8 de octubre de 2014

Ojos Melancólicos

(Relato enviado como anónimo, se hicieron cambios con el consentimiento del autor)

Desde que recuerdo, siempre fui una persona solitaria. Mi infancia estuvo llena de preguntas que no tuvieron respuesta, crecí solo con mi madre quien nunca me dio las respuestas que yo buscaba. Pero al llegar a la etapa universitaria algo cambió. Tuve la suerte de conocer a un amigo que era también homosexual como yo. Desde el principio que nos conocimos sabíamos lo que éramos, dicen que la sangre llama, así que un día nos sinceramos y desde ahí nació una muy buena amistad, hicimos un buen dúo y siempre estábamos bromeando y riendo de todo lo que vivíamos, fue él quien me llevó a la zona de ambiente y aunque en un principio lo rechacé terminé aceptándolo y realmente nos la pasábamos muy bien. Fue por ese tiempo cuando conocimos a un hombre de cuya primer imagen que tengo al recordarlo son sus ojos, parecían llenos de tristeza, así que, sin saber su nombre, le llamamos Ojos Melancólicos. Sólo lo conocíamos de vista, quizá trabajaba en la Universidad, no lo supe ya que nunca lo tratamos personalmente.

Ojos Melancólicos era un hombre de unos cuarenta años, vestía siempre jeans y playeras tipo polo, era de piel morena, con un cuerpo fuerte que mostraba sus horas en el gym, la expresión de su rostro era agradable con unos ojos grandes y negros que siempre transmitían la sensación de estar tristes, la percepción que teníamos de él era bastante subjetiva, el rasgo de sus ojos era lo que lo distinguía. No sé bien cómo fue que apareció, a veces lo encontrábamos en la fonda donde íbamos a comer, otras veces en la parada del camión, otras al cruzar una calle, siempre lo observábamos de lejos y aunque hablábamos un tanto despectivo de él, creo que ambos sentíamos atracción por dicha persona.

Recuerdo que cuando yo me lo encontraba por la calle, nos mirábamos, seguramente él notaba que me atraía y en ocasiones parecía detenerse para ver si hacíamos contacto, yo pensaba que también le parecía atractivo porque él me mostraba una expresión en su rostro como de cariño mezclada con deseo, o al menos eso creía yo, aun así nunca platicamos. A veces mi amigo y yo lo veíamos con otro hombre de piel blanca y que al parecer era su pareja. Pero el otro no nos llamaba la atención como Ojos Melancólicos. A mí personalmente, me gustaba mucho su porte, no importaba la ropa que usara siempre lo veía bien. Siempre me ha gustado el que un hombre tenga un comportamiento masculino y eso me atraía de él, aunque yo lamentaba que no pudiese ocurrir algo entre los dos.

El tiempo pasó, yo me gradué, perdí el contacto con mi amigo y me fui a la ciudad de México donde conseguí trabajo, había hecho muchos cambios en mi aspecto, ya no era el joven universitario delgado y andrógino, ahora era un hombre adulto, fuerte y presumía una barba de candado. Así que un día que viajaba en el metro, absorto en mis pensamientos, de pronto note a un hombre con una figura agradable frente a mí, estaba de espaldas, se veía corpulento para su edad ya que sus sienes estaban cubiertas de canas muy brillantes, me gustó mucho su cabello y la elegancia con que las canas iban cubriendo su cabeza, debía rebasar los cincuenta años. Lo observé en cada detalle, me gustó su porte y pensé que era un buen candidato para compartir mi cama, lo miré un buen rato a ver si giraba su cabeza y si podría ver su rostro. Pero paso mucho tiempo y eso no ocurrió. De pronto llegue a mi destino y baje, olvide al desconocido hombre que me había gustado. Pero más adelante al salir de la estación, frente a mi iba él, iba a paso rápido, cuando de pronto su celular cayó al piso y fue a dar a mis pies. Lo levante y al mirar su rostro me impactó, era Ojos Melancólicos. Él sonrió al verme y me agradeció le entregara su celular y se dio la vuelta, para seguir su camino, mientras que yo solo me quede observándolo, camino unos diez pasos y regreso a preguntarme. “¿Te conozco?”.  Solo pude decir que no, realmente nunca nos habíamos conocido, así que le dije la verdad. Se disculpó y me dijo que había sido grosero al marcharse sin agradecer apropiadamente, me invito a tomar un café de los que venden a la salida del metro y yo un poco vacilante acepte, era un día lluvioso.

