17 de agosto de 2016

Acúsome Padre pues he pecado


No soy afecto a ir a las iglesias, pero esta vez había un motivo. Encaminé mis pasos hacia la parroquia, en una de las calles de una de tantas colonias populares de la Ciudad de México, no había algo particular que la identificara, era una construcción reciente, no muy grande,  los muros estaban pintados de blanco con detalles en color azul claro, las rejas metálicas pintadas de blanco estaban abiertas, caminé por el patio hacia la iglesia, alcanzaba a escuchar la voz del Padre Artemio quien a través de un micrófono oficiaba la misa, entré y me senté en una de las primeras bancas de la entrada. Ahí estaba el Padre Artemio, vestido con una sotana blanca y una estola al frente que le cruzaba el cuello, dirigió su mirada hacia mí y entonces me reconoció, esbozó una ligera sonrisa e hizo un leve movimiento de cabeza sin interrumpir su prédica. Le devolví la sonrisa y esperé a que la misa terminara para hablar con él.

Era el año 2005, hacía algún tiempo había conocido a un tipo que tenía una relación abierta y hacía reuniones en su departamento junto con su pareja, siempre me habían dado desconfianza ese tipo de reuniones principalmente por el hecho de que pudieran obligarte a hacer algo que no quisieras o que te forzaran a tener sexo con alguien que no te gustara, pero me dijo que a sus reuniones solo iba gente de apariencia machín y que fuera jaladora, así que después de varias invitaciones decidí ir, me dijo que podía llevar lo que quisiera llevar para tomar y que podía hacer hasta donde yo quisiera, que no había problema si solo quisiera ver. Recuerdo que en aquel tiempo me gustaban las caribe cooler y llevé varias, el ambiente me gustó, la casa tenía una iluminación discreta, tenían una sala donde estaban los invitados, todos en ropa interior, ahí se podía platicar y tomar un trago y habían acondicionado un cuarto para tener sexo, era como un cuarto oscuro apenas iluminado con una luz de noche que permitía ver lo que los invitados hacían, y eventualmente tomar parte.

En alguna de las veces que fui, llegó un señor como de cuarenta años, desde que lo vi me llamó la atención, y no por su físico, sino porque a pesar de no ser tan grande de edad se vestía de forma peculiar, usaba una camisa guayabera de manga corta abotonada casi hasta el cuello y un pantalón de vestir que le quedaba bastante holgado, los zapatos iban muy bien lustrados y su ropa era muy limpia, sin manchas o arrugas, eso lo hacía ver aún mayor de lo que era. Se comenzó a desvestir, debajo de la guayabera llevaba una camiseta blanca con mangas y usaba boxers de los “matapasiones”. En cuanto a su físico, era algo gordito, muy velludo, el pecho, los brazos, las piernas, tenía vello hasta en la espalda, solo se dejaba el bigote. Me acerqué a él y le pregunté si quería tomar de lo que yo tenía, me dijo que no tomaba y que un vaso con agua estaba bien, lo vi de cerca y me agradó, le dije si quería ir al cuarto oscuro y asintió con la cabeza.

Quedamos de frente, estábamos excitados, él me tocó el miembro por encima de la truza y me apretó, luego fue bajando hasta quedar de rodillas y con los dientes tomó el elástico de la cintura para bajarme la truza, quedando mi miembro erecto frente a su rostro, lo miró un momento y después acercó su boca. Era realmente bueno en lo que hacía, era capaz de estar mamando mucho tiempo sin cansarse y sin que disminuyera el ritmo con el que lo hacía, mientras se masturbaba de vez en cuando. Al cabo de un rato decidí salir por un trago, él se quedó dentro buscando alguien más para seguir teniendo sexo oral. Al poco tiempo regresó a la sala, ahí nos saludamos, me presenté y él también, dijo llamarse Arturo y ser amigo de los anfitriones desde hace algún tiempo, ser Maestro y dar clases en una primaria, realmente esos detalles no tenían importancia, finalmente la fiesta era para tener encuentros ocasionales y no para encontrar el amor de tu vida, solo era pasarla bien y después, si nos encontrábamos en la calle no nos saludaríamos.

Lo vi varias veces en el departamento de mis amigos, cada vez veía más detalles en él que me parecían peculiares, por ejemplo al desvestirse tenía una rutina muy específica para quitarse la ropa e irla acomodando en un gancho para ropa donde ponía el pantalón bien doblado y la camisa guayabera, estoy seguro que nunca le vi otro tipo de camisa que no fuera guayabera, siempre iba bien peinado y lo único que hacía era sexo oral. Y al parecer conocía gente, a veces llevaba a algún amigo suyo a las fiestas, generalmente pasivos, era como una complicidad donde él buscaba activos en la fiesta para hacerles sexo oral y si el activo quería penetrarlo entonces ponía a su amigo para que se lo cogieran, él ya había hecho sexo oral, a mí me pasó eso en algunas ocasiones en que quise penetrarlo, me rechazó cortésmente y me ofrecía a su amigo. Luego ambos se iban.

