente de cómo era, me dijo que ya no pretendía gustarle a alguien, por lo cual a veces era descuidado en su persona, me platicó que veía pasar el tiempo de forma distinta a como yo lo veía, quise pensar que tenía un cúmulo de experiencias encerradas pero él no parecía dispuesto a contarlas, simplemente le parecía aburrido. Tomaba lento, ya no tenía prisa. Poco a poco me fui acostumbrando a verlo cuando iba temprano, él tenía algo que me hacía buscarlo, no era para nada atractivo y no era el tipo de gente que yo buscaba, sabía que no podría obtener algo de él, quizá era el misterio con el que se rodeaba, y cierto día sin pensarlo le propuse acompañarlo a su casa mientras le tomaba la pierna, él se me quedó viendo y me dijo que no, que entendía lo que yo hacía y que le parecía atractivo pero que había muchos años de por medio y que además él no podría ayudarme de forma alguna. Insistir es lo mío, así que después de un tiempo él accedió, y me fui con él.

 


“Ése soy yo…”, me dijo mientras me daba un trago, en referencia a las viejas fotografías que había en la pared. Me dijo que en algún tiempo, hace mucho tiempo fue así, hacía tanto que ya no recordaba cuando fue que estuvo ahí cuando le tomaron esas fotos, “me las tomó mi pareja de entonces” me dijo, yo lo miré intrigado y me dijo “en algún tiempo tuve pareja”. ¿Y qué pasó?, le pregunté, “en algún punto de nuestras vidas tomamos caminos distintos, y no pudimos volver a reencontrarnos”. Me dijo “He estado solo los últimos años, me he acostumbrado a vivir así, tuve un buen trabajo, conocí mucho, viajé, bailé, me divertí, ahora no sé cómo es hacer todo eso, tuve que aprender a vivir con cada vez menos, a necesitar menos, a ambicionar menos, al contrario de mucha gente, cuando fui envejeciendo me fui deshaciendo de muchas cosas, porque cada vez vas ocupando menos cosas, alguna vez lo entenderás…”. En éste punto de mi vida yo vivía con rapidez, conocía gente con rapidez y así también la desechaba de mi vida, todo tenía un propósito efímero, nada estaba hecho para durar, porque tenía toda la vida por delante. Apuré mi trago, él me ofreció otro, acepté, el licor comenzaba a calentar mi sangre, algo necesario para lo que yo hacía. Regresó con el vaso lleno de hielo y brandy. “La primavera dura sólo un segundo, el otoño es muy largo y el invierno es muy frío”, me dijo mientras tomaba de su vaso con brandy lentamente como lo había visto tantas veces hacerlo en el bar.

 


Poco a poco me fui despojando de mi ropa, me quité la camisa y me vi a mi mismo fuerte, joven, yo sé que a muchos les gusto, él no pudo evitar verme y se sentó frente a mí pero no se volcó encima de mí como todos lo hacían, me miró largamente y luego me tomó de mis manos acariciándolas despacio, su piel era suave, delgada, me dijo “estás a tiempo de que no pase algo que no quieras, mira mis manos, así es mi cuerpo” mientras me miraba desde las profundas ojeras en que estaban sus ojos tristes. No le dije nada pero sostuve sus manos en las mías. Su historia era la de muchos, el tiempo lo alcanzó antes de que estuviera listo para afrontarlo, quedó solo quizá por decisión propia, dejó de ser útil en su trabajo, nadie lo contrató después, tuvo un negocio fallido, quiso probar todos los placeres cuando su cuerpo aún era firme, sabiendo que tenía el tiempo contado, tuvo que irse acostumbrando a los rechazos cada vez más frecuentes, quienes lo aceptaban siempre buscaban algo de él y era consciente de ello, pero era la forma en que podía estar con alguien por lo menos un rato y aliviar por unos momentos su soledad, hasta que fue quedando con cada vez menos, con menos tiempo, con menos de él, con menos de los demás, con menos de todo, y con más soledad.

 Sin decirle nada me levanté del sofá y sin soltarle la mano lo llevé hacia donde era su cuarto, la ropa de la cama era vieja pero estaba limpia, el interior era un desorden, “no suelo recibir visitas”, se disculpó mientras hacía a un lado la ropa que estaba sobre la cama, el buró que tenía a un lado estaba lleno de cajas de medicamentos cuyos nombres desconocía, apagó la luz del cuarto y se fue quitando la ropa. Su boca se acercó a mi entrepierna buscando con un hambre de siglos, un hambre nunca satisfecha, con el hambre de quienes son prisioneros de su propio cuerpo, con hambre de carne viva, palpitante, con sed de placer, porque hasta su boca se sentía seca, distinta, pero sin prisa. Su cuerpo era como la tierra cuando se va secando y se va agrietando, estaba derruido no solo por fuera sino también por dentro, la soledad nunca es buena compañera y veces acerca a la gente a la locura. Dejó caer su cuerpo sobre la cama, como caen todas las cosas al cabo del tiempo, como caen los troncos cuando mueren, como caen las personas, los amigos, su alma que alguna vez estaba llena de vida ahora tenía un vacío que lo iba llenando todo, el vacío que iba llenando el lugar donde vivía, quitando cada vez más cosas para dejar solo unas fotografías viejas de lo que alguna vez fue. En silencio me acosté junto a él y mis manos recorrieron su cuerpo, lo había hecho tantas veces con tantos hombres jóvenes pero ésta vez parecía que lo estaba haciendo por vez primera, torpemente.

 ¿Por qué lo hice? Quizá por lástima, no tanto por lástima a él, sino por lástima de mí mismo. En algún momento cuando estaba con él en la soledad de su cuarto, sentí el vacío que él tenía, y ese vacío se fue liberando y me fue invadiendo, al sentir su cuerpo junto al mío sentí crecer en él un fuego que iba quemando todo a su paso, un fuego abrasador que me consumía, me reducía a cenizas, a polvo, el polvo en el que nos convertiremos, y en ese momento me sentí solo, tanto o más solo de lo que él que estaba en el ocaso de su vida, porque aun cuando era yo quien usaba a los demás para mi placer y era asediado, en realidad estaba solo. Poco a poco, entre la penumbra del cuarto vi dibujarse mi propio cuarto donde yo vivía, reconocía mi ropa desordenada, el descuido en mi persona que mi edad me perdonaba, entonces me vi en él, sentí la opresión de su soledad, pesada como una losa que me impedía huir de lo que vendría, del porvenir que habría que llegar también para mí, como había llegado para él. Y al reconocerme en él supe qué era lo que me había llamado la atención de él desde la primera vez que lo vi, éramos tan distintos en edad, pero tan iguales en esa soledad inmensa, en esa soledad que me ahogaba, era como verme a mí mismo al paso del tiempo, como si nunca hubiese sido joven, como si nunca hubiese vivido, así terminaría todo.

 Cuando todo terminó recogí los pedazos de mi vida quebrados en el piso, me vestí y salí a la noche. Para quien vive de noche aún era temprano, regresé sobre mis pasos, las luces de la ciudad estaban más vivas que nunca, el frío de la noche golpeaba mi rostro, sin darme cuenta estaba de nuevo en la calle de los bares, lucía bulliciosa, llena de vida, con un montón de puestos ambulantes de comida rápida y fritangas, el ruido de los bares se filtraba hasta la calle, gente saliendo de un bar donde no habían encontrado lo que buscaban para entrar al otro bar con la esperanza de encontrar algo ahí, mientras el alcohol les calentaba la sangre, miradas que buscaban, miradas que preguntaban, que pedían a gritos el calor de otro cuerpo, un distractor de su soledad, sentía las miradas sobre mí, todo era efímero, al cabo de unas horas la calle volvería a estar vacía, como la vida de muchos de los que caminaban buscando, siempre buscando. Continué caminando, sabía a dónde llegaban esas calles, y era algo que no quería, aún podía dar vuelta en alguna esquina, aún podía caminar por otras calles, y quizá, sólo quizá, podría encontrar algo distinto de lo que había vivido horas antes.

