Esa mañana me sentía muy mal, toda la noche anterior había sufrido los
estragos de una fuerte fiebre que ya había cedido, pero estaba convaleciente y
añoraba mis días de niñez cuando estaba enfermito y mama dulcemente me trataba
con cariño, mientras me daba mi medicamente y me preparaba la sopa que tanto me
gustaba. Me encontraba solo, mi esposa había salido desde temprano a trabajar,
le dije que ya me sentía bien pero que me tomaría el día, no quise alarmarla.
Salí a buscar algún medicamento, la mañana era fría y solo veía la calle desolada
mientras me dirigía a la farmacia más
cercana. El frio viento de invierno me golpeaba el rostro y me provocaba unas
lágrimas, sin duda mi aspecto era triste. Y más porque sabía bien que llegaría
al departamento donde vivíamos y estaría solo. Hacía poco menos de un año que
me había casado por insistencia de mi familia, mis padres me decían que no
podía llegar a los 30 años siendo soltero y yo nunca les dije mi orientación
sexual real, mi gusto por otros hombres, siempre lo mantuve oculto, en el closet,
hasta que me vi presionado a casarme. Las cosas iban regular, realmente me
esforzaba por llevar bien la relación y durante ese tiempo me había alejado de
lo que era.
Estaba saliendo de la farmacia cuando de pronto se me acerco un hombre,
aproximadamente de mi edad. Me llamo por mi nombre y antes de que pudiera
protestar que no lo conocía, me dio un fuerte abrazo, que disfrute mucho (él
era atractivo, muy varonil), me dijo que me veía muy mal, que parecía que iba a
caer. No sé si fue por lo mal que me sentía, que acepte me acompañara a mi
departamento. Cuando llegamos a la puerta, le pregunte que amigos teníamos en
común, me hablo de mi época de secundaria, y al parecer sí tuvimos los mismos
compañeros, pero a él no lo podía identificar. El cansancio me venció y me
quedé dormido en el sofá, cuando desperté estaba cubierto con una manta, me
sentía aún muy adormilado y aun sentía el cuerpo cansado. Pero escuche que
alguien hablaba en la cocina, recordé al hombre que había conocido en la calle,
decidí escuchar lo que decía al celular, hablaba con alguien al que le decía
que estaba en casa de un viejo amigo que se sentía muy mal y que lo estaba
apoyando con la comida. En ese momento me llego un delicioso sabor a sopa y
poco después apareció con un plato. Le volví a preguntar quién era, y solo me
decía que era Federico. Sin embargo, por más que me esforzaba no podía
recordarlo, decidí fingir que de pronto sabía quién era, ya estaba en mi casa y
me sentía aún muy débil e indefenso. Tome mi sopa mientras platicaba con él,
hablamos de anécdotas, de lugares y de personas en común de cuando éramos
estudiantes, definitivamente si había estado en mi época, vagamente lo
identifique como un compañero que iba en otro grupo y con el cual quizá
habíamos tenido poco contacto, pero no estaba seguro, sin embargo la plática se
centró más en lo que éramos actualmente, le dije que estaba casado y me pareció
ver una sonrisa en su rostro, no supe cómo interpretarla, sin embargo olvide
ese detalle, porque de inmediato cambio la conversación.
Me dijo que se tenía que ir pero que le gustaría estar en contacto
conmigo, le pedí que me dejara su número de celular y que yo lo buscaría, lo
escribió en un papel y me lo dio. Al día siguiente me levante muy temprano para
ir al trabajo, no recordaba lo del día anterior, tenía mucha prisa, pero cuando
regrese a casa por la tarde, nuevamente vi el papel con su número de teléfono,
me quedé pensando en si debía llamarlo o no, tenía firmemente grabado en mi
mente que no era alguien físicamente desagradable. Pasaron varias días y
durante ese tiempo lo ignore, sentía desconfianza, pero al recordar lo que
había pasado y que no había peligrado mi persona, decidí buscarlo para
agradecerle, algo dentro de mí me impulsaba a buscarlo y creo que no era solo curiosidad.
Aun me intrigaba saber si era quién yo pensaba, pero la verdad es que siempre
he sido malo para recordar nombres, de hecho no recordaba los nombres de la
mayoría de mis compañeros, pero si recordaba sus apodos, de hecho yo era quien
les había puesto la mayoría de ellos, tenía un ingenio para hacerlo, quizá como
una forma de distraer la atención que había sobre mí, debido a mi preferencia
sexual distinta, hacia otros de mis compañeros con alguna característica que
fuera más visible y buleable que la mía.