Algunas veces platicábamos en la sala, eventualmente tocábamos algunos temas en los que pareciera que alguien tan liberal como nosotros que teníamos sexo en grupo podía estar de acuerdo, como el caso del matrimonio y la adopción por parte de homosexuales, en cierta ocasión estábamos platicando acerca de lo que pasaba en otros países donde ya había algunos avances y recuerdo que Arturo nos dijo, con voz firme y en un tono más alto que el que le conocíamos, que él no creía en las uniones entre homosexuales y que definitivamente estaba en contra de la adopción por parte de estos, y ponía como ejemplo a los que estábamos ahí en calzones dispuestos a tener sexo con desconocidos, él decía que por eso gente como nosotros no podía tener una relación estable, que éramos una bola de promiscuos y que pobre del niño que fuéramos a adoptar. Y generalizaba, decía que todos los homosexuales que él conocía eran así.

Nadie quería entrar en polémica, y aunque teníamos otras ideas y no creíamos que fuera bueno generalizar, finalmente no estábamos ahí para discutir sino para coger. Así que optamos por tomar un trago y dirigirnos al cuarto oscuro, él nos siguió y todo quedó olvidado. Me recosté en la cama con el miembro erecto apuntando hacia arriba, Arturo se me quedó viendo y fue bajando hasta envolver  mi verga con sus labios. Alguien más se recostó junto a mí con el miembro erecto, Arturo se dio cuenta y comenzó a mamar con devoción ambas vergas, mientras lo hacía con el otro amigo pude ver su cara, realmente lo disfrutaba, algunos cuando lo hacían cerraban los ojos, otros miraban a la cara, pero Arturo tenía una mirada extraviada, miraba a ningún lado, casi como si pusiera los ojos en blanco, y nunca se cansaba de hacerlo.

Así pasaba el tiempo, sin embargo nunca lo vi fuera del departamento de mis amigos, de alguna manera cuando íbamos allá ambos nos buscábamos, a mí me gustaba cómo me hacía sexo oral y supongo que a él le gustaba hacérmelo. Cierta vez estaba yo en la sala cuando al poco tiempo de llegar Arturo tuvo que retirarse, me dijo que había tenido una situación familiar y que le habían hablado. Se estaba cambiando sentado junto a mí con la misma peculiaridad con la que se desvestía, se ponía cada prenda con mucho cuidado, cuidando de no arrugar la ropa y se peinaba impecablemente. Luego se fue, yo me quedé un rato más tomando unos tragos y entonces, al pasar mi mano al sofá para levantarme encontré un celular, era de Arturo, seguramente con la prisa al irse y con esos pantalones tan flojos se le había caído.

La curiosidad me hizo revisarlo, no estaba bloqueado y vi de rápido la lista de contactos: “Parroquia…”, “Sacristía…”, luego vi algunos mensajes que le habían enviado: “Padre Artemio, la misa de hoy…”, y así varios mensajes más. Arturo no se llamaba así, su nombre real era Artemio, y era sacerdote. Dejé el teléfono ahí y me dirigí al cuarto oscuro, al poco tiempo tocaron a la puerta del departamento, era él, Arturo ó Artemio, alcancé a escuchar que preguntó si no había dejado ahí su celular, mis amigos lo buscaron en el sofá, lo encontraron y se lo dieron, él lo agradeció y se fue. Yo me quedé dentro. Ahora entendía muchas cosas de su comportamiento.

Dejé de ir a las fiestas de casa de mis amigos, por diversas causas, pero aún recordaba a Arturo, como yo lo conocí. Cierto día se me ocurrió buscar la parroquia cuyo nombre había visto en su celular, tardé algún tiempo en encontrarla, estaba cerca del depa de mis amigos a los que ya no visitaba. Y ahí estaba yo, en la iglesia, esperando que el Padre Artemio concluyera la misa, al parecer no le había sorprendido verme cuando me reconoció.

La misa había concluido, algunas señoras con velo en la cabeza se le acercaban mientras él les ponía una hostia en la boca, me acerqué esperando ser el último, fue mi turno y entonces le dije “Acúsome Padre, pues he pecado…”
  

Por: Martín Soloman

7 de agosto de 2016

Feliz Cumpleaños

El tiempo es un concepto muy relativo, y para algunos ciertas cosas quedan grabadas para siempre, se dice que hay amores que duran toda la vida, pero también hay rencores que, como profundas heridas, no cicatrizan fácilmente.