 


Entonces, al doblar una esquina, me topé con unos hombres discutían porque al parecer no querían ir al mismo lugar, discutían y no se ponían de acuerdo. Uno volteo a verme y me pareció conocido, creo que ya lo había visto antes, pero nunca habíamos platicado, lo había visto siempre con alguien que parecía ser su pareja, pero hoy no estaba con él. Entonces los otros se subieron a un taxi, el quedó solo y nos quedamos solos en la calle, mientras las luces del taxi donde iban sus amigos se alejaban, me miró, quizá me reconoció, lentamente fue caminando hacia donde yo estaba, “¿vas a algún lado?” me preguntó, “a ningún lado”, le contesté, “yo tampoco”, me dijo. Comenzamos a caminar juntos, en silencio, lejos de la zona de bares, el ruido de la noche quedaba atrás...

 Por: Martín Soloman

 

22 de octubre de 2020

Víctor, el panadero

 Víctor, el panadero

Muchas veces mientras me abrazaba, me decía al oído que jamás había conocido a otro joven tan hermoso como lo era yo, que deseaba que jamás me apartará de su lado. Yo me sentía halagado y de alguna manera disfrutaba de haber conquistado a un hombre como él. Era el momento más feliz de mi vida, nunca antes me había sentido tan amado, como cuando estaba a su lado.

Han pasado más de 20 años desde entonces y aún recuerdo claramente esa época de mi vida, me doy cuenta que aún era un jovencito, sin experiencia, que aún tenía mucho por aprender. Solo tenía 21 años de edad, trabajaba como cobrador para una pequeña mueblería de mi región y aún no sabía qué hacer con mi vida, pero de algo si estaba seguro, me gustaba disfrutar del sexo. Siempre que tenía oportunidad me iba a coger con tipos que encontraba en mi camino y no me avergüenza, es de lo más natural, yo era feliz así, tampoco era algo que hiciera a diario y con cualquiera que se me atravesará en el camino, a mí me gustaban los machos y tenía habilidad para encontrarlos en donde quiera que me movía. Para mí abundaban los hombres "heteros" que  gustaban de coger con otro macho, solo hay que saber buscarlos, había de todo en mi repertorio, albañiles, obreros, mecánicos y de muchos otros oficios que gustosamente habían compartido momentos de intimidad conmigo. Creo que mi aspecto era atractivo, me gustaba usar mezclilla con playeras sin mangas y mis brazos eran fuertes porque antes había hecho trabajo duro, eso había definido mi cuerpo. Era llamativo y no porque fuera de belleza extraordinaria, sino porque era muy amistoso, sabía caerle bien a casi todo mundo y la ropa sugerente de la entrepierna que usaba servía mucho, quienes se sentían atraídos por mí, lo demostraban, solo tenía que aprovechar esas oportunidades.

Sin embargo, aunque quizás les parezca una contradicción, yo formaba parte de un grupo religioso de esos donde cantan mucho, estaba ahí porque había personas que eran buenas conmigo y me apoyaban, ya que siendo muy pequeño había quedado huérfano y había sufrido mucho, y esas personas habían sido las únicas que me habían ayudado. Pero para estar con ellos debía tener cierto comportamiento decente que yo nunca pude tener al cien por ciento, sobre todo porque la homosexualidad era considerada un pecado y si alguien era descubierto cometiendo pecados como esos recibía un castigo y hasta podía ser echado del grupo.  Todos debíamos comprometernos a vivir según los preceptos del grupo religioso.

Yo había aprendido a ser buen tipo frente a ellos, pero siempre decidía qué era lo mejor para mí, y en ocasiones hacia lo contrario de lo que me decían sin que al parecer lo notarán. Creía en Dios, pero pensaba que si disfrutaba de estar sexualmente con hombres no era tan malo, después de todo decían que uno mismo había sido creado a la imagen de Dios y además en muchos otros aspectos me consideraba buena persona, si alguien necesitaba algún apoyo que podía dar, se lo daba y en mi vocabulario no había ni una grosería, trataba de ser amable con todo mundo, era del tipo de joven que ayuda a una ancianita a cruzar la calle dándole el brazo. Por supuesto que mis opiniones más personales acerca de la homosexualidad no se las decía a nadie de mis hermanos religiosos, pues no lo entenderían y quizá hasta me echarían de su grupo.

En esa época hubo un cambio de personal en la mueblería y entonces me mandaron a otra localidad a trabajar. Al principio yo no tenía en qué moverme para hacer las cobranzas, así que por hermanos entre la gente de mi religión me pusieron en contacto con un hermano de la nueva localidad donde trabajaría quien me podía ayudar con una bicicleta prestada. Así fue como conocí a Víctor, al principio no llamo mi atención, él era de piel muy blanca, creí que era así porque siempre estaba encerrado trabajando en una panadería, usaba un bigote pequeño como el de Chaplin y me daba la impresión de que tenía la forma de ser de un viejo por la ropa que usaba y la actitud seria que mostraba, pero con el tiempo me di cuenta que era muy atractivo y aún muy joven pues tenía solo 30 años.  Trabajaba con otro panadero en el negocio, un señor muy bromista que debía de tener en esa época unos 50 años de nombre Alberto y, a diferencia de Víctor que era muy reservado, este señor era muy extrovertido. Ambos fueron muy amables conmigo, y poco a poco los fui conociendo mejor, cada vez que iba a pedir la bici prestada platicaba con ellos y se sorprendían de mi forma de ser siendo tan joven.

Con el tiempo me di cuenta que el otro panadero, Alberto, demostraba un interés muy particular en Víctor, y él parecía no darse cuenta o lo fingía, pero el otro le bromeaba tanto y lo halagaba de una forma tan exagerada que parecía que ahí había algo más, no creo que yo fuera el único en notar eso, a veces Víctor parecía apenarse un poco, pero nunca decía nada. Yo solo reía cuando pasaba eso. Cierto día Víctor me dijo que por la tarde cuando entregará la bici quería hablar conmigo. Así que en la tarde cuando volví a su casa a entregarla pregunté por él, yo sabía que a esa hora él ya no estaba trabajando. Me dijeron que subiera a su casa, que él vivía en el mismo lugar donde estaba la panadería, hasta arriba, en el tercer nivel, subí las escaleras.

Víctor me invitó a pasar, estaba en unos shorts y una camiseta sin mangas que lo hacía ver más joven y muy atractivo, entonces me dijo que lo que quería era preguntarme si estaba a gusto con la bicicleta, si de verdad me servía. Le agradecí y le dije que si me era muy útil. Me comentó que pensaba comprarse una motocicleta y me preguntó si me serviría más y si yo sabía manejarla. Respondí que a mí me sería muy útil, pero que en la empresa donde trabajaba todavía no estaban dispuestos a invertir en mí con una moto porque tenía poco tiempo trabajando para ellos. No me quedo claro para que quería la moto, no creí que solo fuera para que yo la usará. Durante la conversación note que me observaba de distinta forma, en ocasiones me veía la entrepierna, al inicio platicamos de temas religiosos por los cuales estábamos en el grupo, pero terminamos platicando de todo, él era casi diez años mayor que yo, pero en esa conversación me di cuenta que aún era muy joven y quizá con menos experiencia que yo en algunos aspectos, lo comencé a ver como un igual y dejé de hablarle de usted, comencé a tutearlo. Por momentos sentí esa compasión que otras personas me demostraban al enterarse que yo había sido huérfano, pero en otros momentos percibía cierta atracción hacia mí. Se hizo tarde y yo tenía que volver a mi localidad, donde vivía. Me invitó a quedarme y yo ya me sentía fuertemente atraído por él, pero no acepte, no quería equivocarme. Aún tenía ciertos escrúpulos, había decidido no tener sexo con hombres de mi religión, para no meterme en problemas. Y también tenía una imagen muy positiva de Víctor, sabía que como en todas las religiones hay personas sinceras y buenas que valen la pena y personas hipócritas y con muy malas intenciones para los demás, Víctor era de las primeras y no quería echar a perder la buena amistad que teníamos, además de que sabía que él tenía una novia y que tenían planeado casarse pronto. Así que esa noche decidí irme y le dije que mejor en otra ocasión que se me hiciera tarde, si se me ofrecía me quedaría en su casa. Aceptó y me dijo que siempre sería bienvenido.

