27 de marzo de 2019

Historias para noches de insomnio 1


No quiero llegar a mi casa

Pedro era el típico ejemplo de esposo ejemplar, se había casado muy joven cuando embarazó a su novia y su familia le exigió que le cumpliera, no había sido que se casara porque la amara, así que tuvo que resignarse a pasar de ser un estudiante sin obligaciones, a tener que trabajar para mantener a su esposa y a su hija. Tuvo que tomar un empleo como cajero y no pudo terminar de estudiar, la frustración lo habría de acompañar el resto de su vida, ¿y si las cosas hubieran sido distintas? ¿y si ella hubiese abortado y él hubiese terminado la licenciatura? Pero todo estaba hecho, cada mañana salía de su casa con el magro lonche que su esposa le había puesto, ella también estaba insatisfecha, el sueldo que su esposo ganaba no era suficiente para el estilo de vida que ella hubiera querido tener, y de alguna manera se desquitaba con él, de muchas formas, le planchaba mal la ropa, le ponía cualquier cosa para llevar de comer al trabajo, y lo peor era cuando Pedro regresaba a su casa, no tenía hora de llegada, si cuadraba caja podía llegar a tiempo, pero si no entonces salía tarde, pero al llegar siempre era lo mismo, su esposa lo acribillaba con quejas de la cotidianidad de la casa, tenía que soportar las quejas porque el jitomate había aumentado de precio, porque había dejado olvidada una camisa sucia en la ropa limpia, quejas de la niña, quejas del perro, quejas, gritos de la niña, ruido, hasta que sentía que la cabeza le estallaba. Así se iba a la cama, aún escuchando las quejas de su esposa y el reclamo por el poco dinero que ganaba, él era un mediocre, su matrimonio era un matrimonio mediocre, no tenía ganas de tener sexo con su esposa, ella tampoco se lo exigía, todo lo que alguna vez sintieron como deseo hacía años se había acabado, y lo mismo se repetía todos los días de la semana. A veces salía temprano de su casa, pero no quería llegar allá, no quería llegar para escuchar los gritos y quejas de su esposa, así que sólo deambulaba por las calles viendo aparadores de tiendas y soñando con otra vida, una que no conocería, una donde tendría algún gusto, algún placer, hasta que se hacía tarde y no tenía más escapatoria que regresar a su casa. Una tarde que había salido temprano y al caminar por otras calles se encontró con un pasillo viejo, al fondo había un cine, pasaban películas porno, pensó entrar un rato en vez de caminar sin sentido, haría tiempo en lo que prolongaba la agonía de tener que regresar a su casa, el cine estaba casi vacío, se sentó en una butaca aislada, luego alguien más se sentó junto a él, su rodilla lo rozó, Pedro sintió que algo estaba mal, pero al mismo tiempo sintió un extraño cosquilleo subiendo por su rodilla hasta su entrepierna, una sensación que no había sentido, luego sintió una mano posarse sobre su rodilla para ir subiendo hasta su bragueta, para entonces su miembro estaba totalmente erecto, con habilidad le bajaron el cierre y le sacaron la verga, Pedro se sorprendió de si mismo ya que mientras su pensamiento le decía que tenía que irse, al mismo tiempo quería sentir más de lo que estaba sintiendo, era placentero, culposo, prohibido, pero placentero, de una forma que no había sentido, un cosquilleo y calor acumulándose en la punta de su glande que comenzaba a lubricar, y de pronto, unos labios y una boca caliente y húmeda engulleron su miembro de golpe, era una boca experta, los labios presionaban su carne, la lengua le rodeaba todo, subía y bajaba, al poco tiempo explotó en una intensa eyaculación, y al contrario que su esposa, no desperdiciaron ni una gota de su semen, la boca siguió ahí aunque ya había eyaculado, luego se fue. Esa tarde, por primera vez en muchos años, Pedro llegó a su casa feliz, los gritos y quejas de su esposa por primera vez los escuchó muy lejanos, la vio y se dio cuenta que se veía ridícula gesticulando mientras se quejaba, sonrió, y entonces le gritó que se callara, ella lo vio incrédula, algo había cambiado, cenó en silencio, ahora su vida le parecía ser la vida de alguien más, y por primera vez en muchos años pudo dormir sin sentir la culpa por un matrimonio patético. En adelante, esperaba salir temprano siempre que se pudiera, aunque a su casa siguiera llegando tarde como siempre, ahora siempre con una sonrisa en el rostro, y solo él sabía el por qué.


Por: Martín Soloman

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