Hay una calle en el
sur de Cuernavaca que conozco bien, aunque hace muchos años que no paso por
ahí, pero la conozco bien, muchas veces manejé por esa calle, conozco su trazo,
las intersecciones, el tráfico es tranquilo, ahora voy manejando por ahí hasta
que llego a una casa que tiene barda de piedra en el exterior de la que cuelgan
algunas plantas, el portón es blanco y no tiene timbre, me estaciono a bordo de
la acera y bajo del auto, la calle luce solitaria, no veo a nadie más, y
observo la casa, nada ha cambiado a pesar de los años.
Es la casa de
Emiliano, amigo de Manuel con el cual llevo saliendo varios meses, Manuel es
casado, por alguna situación que nunca he entendido, siempre me ha tocado que
las personas con las cuales tengo algo que ver son casados, no es algo que yo
busque, porque cuando los conozco es en un lugar de ambiente, ellos están ahí,
pasa algo, nos entendemos y es hasta tiempo después que me entero que son
casados, así que no es algo así como un requisito que yo busque, solo se ha dado.
Cuando conocí a Manuel fue también hasta tiempo después que me dijo que estaba
casado, y no teníamos un lugar donde poder estar juntos, un espacio donde tener
intimidad, así que un día me llevó a esa casa con barda de piedra, era de su
amigo Emiliano quien vivía solo y que también era homosexual. Con Emiliano la
relación fue buena, más por la amistad que llevaba con Manuel que por aceptarme
a mí. Creo que en el fondo nunca hubo una amistad entre Emiliano y yo, quizá su
comportamiento demasiado obvio me hacía guardar distancia, pero nos ofreció un
cuarto de su casa donde podíamos tener intimidad. Ellos dos se habían conocido
en un trabajo común que tuvieron y aunque ya no trabajaban juntos siguieron
siendo amigos, Manuel le habló de mi a Emiliano y le pidió como favor si
podíamos vernos en su casa y él accedió.
Estaba ahí en la calle
y me dirigí al portón blanco, sin saber bien qué hacía yo ahí después de varios
años que había dejado de ir, toqué la puerta, al poco tiempo escuche unos pasos
acercándose y entonces me abrió la puerta Manuel, ahí estaba, después de varios
años de no verlo, no podía entenderlo, ¿Dónde había estado todos esos años?
¿por qué se había alejado, dónde se había ido estando en la misma ciudad y cómo
fue que nunca habíamos coincidido? Sabía que él nunca dejaría a su familia por
mí, pero eso no había sido obstáculo para que antes hubiésemos estado juntos
muchas veces en esa misma casa.
Siempre llegábamos y
Emiliano nos abría la puerta de su casa, charlábamos un poco y después nos
íbamos a uno de los dos cuartos que tenía la casa y que Emiliano no ocupaba,
era un acumulador compulsivo, el cuarto estaba lleno de libros tirados por
doquier, piezas de cerámica ya viejas y un montón de cajas apiladas sin ningún
orden, y ahí, en medio de ese cuarto estaba un colchón viejo sobre el cual
Manuel y yo dábamos rienda suelta a
nuestra pasión, nos amábamos con la desesperación de un condenado que sabe que
tiene poco tiempo y que tal vez esa podría ser la última vez que podríamos
estar juntos. Siempre estaba la amenaza constante de que en algún momento su
esposa llegara, ella también era amiga de Emiliano y sabía dónde vivía. Después
descansábamos un rato acurrucados el uno junto al otro, y después salíamos ante
la mirada risueña y cómplice de Emiliano quien en un gesto típico se tapaba la
cara con una mano dejando descubiertos los ojos. Estábamos un rato más en el la
sala y luego nos íbamos.
La última vez que vi a
Emiliano, recuerdo que estaba yo en mi trabajo y desde la ventana que daba al
exterior vi cuando pasó y fui a su encuentro, lo pasé al pequeño cubículo que
tenía asignado, supe que algo estaba mal, Emiliano nunca antes me había llamado
ni buscado y esta vez traía los ojos rojos y llorosos, me alarmé y entonces me
preguntó si no sabía qué había pasado, le dije que no y entonces me dijo que
Manuel estaba muy mal en el hospital, había tenido un derrame cerebral y se
soltó a llorar. No pude entender bien lo que me decía, solo pude tomar el
teléfono y avisar a mi jefe que algo pasaba y debía salir, fui con Emiliano al
hospital pero no pude pasar, Manuel estaba en estado de coma.
Y ahora, después de
tantos años Manuel estaba frente a mí, tenía yo tantas preguntas, él me invitó
a pasar a la casa, entré y cerró la puerta y me miró con una gran sonrisa, yo
debía tener una cara de sorpresa, él prácticamente no había cambiado después de
todos esos años, le pregunté dónde había estado y me dijo que había cambiado de
trabajo, que se había alejado de todo y que se había dedicado a su familia,
había dado de baja su número de teléfono, le pregunté por qué nunca me buscó y
solo encogió los hombros, mirándome con tristeza aunque sonriendo aún, quiero
abrazarlo, quiero besarlo, pero aún no alcanzo a entender muchas cosas después
de todos estos años y entonces le pregunto: “¿por qué fingiste tu muerte?”.
Entonces me doy cuenta
que estoy soñando, me despierto aún con la imagen de su rostro sonriéndome, han
pasado muchos años desde que Manuel murió, y a veces tengo estos sueños con él,
siempre lo sueño así, que de repente lo encuentro y sé que está vivo, y que
todo este tiempo solo se ocultó de mí, pero el sueño no continúa, no hay un
nuevo inicio, en algún punto del sueño me doy cuenta que estoy soñando y
entonces despierto, aún en el sueño no puedo continuar con él, solo tengo
muchas cosas que quise haberle dicho y que ya no pude, nunca volvió en sí del
coma, fue algo que no esperaba que pasara, y me quedé con muchas cosas que
hubiera querido decirle, pero ya no pude, se quedaron ahogadas en mi interior.
Tres días después de
la visita de Emiliano a mi trabajo donde me dijo de Manuel, iba yo manejando a
mi trabajo, era una mañana fría y lluviosa de Septiembre, no había podido
dormir en toda la noche cuando sonó mi celular, era Emiliano y solo me dijo “ya
pasó…” fue todo. Colgué el teléfono y seguí manejando mientras mis ojos se
llenaban de lágrimas y un grito se ahogaba en mi pecho…
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