7 de abril de 2021

La casa del lago.

 Ya casi termina este largo viaje hasta nuestra cabaña, en el oculto lago natural, en nuestra siempre amada Provincia de Córdoba. Es nuestro refugio en los veranos desde hace ya tiempo. Ariel lleva conduciendo más de 5 largas horas desde que inició la madrugada. Al contrario de mí, a él le fascina conducir de noche. Hemos salido en la tarde desde Buenos Aires, pero un atasco en la autopista, en la congestionada autopista Buenos Aires- Rosario, nos hizo recalar en un pequeño estacionamiento de una gasolinera, hasta que el asunto se despejara ya pasada la medianoche. Ariel y yo aprovechamos esa espera y dormimos unas cuantas horas dentro de nuestra amplia rural. Está casi amaneciendo en estos últimos kilómetros que nos restan. Extiendo mi mano y acaricio su hombro. Ariel me devuelve el mimo poniendo su mano sobre mi pierna.

 


Nuestras vidas se cruzaron hace poco menos 10 años atrás, cuando yo comenzaba una dura rehabilitación por un Accidente Cerebro Vascular, el cual prácticamente casi acaba con mi vida a los 53 años. Ariel fue mi terapista designado en mi rehabilitación. El venía desde su lejano México, con sus hermosos 30 años a probar suerte a mi país. La primera vez que lo vi sentí una gran atracción hacia su persona. Su trato agradable y su responsabilidad profesional, me brindan un espacio de placer y seguridad únicos. Fue en una de las largas y duras sesiones de rehabilitación, en la pileta del instituto donde yo iba, que Ariel me contó de su inclinación sexual, a raíz de una larga conversación sobre su vida amorosa. Tal era nuestro grado de confianza y es por eso que no nos guardábamos nada a la hora de contarnos nuestras vidas. Fue realmente algo liberador para el contarme ese aspecto de su vida.

 Recuerdo que ya en esa etapa de la rehabilitación, solo mi pierna derecha quedó con un grado de dificultad menor para yo poder caminar aceptablemente bien. Su trabajo conmigo era intenso y con mucho contacto físico y creo que eso ayudó a afianzar mi confianza en él. Todo el tiempo de mi rehabilitación Ariel me contaba sobre su vida y yo de la mía. Realmente llegamos a conocernos muy bien y nada impedía que él o yo nos preguntáramos cosas muy profundas de cada uno. Una tarde y de regreso a mi casa (él siempre me venía a buscar y traer de vuelta a mi departamento, en el barrio central de la ciudad), Ariel se quedó conmigo para cenar juntos. Todo lo que hablaba con el me resultaba fascinante, lleno de mucho interés mutuo, que lógicamente me hacía mucho más placentero las dolorosas sesiones que ciertas veces debía afrontar.

 Recuerdo que mientras me contaba de su niñez en Acapulco, mientras yo preparaba el café, no pude reprimir el impulso y lo besé, sin aviso previo y en la boca. Él no ofreció resistencia alguna y luego, cuando terminé de besarlo, me confesó que nunca nadie le había hecho sentir algo tan profundo como yo. Entonces fue que volví a besarlo. Pasamos toda aquella noche hablando de nuestros sentimientos, de lo solo que nos sentíamos ante la vida y sin tener un amor que nos contuviera. Hicimos el amor y nos dimos cuenta que todo aquello que habíamos sufrido en el pasado, había desaparecido para siempre.

 Estamos llegando a nuestro destino y la cálida brisa de los cerros circundantes nos saludan con la mañana. Frente a nuestra cabaña y oculto entre los árboles se encuentra el hermoso lago de aguas cálidas y cristalinas. Ariel ama todo este bello entorno desde que lo descubrimos hace años atrás. En su Acapulco natal solía practicar su deporte preferido, el cual era el buceo. El lago es su espacio preferido en los veranos y en el practica sus inmersiones, munido de su máscara de buceo y sus aletas de goma siempre infaltables. Bajamos nuestros bolsos y Ariel estaciona la rural en el garage de la cabaña.

Lo noto algo cansado por el largo viaje, pero no obstante sus ojos adquieren otro brillo cuando me ve dirigirme a la cocina a prepararle un café que a él tanto le gusta que le haga. Me sigue hasta la cocina y siento sus manos en mis hombros. Desde aquella noche que nos amamos en mi departamento de la ciudad (Hace casi 10 años atrás), Ariel y yo jamás volvimos a separarnos. El vino a vivir conmigo de inmediato y desde ese entonces ha sido mi compañero de vida, mi terapista permanente y todo lo que un hombre puede pedir para ser feliz en la vida.