La siguiente semana pensé que sería práctico para mí quedarme una noche para avanzar temprano en mí trabajo del día siguiente, por lo que antes de terminar la jornada pasé a preguntarle si seguía en pie su invitación de quedarme en su casa. Me dijo que sí, que estaría solo. Cuando regrese más tarde fue muy hospitalario conmigo, él vivía solo en la parte más alta de la casa familiar, era un departamento independiente y era el lugar donde más tarde viviría con su esposa. No tenía todos los muebles aún, así que me dijo que si no tenía problema podíamos dormir en la misma cama. Platicamos y me dio muchos consejos, me trataba como un hermano menor, esta vez no note su mirada braguetera y nos fuimos a dormir. Después de apagar la luz todavía escuché cómo oraba en voz baja, hasta que supuse que se había quedado dormido, pero más tarde en la oscuridad y el silencio, sentía su cálido cuerpo muy cerca del mío y estaba seguro que no estaba durmiendo, entonces toque de forma casual sus nalgas, al principio estuvo inmóvil, sólo escuchaba su respiración a intervalos, mi miembro estaba erecto y se lo comencé a rozar en las nalgas, escuchaba su respiración haciéndose más fuerte, luego se volteó hacia mí  y lentamente me acaricio el cuerpo para después buscarme la verga con su mano, entonces se bajó a mamar, no lo hacía muy bien, si le faltaba experiencia, pero no importaba, ya estábamos muy calientes y entonces lo puse de espaldas y lo comencé a penetrar, se quejó pero no se quitó, hasta que lo penetré a fondo, luego me comencé a mover para cogerlo cada vez más rápido hasta que me vine con un grito ahogado, él no dijo nada y yo tampoco. Al día siguiente él no comento nada sobre lo sucedido y yo tampoco toque el tema. Nos despedimos y nos vimos hasta la siguiente semana.

Ese día por la mañana cuando fui por la bici a su casa, estaba el otro panadero afuera y platicamos un poco, me preguntó qué le había hecho a Víctor que estaba muy feliz desde el día que me había visto. Solo sonreí, para entonces ya me daba cuenta que Alberto era un tipo peligroso, su boca podía meternos en problemas, que afectarían mucho a Víctor y también a mí. Respondí que seguramente estaba así de contento porque estaba próxima su boda, que eso me había contado. Y entonces la conversación cambio de rumbo, pero yo sabía bien que ese hombre podría tener celos, tenía la certeza de que estaba enamorado de Víctor y no veía con buenos ojos que nos lleváramos bien, menos si se enteraba que ya me lo había cogido. Entonces salió Víctor y también me saludo, efectivamente estaba muy cambiado, tenía un carácter más abierto y dijo que estaba así porque pronto podría comprar todo lo que necesitaba para amueblar su casa, se sobreentendía que lo hacía porque iba a casarse pronto.

Lo felicité por ello, tomé la bici  y me despedí, tenía que ir a trabajar. En esa época aún no había teléfonos celulares, decidí que si quedábamos de vernos de nuevo era mejor hacerlo sin que el otro panadero se diera cuenta. No sabía si Víctor pensaba igual, así que afortunadamente en la tarde de ese mismo día, fui a devolver la bici y Víctor estaba fuera de su casa, me comentó que Alberto ya se había ido, entonces me invitó a quedarme esa noche y acepté, no sabía si Víctor ya estaba listo para hablar sobre el tema o esperaba que las cosas solo se dieran sin hablarlas, después de todo ya había tratado con otros hombres que solo cogían conmigo pero no hablaban del tema, para ellos era como si al no hablarlo era como si no pasara nada, lo cual les permitía seguir siendo todos unos machos y eso me gustaba, que no tuvieran conflicto con el ejercicio de su sexualidad, aunque no pudieran verbalizarlo. En el caso de Víctor pronto se casaría y ya no podría pasar nada más entre nosotros, además de que un hombre cómo él podría tener mayor resistencia a reconocer su homosexualidad que otros hombres, por su religiosidad.

Esa noche cuando volví a verlo lo noté muy tranquilo, me habló como siempre con una actitud de solidaridad y como si fuera el hermano mayor que nunca tuve, entendí que quizá nunca podría hablar directamente del tema, por más que yo lo quisiera tratar, así que deje de esperar eso de él. Me gustaba mucho, era un hombre muy masculino, de buen cuerpo, de una piel muy bonita y con un pequeño culo delicioso, la verga no se la había visto, creía que solo era pasivo. Se repitió lo mismo que la vez anterior. Más tarde cuando ya estábamos en la oscuridad acostados, de nuevo me lo cogí y no dijo nada, solo se dejó llevar. Está vez comencé besando su cuello y baje haciéndole beso negro, por experiencia sabía que si le hacía eso a un hombre “hetero”, terminaba aflojando las nalgas. Hurgaba yo entre sus nalgas abriéndolas y eso lo prendió mucho y termino de nuevo entregándose a mí, solo gemía, pero nunca dijo nada, yo tampoco quise incomodarlo y no dije nada. Pensé que quizá debía solo disfrutarlo mientras se pudiera y pensando en eso me quede dormido a su lado. Al siguiente día desperté y de nuevo me habló como si nada. Me comentó que era su día libre y que quería invitarme a comer a algún lugar. Acepte y quedamos en vernos a cierta hora en el centro de la localidad. En ese punto yo sabía que tenía que irme temprano, antes de que el otro panadero llegara para que no me viera bajar del departamento de Víctor.

Solo trabaje mediodía, fui a comer con Víctor y después fuimos a un partido de fútbol de uno de sus hermanos, nos sentamos apartados, y él comenzó a hablarme diciendo que la primera vez que me había visto le había agradado mucho y que desde esa primera vez había deseado abrazarme, porque sintió como una necesidad en mí de ser abrazado y querido, pero se había controlado porque ahí estaba el otro panadero. Hasta ahí yo interpretaba que eso me lo podía decir cualquier hermano de la religión. Quienes han sido religiosos saben que esas declaraciones pueden ser dichas por otros hombres religiosos, por alguien que puede estimarte y verte necesitado de afecto. Pero aquí el contexto era otro. Entonces le pregunté: ¿también me querías abrazar porque te guste? Se sonrojó y quedó en silencio un instante. Después siguió diciendo que hasta ese momento solo era capaz de decirme que disfrutaba mucho de mi compañía y que se la pasaba muy bien cuando me quedaba a dormir en su casa, que esperaba que esa noche me quedara de nuevo. Sus palabras me provocaron una fuerte erección en ese momento y tuve que cubrirme con una mochila que llevaba, pues su hermano se acercaba hacia nosotros. Solo alcance a decirle que estaba bien, que comprendía lo que sentía y que claro que si quería quedarme esa noche y muchas más, me miró fijamente y su guapo rostro se iluminó con una gran sonrisa.

Esa noche comenzó todo, en cuanto entramos a su departamento me fui a dar un baño y el apareció después para bañarse conmigo, no dijo nada al principio, solo se metió al baño y comenzó a tocarme, acariciarme, a abrazarme y después a decirme que le gustaba, que me amaba, que todo el tiempo pensaba en mí, que ya no podía vivir sin verme, que mis ausencias eran un martirio y que deseaba verme todos los días. Me sentí conmovido, amado, apreciado, necesitado, por primera vez también me sentía enamorado, Víctor era el primer hombre del cual no podía alejarme. Los demás hombres con los que había cogido no habían significado nada, pero Víctor era una necesidad para mí. Y así vivimos un romance durante varios meses, afuera solo éramos amigos y nada más, pero entrando a su departamento nos olvidábamos de todo y de todos y nos fundíamos en uno solo, nos conectábamos de todas las formas posibles, porque éramos muy parecidos en intereses. Solo había un problema, el mundo religioso al cual pertenecíamos no estaría de acuerdo nunca con nuestra relación y pronto tendríamos que tomar una difícil decisión.

 La fecha de su boda se acercaba, ya estaba a solo un mes de casarse y él evitaba hablar conmigo de ese tema, era como si al no hablarlo pudiera posponerlo. Cierto día mientras yo estaba trabajando, lo encontré con su novia y los saludé, ella era una mujer muy bonita y de agradable carácter, que me saludó efusivamente. En cambio Víctor fue seco, se veía incómodo, como si le fuera desagradable el encuentro conmigo, le había roto el esquema y no sabía qué hacer. Sólo se limitó a saludarme y a irse con ella. Más tarde cuando lo vi trato de evitar el tema y me dijo que había cosas que no podía cambiar. Entendí que muy probablemente el seguiría su vida y eso significaba que lo que teníamos terminaría, que simplemente ya no tendría tiempo para mí y se alejaría, pensar en eso me dolía.

