8 de julio de 2015

Juan

Mi progenitora fue madre soltera, pero cuando tenía yo unos diez años se juntó con otro hombre. Mi padrastro ya era viudo y tenía tres hijos de su anterior matrimonio, era un hombre mayor pero fuerte, una persona de campo muy noble, que sin ser mi padre fue tan bueno conmigo, que cumplió esa función. Me trato como a su hijo menor, sin distinguirme de los demás hijos que tuvo, me dio lo que un padre le da a su hijo. Yo llegue a apreciarlo tanto que incluso aunque mi madre y él se separaron más tarde, yo seguí visitándolo y respetándolo como un padre.

Los dos hijos mayores de mi padrastro ya tenían más de 18 años y quizá fue porque ya eran independientes que de alguna manera no me vieron como un hermano en esa época, aunque tampoco me trataron mal no hicieron ningún intento por convivir conmigo, su interés estaba más en tener novias, excepto el menor de ellos, Juan.  Él era solo cuatro años mayor que yo y estaba en la edad en la que terminaba por salir de la niñez para entrar a la adolescencia y a veces jugábamos juntos. Muchas de las cosas de lo que hoy me atraen se remontan a esa época. Ellos eran gente de campo, no terminaron de estudiar y se metieron a trabajar en el campo, en la albañilería. Combinaban ambas cosas, en el mes de Junio iniciaban la siembra de maíz y llegaba la cosecha en Diciembre. Los meses que no estaban en el campo trabajaban de albañiles. De todos ellos Juan era diferente, no solo porque era el más cercano a mí en edad, sino porque era distinto a sus hermanos. Juan compraba revistas de fisicoculturismo y tenía pesas hechas con latas que llenaba de cemento con un tubo en medio y hacía ejercicio, debía tener buena genética o el trabajo físico le ayudaba, porque en poco tiempo logró desarrollar un buen cuerpo.

Para entonces las cosas entre mi madre y mi padrastro no habían funcionado y se separaron en términos amistosos, se conservó una buena amistad entre ellos y se seguían frecuentando ya como amigos. Yo conservé la amistad de Juan y comencé a admirarlo en secreto. Recuerdo que cuando iba a visitarlos él era el único que me hacía caso, me hablaba y me trataba bien, a veces era el único que estaba en su casa, sus hermanos salían por las tardes con sus novias o amigos y mi padrastro también supongo que trabajaba. Como gente de campo no acostumbraban usar camisa en su casa y les gustaba andar descalzos. Cuando Juan tenía unos 18 o 19 años cierta vez que fui a visitarlo lo encontré haciendo mezcla para una reparación de su casa. Tenía un cuerpo muy bien formado, aún guardo la imagen de cómo con tan solo reírse los músculos de sus abdominales se le marcaban en un perfecto six pack. No era atractivo de cara, sus facciones eran burdas, nariz chata, labios gruesos, su piel era muy morena, más por el sol del campo sobre su cuerpo. Sus pies eran gruesos, sus manos con callos, de modales toscos. Siempre le gustó el ejercicio y tenía guantes de box y un costal lleno de arenilla donde practicaba.

No sé en qué momento pero comenzamos a jugar a las luchas, él de mayor edad y con ese cuerpo siempre me inmovilizaba, me ponía boca abajo en el piso y se montaba encima de mí, entonces como un juego comenzaba a sentir que su verga se ponía dura entre mis nalgas, yo sentía raro, una mezcla entre placer y morbo pero al mismo tiempo de algo prohibido, entonces hacía movimientos para zafarme hasta que él me dejaba y entonces volvíamos a empezar, intercambiábamos algunos golpes y terminaba inmovilizándome, siempre con su verga dura que ponía entre mis nalgas. Nunca me dijo nada, nunca le dije nada, solo jugábamos y el juego iba avanzando cada vez más. Me compre un par de guantes de box y por mi lado comenzaba a hacer ejercicio.

Así comenzamos la costumbre de vernos por la tarde y jugar a las luchas, creo que él también me esperaba para iniciar el juego. Ambos forcejeábamos sin camisa, no tenía mucha oportunidad de tocar su cuerpo ya que él era más fuerte pero llegaba a hacerlo y eso me gustaba mucho, sus músculos eran duros, la tensión del juego los hacía resaltar más, hasta que en una ocasión al tenerme otra vez dominado sobre mí, me bajó el pantalón, se abrió la bragueta y me puso su verga dura entre mis nalgas, sin penetrarme, solo la tenía ahí, dura y babeando. Yo sentía raro pero me gustaba, con el paso de los días yo dejaba de hacer fuerza para que él me pudiera bajar el pantalón y ponerme su verga en mi entrada.  En otra ocasión comenzamos a hablar de sexo y él alardeaba y era despectivo conmigo, presumiendo que él ya había cogido y yo aún no. Le preguntaba cómo era eso, lo que se sentía y me preguntó si yo me masturbaba, eso era algo que me daba vergüenza en ese tiempo, pero el verlo a él con su cuerpo sin camisa y oírlo hablar de forma diferente del sexo me producía excitación. Le dije que quería verle la verga y él se bajó la bragueta. Hasta entonces solo tenía como referencia mi propio pene, cuando ví el de él me gustó, era más grande y grueso que el mío, muy moreno con la cabeza oscura, y babeaba mucho. Me pidió que sacara mi pene y lo hice con pena, el mío era chico comparado al de él, me miró y me dijo que le mostrara cómo me masturbaba, lo hice y se rio, dijo que así no se hacía y me comenzó a mostrar cómo él se masturbaba, recorriendo con su mano todo el tronco de su verga. Me dijo que ahora lo hiciera yo, que le agarrara la verga y lo masturbara. Era la primera vez que agarraba una verga erecta, se sentía dura y caliente. Comencé a masturbarlo torpemente y él tomó mi mano con la suya para mostrarme cómo se debía masturbar y se vino.

