“Amaneció bajo las alas de la muerte
aquellos brazos de hombre que la aprietan fuerte
todavía le late el alma, el corazón no lo siente
Un engaño, dos extraños jugando a quererse
en lo oscuro el amor no puede verse
es que tengas la vida de frente morir o detente…”
(Angelito, Don Omar)
Aún recuerdo la primera vez que oí de él, fue en la secundaria, una
enfermera nos fue a dar un curso básico sobre prevención de embarazos no
deseados y enfermedades venéreas que, a pesar de la censura de la maestra,
reticente a enseñarle sobre ese tema a sus alumnos, la estuvo presionando para
que acabara rápido y aún la vio con molestia cuando nos entregó preservativos a
cada uno así como folletos con fotos bastantes desagradables, terapia del miedo
le llaman aunque, en este caso particular, no había fotografía alguna,
simplemente un dibujo de un ser puntiagudo y oscuro de ojos blancos que bien
podría parecer una medusa muy pixeleada o un personaje de videojuegos antiguos,
no le di mucha importancia en ese momento…
La segunda vez fue en la preparatoria, clase de biología, el profesor
habló de él con tono sarcástico, asegurando que había sido “el castigo divino
para maricas, promiscuos y tatuados” ante las risas de mis compañeros y, por primera
vez, llamando mi curiosidad acerca de ello aunque, obviamente, no podía
preguntar al respecto a una mente tan cerrada como la que tenía frente a mí…
La oportunidad llegó al fin cuando dejé el pueblo para mudarme a la
ciudad, algo que aproveché en demasía para resolver muchas dudas sobre temas
que, en mi rural comunidad, siempre habían sido tabú, definí mis preferencias
sexuales al fin, supe de los riesgos y las enfermedades, conocí canciones sobre
el virus (el fallo positivo de Mecano) e incluso vi mi primer serie homosexual
que me permitió saber más acerca de él, Queer as Folk, que aún se encuentra
entre mis favoritas…
Aún con toda esa información o tal vez a causa de la misma, me aterraba
la idea de hacerme la prueba yo mismo sabiendo en el fondo que no siempre había
ejercido mi sexualidad de manera responsable pero, cuando decidí juntarme por
primera vez, comprendí que no podía seguir evitando tomar responsabilidad por
ello así que, finalmente y acompañado por mi entonces pareja, acudí a hacerme
la prueba por primera ocasión…
Esa vez, y por falta de recursos, elegimos hacerla en los laboratorios
del Seguro Social, lo cual nos trajo una larga y agonizante espera de un mes
para los resultados, misma que, para mí, se volvió aún más angustiosa cuando me
llamaron por teléfono para solicitarme que fuera en persona aunque, al final,
dicha llamada sólo fue para notificarme que habían perdido mi prueba y era
necesario hacerla de nuevo, lo cual, si bien me acarreó otro mes de angustia,
por fin me trajo alivio al ser el resultado negativo…
Tras este pequeño contratiempo, omití los estudios por dos largos años,
estaba en una relación estable y supuestamente monógama aunque, cuando descubrí
la infidelidad de mi ex, comprendí que sería nuevamente necesario realizarla
aunque en esta ocasión, preferí pagar los estudios para evitarme las largas
esperas…
Nuevamente los resultados fueron favorables y, a partir de este momento
y dado lo esporádico de mis relaciones, decidí hacerla dos veces al año a
manera de costumbre aún durante mis relaciones de pareja ya que, si algo había
aprendido de esa primera mala experiencia, fue que aún el más aparentemente
fiel, puede tener a otro tras sus espaldas…
Los resultados siempre fueron negativos y también mis cuidados fueron
mayores aunque esa espina siempre estaba en mi pensamiento, “¿Qué pasaría
cuando no fuera así?” Y aun cuando, por necesidad o lo que sea, me llegué a
prostituir, traté siempre de prevenir antes que lamentar, no quería vivir con
ello…
No fue hasta hace dos años cuando, ya sin siquiera pensar mucho en el
tema, apareció alguien que me hizo plantearme nuevamente la pregunta, la espina
y es que él, de quien me empezaba a encariñar, me confesó súbitamente que era
positivo y me preguntó si aún con ello aceptaría entablar una relación con él,
algo que, a pesar de mis dudas, acabé aceptando bajo la condición de siempre
usar protección como, efectivamente hicimos durante los pocos meses que duramos
juntos antes de separarnos por diferencias personales…
A partir de ese momento, consideré mi tabú con el virus superado y mi
sexualidad fue más plena y libre, sin culpas ni miedos y siempre bajo los
cuidados necesarios hasta que, simplemente, en algún momento, supongo dejé de
pensar tanto en ello, de preocuparme por ello, error del que, tal vez, ahora me
arrepienta…
Llegué a un punto de mi vida en el que la mala economía, la depresión y
otras situaciones de salud me hicieron irresponsable, dejé y perdí amistades,
abandoné sueños pero también temores y uno de ellos fue precisamente el que me
había acompañado toda mi vida desde que me asumí homosexual, dejé de protegerme
en todo momento aun sabiendo que, dentro de la ciudad de México, no era igual