Víctor tenía un serio conflicto, no podía renunciar a lo que tenía conmigo, hacíamos mucho más que pasar el rato, nos amábamos y disfrutábamos de nuestra compañía, pero no teníamos un futuro, ¿en qué mundo podríamos ser una buena pareja a vista de todos? Por otro lado tenía un compromiso previo con su novia, había mucha presión social para que se casará, además de que sentía algo por ella, quizá no la amaba ni la deseaba como a mí, pero le había dado su palabra de que se casarían y algo deseable debía ver en ella, además su unión con ella representaba una buena posición en todo ese entramado social en el que se movía, y a su edad el que se casara era una exigencia social. ¿Qué decidiría?

Pero había alguien más, que tenía un gran interés en Víctor y que representaba un verdadero problema, incluso era más peligroso que su novia, me era muy notable la envidia, los celos y la malicia en él. Se trataba de Alberto, el otro panadero que había asediado durante mucho tiempo a Víctor sin tener éxito. Cierto día mientras Víctor y yo nos despedíamos con un largo abrazo, Alberto nos vio y así descubrió que teníamos algo, solo tuvo que atar cabos, entonces cambio su actitud totalmente conmigo, comenzó a tratarme groseramente y a criticarme por el uso de la bici y porque Víctor parecía darme mucha confianza, alegando que no podía conocerme tan bien como creía. Pero la presión más fuerte era para Víctor, ya que Alberto tenía esa forma de insinuar cosas ante los demás como si fueran comentarios casuales que en realidad van cargados de intencionalidad. Y Víctor tampoco tenía la suficiente decisión para poner límites a las situaciones, era cómo si sólo se dejara llevar por las circunstancias de la vida, sin saber a dónde quería llegar. Quise hablar con Víctor pero se estaba volviendo difícil estar a solas con él, hasta que cierto día me dijo que habláramos, que me esperaba en su departamento al término de la jornada.

Así lo hice, él me recibió con una expresión de no saber qué hacer, tomé la iniciativa de hablar y decirle que tenía que afrontar la situación y ser claro en lo que quería, pero él no decía nada, seguramente se sentía atrapado en una situación sin salida, sólo tenía la cabeza agachada, yo trataba de ayudarlo diciéndole posibles soluciones, pero él me dijo que me callara mientras se acercaba y me besaba, yo lo abracé, sentí su cuerpo cálido que había hecho mío tantas veces y comencé a quitarle la camisa mientras sus manos buscaban mi verga, cuando de pronto escuchamos voces afuera y se abrió la puerta, era su novia y tras de ella estaba el otro panadero, Alberto…

Continuará...


Por: Tigrillo Serch

20 de agosto de 2020

Don Marcos, mi vecino

Toda mi vida la he vivido en el rancho, aquí todo es lento y tranquilo pero hay una cosa que si es rápida, así como cuando enciendes la caña seca y pronto obtienes un incendio, así son los chismes en el pueblo, y uno muy grande se avecinaba, pronto estaría a vista de todos e impactaría mucho a mi propia familia.

Desde muy pequeño me sentí atraído por los hombres mayores, nunca entendí cuál era la razón, pero cuando veía un hombre adulto que me parecía atractivo, tenía unas ganas tremendas de abrazarlo y de que me abrazara, no todos los hombres me provocaban eso, pero si algunos. La primera vez que tuve contacto con el vecino fue una vez que salí corriendo de casa y quedé estupefacto viéndolo en la calle muy cerca de la carretera, creo que aún no tenía ni 5 años, pero verlo sin camisa me impresionó mucho, el corrió hacia mí y me levanto en sus brazos y me llevo a casa, mis padres le agradecieron, pero yo solo estaba absorto tocando el pecho y los brazos de mi salvador, no escuché los regaños de mis padres corrigiéndome. Olvidé este incidente y fui creciendo, seguí mi vida con las preocupaciones propias de un niño de nivel primaria y después de secundaria, hasta qué...

Un chisme muy candente llego a mis oídos cuando tenía quince años, escuché cuando mi mamá le contó a mi papá que decían que el vecino era puto que metía hombres a su casa cuando su mujer no estaba y que incluso se sabía que dentro de casa siempre andaba desnudo, esto en el rancho era algo del diablo que nadie se atrevía hacer o admitir que lo hacía, solo era un chisme que muchos sabían pero nadie se atrevía a confirmarlo.

Sin embargo el vecino actuaba normal, como cualquier hombre padre de familia en el pueblo, por las mañanas salía a trabajar y regresaba por la tarde, tenía amigos, se emborrachaba con ellos y cumplía su obligaciones familiares como todos los hombres de su edad, su esposa era una señora muy agradable que siempre fue buena conmigo, era difícil creer que ese señor fuera un depravado sexual que tenía sexo con hombres en su propia casa donde vivía con su dulce mujer, ellos también iban a la iglesia y lo único raro en su familia es que nunca tuvieron hijos, pero era porque ella era estéril según había oído decir a mi madre, que por cierto, era una de las señoras más chismosas del pueblo.

 Para ese entonces yo era un adolescente y ya comenzaba a tener curiosidad por el sexo pero sabía que no me gustaban las niñas de mi edad ni las adultas, yo siempre disfrutaba viendo a mis tíos, maestros o conocidos de mi papá, me gustaba verlos porque para mí ellos eran muy atractivos e interesantes, saber que el vecino podría ser homosexual me dio mucha curiosidad, pero yo aún era muy joven y no tenía claro todavía en que consistía tener sexo con otro hombre.

 Una tarde mi papá me mando a casa de este vecino llamado Marcos a dejarle una pala que le había prestado, en el camino solo iba pensando en lo que la gente decía de él, y de pronto me encontré deseando verlo asomarse por una ventana con poca ropa o algo por el estilo, así que llegue a su casa atravesé el jardín y llegué a la puerta y le grité.

 -¡Don Marcos!

 Mientras esperaba, yo estaba nervioso, no sabía cómo me recibiría, de pronto se abrió la puerta y apareció un hombre de aproximadamente 45 años, de estatura promedio, cuerpo marcado por el trabajo, moreno, estaba ahí sin camisa y con unos boxers flojos,

Don Marcos aquí le manda mi papá su pala dice que gracias.

-Dile a tu papá que cuando la necesite aquí estará la pala.

 Y al parecer noto que yo solo le veía la entrepierna así que me dijo:

- ¿Y la novia?

- No, ¿cómo cree?, no tengo novia.

Yo, con una voz aún de nervios, él solo sonrió y me dijo;

- Esperemos pronto traigas a la novia, aunque si no es así, tampoco es un problema, algo se podrá hacer...

Y me miró fijamente, con una mirada de esas que te ven hasta los huesos, y para las cuales no sabes ni cómo responder porque te sabes expuesto. Solo pude sonreír nerviosamente y salí corriendo de ese lugar, mi corazón latía demasiado, y en mente solo tenía aquella imagen de él en boxer y sin camisa.

No volví a hablar con él, ya no lo busqué, tuve miedo de que al buscarlo algo malo pudiera ocurrir, algo para lo cual yo no estuviera preparado, aún así sabía que en el fondo me provocaba emociones muy intensas. A partir de entonces soñé varias veces con él, en situaciones muy comprometedoras, la última fue cuando lo soñé en un balneario cercano, un pequeño paraíso donde hay un río y el lugar tiene mucha vegetación, en mi sueño lo veo saliendo del agua y acercándose a mí, está totalmente desnudo y tiene un enorme y hermoso pene, pero tristemente en todos esos sueños siempre despertaba en esos momentos, cuando estaba a punto de tocarlo.