Esa fue mi primer experiencia en ver y tocar una verga diferente a la mía en vivo. Durante los siguientes días me masturbaba pensando en lo que había pasado, y volví a su casa a buscarlo. Lo encontré como siempre sin camisa, hablamos de cualquier cosa y luego me preguntó si había estado practicando cómo se debe masturbar, le dije que sí y me dijo que le mostrara, yo me abrí el pantalón y comencé a masturbarme, él también sacó su verga y me pidió que me bajara los pantalones, se acercó a mí y me puso de espaldas mientras acercaba su verga hacia mis nalgas. Sentí su glande entre mis nalgas, duro y lubricado mientras me decía que me siguiera masturbando. Creo que ambos éramos torpes, intentó penetrarme pero no pudimos, yo tenía miedo y me cerraba. Fue así como comenzamos, al principio solo terminábamos masturbándonos, pero como nos veíamos frecuentemente, hacíamos lo mismo y tanto me restregaba la verga en el ano, que terminó dando en el blanco, poco a poco iba entrando en mí, al principio con dolor, luego con placer. A partir de ahí cuando nos veíamos pasaba algo parecido, a veces jugando, a veces solo se daba, eso pasó durante algún tiempo.

Todo cambia, con el paso del tiempo yo salí a estudiar fuera del pueblo, el contacto que mantenía con Juan se fue perdiendo. Lo que supe de él fue de oídas cuando llegaba a ir al pueblo, pero no lo busqué. Supe que todos sus hermanos se habían casado, también Juan lo hizo, yo no pude ir a ninguna de sus bodas, sus hijos fueron naciendo, sus casa fueron cambiando, demolieron la vieja casa familiar y dividieron el terreno para que cada quién tuviera su propia casa. Yo por mi parte fui conociendo a otras personas, fui haciendo otro camino por mi lado. Aunque volví al pueblo ya no es lo mismo, no conozco a nadie, salgo a la ciudad, pero no en el pueblo, estando allá es como si no viviera ahí. Cierto día nos llegó la noticia de que quien había sido mi padrastro había fallecido. Fui al velorio, ahí me reencontré con ellos y también con Juan. Ya no es quien había sido, de ese cuerpo musculoso no queda rastro, aún tiene los brazos gruesos pero en lugar del six pack hay una prominente barriga. Yo tampoco soy joven, ambos hemos cambiado. Nos reconocimos al vernos a pesar de los años, me acerque, le extendí la mano para saludarlo pero él me dio un abrazo, me dijo que le daba gusto que los acompañara en ese momento y me presentó con sus hijos, ya son adultos. Sus hermanos también me recibieron bien, a pesar de que no hay lazos de sangre ni compromisos de ningún tipo me hicieron sentir bien.

Juan me ofreció sentarme hasta adelante, en el lugar reservado solo para los familiares más cercanos. La gente iba llegando con flores o veladoras, se acercaban al féretro y decían alguna oración. Una señora se extrañó que estuviera yo sentado al frente y le preguntó a Juan quién era yo, a lo que él le contestó: “es mi hermano”. Era la primera vez que me decía así, ni siquiera cuando su papá y mi madre estuvieron casados me llegó a decir así, hasta ahora, eso me hizo sentir bien. La señora nos miró, no dijo nada y se fue. No sé qué pensaría porque físicamente somos muy diferentes, desde el color de piel, las facciones, la complexión, todo. Me ofrecieron tequila, lo acepté, le pregunté a Juan cómo le había ido y solo me dijo que bien, pero su cara no expresaba lo que decía, Juan ya no era la persona alegre que cuidaba su cuerpo y alardeaba que yo había conocido, ahora era un señor que había engordado, con mirada sombría y rostro cansado.


Estuve yendo a verlos los días que siguieron, con todas las costumbres que tienen en los pueblos cuando alguien muere. En el último día que fui cuando fue la levantada de la cruz, me despedí y fue cuando Juan se me acercó, me dio otro abrazo y me dijo al oído: “ven a verme más seguido”. No sé si lo haga, nunca dijimos nada de lo que pasó cuando éramos jóvenes, pero estoy seguro que él también lo recuerda. Aunque en su momento me gustaba mucho, creo que ni yo ni él somos los mismos de aquellos años. Mientras bebo un tequila pienso en aquellos días y creo que quizá haya recuerdos que deban permanecer para siempre ahí, solo como recuerdos.

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