Esa mañana me sentía muy mal, toda la noche anterior había sufrido los estragos de una fuerte fiebre que ya había cedido, pero estaba convaleciente y añoraba mis días de niñez cuando estaba enfermito y mama dulcemente me trataba con cariño, mientras me daba mi medicamente y me preparaba la sopa que tanto me gustaba. Me encontraba solo, mi esposa había salido desde temprano a trabajar, le dije que ya me sentía bien pero que me tomaría el día, no quise alarmarla. Salí a buscar algún medicamento, la mañana era fría y solo veía la calle desolada mientras me dirigía  a la farmacia más cercana. El frio viento de invierno me golpeaba el rostro y me provocaba unas lágrimas, sin duda mi aspecto era triste. Y más porque sabía bien que llegaría al departamento donde vivíamos y estaría solo. Hacía poco menos de un año que me había casado por insistencia de mi familia, mis padres me decían que no podía llegar a los 30 años siendo soltero y yo nunca les dije mi orientación sexual real, mi gusto por otros hombres, siempre lo mantuve oculto, en el closet, hasta que me vi presionado a casarme. Las cosas iban regular, realmente me esforzaba por llevar bien la relación y durante ese tiempo me había alejado de lo que era.

Estaba saliendo de la farmacia cuando de pronto se me acerco un hombre, aproximadamente de mi edad. Me llamo por mi nombre y antes de que pudiera protestar que no lo conocía, me dio un fuerte abrazo, que disfrute mucho (él era atractivo, muy varonil), me dijo que me veía muy mal, que parecía que iba a caer. No sé si fue por lo mal que me sentía, que acepte me acompañara a mi departamento. Cuando llegamos a la puerta, le pregunte que amigos teníamos en común, me hablo de mi época de secundaria, y al parecer sí tuvimos los mismos compañeros, pero a él no lo podía identificar. El cansancio me venció y me quedé dormido en el sofá, cuando desperté estaba cubierto con una manta, me sentía aún muy adormilado y aun sentía el cuerpo cansado. Pero escuche que alguien hablaba en la cocina, recordé al hombre que había conocido en la calle, decidí escuchar lo que decía al celular, hablaba con alguien al que le decía que estaba en casa de un viejo amigo que se sentía muy mal y que lo estaba apoyando con la comida. En ese momento me llego un delicioso sabor a sopa y poco después apareció con un plato. Le volví a preguntar quién era, y solo me decía que era Federico. Sin embargo, por más que me esforzaba no podía recordarlo, decidí fingir que de pronto sabía quién era, ya estaba en mi casa y me sentía aún muy débil e indefenso. Tome mi sopa mientras platicaba con él, hablamos de anécdotas, de lugares y de personas en común de cuando éramos estudiantes, definitivamente si había estado en mi época, vagamente lo identifique como un compañero que iba en otro grupo y con el cual quizá habíamos tenido poco contacto, pero no estaba seguro, sin embargo la plática se centró más en lo que éramos actualmente, le dije que estaba casado y me pareció ver una sonrisa en su rostro, no supe cómo interpretarla, sin embargo olvide ese detalle, porque de inmediato cambio la conversación.

Me dijo que se tenía que ir pero que le gustaría estar en contacto conmigo, le pedí que me dejara su número de celular y que yo lo buscaría, lo escribió en un papel y me lo dio. Al día siguiente me levante muy temprano para ir al trabajo, no recordaba lo del día anterior, tenía mucha prisa, pero cuando regrese a casa por la tarde, nuevamente vi el papel con su número de teléfono, me quedé pensando en si debía llamarlo o no, tenía firmemente grabado en mi mente que no era alguien físicamente desagradable. Pasaron varias días y durante ese tiempo lo ignore, sentía desconfianza, pero al recordar lo que había pasado y que no había peligrado mi persona, decidí buscarlo para agradecerle, algo dentro de mí me impulsaba a buscarlo y creo que no era solo curiosidad. Aun me intrigaba saber si era quién yo pensaba, pero la verdad es que siempre he sido malo para recordar nombres, de hecho no recordaba los nombres de la mayoría de mis compañeros, pero si recordaba sus apodos, de hecho yo era quien les había puesto la mayoría de ellos, tenía un ingenio para hacerlo, quizá como una forma de distraer la atención que había sobre mí, debido a mi preferencia sexual distinta, hacia otros de mis compañeros con alguna característica que fuera más visible y buleable que la mía.

