Hay veces en que la
vida parece repetirse, hay veces en que las historias parecen ser las mismas a
través del paso del tiempo, como si la historia se viviera una vez más, solo
que con diferentes protagonistas, como cuando se vuelve a dar la puesta de una
obra de teatro, una imagen en el espejo de la vida. En 1993 fue la primera vez
que la ví en teatro, el mismo año que intentaría establecer por primera vez una
relación de pareja con otro hombre…
Lo había conocido
hacía poco, se llamaba Nacho, era unos ocho años mayor que yo, casado, muy
atractivo, parecía ser norteño, cuando no usaba el traje del trabajo gustaba
vestir estilo vaquero pero sin sombrero. Nos veíamos furtivamente en hoteles de
paso debido a su situación de casado, tenía un muy buen trabajo, exitoso, parecía
ser el tipo de persona que cualquiera querría tener como pareja, excepto por un
detalle, estaba enamorado de su esposa y sus hijos eran su adoración. Tenía
mucha experiencia, era un hombre de mundo, mientras yo era un tímido y modesto
provinciano sin experiencia en el medio, tenía un trabajo que apenas me
permitía cubrir mis necesidades básicas, muy lejos del tipo de trabajo que él
tenía, de la ropa que usaba, de las lociones caras que usaba, era desenvuelto,
desenfadado, extrovertido, sonriente casi siempre, y al hacerlo se le dibujaban
un par de hoyuelos en las mejillas, tenía el pelo quebrado aunque lo usaba muy
corto, y un gran bigote que enmarcaba una sonrisa franca.
Tendríamos unos dos
meses de estar viéndonos cuando me propuso pasar un fin de semana en la hoy
CDMX, yo acepté con mucho gusto. Nos vimos un sábado por la tarde, él puso como
pretexto a su esposa una invitación de un cliente suyo. Pasó por mí al punto
donde quedamos en vernos en su auto, al llegar a la ciudad nos dirigimos a la
colonia Roma, buscó un hotel donde nos hospedamos, atardecía y salimos a
caminar. Era para mí una experiencia nueva, le estaba muy agradecido, todo
parecía nuevo. Me llevó a cenar a un restaurante elegante, yo que solo estaba
acostumbrado a comer en lugares de comida rápida y de tacos, él me hacía sentir
especial. Después de cenar caminamos y encontramos el teatro Silvia Pinal, la
obra que estaba en el teatro era “La Jaula de las Locas”. Yo había visto la
película original, él me propuso entrar a verla, compró los boletos y entramos.
Durante la función me tomó de la mano, ambos nos divertimos mucho, era la
primera vez que yo veía una obra con esta temática, para aquel tiempo era una
apuesta arriesgada pero funcionaba muy bien, la forma como lo trataban era muy
natural, y él era casado y tenía hijos.
Al salir del teatro
fuimos a un antro que ya no existe, bailamos, tomamos y nos fuimos al hotel donde
tuvimos una noche de caricias y sexo, una noche de amor, porque yo estaba
enamorado. Al día siguiente regresamos a Cuernavaca, me dejó en donde siempre y
se fue a su casa. Por una noche me sentí especial, querido, amado por alguien
extraordinario, él tenía muchas cualidades a mi vista. Sin embargo esto no
duró. En el mes siguiente él decidió que esto había llegado muy lejos y que no podía
poner en riesgo su matrimonio por andar de cabrón con otro hombre. Sí, debo
decir que lloré, pero también debo decir que esa era una relación que no tenía
ningún futuro. A veces uno se aferra de cosas que no son reales, de imposibles,
que de seguir adelante hubiese terminado en un juego donde todos hubiésemos perdido
algo. Aquí realmente no perdí nada, porque nunca me prometió nada. Solo pasamos
juntos un buen tiempo, si yo llegué a entender otra cosa fue el costo de mi
aprendizaje. Él solo me dijo que ese fin de semana nunca lo iba a olvidar…
Han transcurrido 23
años desde entonces, han pasado muchas cosas. No solamente a mí me han roto el
corazón algunas veces, yo también he roto algunos corazones en el camino. Abrí
mi perspectiva, conocí el medio, supe de desamor, y también de amor, conocí algunas
personas que valieron la pena, otras que no, tuve tropezones, caídas, errores,
y algunos aciertos. A veces es difícil reconocer cuando uno se equivoca, o
cuando uno acierta, a veces solo con el transcurso del tiempo nos damos cuenta
si estamos bien, o si estamos mal. Ya no soy joven, la persona que era hace 23
años ha quedado muy atrás y casi no la reconozco en mí. Hace algunos años
conocí a una persona más joven que yo, el proceso de conocerla fue muy
complicado al principio, ambos teníamos un carácter muy difícil el cual poco a
poco fuimos moldeando y entablamos una relación de pareja.