Pasaron los años y no volví a platicar con él hasta que un día hace poco a mis veintidos años regresaba de la universidad y pase por su casa y al voltear lo encontré sentado, sin camisa, pensativo y tomándose una cerveza en su jardín sin que me viera, ese día volví a sentir por él, lo que años atrás había sentido, tenía un deseo fuerte por verlo sin nada de ropa, pero la diferencia ahora es que yo estaba preparado para cualquier cosa que se diera con él. Llegué a mi casa y mis papás habían salido a hacer la compra de la semana, estaba yo solo, así que comencé a idear como acercarme a él, en el límite de su terreno con el de mi papá había unos árboles de guayabas así que me dispuse a pasearme por esa zona del terreno según yo cortando guayabas, hacía ruido para llamar su atención cuando de pronto lo veo caminando hacia mí, sus ojos con una mirada de complicidad, como si entendiera mis intenciones, yo estaba muy emocionado cuando detrás sale su esposa y me saludo de un gritó:

-Hola Ramiro corta muchas guayabas ya que solo se están cayendo, Marcos, ayúdale a llenar su cubeta.

Marcos solo sonrió, sin inmutarse, cortamos guayabas sin hablar mucho, cuando sale sus esposa y le avisa que iría a casa de su mamá y que regresaba más tarde, Marcos me vio y me sonrió como divertido y me dijo:

 -Ya nos quedamos solos.

Mi corazón latía a mil por hora, solo alcance a responder en voz baja:

-Es lo que quería...


Y al parecer me escucho porque fue ahí sin decir nada que se me acercó y me sobo la espalda y después bajo su mano tocando mi trasero, entonces vi como su verga se ponía dura bajo el pantalón, se veía dura y muy grande, yo sin saber que decir le di un beso, sí, besé sus hermosos labios, sí, yo con 22 años estaba besando a un hombre de más de 50, entonces estando tan cerca de él pude notar lo gran atractivo que era, un cuerpo maduro, fuerte, creado al calor del trabajo duro del campo, una piel morena suave y con líneas de expresión en el rostro, aún sin arrugas. Y un pelo que apenas tenía unas canas en las sienes. 

Ese beso fue mágico, sentí por primera vez su verga cuando comencé a tocársela mientras lo besaba. Pero entonces paro en seco el beso y me dijo que nos podían ver qué mejor nos metiéramos a su taller, donde además podíamos estar más cómodos, nos metimos y lo que paso ahí fue muy placentero para mí.

Comenzamos con besos apasionados, poco a poco él fue bajando a mi cuello, a mi pecho, se detuvo en mis pezones pasó su lengua una y otra vez y daba pequeñas mordidas que me retorcían de placer y regresaba a mis labios, nuestros labios se fundían entre sí, su lengua entraba y jugaba con la mía, yo estaba súper prendido así que bajo a mi verga y comenzó a lamerla por fuera tal como una paleta, me la chupo completamente, bajo a mis huevos y se los metió en su boca yo estaba tan excitado que estaba a punto de venirme así que le dije que casi terminaba, él se detuvo y se sacó la verga, era una cosa hermosa era como lo que había soñado antes. Sin dudarlo comencé a chuparla, la disfrute demasiado hasta que explotó en mi boca. Sin dudarlo me pase todo, era lo más rico que había hecho, él me paro y comenzó a chupar mi verga hasta que me vine en su boca, se tragó mi semen para después fundirnos nuevamente en un beso que duró varios minutos.

Me subí el pantalón y está vez no salí corriendo, las cosas habían cambiado entre nosotros, ya no era el niño o el adolescente del pasado, ahora me sentía un verdadero adulto, aún así tenía muchas cosas en que pensar, mi cabeza estaba inmersa en muchos pensamientos, él solo me dejó ir sin decir nada, pero una cosa si sabía y era que ese momento se iba a repetir y cada vez sería mejor.

Los días pasaron y de pronto un día mientras yo preparaba el almuerzo para mis padres y para mí, recibí un regaño de mi madre, me decía que andaba como ido, que cuál era la razón, "anda enamorado" dijo mi papá y yo solo alcance a sonreír, era obvio que el vecino me hacía sentir así, me asome por la ventana y lo vi salir como siempre tan quitado de la pena, haciendo sus cosas diarias, era evidente que sólo yo estaba impactado por lo que había pasado entre nosotros, él no. Pero esa noche lo volvería a ver de nuevo, teníamos que continuar lo iniciado días atrás...


Continuará…

Anónimo

Adaptación: Tigrillo Serch

23 de julio de 2020

Historias de homofobia


Historias de homofobia

Mi Tía

Me gusta recordar a mi tía como era en mi infancia, cuando parecía que la vida era fácil, que todo era bueno, cuando ella aún sonreía, cuando le gustaba bailar rock & roll y música disco, cuando la veía vestir pantalones acampanados y vestidos estampados con flores, cuando usaba el pelo largo arreglado de mil formas, cuando usaba maquillaje y se pintaba los labios, hoy ya no es más así, supongo que la vida nos cambia y nos hace ir perdiendo cosas de las cuales no nos damos cuenta, hasta que el peso de los años se nos viene encima.

Conozco la CDMX desde que era niño ya que en aquel tiempo mi tia trabajaba y vivía allá, en la Colonia Santa María la Rivera, muy cerca de la Alameda de Santa María. Las primeras veces que fui estaba en la primaria y me llevaban a visitarla, ella vivía sola en un cuarto de servicio que había sido acondicionado para renta en un viejo edificio de departamentos. Lo bueno de aquellos departamentos es que los espacios eran muy grandes en comparación con los actuales de 50 m2. El cuarto de servicio era muy grande, con un closet empotrado, en el cuarto cabía una cama, un sillón, una mesa, lo necesario para vivir cómodamente, y ahí visitaba a la tía. Cuando eran vacaciones la tía venía al pueblo y me llevaba a conocer la CDMX.

Mi tía era una mujer joven y bonita, pero era muy solitaria por una mala experiencia que había sufrido, según decían otros familiares. No tenía hijos, así que yo era el sobrino favorito y mi familia me dejaba pasar tiempo con ella. A la orilla del pueblo pasaba la carretera que llevaba a la CDMX y a veces, en vez de tomar el autobús, la gente se ponía a pedir aventón. Un domingo por la tarde mi tía regresaba a la CDMX y me llevaba para pasar unos días con ella. Como cualquier pueblerino, me gustaba ir para conocer la gran ciudad, los edificios, el centro histórico, los museos, el cine, Chapultepec, o simplemente los escaparates de las tiendas comerciales sin comprar nada, sólo viendo todo lo que era nuevo para mí. Un coche se detuvo a darnos un aventón. Iban tres personas, el conductor, copiloto y una persona más en la parte trasera del coche, por alguna razón me parecieron muy estrafalarios, era una mujer joven, con el pelo muy rizado. Mi tía no decía nada, pero la veía incómoda. Los que iban en los asientos de delante iban bromeando de cosas que no entendía pero iban molestando a la chica del asiento de atrás, recalcaban mucho que era “ella”, hasta que se enfadó y quitándose la peluca les dijo que él era hombre, entonces pude ver que quien yo pensaba era mujer era en realidad un hombre vestido de mujer. El resto del camino se fue quitando el maquillaje y los aretes para quedar como hombre. Entendí que los tres eran homosexuales y me dio miedo, por todo lo que había escuchado de ellos.

Al llegar a la ciudad mi tía pidió que nos dejaran en una calle cercana al metro y no dijo nada hasta llegar al departamento donde vivía, entonces comenzó a decir que esa gente era de lo peor, que eran unos enfermos mentales y el gobierno debería hacer algo para prohibir su comportamiento. Realmente se veía enojada, y siempre que salía a relucir algún homosexual reaccionaba con coraje. Durante mucho tiempo no pude entender el por qué de su reacción tan iracunda contra los homosexuales, sobre todo con las lesbianas. Y me daba consejos para que cuando fuera grande tuviera cuidado con “las mamarrachas”, que eran mujeres malas y que podían pelear como un hombre. Yo sólo la escuchaba sin entender bien.

Cuando estaba en la Secundaria se dio cuenta de que me gustaba dibujar y que tenía habilidades para los dibujos a lápiz. Entonces me platicó de un compañero de su trabajo con el que llevaba una buena amistad y que había muerto años atrás, nos decía que se había suicidado. Ella guardaba una foto de él y me pidió que, a partir de la foto, lo dibujara. Era una foto vieja en blanco y negro donde estaba un hombre joven de cuerpo entero en traje tomada de tres cuartos de frente. Durante varios fines de semana intenté dibujarlo una y otra vez, pero siempre me corregía algo, algún detalle que yo no alcanzaba a ver en la foto, pero ella que lo había conocido me señalaba los detalles de su rostro, de su mirada, hasta que pude entregarle un dibujo más o menos aceptable.