Ya no recordaba bien su rostro después de varios días, lo había visto una vez y solo recordaba que era guapo. Decidí verlo nuevamente, hicimos la cita en un lugar público y cuando se presentó, me impacto, iba muy bien vestido, de verdad era muy varonil, me preguntó cómo seguía de salud, y de ahí pasamos a otros temas más personales, no era difícil imaginar que yo le atraía por la forma en que me miraba y no sé en qué momento comenzamos a coquetear, me dijo abiertamente que yo le gustaba, me sorprendí, la verdad es que no esperaba involucrarme con alguien de mi mismo sexo tan pronto, todavía ni tenía un año de casado, y desde ese suceso había dejado mi vida anterior y había decidido no tener más sexo con hombres, y lo había cumplido… hasta ese día. Me vio titubeante y me invitó a un hotel, diciendo que no pasaría nada que no quisiera, tal vez solo platicaríamos, quise poner pretextos pero me encontré con esa sonrisa de dientes blancos bien alineados, y accedí. Iba bastante nervioso, pero en el hotel  me dio una revolcada de aquellas, como hace tiempo no me las habían dado ya. Nos seguimos viendo muy seguido, y con cada ocasión mis defensas se fueron bajando. Solo me importaba verlo. Las conversaciones por whatsapp eran diarias, había amor, era el hombre de mi vida.

Una noche mientras dormía, tuve un sueño de mi época de estudiante y lo vi, pero había algo raro en él, parecía ser alguien que no era cercano y no aparecía ante mí como alguien muy atractivo. El tiempo pasó y olvide ese sueño, ya teníamos casi medio año viéndonos. Y de pronto sentí que había un cambio en su persona, parecía como si ya no fuera muy autentico cuando me decía que me amaba. Entonces, su rostro se me hacía familiar, como si realmente lo hubiese conocido mucho antes, pero eso es lo que él siempre me decía, pensé que solo se trataba de eso y en algún momento lo recordaría. Comenzó a distanciarse, pero aún me buscaba de vez en cuando, yo le hacía escenas de celos y él siempre terminaba convenciéndome con sus encantos, de que aún me amaba y que sus ausencias se debían a asuntos familiares.

Mientras tanto, mi vida familiar se estaba complicando, las presiones de mi familia para conocer a su primer nieto iban en aumento, se aproximaba mi fecha de cumpleaños y mis padres me organizaron una comida, llegué con mi esposa, los amigos de nuestros trabajos iban llegando, todo iba bien cuando llegó Federico, me tomó por sorpresa, nunca me dijo que iba a ir, llevaba un portafolio, no supe qué pensar, su atuendo era diferente, tenía puestos unos enormes lentes y llevaba otro peinado. Y fue hasta ese momento que identifique quien era… Se trataba de un ex compañero al que todos buleábamos en la secundaria, en esa época no era nada atractivo, era enclenque, enfermizo y con mucho acné, con braquets y usaba unos enormes anteojos que empeoraban su aspecto. Nunca había sido mi amigo ni de los demás, y yo especialmente lo había maltratado, etiquetándolo con los apodos más desagradables e hirientes. En esa época, siempre me veía con odio. Un mar de pensamientos invadió mi mente.
 
Estaba en shock, había mucha diferencia entre ese joven de la secundaria al que yo había maltratado tanto y el hombre que ahora me había conquistado. Se acercó a mí y sonrió, pregunto si ya lo recordaba, solo asentí. Sin conocerlos, saludó a mis padres y a mi esposa con la misma familiaridad con la que me había saludado a mí el primer día que lo conocí, mientras de su portafolio sacaba unos sobres que les iba dando y dejándolos estupefactos, sin saber qué hacer, solo lo miraban. Luego se dirigió hacia mí, me jaló del brazo hacia fuera de la casa y entonces me habló, su mirada era dura, me dijo que estaba haciendo lo mismo que yo le había hecho años antes, arrebatarle su dignidad, me dijo que en aquellos días todos le habíamos hecho mucho daño, que había terminado la secundaria sin ningún amigo, solo y casi destruido, que le había tomado muchos años reponerse de todo lo que le habíamos hecho en esa época, y que sobre todo yo era quien más le había hecho daño, y que ahora me lo estaba devolviendo. “Felíz cumpleaños” me dijo, mientras se alejaba entre la oscuridad de la noche que en ese momento cubría la ciudad.

Entonces me percaté que la música se había apagado en la casa de mis padres, entré y sentí todas las miradas que me miraban con horror, de los sobres habían sacado las fotografías que Federico me había tomado junto con él en el hotel cuando me pedía “un recuerdo de nuestro amor”, y las conversaciones por whatsapp donde le contaba de mis preferencias sexuales reales y de amor por él. Afuera la noche caía más fría que nunca…

Por: Tigrillo Serch