Ya no recordaba bien su rostro después de varios días, lo había visto
una vez y solo recordaba que era guapo. Decidí verlo nuevamente, hicimos la
cita en un lugar público y cuando se presentó, me impacto, iba muy bien
vestido, de verdad era muy varonil, me preguntó cómo seguía de salud, y de ahí
pasamos a otros temas más personales, no era difícil imaginar que yo le atraía
por la forma en que me miraba y no sé en qué momento comenzamos a coquetear, me
dijo abiertamente que yo le gustaba, me sorprendí, la verdad es que no esperaba
involucrarme con alguien de mi mismo sexo tan pronto, todavía ni tenía un año
de casado, y desde ese suceso había dejado mi vida anterior y había decidido no
tener más sexo con hombres, y lo había cumplido… hasta ese día. Me vio
titubeante y me invitó a un hotel, diciendo que no pasaría nada que no
quisiera, tal vez solo platicaríamos, quise poner pretextos pero me encontré
con esa sonrisa de dientes blancos bien alineados, y accedí. Iba bastante
nervioso, pero en el hotel me dio una
revolcada de aquellas, como hace tiempo no me las habían dado ya. Nos seguimos
viendo muy seguido, y con cada ocasión mis defensas se fueron bajando. Solo me
importaba verlo. Las conversaciones por whatsapp eran diarias, había amor, era
el hombre de mi vida.
Una noche mientras dormía, tuve un sueño de mi época de estudiante y lo
vi, pero había algo raro en él, parecía ser alguien que no era cercano y no
aparecía ante mí como alguien muy atractivo. El tiempo pasó y olvide ese sueño,
ya teníamos casi medio año viéndonos. Y de pronto sentí que había un cambio en
su persona, parecía como si ya no fuera muy autentico cuando me decía que me
amaba. Entonces, su rostro se me hacía familiar, como si realmente lo hubiese
conocido mucho antes, pero eso es lo que él siempre me decía, pensé que solo se
trataba de eso y en algún momento lo recordaría. Comenzó a distanciarse, pero
aún me buscaba de vez en cuando, yo le hacía escenas de celos y él siempre
terminaba convenciéndome con sus encantos, de que aún me amaba y que sus
ausencias se debían a asuntos familiares.
Mientras tanto, mi vida familiar se estaba complicando, las presiones de
mi familia para conocer a su primer nieto iban en aumento, se aproximaba mi
fecha de cumpleaños y mis padres me organizaron una comida, llegué con mi
esposa, los amigos de nuestros trabajos iban llegando, todo iba bien cuando
llegó Federico, me tomó por sorpresa, nunca me dijo que iba a ir, llevaba un
portafolio, no supe qué pensar, su atuendo era diferente, tenía puestos unos
enormes lentes y llevaba otro peinado. Y fue hasta ese momento que identifique
quien era… Se trataba de un ex compañero al que todos buleábamos en la
secundaria, en esa época no era nada atractivo, era enclenque, enfermizo y con
mucho acné, con braquets y usaba unos enormes anteojos que empeoraban su
aspecto. Nunca había sido mi amigo ni de los demás, y yo especialmente lo había
maltratado, etiquetándolo con los apodos más desagradables e hirientes. En esa
época, siempre me veía con odio. Un mar de pensamientos invadió mi mente.
Estaba en shock, había mucha diferencia entre ese joven de la secundaria
al que yo había maltratado tanto y el hombre que ahora me había conquistado. Se
acercó a mí y sonrió, pregunto si ya lo recordaba, solo asentí. Sin conocerlos,
saludó a mis padres y a mi esposa con la misma familiaridad con la que me había
saludado a mí el primer día que lo conocí, mientras de su portafolio sacaba
unos sobres que les iba dando y dejándolos estupefactos, sin saber qué hacer,
solo lo miraban. Luego se dirigió hacia mí, me jaló del brazo hacia fuera de la
casa y entonces me habló, su mirada era dura, me dijo que estaba haciendo lo
mismo que yo le había hecho años antes, arrebatarle su dignidad, me dijo que en
aquellos días todos le habíamos hecho mucho daño, que había terminado la
secundaria sin ningún amigo, solo y casi destruido, que le había tomado muchos
años reponerse de todo lo que le habíamos hecho en esa época, y que sobre todo
yo era quien más le había hecho daño, y que ahora me lo estaba devolviendo.
“Felíz cumpleaños” me dijo, mientras se alejaba entre la oscuridad de la noche
que en ese momento cubría la ciudad.
Entonces me percaté que la música se había apagado en la casa de mis
padres, entré y sentí todas las miradas que me miraban con horror, de los
sobres habían sacado las fotografías que Federico me había tomado junto con él
en el hotel cuando me pedía “un recuerdo de nuestro amor”, y las conversaciones
por whatsapp donde le contaba de mis preferencias sexuales reales y de amor por
él. Afuera la noche caía más fría que nunca…
Por: Tigrillo Serch
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