Pasó tiempo y entre una plática y otra até cabos y pude entender lo que había pasado. Mi tía había estado enamorada de uno de sus compañeros de trabajo. No tengo claro si tuvieron una relación seria pero en ese tiempo tenían un círculo de amistades en su trabajo, una de las amigas con las que tenían amistad era una lesbiana declarada, de comportamiento masculino y agresivo. Mi tía tenía una relación de noviazgo con su compañero de trabajo, salían juntos y hasta donde entiendo podía haber pasado algo más formal, pero algo pasó. Una vez la mujer lesbiana tuvo una fiesta a la que invitó al novio de mi tía, no sé por qué ella no fue, sólo él. La lesbiana tenía una pistola y entre un trago y otro comenzaron a jugar a la ruleta rusa. Al parecer nadie se dio cuenta que la pistola estaba cargada y cuando el novio de mi tía tomó la pistola y jaló el gatillo se mató. Ese evento la destrozó y la hizo desarrollar ese carácter agrio que hoy tanto la caracteriza. Ahí entendí su odio a los homosexuales y sobre todo a las lesbianas, siempre hablaba pestes de ellas por lo que pasó con su novio.

Fue mi tía quien me ayudó cuando hice examen para ingresar a la escuela rural donde pasaría siete años entre la Preparatoria y la Universidad, ella fue la que me acompaño a presentar el examen de admisión y con quien varias veces pasaba a visitarla. El tiempo y mi vida personal nos fueron distanciando, más cuando fui madurando y ella pudo darse cuenta que yo era homosexual. Hoy en día ella ya está jubilada, regresó al pueblo donde ahora vive, nunca se casó, sólo tuvo un hijo con el cual no se lleva bien. Ya no es como la recuerdo, el carácter se le fue haciendo más agrio, amargo, es como si la felicidad de los demás le diera no envidia sino coraje, como si por el hecho de que ella no pudo tener una relación nadie más la mereciera. Dejó de arreglarse y dejó de escuchar música, cuando voy a visitarla hay un silencio pesado en su casa, hablamos poco, hay temas personales que nunca tocamos, somos como dos extraños, sólo nos une el parentesco y el sentido de lealtad, pero cuando ocasionalmente nos vemos es algo muy forzado, ya no hay nada de aquél tiempo cuando yo era un niño que iba a descubrir la gran ciudad con sus escaparates llenos de luces y sonidos vibrantes, y mi tía me acompañaba siempre. Aún la recuerdo como una mujer sofisticada para mis parámetros de pueblerino bajado del cerro a tamborazos, ahí estaba mi tía quien me enseñaba lo que había de conocer de la ciudad, pero tristemente no pudo enseñarme cómo vivir. Eso lo hube de aprender por mí mismo, el resultado sé que no le gusta, pero ya estamos muy viejos para cambiar. Lo que soy fue lo que nos alejó, aunado a su experiencia personal con un amor de juventud frustrado…



Mi vecina

En el tiempo en que entré a la Preparatoria tenía que viajar desde mi pueblo a la Ciudad de México, cruzaba una parte en metro y tomaba otro autobús para llegar a la escuela. Venía cada fin de semana a mi pueblo, por lo que viajaba cada semana de mi pueblo a la CDMX, mucha gente del pueblo iba al entonces DF a comprar mercancía, a trabajar, ó a estudiar. Muchas veces el camión se llenaba y teníamos que irnos de pie, sujetándonos a los tubos o al portaequpaje. Las visitas a mi tía se iban haciendo más lejanas.

Cierto día al tomar el autobús, éste ya iba lleno y fui de los últimos en subir, me quedé muy cerca de la entrada donde iba el chofer, a un lado iba una mujer joven, de tez blanca y cabello pelirrojo ensortijado, muy alegre, platicando a voz alzada con el chofer, al parecer lo conocía ya que le hablaba con mucha familiaridad, era algo mayor de edad que yo, en algún momento al verme comenzó a platicar de los putos con el chofer, diciendo que ella estaba bien buena y bonita, que a podía gustarle a cualquier hombre, mientras se tocaba el busto y se lo acercaba al chofer pero dirigía su mirada hacía mí, no le hice caso, me parecía una plática y un comportamiento muy vulgar, ella se dio cuenta que yo no le hacía caso y entonces le dijo al chofer que, a menos que el tipo fuera puto entonces no le iba a hacer caso, al tiempo que ambos soltaban la carcajada mientras dirigía su mirada hacia mí, el chofer se rio también. No le hice caso, el viaje llegó a su fin y no la volví a ver en mucho tiempo.

Han pasado años, hoy regresaba del trabajo y me la encontré en la calle mientras me estacionaba para abrir el portón, escuché un chillido, paré el coche y la vi por el espejo retrovisor. El tiempo pasó en un parpadeo, resulta que se casó con uno de los vecinos de la misma calle donde vivo, pero como no hablo con nadie no sé de la vida de ellos, sólo cuando escucho las pláticas de la familia. Ella ya es una señora de edad, todo lo bueno que decía tener en aquel tiempo se ha ido, engordó mucho, la papada se le soltó, sus carnes se han soltado, hay arrugas. Iba con su hijo, tiene parálisis mental, el chillido era de él, es su forma de comunicarse, camina con dificultad, no puede articular los movimientos con sus manos. Bajé del coche, la vi y abrí la puerta de mi casa, ella me miró por un momento sin saludarme, pude ver que su mirada ha perdido el brillo que le vi ese día en el autobús. Seguramente sabe de mí, al paso de los años habrá comprobado lo que soy, pero la vida tiene una forma muy curiosa de darnos cuenta que, después de todo, aún hay cosas peores para un homofóbico que ser un puto….

Por: Martín Soloman



28 de mayo de 2020

Solo fue un sueño


Soñé un mundo al revés...

Tuve un sueño extraño en el que pasaba algo entre un tío y yo. El problema es que no nos caemos bien, en la vida real es incluso tan homofóbico que creo que le doy asco, yo también lo desprecio por la forma en que me trataba siendo más joven. Él salió de la casa paterna desde muy joven para estudiar en el Colegio Militar, donde hizo una carrera, desde entonces se ausentaba largos períodos de tiempo, muy de vez en cuando regresaba algunos días para visitar a sus padres, mis abuelos. Recuerdo que en esas ocasiones y conforme yo iba creciendo y haciéndome adulto, se quedaba en silencio mirándome, y podía yo ver en sus ojos lo que sentía por mí al saber que no tenía novias y que no me casaba, era como si supiera lo que yo era, notaba su rechazo, su odio. Pero en éste sueño tengo otros sentimientos, es como un mundo al revés donde puedo sentir la gran atracción que al parecer hay entre nosotros dos, ahí él es un hombre más joven de unos 30 años, atlético y con el rostro que vi en una foto de su juventud, como lo recuerdo vagamente que era a esa edad, muy atractivo y varonil, nada que ver con lo que es ahora, un hombre viejo y desgastado por el trabajo pesado, él es ahora militar retirado y vive con su esposa e hijos en otro Estado.
 
En el sueño todo empieza en la casa de la abuela que necesita reparaciones, estamos varios familiares y yo estoy ahí ayudando en una especie de labor como chalán de albañil, como lo fui en la vida real. De pronto todos comienzan a irse porque creo que la abuela nos dice que vayamos a comer con otra tía y entonces nos dejan solo a nosotros terminando algo, cuando de pronto nos encontramos en la casa en construcción nos miramos y sentimos una gran atracción que hace que nos acerquemos lentamente y comencemos a besarnos apasionadamente. Cogemos ahí mismo, él me ofrece su trasero firme y yo lo penetro, lo gozo en extremo y a partir de ese momento comenzamos a vernos a escondidas de la familia y vivimos un romance prohibido.

Al parecer, poco a poco vamos conociéndonos en esas facetas que antes no veíamos y nos desnudamos de los prejuicios que antes nos habían separado, el resultado es una mayor atracción entre nosotros, una conexión que jamás había sentido antes con otra persona, resalta para mí lo irónico que es este amor por alguien que ya conocía, que era parte de mi vida pero que no había contemplado como un posible candidato como pareja, quizá por los tabúes.

