Ya casi termina este largo viaje hasta nuestra cabaña, en el oculto lago
natural, en nuestra siempre amada Provincia de Córdoba. Es nuestro refugio en
los veranos desde hace ya tiempo. Ariel lleva conduciendo más de 5 largas horas
desde que inició la madrugada. Al contrario de mí, a él le fascina conducir de
noche. Hemos salido en la tarde desde Buenos Aires, pero un atasco en la
autopista, en la congestionada autopista Buenos Aires- Rosario, nos hizo
recalar en un pequeño estacionamiento de una gasolinera, hasta que el asunto se
despejara ya pasada la medianoche. Ariel y yo aprovechamos esa espera y
dormimos unas cuantas horas dentro de nuestra amplia rural. Está casi
amaneciendo en estos últimos kilómetros que nos restan. Extiendo mi mano y
acaricio su hombro. Ariel me devuelve el mimo poniendo su mano sobre mi pierna.

Nuestras vidas se cruzaron hace poco menos 10 años atrás, cuando yo
comenzaba una dura rehabilitación por un Accidente Cerebro Vascular, el cual
prácticamente casi acaba con mi vida a los 53 años. Ariel fue mi terapista
designado en mi rehabilitación. El venía desde su lejano México, con sus
hermosos 30 años a probar suerte a mi país. La primera vez que lo vi sentí una
gran atracción hacia su persona. Su trato agradable y su responsabilidad
profesional, me brindan un espacio de placer y seguridad únicos. Fue en una de
las largas y duras sesiones de rehabilitación, en la pileta del instituto donde
yo iba, que Ariel me contó de su inclinación sexual, a raíz de una larga
conversación sobre su vida amorosa. Tal era nuestro grado de confianza y es por
eso que no nos guardábamos nada a la hora de contarnos nuestras vidas. Fue
realmente algo liberador para el contarme ese aspecto de su vida.
Recuerdo que ya en esa etapa de la rehabilitación, solo mi pierna
derecha quedó con un grado de dificultad menor para yo poder caminar
aceptablemente bien. Su trabajo conmigo era intenso y con mucho contacto físico
y creo que eso ayudó a afianzar mi confianza en él. Todo el tiempo de mi
rehabilitación Ariel me contaba sobre su vida y yo de la mía. Realmente
llegamos a conocernos muy bien y nada impedía que él o yo nos preguntáramos
cosas muy profundas de cada uno. Una tarde y de regreso a mi casa (él siempre
me venía a buscar y traer de vuelta a mi departamento, en el barrio central de
la ciudad), Ariel se quedó conmigo para cenar juntos. Todo lo que hablaba con
el me resultaba fascinante, lleno de mucho interés mutuo, que lógicamente me
hacía mucho más placentero las dolorosas sesiones que ciertas veces debía
afrontar.
Recuerdo que mientras me contaba de su niñez en Acapulco, mientras yo
preparaba el café, no pude reprimir el impulso y lo besé, sin aviso previo y en
la boca. Él no ofreció resistencia alguna y luego, cuando terminé de besarlo,
me confesó que nunca nadie le había hecho sentir algo tan profundo como yo.
Entonces fue que volví a besarlo. Pasamos toda aquella noche hablando de
nuestros sentimientos, de lo solo que nos sentíamos ante la vida y sin tener un
amor que nos contuviera. Hicimos el amor y nos dimos cuenta que todo aquello
que habíamos sufrido en el pasado, había desaparecido para siempre.
Estamos llegando a nuestro destino y la cálida brisa de los cerros
circundantes nos saludan con la mañana. Frente a nuestra cabaña y oculto entre
los árboles se encuentra el hermoso lago de aguas cálidas y cristalinas. Ariel
ama todo este bello entorno desde que lo descubrimos hace años atrás. En su
Acapulco natal solía practicar su deporte preferido, el cual era el buceo. El
lago es su espacio preferido en los veranos y en el practica sus inmersiones,
munido de su máscara de buceo y sus aletas de goma siempre infaltables. Bajamos
nuestros bolsos y Ariel estaciona la rural en el garage de la cabaña.
Lo noto algo cansado por el largo viaje, pero no obstante sus ojos adquieren
otro brillo cuando me ve dirigirme a la cocina a prepararle un café que a él
tanto le gusta que le haga. Me sigue hasta la cocina y siento sus manos en mis
hombros. Desde aquella noche que nos amamos en mi departamento de la ciudad
(Hace casi 10 años atrás), Ariel y yo jamás volvimos a separarnos. El vino a
vivir conmigo de inmediato y desde ese entonces ha sido mi compañero de vida,
mi terapista permanente y todo lo que un hombre puede pedir para ser feliz en
la vida.