que en el pueblo donde me había criado hasta que…
En Diciembre, tras un descuido muy fuerte, decidí que era hora de
adelantar un poco la prueba, hecha por última vez en Agosto así que acudí a
principios de enero a realizarla pero, por la fecha de mi última relación, aún
quedaba un periodo ventana, mismo por el cual los resultados no eran del todo
fiables y decidieron mandarme a repetirlos nuevamente en Marzo…
En ese mes, repetí la prueba aún con la conciencia de haber sido
descuidado un par de veces más pero, para mi sorpresa, me favoreció el
resultado por lo que, ahora sé, fue una última ocasión ya que, tres semanas
después de eso, súbitamente, en mi primera hora de trabajo, empecé a sentirme
muy mal, el frío me parecía extremo, sentía náuseas y, cuando me dieron la
posibilidad de retirarme, no pude llegar al metro sin antes pararme a vomitar,
no entendía el por qué o quizás, me negaba a aceptarlo…
A partir de ese día, ya no volví al trabajo, me sentía débil, todo me
daba náuseas y lo único que podía hacer era estar tumbado en la cama, incluso
caminar media calle me provocaba un vómito incontrolable y no fue hasta que mi
madre, con todo cariño, fue por mí y me devolvió al pueblo cuando al fin pude
consultar a un doctor, mismo que me detectó una fuerte infección estomacal y me
atiborró de tantas medicinas que prácticamente dejé vacía la farmacia…
Afortunadamente el medicamento surtió efecto y una vez más pude ponerme
de pie y empezar a recuperar el peso perdido pero, en esta ocasión, algo más
pasaba en mi cuerpo, podía sentirlo, mi temperatura, usualmente fría, ahora era
extrema, me costaba comer ya que nada me sabía cómo antes y mi peso, antes
fácil de levantar, ahora me estaba costando demasiado así que al fin, hace
cuatro días exactamente, tomé la decisión de una vez más hacer la prueba
sabiendo que, justamente, el periodo ventana de mi última relación acababa de terminar…
Y heme ahí, frente al médico, puedo ver la hoja de resultados aún antes
de que éste me la enseñe y sí, sé que, dicho vulgarmente, me jodí, ya no hay
vuelta atrás y el doctor parece saber por mi expresión que soy consciente de lo
que ocurre, no hay una plática previa para prepararme a la noticia, no hay
palabras de consuelo ni nada por el estilo, simplemente se limita a decirme
“hace dos meses tuviste otro resultado” a lo que asiento sin expresión alguna
para luego recordarle el periodo ventana que nos había hecho dudar en ocasiones
anteriores, él asiente con aspecto pensativo antes de darme la hoja, la palabra
llama la atención de mi vista antes de ver algo que nunca en mis estudios
anteriores había visto, un sello con algunas letras que, si bien nunca había
usado, conozco bien su terminología…
Regreso al laboratorio y, tras firmar unos papeles, accedo a que mi
sangre sea extraída por segunda ocasión en el día, esta vez con otros
objetivos, ya sabemos qué es lo que tengo, ahora toca investigar qué es lo que
sigue, mi celular vibra en mi bolsillo, mi pareja me marca pero no alcanzo a
tomar la llamada ni sé si estoy dispuesto a hacerlo, él ya sabe de mi resultado
y, aunque se muestra comprensivo dado que él igual lo tiene, me siento culpable
y también lo culpo a él por su idea de una relación abierta…
No es hasta llegar al departamento que compartimos con dos amigos más
cuando al fin tengo oportunidad de decir las palabras en voz alta frente a uno
de ellos que me pregunta cómo me fue, evito romperme mientras le susurro que
soy positivo, él me abraza y me pregunta si los demás lo saben, asiento
suavemente pensando en mi pareja y ambos nos quedamos en silencio hasta que el
otro llega, también lo admito ante él, tras un año de conocernos y compartir un
solo cuarto, casi no hay secretos entre nosotros, me abraza igualmente y no
dice más, sabe que es un momento duro…
No es hasta una hora después cuando él finalmente llega, los otros ya se
han ido a sus respectivos trabajos pero él, tras haber cumplido con otras obligaciones,
está al fin libre para mí, para ponernos al día y hablar…
Conversamos toda la tarde y parte de la noche, hay muchas cosas sin
decir en los últimos días, situaciones que nos pudieron haber separado o
lastimado y que al fin dejamos salir en nuestra excesiva confianza que no
cualquiera comprende, nos abrazamos y, tras dudarlo, al fin dejo salir las
lágrimas, en sus brazos me siento protegido y, como él dice, de nada sirve ir
de duro ante la vida, me habla de dejar ir la culpa y el miedo, me habla de los
procedimientos que siguen y me asegura como yo tantas veces le he asegurado a
él que no estoy solo, que sólo es un nuevo principio y que, como a todo, podré
hacerle frente, me sorprende que tenga esa imagen de mí ya que es raro que lo
exprese pero, al mirarle a esos ojos que tanto me han conquistado, le creo, a
pesar de todo, le creo y esa es mi fortaleza… No estoy solo, sólo es un nuevo
principio, uno muy positivo…
Historia enviada como Anónimo
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