Cada vez que en el sueño nos encontramos siempre en escenarios diferentes de mi vida, lo veo como un hombre muy atractivo y afín, entonces siento una angustia terrible porque alcanzo a darme cuenta que es sólo un sueño y que jamás podré encontrar a una persona como esa en la vida real, que es para mí la pareja perfecta, porque en ese sueño él es el hombre de mi vida, el único con el que quiero estar.

Despierto y me siento angustiado por el gran contraste entre la realidad y esa fantasía de mi sueño que por primera vez he experimentado. Me despabilo un poco y entonces suena el teléfono de la casa... Es mi tío, el del sueño, preguntando por la abuela, extrañamente está de buen humor al hablar conmigo y me dice que la visitará, eso significa que nos veremos porqué yo estoy con ella.

Cuando el viene a casa, lo dejo hablar con la abuela, ella ya está muy vencida por la edad y a veces le cuesta trabajo reconocer a las personas, él trata de platicar con ella mientras yo preparo algo de beber y pienso que quizá ese sueño significa algo para mí, algo que no estoy viendo y trato de encontrarle un sentido de utilidad, algo más allá del simple placer sexual o de mis expectativas de tener una pareja. Finalmente creo entender que mi inconsciente me trata de hacer ver qué no puedo seguir odiando a una persona que es parte de mi familia y que debo resignificar lo que siento por él, me doy cuenta que ahora él es un hombre mayor que merece más respeto y bondad de mi parte, sin olvidar el pasado, pero si perdonando lo malo que creo me ha hecho y me resuelvo a mostrarme más apacible con él desde ese momento.

Termino de preparar un agua de sabor y le llevo un vaso a mi abuela y un vaso a él, cuando le doy el vaso, él roza su mano con la mía y recuerdo el sueño en el que estamos abrazados acariciándonos, él se da cuenta que algo me ocurre y me pregunta si pasa algo. Le digo que acabo de recordar que tengo guardadas unas galletas muy buenas en la alacena, que voy por ellas.

No, no hay sexo entre nosotros en la vida real, nunca hubo incluso un pensamiento en tal sentido o una insinuación, pero si se da un gran cambio en mi mentalidad. Ese sueño me permite ver a esa persona de una forma distinta, más humano, y me doy cuenta que es posible cambiar la forma en la que percibimos la realidad tan solo haciendo modificaciones a nuestras ideas, esas ideas tan arraigadas que hemos cultivado por años y que han abierto tantas grietas en nuestra relación como familiares, tanto rechazo, tanto odio acumulado que al final no tiene ya sentido. Claro que esto no aplica para todo, pero abre ante mí un nuevo mundo de posibilidades donde perdonarnos sea posible.

Ver las personas y las cosas de otro modo supone ya de por si un gran cambio y bueno en mi caso creo que realmente no podría tener sexo con mi tío, al menos no conscientemente, pero ¿y ustedes? ¿han tenido sueños parecidos? ¿sería posible algo así en sus vidas?...                                 

Por: Tigrillo Serch




7 de abril de 2020

A mis diecisiete


Desde los catorce años mis padres me enviaban de vacaciones a un ranchito de mis abuelos en Jonacatepec. Más que vacaciones eran unas friegas porque debía levantarme a las cuatro de la mañana y ordeñar a las dos vacas que mi abuelo tenía y luego acompañarlo a la siembra. De ahí regresábamos ya como a las dos de la tarde y comíamos lo que mi abuela había preparado. Algunas veces cuando había con quien enviaba el almuerzo a la siembra por ahí de las diez u once de la mañana. Cuando no, pues ni modo hasta la comida.

En ese entonces no existían las tomas de agua en cada casa, por lo que en el canal de riego cercano, como a un kilómetro de distancia había que ir a lavar y bañarse. Las señoras y los niños durante el día, los hombres en la noche. Así que después de la comida una siesta y en la noche a bañarse. Casi siempre íbamos en grupos de cinco o seis o más por cualquier animal o situación peligrosa que pudiera darse. La verdad es que a mí nunca me toco nada malo.

Un día en que nadie fue a bañarse y que el calor había sido muy duro, me sentí sudado, con mal olor y  me dirigí solo, llegué me encueré y comencé mi baño. Como a los cinco o diez minutos llegó otro joven de mi edad más o menos, (ya para entonces tenía 17 años) y este compa pues también se desnudó y comenzó a bañarse. Ya en el momento comenzó la plática normal. Me dijo que él era de la comunidad, ahí vivía con sus padres y hermanos, era huérfano de madre, por lo que ayudaba en el campo y en su casa porque era el mayor de sus hermanos. Cuando terminamos el baño, no había toalla, sólo la ropa que llevábamos puesta. En eso que me dice:

-          Oye
-          ¿qué  onda?,  le contesté
-          ¿Quién tendrá la verga más grande tu o yo?
-          No mames, yo no le hago a eso. Le contesté
-          No, mira aquí entre compas
-          Hizo el intento de agarrarme la verga pero yo me retraje y me hice a un lado
-          No me gusta, no sigas.
-          Mira ya se me paró, me contestó
-          No, no me late, gracias

Hizo un segundo intento y finalmente me la agarró. Yo ya estaba con el calzón puesto, era una truza. Al sentir su mano, la verdad sentí algo distinto. Era la primea vez que alguien me tocaba de esa manera y la verdad si me excité y se me paró luego luego, de volada como decimos por acá. Al notarlo él, obvio lo hizo con más intensidad hasta masturbarme. Cuando finalmente me vine en su mano, la verdad sentí delicioso y me gustó. Terminó de masturbarse se vino, me enjuagó la verga y nos vestimos. Por el camino me platicó que sólo había hecho la primaria, cuando falleció su mamá por un parto mal atendido. De ahí se hizo cargo con su papá de sus cinco hermanos y hacía de todo, lo mismo el campo que el mantenimiento. Atendía dos casas de familias que sólo venían a Jonacatepec de vez en cuando y hacía la jardinería y el mantenimiento.

Llegamos hasta la casa de mis abuelos y nos despedimos. Pasaron como cuatro días de esa experiencia y una noche, como a las nueve, cuando mis abuelos ya dormían, escuché una piedrita en la ventana de la habitación donde dormía. No me preocupe en salir hasta la segunda vez. Cuando abrí la ventana  lo vi sonriendo y me dijo en voz muy baja.

-          Mira, traigo unas chelas bien frías, ¿no gustas una para el calor?
-          Ya mis abuelos están durmiendo, mejor otro día
-          Ándale están muy frías bien ricas. Son muchas para mi solo
-          Está bien. Voy a salirme pero no aquí en la puerta porque si oye mi abuelo va a salir y si se da cuenta quién sabe cómo nos vaya. Mira nos vamos al cobertizo, donde están las vacas y la pastura ahí vamos a tomárnoslas.
-          Está bien donde tú digas

Pues dicho y hecho, nos fuimos en silencio al cobertizo, estaba a oscuras. Comenzamos a tomarnos la primera y la segunda platicando siempre muy quedo, para no hacer ruido.  Yo temía que mi abuelo despertara y saliera a buscarme al no verme. Platicamos de puras tonterías y ya por la cuarta cerveza me dijo:

-          Oye y que te pareció lo del otro día
-          ¿Qué?
-          Pos sí, el día del baño cuando nos conocimos
-          Creo que estuvo chido después de todo. Le contesté

La verdad es que para ese momento se me empezó a parar la verga y creo que él lo presintió. Sin decirme nada simplemente me la comenzó a sobar por encima del pantalón y me dijo:

-          A mí la verdad me gustó mucho
-          La neta yo me saqué de onda al principio pero después ya me gustó
-          Nunca nadie me había agarrado ni me la había chaqueteado, la neta sentí rico
-          ¿así como ahorita?
-          Si, así como ahorita

Para eso ya me había metido la mano al calzón y la sacó. Me masturbaba con mucha pasión pero a la vez con cuidado. En una de esas, yo me bajé el pantalón y el calzón. Cuando el vio eso hizo lo mismo. Acercó su cara a la mía, y me dio un beso que la verdad, no sé ni que sentí en ese momento, solo me dejé llevar por el impulso. Sus labios carnosos morenos, su aliento cálido, nos fundimos en un beso largo, entrelazamos nuestras lenguas, le pasé mi saliva, me pasó la suya y los dos teníamos una erección que presagiaba algo más. Me quitó la camiseta, comenzó a lamer mis tetas, mi ombligo, olió mis pelos pubianos, y finalmente comenzó a lamer mi verga por fuera, como si fuera una paleta de dulce. Sentí muy rico  una sensación que me causó deleite, gusto, nos besamos varias veces más y repetía la operación de lamer mis chichitas, mi abdomen y finalmente se clavó sobre mi verga. Nunca me la había mamado nadie. Esa primera vez fue indescriptible el placer. Lo hacía con tal fruición, con tantas ganas que me excitó demasiado. Se bajó a mis huevos, los comenzó a lamer, se los metía en la boca, los ensalivó y los dejó mojados de su saliva. Volvió a besarme con tal furor que la verdad nunca había sentido eso, era mi primera experiencia, muy rica, un placer desconocido para mí hasta ese momento.