Ariel luego pone sus brazos en cruz sobre mi pecho, acercándome a su
cuerpo. Sus brazos tan musculosos, tan llenos de vigor me cubren, me rodean, me
estrechan contra su cuerpo. Siento perfectamente el latido de su corazón en su
fuerte pecho. El contacto de sus labios en mi cuello, su respiración que cada
vez es más intensa y es como fuego en mi piel. Mis manos buscan sus manos, que
ahora rodean mi cintura. Como un acto reflejo sus manos abandonan las mías y
sus poderosos brazos ahora vuelven a rodear mi pecho con titánica fuerza. Por un
instante creo perder la conciencia, pero de inmediato sus los mismos abandonan
su presión y el oxígeno regresa a mis pulmones. Me da vuelta y me besa
profundamente.
Mis largos 63 años contrastan con sus vigorosos 40 años. Pero al
contrario de toda maliciosa suposición de aquellos que no nos conocen, su amor
hacia mí ha crecido, se ha vuelto mucho más noble que antes. Mi lento paso
acompañado de un bastón, nunca ha sido un impedimento o una molestia para él. Se
ha adaptado a mi discapacidad, pero también ha sido el poderoso motor para
superarme siempre, para empujarme a llevar mis límites un poco más allá. Lo he
visto llorar de emoción por mí, cuando yo caía totalmente agotado por el
esfuerzo superador en mi rehabilitación. He visto su desesperación por temor a
perderme, cuando hace un año atrás sufrí una crisis cardíaca, que afortunadamente
pude revertir. "No sé qué sería de mi vida si te perdiera así, Héctor",
era su ruego en las noches que no me abandonó ni un segundo cuando estaba en
internación.
"Deberías relajarte un poco en el lago, Ariel", le aconsejo a
este hombre lleno de energías y pasión. "Ve y luego te preparo algo rico
para el almuerzo, amor", es mi argumento para retrasar un poco sus ganas
de tener sexo tan temprano. "El lago debe estar hermoso como para que
practiques tu deporte preferido, Ariel", le digo acariciando sus fuertes
hombros y señalándole las aguas cristalinas del mismo. Él, de mala gana me dice
que si, que lo va a hacer y marcha a cambiarse a nuestro cuarto. Sé que su
deseo es tener sexo ahora mismo conmigo, pero lo prefiero bien cansado antes,
porque sé que lo hace mejor y luego queda dormido en mis brazos. Lo deseo tanto
como el a mí, pero su juventud y su porte me avasallan, me dejan exhausto...Y
así y todo no cambiaría un solo segundo por todo lo bello y mucho que siempre
me entrega.
Mientras observo cómo se saca la ropa y se pone su trusa ajustada de
color negro para meterse al lago y bucear, observo su cuerpo musculoso, masivo,
de una tez morena y sensual. Su trusa resalta sus hermosos glúteos y su sexo
siempre vigoroso, deseable siempre para mí. Mientras lo veo cambiarse, recuerdo
las primeras sesiones de fisioterapia que tuve con él, en la piscina del
instituto de rehabilitación, allá en Buenos Aires. Me enamoraron sus manos sosteniendo
mi cuerpo en el agua y ayudándome con mis movimientos, ejercitando mis músculos
entumecidos. Todo en él era dulzura y delicadeza en su trabajo. Pienso que mi
vida jamás sería la misma si no lo hubiera conocido. Él siempre me dice que mi
amor lo cambió para siempre, que tal vez nunca se hubiera atrevido a amar a
otro hombre, si no me hubiera cruzado en su camino.

Lo veo dirigirse al borde del lago, caminando por el pequeño embarcadero
de madera. Sus piernas siempre musculosas me hacen desearlo mucho más. Se
sienta en el borde, se coloca su máscara de buceo y calza sus aletas negras en
sus hermosos pies. Así como está lo deseo mucho más y él lo sabe, mientras me
mira a lo lejos. Toda mi vista lo recorre desde sus hombros anchos, sus brazos
musculosos, su panza tan sensual (tan sensualmente bella para mí), sus muslos y
pantorrillas que son mi locura...Se sumerge con gracia y lo último que veo de él
son sus aletas negras desapareciendo de la superficie mansa del lago. Mi
corazón se estremece de solo imaginarlo desplazarse por la cristalina
profundidad del lago. En un rato largo volverá cansado y yo estaré preparado
para él.
