La marcha de este 2016 fue distinta para mí, la vivencia no fue igual a
la de los años anteriores, y no lo fue porque en esta ocasión hubieran muchos
debates polémicos previos a la marcha, sino por lo que yo estuve viviendo a
nivel personal, mi estado emocional fue otro y todo lo viví de diferente
manera, me sentí más pleno, más libre, más con la idea de que estaba iniciando
algo diferente, algo hermoso, algo divino, lleno de felicidad… perdón esa es
una canción, pero lo que intento decir es que por primera vez en muchas
marchas, me sentí pleno y feliz.
El 25 de Junio, amaneció en la CDMX y la alarma del celular sonó, era
hora de levantarnos, la noche había sido de insomnio por unos zancudos que no
nos habían dejado dormir bien, pero debíamos levantarnos si queríamos llegar a
tiempo a la marcha. Nos bañamos para terminar de despertar y fuimos a
desayunar, regresamos por algunas cosas al cuarto del hotel y salimos hacia el
metro que estaba a cuadra y media de donde nos quedábamos. En la calle era
fácil reconocer a quienes iban a la marcha, aun cuando fueran vestidos de forma
común, había algo que los hacía reconocibles, con las miradas nos identificábamos.
Dos estaciones más y los vagones se vaciaban en el metro Insurgentes, un río de
gente saliendo era el preludio de la marcha, afuera había vendedores ofreciendo
banderas arcoíris de todos tamaños, y algunas banderas de osos. Caminamos hacia
la glorieta del Ángel, la gente iba llegando, los contingentes se iban
acomodando hasta la Diana.
Nos quedamos del otro lado del Ángel viendo a la gente llegar, algunos
comenzaron a sacar de sus mochilas la vestimenta que usarían, uno solo lo vi
quitarse casi toda la ropa para quedar en un diminuto short, en la esquina
estaban algunos activistas, del otro lado algunas familias estaban sentadas en
las bancas de concreto, la vigilancia era discreta pero ahí estaban, fotógrafos
pasaban, gente que hasta ese momento se daba cuenta “ah, es que hoy es la
marcha de los gays”, gente llegando de todas partes, algunos lucían ya sus
vestimentas y hacían las pruebas de cómo posar para las fotos, el maquillaje
era retocado, algunos venían del Sanborns diciendo que “había una fila larga y
había que pagar en caja, cobraban cinco pesos por ir al baño…”.
Subimos las escaleras del Ángel, mientras me quitaba la camisa recordaba
los memes de las redes sociales de días antes que pedían vestir “decentemente”,
de aquellos que protestaban por los desnudos y travestidos que desfilarían en
la marcha y que se decían que así no era cómo se luchaba por los derechos de la
comunidad, que solo vistiendo decentemente podíamos tener la aceptación de la
sociedad, como si por el hecho de ser “decentes” la sociedad nos fuera a
aceptar. Sí, de cierta forma al ir sin camisa yo era parte de los que marchaban
semidesnudos, y había algo de transgresión en ello en ese día, y al mismo
tiempo una sensación de libertad que era compartida por todos los que estábamos
ahí, no importaba cómo fuéramos vestidos. Yo iba a marchar así, con el torso
desnudo, pero no estaría solo… Eso era lo importante para mí.
¿Cuánto tiempo hay que dejar pasar para retomar la vida cuando un ciclo
se ha cerrado? ¿Cuándo es tiempo de iniciar una nueva vida? Creo que no hay un
tiempo ideal para ello, cada persona es distinta, y parece que el momento
indicado es cuando hay alguien ahí, esperando para ser aceptado, sin presiones
de ningún tipo. Él y yo comenzamos a caminar entre un mar de gente mientras
recordaba la primera vez que marché hace cinco años, en aquélla ocasión iba con
quien era mi pareja, un par de amigos que también eran pareja, y dos amigos
más. En cinco años pasaron muchas cosas, ninguno de aquellos estaban ya en esta
marcha, por lo menos no juntos. Una semana después de la marcha del año pasado
mi entonces pareja y yo dimos fin a nuestra relación, también los amigos que
eran pareja no lo eran desde hacía más tiempo y de los otros dos amigos no
volví a saber de ellos, supongo que son cosas que pasan con el tiempo. Hoy
caminaba con alguien más a mi lado, sabíamos que íbamos a encontrar a muchos
conocidos en el trayecto, y que había cosas que eran muy evidentes.