 Ariel luego pone sus brazos en cruz sobre mi pecho, acercándome a su cuerpo. Sus brazos tan musculosos, tan llenos de vigor me cubren, me rodean, me estrechan contra su cuerpo. Siento perfectamente el latido de su corazón en su fuerte pecho. El contacto de sus labios en mi cuello, su respiración que cada vez es más intensa y es como fuego en mi piel. Mis manos buscan sus manos, que ahora rodean mi cintura. Como un acto reflejo sus manos abandonan las mías y sus poderosos brazos ahora vuelven a rodear mi pecho con titánica fuerza. Por un instante creo perder la conciencia, pero de inmediato sus los mismos abandonan su presión y el oxígeno regresa a mis pulmones. Me da vuelta y me besa profundamente.

 Mis largos 63 años contrastan con sus vigorosos 40 años. Pero al contrario de toda maliciosa suposición de aquellos que no nos conocen, su amor hacia mí ha crecido, se ha vuelto mucho más noble que antes. Mi lento paso acompañado de un bastón, nunca ha sido un impedimento o una molestia para él. Se ha adaptado a mi discapacidad, pero también ha sido el poderoso motor para superarme siempre, para empujarme a llevar mis límites un poco más allá. Lo he visto llorar de emoción por mí, cuando yo caía totalmente agotado por el esfuerzo superador en mi rehabilitación. He visto su desesperación por temor a perderme, cuando hace un año atrás sufrí una crisis cardíaca, que afortunadamente pude revertir. "No sé qué sería de mi vida si te perdiera así, Héctor", era su ruego en las noches que no me abandonó ni un segundo cuando estaba en internación.

 "Deberías relajarte un poco en el lago, Ariel", le aconsejo a este hombre lleno de energías y pasión. "Ve y luego te preparo algo rico para el almuerzo, amor", es mi argumento para retrasar un poco sus ganas de tener sexo tan temprano. "El lago debe estar hermoso como para que practiques tu deporte preferido, Ariel", le digo acariciando sus fuertes hombros y señalándole las aguas cristalinas del mismo. Él, de mala gana me dice que si, que lo va a hacer y marcha a cambiarse a nuestro cuarto. Sé que su deseo es tener sexo ahora mismo conmigo, pero lo prefiero bien cansado antes, porque sé que lo hace mejor y luego queda dormido en mis brazos. Lo deseo tanto como el a mí, pero su juventud y su porte me avasallan, me dejan exhausto...Y así y todo no cambiaría un solo segundo por todo lo bello y mucho que siempre me entrega.

 Mientras observo cómo se saca la ropa y se pone su trusa ajustada de color negro para meterse al lago y bucear, observo su cuerpo musculoso, masivo, de una tez morena y sensual. Su trusa resalta sus hermosos glúteos y su sexo siempre vigoroso, deseable siempre para mí. Mientras lo veo cambiarse, recuerdo las primeras sesiones de fisioterapia que tuve con él, en la piscina del instituto de rehabilitación, allá en Buenos Aires. Me enamoraron sus manos sosteniendo mi cuerpo en el agua y ayudándome con mis movimientos, ejercitando mis músculos entumecidos. Todo en él era dulzura y delicadeza en su trabajo. Pienso que mi vida jamás sería la misma si no lo hubiera conocido. Él siempre me dice que mi amor lo cambió para siempre, que tal vez nunca se hubiera atrevido a amar a otro hombre, si no me hubiera cruzado en su camino.


 Lo veo dirigirse al borde del lago, caminando por el pequeño embarcadero de madera. Sus piernas siempre musculosas me hacen desearlo mucho más. Se sienta en el borde, se coloca su máscara de buceo y calza sus aletas negras en sus hermosos pies. Así como está lo deseo mucho más y él lo sabe, mientras me mira a lo lejos. Toda mi vista lo recorre desde sus hombros anchos, sus brazos musculosos, su panza tan sensual (tan sensualmente bella para mí), sus muslos y pantorrillas que son mi locura...Se sumerge con gracia y lo último que veo de él son sus aletas negras desapareciendo de la superficie mansa del lago. Mi corazón se estremece de solo imaginarlo desplazarse por la cristalina profundidad del lago. En un rato largo volverá cansado y yo estaré preparado para él.