Después de eso, volvió a bajarse a mamar hasta que me vine en su boca. Yo ya me había masturbado por lo que sabía la sensación de terminar, pero ese día fue distinto. Nunca había terminado en la boca de alguien. Se me hizo delicioso. Cuando expulsé todo el semen se lo tragó, no lo tiró. Limpió con su lengua las gotitas que quedaron, se las comió y después de eso otro beso que la verdad no hice ningún intento por desechar. Sentí su aliento y el sabor de su lengua con una mezcla de cerveza, semen, calor y pasión. Muy rico. Terminamos nuestras cervezas, nos vestimos y antes un beso más de despedida, largo, pasional de lengüita y salivita, rico.

Pasó una semana en que no nos vimos. Un domingo día de plaza en Jonacatepec, acompañé a mi abuela a comprar los víveres de la semana y cargar la canasta. El sol arreciaba, la misa de 12 había comenzado y nosotros en el mercado, uno de esos antiguos que era un gran solar techado y nada más, sólo con instalaciones para las carnicerías. Ahí me lo encontré.

-          Blas, ¿Qué andas haciendo por aquí?
-          Nada Hermi, vine igual que tú a hacer el mandado y me regreso.
-          A qué bien, yo vine con mi abuela y también ya casi nos vamos
-          A ver si nos toca irnos en la misma combi al pueblo
-          Si me gustaría, claro.

Pues dicho y hecho, nos fuimos de regreso en la misma combi, apretujados entre bultos, canastas, niños llorones, señoras gordas y con un calor tremendo. Después de un trayecto de veinte minutos llegamos. A descargar todo. Ya al despedirnos le dijo a mi abuela

-          Jefa, Hermi y yo somos buenos amigos ¿le permitiría ir a mi casa más tarde? Usted conoce a mi jefe, somos buenas personas no le hacemos mal a nadie.
-          Está bien, ¿cómo a qué horas?
-          ¿Le parece bien como a las cinco?
-          Está bien, nomás no se desvelen mucho porque mañana hay que pararse temprano.
-          No jefa, claro que no
-          Y nada de andar haciendo cosas malas, buya a los vecinos o algo de lo que se puedan quejar
-          No, jefa desde luego que no

Con una mirada de complicidad me dijo:

-          Te espero a las cinco en mi casa.
-          No sé dónde vives, le contesté
-          Ah, de veras. Entonces paso por ti, con su permiso jefecita
-          Si, está bien muchacho,  respondió mi abuela

Todo el rato que medió entre las dos y las cinco de la tarde, no se me quitaba del pensamiento la experiencia última, la mamadota que me había dado. Apenas podía contener la erección que me causaba recordar eso, pero era un pensamiento que no se me iba de la cabeza. A las cinco en punto ahí estaba Blas. Tocó la puerta, salió mi abuelo y le dijo

-          Qué pasó, dime
-          Vengo a saludar a Herminio, la jefa le dio permiso de ir conmigo a mi casa. Vamos a cazar aunque  sea lagartijas.
-          Mujer, ¿tú le diste permiso al muchacho de salir?
-          Ah, sí viejo, yo les di mi permiso, pero si tu te opones no he dicho nada
-          No, está muy bien váyanse con cuidado.

Me salí de inmediato, la verdad ya con la verga parada y en un tramo del camino cuando vi que no había gente le dije:

-          Mira nomas cabrón como me tienes, aquí con la verga bien parada babeando, no manches, no me la jalé porque quiero que tú lo hagas.
-          Mi amor —cuando me dijo así, sentí campanitas— que rico yo también estoy así, esperando la hora para verte, abrazarte, besarte, tenerte junto a mí, respirar el mismo aire, sentir tu boca con la mía, todo mi amor.

Esas palabras me prendieron más, quería allí mismo agarrarlo y abrazarlo, pero me contuve. Caminamos más de un kilómetro y nos metimos por un maizal. Las milpas ya estaban altas, más que nuestra estatura. Ahí si lo agarré lo abracé y le estampé un besote que a mí me supo rico y delicioso. El me jaló más hacia dentro del maizal hasta donde el creyó que nadie nos vería. Ahí ya besándonos juntando nuestros cuerpos y vergas bien erectas nos besábamos una y otra vez, no sé cuántos besos. Me desabrochó el pantalón, lo bajó y comenzó a lamer mi verga sobre el calzón, yo sentía delicioso, era una forma nueva para mí de conocer a alguien de sentir eso que nunca había sentido con nadie. Le quité su camisa comencé a besarle el cuello, a mamar sus chichitas, lamer su ombligo oler sus axilas con olor a sudor de campo, seguimos besándonos restregando nuestras vergas la una con la otra. Me bajó el calzón, se hincó y a mamarla toda y los huevos también. Al cabo de unos minutos exploté en su boca, me salió todo. Una vez más se lo tragó y luego se levantó para fundirnos en un beso largo, muy largo.

Cuando finalizó el beso, me incliné a subir mi calzón y sin decir palabra, simplemente se volteó y repegó sus nalguitas a mi verga, volteó su cabeza y me tomó del cuello para darle otro beso que con cariño y pasión le di, otra vez erección total, pero esta vez me ofreció lo más íntimo. No retiré mi verga de sus nalgas y simplemente al oído muy quedo me dijo: soy tuyo mi amor, todo tuyo, solo para ti. No supe ni que contestar. Es instinto animal me nubló cualquier pensamiento. Intenté penetrarlo pero no pude a la primera. Se bajó me la mamó y luego con su mano se abrió para que pudiera entrar mi falo en él. Nuevamente una sensación distinta, algo desconocido para mí. Su cavidad estrecha estaba calientita, húmeda, olorosa a él. No sé qué tenía pero su culito jaló mi verga toda y pronto estaba toda dentro de él. Perdí la noción del tiempo, no sé cuantos minutos pero sentí que ya iba a explotar nuevamente quise sacar mi falo y le dije:

-          Ya me voy a venir
-          No, no, la saques échame tus mocos dentro mi amor, dámelos todos quiero sentirte todo, dame todo mi amor, por favor.

Pues con esa autorización desde luego seguí hasta que concluí todo dentro de él. Al terminar se volteó para darnos un beso largo. Nos habían dado ya las seis de la tarde el sol comenzaba a descender en el horizonte. Volvíamos a nuestra casa, pero a mí no se me quitaba la calentura. Otra vez estaba erecto. Recordaba cada cosa, cada momento. Blas lo notó y me comenzó a agarrar la verga en el camino, pasamos por un promontorio y le pedí:

-          Mámamela mi amor.
-          Me contestó claro mi cielo lo que me pidas.

Nos metimos entre la hierba y ahí mero se hincó nuevamente hasta que terminé una vez más en su boca. Pasaron las siguientes semanas en que buscábamos pretextos para estar juntos, a veces cuando podía me iba a ayudar a mis trabajos con mi abuelo y luego dizque nos íbamos a jugar. Terminaron esas vacaciones para mí inolvidables y únicas. Después pedía a mis padres permiso para cada fin de semana irme al rancho de mis abuelos. Quise a Blas y creo que lo sigo queriendo después de tantos años.

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