Hay un momento en que se decide cerrar un ciclo, la vida continúa y
entonces me di cuenta que quien iba acompañándome en la marcha había estado
siempre ahí, sin importar que tan descabelladas fueran mis ideas y proyectos, él
siempre me apoyaba y sin pretender ningún protagonismo, solo por el gusto de
estar acompañándome. Mientras bajábamos las escaleras del Ángel lo vi de una
forma diferente, él siempre estuvo ahí, más allá de la amistad y del excelente
equipo de trabajo que ambos formamos desde hace mucho tiempo, quise preguntarle
el por qué, que lo motivaba a ser mi acompañante en este periodo de mi vida,
pero en ese momento nos encontramos a un buen amigo diseñador y fotógrafo que
se nos unió para marchar, en el camino encontramos a algunos amigos,
curiosamente eran los que hacía mucho tiempo no veíamos, nos saludamos, nos
pusimos al día con nuestras vidas y nos tomamos la foto.
La pregunta era inevitable: “¿dónde está el otro?” – “bueno, hace un año
que terminamos la relación”- e intentar explicar en pocos minutos lo que llevó
años, no era tan fácil, así que solo me limite a decir que las cosas eran así
ahora y que era lo mejor que me había pasado y se veía en mi semblante, varios
me lo dijeron, notando que mis esfuerzos en el gym habían dado buen fruto, yo
estoy en mi mejor forma, ni en el pasado desarrolle tanto mi cuerpo como ahora,
el cambio me ha sentado bien. Mientras tanto, la marcha avanzaba. Era una
marcha numerosa, más grande que la del año pasado, un río de gente llenaba
Reforma, quienes iban desnudos o mostrando los pechos al aire eran pocos, muy
pocos, si bien había disfraces muy originales, también eran poco provocadores,
había un ambiente de ser políticamente correctos ese día, los pocos
transgresores se perdían entre el cúmulo de gente que marchaba vestido de forma
“normal”.
Una señora con sus dos hijos me pide que cargue a la niña para tomarme
una foto, accedo, aunque hace años no cargo a un niño, lo hago, la niña está
contenta, sonríe y le doy las gracias, el recuerdo de mi hijo es inevitable.
Otra mujer de mediana edad se acercó a mí y me pidió una foto también, al
despedirse me lanzo piropos. La tarde avanzaba, las consignas eran gritadas,
algunos vendedores ambulantes eran retirados por la policía en cuanto eran
detectados, no importaba lo que vendieran, de cuando en cuando había huecos a
lo largo de la marcha, ya era entrada la tarde cuando los primeros carros
alegóricos iban apareciendo, torsos desnudos pero ningún desnudo explícito,
ningunos senos al aire, perdidos entre el mar de gente un par de hombres
totalmente desnudos caminaba sin despertar mayor curiosidad, en cambio los
disfraces más originales llamaban la atención de los fotógrafos. Sí, era una
marcha muy numerosa, y demasiado “normal”.
Ya era tarde cuando arribamos a la Alameda Central, la gente de la
marcha se iba mezclando con los transeúntes cotidianos de un sábado por la
tarde, una ligera llovizna había caído pero la gente seguía llegando, aún
venían algunos carros alegóricos, y de pronto sentí esas miradas reprobatorias
de la gente que veía pasar la marcha por ir con el torso desnudo, la homofobia
seguía ahí al final del arcoíris, cuanto más visible fueras era más sentida, no
pude menos que recordar los memes de las redes sobre ir vestidos “decentemente”
para ser aceptados. En ese punto de la Alameda dimos por concluido el recorrido
para ir a comer, me puse la camisa y salimos de la marcha. Por primera vez en años iba sobrio,
hambriento… y feliz, había dicho que iba a marchar solo, pero no fue así, no
estaba solo. Comimos en un lugar cercano al hotel y después nos fuimos a bañar
y a descansar un poco. La noche iba llegando pero no encendimos la luz,
entonces le pregunté lo que había pensado antes, ¿por qué había estado conmigo
todo este tiempo?. “¿No lo sabes?” me dijo, “…es porque te amo”.
Sí, era verdad, y yo también lo amaba, sin atreverme a decirlo antes por
el recuerdo de una relación pasada, atado a compromisos que habían sido rotos
desde mucho antes de haber terminado la relación, sin atreverme a ver a quien
había estado ahí todo este tiempo, sin ninguna exigencia, solo esperando el
momento en que estuviera yo dispuesto a voltear a verlo con otros ojos. Entonces,
sobrio, entendí que yo también lo amaba, le tomé del rostro y se lo dije. Ambos
nos abrazamos, fue un abrazo fuerte, largo, silencioso, un abrazo con el que no
fue necesario decir muchas cosas que ambos entendíamos. La noche se abría paso,
quisimos salir, la oferta de diversión nocturna era amplia, algunos lugares
estaban repletos, el solo entrar hacía imposible respirar, otros lucían vacíos,
era tanta la oferta que era difícil decidir dónde ir. “Elige cualquier lugar,
no importa cuál, lo importante para mí es estar contigo, como ha sido durante
todo este tiempo que te he estado esperando…”.
Por: Martín Soloman

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Waw
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