La semana pasada tuve
unos días libres, decidimos ir a la CDMX. Han vuelto a poner en escena “La
Jaula de las Locas”, quise volver a verla con quien es mi pareja actual, 23
años después de la primera vez. A veces pareciera que las historias se repiten,
pero no es así. No solo cambian los protagonistas de la obra, también yo he
cambiado y ahora me acompaña alguien para quien no soy un amante ocasional,
ahora voy con quien es mi pareja por elección propia y libre. Lo hacemos sin
ocultarnos, sin temer por el mañana. Y así como la obra se ha modernizado,
también ha cambiado la forma como ahora la vemos. Ahora soy yo quien tiene un
hijo, ahora soy yo quien es mayor que mi pareja. Y al regresar mañana a nuestra
vida habitual, no lo haremos para regresar cada quien a su vida individual,
regresaremos a casa, donde estaremos juntos, para seguir haciendo nuestro día a
día juntos.
Ya no es un solo fin
de semana, un sábado por la tarde para regresar un domingo temprano, ya no hay
incertidumbre por no saber cuándo nos volveremos a ver. En la CDMX caminamos
juntos, tuvimos un tiempo más amplio para hacer más cosas, para visitar más
lugares, para encontrarnos con buenos amigos, para recorrer la ciudad. Al
anochecer llegamos al teatro, la obra “La Jaula de las Locas”. Hoy en la CDMX
es legal el matrimonio entre personas del mismo sexo, algo que hace 23 años
parecía imposible. La obra tiene hoy más significado, y es el marco para
reflexionar cómo el tiempo nos ha cambiado y cómo se ve hoy la vida, y al
volver la vista atrás queda un camino lleno de vicisitudes, de cosas rotas, de
cosas construidas, de años que nos han cambiado. Veo el desarrollo de la obra,
pero también lo veo a él, con esa mirada alegre que le conozco, con ese gusto
por las cosas simples, por estar juntos cuando todo parecía estar en contra.
Salimos del teatro y
lo abrazo, la ciudad se ve luminosa por las luces de Navidad que la adornan, vamos
a cenar a un lugar agradable y después caminamos hacia República de Cuba, el
bar Oasis ha vuelto a abrir, estamos un rato y optamos por ir a algún otro
lugar para tomar una cerveza, luego nos vamos al hotel. Esa noche nos amamos,
de la forma como se aman quienes saben que tienen todo el tiempo por delante,
con la embriaguez de algunas cervezas encima, con los sentimientos que nos han
hecho estar juntos. Cuando todo pasa él se acurruca en mi pecho para dormir,
platicamos de lo mucho que nos gustó la obra de teatro, encontramos situaciones
nuevas que son parecidas en algunas cosas a nosotros mismos, en un último
susurro antes de quedar dormidos él me pregunta: “¿y si tenemos un hijo
juntos?”… Esa pregunta me llena de alegría y expectativas y con esa idea me
duermo imaginando escenarios futuros donde la vida parece ser eso, un sueño,
que sin embargo hoy puede ser una realidad.
Por: Martín Soloman


1 comentario:
Que gran anécdota.
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