 Hacía tiempo que queríamos volver a esta cabaña en Córdoba. Siempre terminamos eligiendo los adorables cerros y este lago que siempre fue mágico para Ariel y yo. Para él es un verdadero oasis en comparación al desquiciado ritmo de una ciudad tan loca como Buenos Aires. Lo veo en sus ojos cuando me cuenta de su amada Acapulco y sus playas de encanto. Tal como lo había imaginado y luego de poco menos una hora, lo veo salir del agua con su imponente y sensual figura. Su cuerpo aún mojado me resulta extremadamente atractivo bajo el sol de la mañana. Todo en él es virilidad y energía. Pero lo veo cansado por el esfuerzo. Cansado pero feliz de haberse desenvuelto en un ambiente que él ama. Lo espero en la puerta de la cabaña con un toallón enorme, proporcional a su figura corporal... y es entonces que comienza nuestro viejo ritual.

 Lo seco delicadamente mientras él se queda quieto. Le saco su trusa negra mojada y sigo secándolo en sus partes íntimas. El ritual incluye mirarnos en silencio y retardando cada movimiento mío para besarlo lentamente, en cada superficie de su cuerpo ya seca. Lentamente observo cada relieve de sus músculos y lo acaricio también del mismo modo, como un no vidente que escruta una superficie escrita solo para él, de manera repetitiva y primorosa. En realidad es muy poco lo que hago por él, en comparación a todo lo que hace por mí. Ariel fue cruelmente rechazado por su familia, cuando les confesó su homosexualidad.

 Toda su carrera como Fisioterapeuta la transcurrió en absoluta soledad y sin el apoyo moral de ellos. Por último, la mala elección de una pareja que terminó maltratándolo, aniquiló todas sus aspiraciones de tener a alguien que realmente lo contuviera. Se sentía tan apartado de todo lo que supuestamente le ataba a su vida, que simplemente decidió buscar nuevos horizontes. Fue así que gracias a una amiga argentina colega de él, que lo contactó con la posibilidad de un puesto de trabajo, llegó al Instituto de Rehabilitación en el cual yo empezaría mi tratamiento específico.


 Mientras tanto, en este momento para mí siempre irrepetible, voy secando lentamente sus hermosas y portentosas piernas, acariciando sus muslos, sus pantorrillas exuberantes de músculos marcados. Nuestro juego de seducción se potencia con nuestros deseos más profundos. Hacemos el amor de una manera masiva, con una urgencia que resignifica cada segundo como si fuera el último, como si no existiera un mañana posible en nuestras vidas. Ariel es todo esto en mi vida y mucho más. Él supo armar el disperso rompecabezas de mi pobre vida, cuando la tristeza de mi alma me hundía en un pozo inmenso de depresión, por mi ruinoso aspecto físico, luego del cruel ACV. Él puso luz, calidez, una leve cuota de humana compasión y el empuje vigoroso a mi aletargada voluntad. Nadie mejor que él para descifrar las claves ocultas en mi cabeza y por último en mi alma. Modificó y reconstruyó con partes nuevas mis viejas estructuras para siempre. Tuve que atravesar momentos duros de mi vida y el premio fue éste hombre maravilloso que ahora disfruta conmigo en esta cama. Está agotado pero sonriente. Todo su cuerpo me cubre y siento muy fuertes sus latidos. El tiempo se ha detenido y cada segundo se convierte en destellos, en momentos que quedarán grabados en mi mente para siempre. Nuestras manos se buscan, se entrelazan. Su respiración se vuelve pausada. Se ha quedado dormido en mis brazos, mientras el cálido viento de este mediodía entra por nuestra ventana. Quizás deberá ser que nuestro almuerzo se retarde…


 Por: Colaborador del Sur

4 comentarios:

John Mejía dijo...

Qué buen relato. Expresa bastante amor. Gracias por compartir.

Alejandro dijo...

Bonita historia, muy motivante.

Unknown dijo...

Que historia de amor más dulce, tierna y erotica, imagine cada momento, eso me hace volver a creer que el amor entre hombres sí existe y me da una luz de esperanza, gracias.

Raúl FernándezJusto dijo...

< b > Qué buen relato.