Hacía tiempo que queríamos volver a esta cabaña en Córdoba. Siempre
terminamos eligiendo los adorables cerros y este lago que siempre fue mágico
para Ariel y yo. Para él es un verdadero oasis en comparación al desquiciado
ritmo de una ciudad tan loca como Buenos Aires. Lo veo en sus ojos cuando me
cuenta de su amada Acapulco y sus playas de encanto. Tal como lo había
imaginado y luego de poco menos una hora, lo veo salir del agua con su
imponente y sensual figura. Su cuerpo aún mojado me resulta extremadamente
atractivo bajo el sol de la mañana. Todo en él es virilidad y energía. Pero lo
veo cansado por el esfuerzo. Cansado pero feliz de haberse desenvuelto en un
ambiente que él ama. Lo espero en la puerta de la cabaña con un toallón enorme,
proporcional a su figura corporal... y es entonces que comienza nuestro viejo
ritual.
Lo seco delicadamente mientras él se queda quieto. Le saco su trusa
negra mojada y sigo secándolo en sus partes íntimas. El ritual incluye mirarnos
en silencio y retardando cada movimiento mío para besarlo lentamente, en cada
superficie de su cuerpo ya seca. Lentamente observo cada relieve de sus
músculos y lo acaricio también del mismo modo, como un no vidente que escruta
una superficie escrita solo para él, de manera repetitiva y primorosa. En
realidad es muy poco lo que hago por él, en comparación a todo lo que hace por
mí. Ariel fue cruelmente rechazado por su familia, cuando les confesó su
homosexualidad.
Toda su carrera como Fisioterapeuta la transcurrió en absoluta soledad y
sin el apoyo moral de ellos. Por último, la mala elección de una pareja que
terminó maltratándolo, aniquiló todas sus aspiraciones de tener a alguien que
realmente lo contuviera. Se sentía tan apartado de todo lo que supuestamente le
ataba a su vida, que simplemente decidió buscar nuevos horizontes. Fue así que
gracias a una amiga argentina colega de él, que lo contactó con la posibilidad
de un puesto de trabajo, llegó al Instituto de Rehabilitación en el cual yo
empezaría mi tratamiento específico.

Mientras tanto, en este momento para mí siempre irrepetible, voy secando
lentamente sus hermosas y portentosas piernas, acariciando sus muslos, sus
pantorrillas exuberantes de músculos marcados. Nuestro juego de seducción se
potencia con nuestros deseos más profundos. Hacemos el amor de una manera
masiva, con una urgencia que resignifica cada segundo como si fuera el último,
como si no existiera un mañana posible en nuestras vidas. Ariel es todo esto en
mi vida y mucho más. Él supo armar el disperso rompecabezas de mi pobre vida,
cuando la tristeza de mi alma me hundía en un pozo inmenso de depresión, por mi
ruinoso aspecto físico, luego del cruel ACV. Él puso luz, calidez, una leve
cuota de humana compasión y el empuje vigoroso a mi aletargada voluntad. Nadie
mejor que él para descifrar las claves ocultas en mi cabeza y por último en mi
alma. Modificó y reconstruyó con partes nuevas mis viejas estructuras para
siempre. Tuve que atravesar momentos duros de mi vida y el premio fue éste
hombre maravilloso que ahora disfruta conmigo en esta cama. Está agotado pero
sonriente. Todo su cuerpo me cubre y siento muy fuertes sus latidos. El tiempo
se ha detenido y cada segundo se convierte en destellos, en momentos que
quedarán grabados en mi mente para siempre. Nuestras manos se buscan, se
entrelazan. Su respiración se vuelve pausada. Se ha quedado dormido en mis
brazos, mientras el cálido viento de este mediodía entra por nuestra ventana.
Quizás deberá ser que nuestro almuerzo se retarde…
Por: Colaborador del Sur
4 comentarios:
Qué buen relato. Expresa bastante amor. Gracias por compartir.
Bonita historia, muy motivante.
Que historia de amor más dulce, tierna y erotica, imagine cada momento, eso me hace volver a creer que el amor entre hombres sí existe y me da una luz de esperanza, gracias.
< b > Qué buen relato.
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