Mientras tomábamos el café, me miró y me dijo que le recordaba a alguien, aun no nos contábamos de donde éramos. Yo tenía ya cerca de treinta años y el seguramente tenía por lo menos unos veinte años más que yo. Lo deje hablar un buen rato, pude notar que era una persona agradable, atractivo, educado y seguramente si se sentía atraído hacia mí, parecía no recordarme, quizá era porque jamás en el pasado cruzamos ninguna palabra y yo ahora lucía diferente. Le pregunte a quien le recordaba, y me dijo que le recordaba a una persona a quien él amaba como a un hijo. Me llamo la atención que me dijera algo así. Entonces le pregunte más. ¿Tienes hijos? “Sí”, me respondió, “tengo un hijo, pero hace muchos años que no lo veo”. Y su mirada tomó esa tristeza que le conocía, no quise preguntar más aunque yo me sentía intrigado por saber más de él. Pero ya no quiso seguir hablando de ese tema y me pregunto cosas de mí, para conocerme, así que decidí contarle otra historia de mí, le dije que siempre había vivido en el DF y no en la ciudad en la que realmente nos habíamos conocido y hasta el nombre me cambie por si las dudas, no quería que pudiera reconocerme. Me dijo que había sido grato conocerme y que si yo deseaba podíamos seguir platicando en otra ocasión. Por supuesto respondí que si, en mi mente estaba ocurriendo algo extraño, sentía atracción hacia esa persona y al mismo tiempo una especie de familiaridad, quizá porque yo si tenía la certeza de saber que él era Ojos Melancólicos. Me dio su número celular y se despidió amablemente, la lluvia había disminuido.

Pasaron algunos días, entre mis dedos estaba el papelito donde había anotado su número, lo pensé mucho y después de una semana decidí llamarle. Me contestó amablemente, me dijo que si me recordaba y entonces le dije que ahora yo lo invitaría a tomar un café, él aceptó. Nos vimos en una cafetería del centro histórico, yo sentía curiosidad por él, era un hombre maduro aún atractivo para su edad, durante la conversación me dijo que le gustaría mantener una muy buena relación amistosa, estuve de acuerdo y al finalizar el café caminamos sin rumbo platicando de todo, descubrí que era más agradable de lo que pensaba y que teníamos muchas cosas afines. Vivía cerca del centro, por el rumbo de Tlatelolco, aunque me quedaba de lado contrario al que yo vivía le dije que me quedaba de paso a mi casa y le pregunté si podía acompañarlo, él accedió y seguimos platicando, su conversación era interesante y al salir del metro le pregunté si podría conocer donde vivía, él accedió. Supe que era profesor universitario, lo cual lo hacía más interesante en el trato. Cuando llegamos a su casa me invito a pasar, vivía solo y era un lugar muy agradable, yo estaba muy excitado porque me gustaba mucho y al entrar a su casa no pude controlarme y me acerqué a su cuerpo, él se había quedado quieto y entrecerró los ojos mientras yo acerqué mis labios a los suyos y entonces lo besé, primero con timidez, al sentir que él me correspondía lo abracé y sin separar mis labios de los suyos comencé a quitarle la ropa y pude ver que para su edad tenía una piel muy bonita, muy suave y de un color uniforme, sus músculos eran firmes, así que en el sofá de su casa lo hice mío, aunque al principio puso algo de resistencia finalmente se dejó llevar por el instinto. Al terminar platicamos, me sinceré y le dije la impresión que tenia de él, que me parecía un caballero muy atractivo y que después de lo que había ocurrido, yo deseaba mantener una buena relación con él, definitivamente deseaba estuviera en mi vida.

Por fin había logrado, lo que muchos años antes había deseado, había hecho mío al hombre que en ese momento ya no podía seguir llamando Ojos Melancólicos, ahora él tenía un nombre, pero las cosas no habían terminado ahí. Él también se sinceró y me dijo que durante muchos años había sufrido una pena, le pedí que me contara. “¿Recuerdas el día que nos conocimos y te dije que tenía un hijo?”  “Si, lo recuerdo” “Pues bien, ese hijo si lo pude ver, pero nunca pude tratarlo.” Me explico que siendo muy joven había llevado una relación heterosexual con una mujer llamada Sofía de la cual había nacido un hijo, pero que él no se había enterado sino muchos años después, cuando ya había terminado la relación con esa mujer. Ella nunca se lo dijo, le guardaba rencor por haberla abandonado y procuró que nunca supiera que ese hijo era suyo. Él lo supo años después.  Me siguió contando, “durante muchos años solo lo veía de lejos, cuando creció descubrí que él era homosexual como su padre, así que solo me conformaba con verlo por la calle, creo que incluso él pensó que a mí me gustaba, lo cual complico aún más las cosas para poder acercarme a él”. Yo lo escuchaba con atención, mi corazón latía aprisa y no pude evitar preguntarle si sabía quién era ese joven. Me contestó diciendo el nombre de su hijo era Andrés. “Pero qué raro” pensé yo, “su hijo se llama igual que yo y también mi madre se llama Sofía…”. En ese momento mi corazón dio un vuelco, pues yo nunca conocí a mi padre.



1 comentario:

Anónimo dijo...

upsss que fuerte