El 9 de junio de 1966, en Ponce, Puerto Rico, nació un niño negro,
homosexual y puertorriqueño. Mis padres tuvieron intentos anteriores, del que
nació una niña, pero murió a los pocos días de nacer. Esperaban la llegada de
otra fémina que tomara su lugar y entonces llegué yo. Alguien que les iba a
cambiar los esquemas más que cualquier niña, alguien que alborotaría sus
creencias religiosas católicas y sus principios morales. Después de mí no
habría continuidad de nuestro apellido, no habría nietos, ni novias. Mis
sentimientos homosexuales precoces trajeron desasosiego; mientras que yo me
debatía con paso tranquilo entre la incertidumbre de los demás.
La adolescencia trajo mi primera experiencia sexual y no sabía sobre las
Enfermedades de Transmisión Sexual. Por lo cual, contraje algunas. En esta
época, se prohibía hablar sobre la sexualidad. Cuando aprendí sobre el VIH,
tenía mucho miedo a la enfermedad y también a las personas con la enfermedad.
Fue impresionante como los cuerpos se secaban, los pómulos se afilaban, las
caras se apaisaban y una especie de tristeza gris sitiaba el ánimo de las
víctimas hasta su muerte. Me sorprendió mucho también ver el rechazo de las
familias de los afectados y la soledad a la que se le enviaba. Mientras tanto,
yo brincaba de cama en cama, ignorando totalmente la posibilidad de que pudiera
ocurrirme a mí. Me sentía invencible y mis amantes tenían buen aspecto, lo cual
reforzaba un falso sentido de seguridad.
Después de muchos contactos sexuales conocí al que pensé que sería el
amor de mi vida. Esta persona me enamoró de tal manera que, al cabo de poco
menos de un mes, me mudé a su casa. Él me preguntaba siempre si sería yo capaz
de aceptarle a él con el llamado: “paquete completo”. Desconocía qué pudiera
tener un paquete completo, pero acepté porque nunca imaginamos que los regalos
puedan tener espinas.
Mi novio y yo éramos una pareja perfecta. No usábamos protección porque
todo era amor mutuo en carne viva. Con tanta intensidad lo vivimos que la
duración de la relación no se alargó más de cuatro meses. No sé qué se hizo del
famoso “paquete completo” ni me lo pregunte, pero por lo visto me lo tragué,
estaba dentro de mí, mientras que el “regalador” desapareció de mi vida tan
pronto como su cometido pareció haberse cumplido.
Reconocí ese algo que vibraba dentro de mi cuerpo, era algo
irreconocible, extraño, una especie de malestar en mi cuerpo. A pesar de que la
depresión por la ruptura empecé a tener mareos y sudores nocturnos. Note que me
cansaba más de lo habitual pero no le di más importancia porque no tardaría en
enamorarme de un alguien nuevo a quien conocí en una discoteca.
Después de haberle conocido tres meses, surge una nueva relación
sentimental con él. Fue entonces cuando me salió un Herpes Zoster. Fui a ver a
mi médico con un terrible malestar en la cintura y una infección de oído. Me
recetó un remedio para ambas cosas restándole importancia al asunto. Mi
compañero estaba preocupado, me llevó a casa y allí me fui mejorando con el
paso del tiempo. Al sentir me mejor, ya no pensaba que la infección era algo más
serio que solo una infección de oído.
Encontré un buen médico y me instó a que me hiciera la prueba porque
siempre venía bien controlar la salud de uno. Era correcto hacerme la prueba.
Había estado con muchas personas y había tenido experiencias de riesgo. Me
dieron el resultado que era positivo una semana después. La enfermera mostró
admiración por mi reacción y le respondí que estaba dispuesto a asumir mis
responsabilidades. Me citó para mi primera visita médica y al salir de la
consulta empecé con mi nueva vida. Habían pasado pocos minutos desde que había
entrado, y sin embargo, sentí que pasó el tiempo que necesita un cuerpo para
reencarnarse en otro. Me enfrenté con el embrión que se gestaba dentro de mí.
Le hice saber que a mi cuerpo no había sido invitado, le advertí de mi
fortaleza, no le di muestra alguna de temor. Le hablaba como el padre que le
advierte a un hijo recién nacido después de verle un 666 en la planta de un pie
que tendrá que acostumbrarse a ir a misa todos los domingos.
Llame a mi pareja para decirle que tenía que hablar con él. Su reacción
fue muy calurosa, me abrazó y me hizo saber que nada iba a cambiar por esa
noticia. Afortunadamente, nunca tuve con él sexo sin protección, cosa que era
extraña en mí. No obstante, le pedí que se hiciera la prueba. Su resultado
negativo me alivió y volví a centrarme en mi propia lucha.
Si tienes la suerte de permanecer negativo, lucha por mantenerte así. Si
eres positivo, necesitas fortaleza para aceptar y luchar para seguir adelante.
Yo llevo ya dieciseis años con SIDA y pienso que, aparte de la
responsabilidad que me otorgó el virus, dispongo de las herramientas necesarias
para ayudar a otros que están en mi misma situación. Soy activista en mi país
para los derechos de pacientes con VIH/SIDA, he pertenecido al AIDS Taks Force
EMA de San Juan, Puerto Rico, como Concejal y en el AIDS Alliance como
adiestrador comunitario. Tengo también un lugar en el Grupo de Planificación
Comunitaria para la Prevención del VIH en Puerto Rico representando a la
comunidad de Hombres que tienen Sexo Con Hombres. Trabajo actualmente con el
Dept. De Salud de Puerto Rico, haciendo las pruebas, llevando educación y
encaminando a las personas que reciben un resultado positivo a tratamiento. Soy
cofundador y dirijo la Asamblea Permanente de Personas infectadas y afectadas
por el VIH/SIDA en Puerto Rico.
Doy gracias a la vida porque mi situación me ha sensibilizado y me ha
dado la facultad de valorar cosas que antes podían pasarme por alto pero que
están ahí, como un amanecer, la puesta del sol, el desarrollo de mis sobrinos,
y de otras, como la oportunidad de mejorar los lazos con mi familia, de ver lo
importante que es la figura de mis padres en mi vida y de tomar cada minuto de
mi existencia como un nuevo reto.
Invito a que todos hagan lo mismo. Garantizo un resultado positivo. La
vida está aquí y hay que luchar por ella.
Adalid Castro Carreras
San Juan, Puerto Rico
(publicado con autorización del autor)
De la foto que aparece arriba“…fue hecha para
una protesta que se hizo en la isla por la ceguera gubernamental hacia nosotros
los pacientes. Fue muy impactante en los medios. Representa también la pobreza
que puede tener el hombre en espíritu y como la vida puede llevarte a
situaciones que jamás esperabas, entre otras cosas…”

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