Martín
Dice la canción que No
hay nostalgia peor, que añorar lo que nunca jamás sucedió. Las cosas que más
nos duelen no son las que nos pasaron, por muy malas que hayan sido, sino aquellas
que nunca llegaron a pasar. Porque cuando algo ha pasado lo conocemos, tenemos una
certeza de que fue bueno o malo, pero lo sabemos. Sin embargo, lo que nunca
llegó a pasar permanece para siempre en nuestra conciencia, dando vueltas una y
otra vez a nuestra imaginación de todo aquello que pudo haberse llegado a dar,
pero el hubiera no existe.
Quizás el primer amor
que tuve como hombre hacia otro hombre de forma consciente fue mi amigo de laUniversidad, Beto, uno de los primeros relatos del blog, con el que nunca pasó
nada pero que aún hasta el día de hoy lo recuerdo como mi primer amor cuando
era estudiante, compartimos dos años como buenos amigos, fue mi compañero en
mis solitarios días de estudiante y quien hizo soportable la dura etapa que la
Universidad fue para mí, y aunque nunca lo supo, fue también mi primer amor
imposible.
Han pasado muchos
años, me he aceptado como lo que soy y he encontrado personas maravillosas en
mi vida, pero aún hasta el día de hoy lo recuerdo y muchas veces me he
preguntado que hubiera pasado si me hubiese atrevido a algo más, y si él me
hubiera correspondido. Porque como dice
otra canción, “Sabes mejor que yo que hasta los huesos, solo calan los besos
que no has dado, los labios del pecado”. Nunca hubo ni un beso, y lo único que
conservo de él es una fotografía ya muy vieja de él. Nadie la ha visto, solo yo
sé quién es él. Me hubiese gustado conservar algo más de él, pero no tengo
nada, solo su recuerdo en mi memoria.
Mauricio
Tuve un amigo en la
escuela donde estudiaba la licenciatura. Si me dijeran qué es lo que más
recuerdo de él diría que es su cara, muy alegre, con unas grandes ganas por
vivir. Eramos compañeros de grupo y nos llevábamos muy bien. A los dos nos
gustaba tomar ya desde ese tiempo, y una vez medio tomados y entre broma y
broma nos besamos y nos tocamos, pero no pasó nada más, quizá ambos tuvimos
miedo de que si eso hubiera seguido nuestra amistad se hubiera roto, y prefería
tenerlo como amigo. Nos evitamos un tiempo después de ese evento, cada quien se
hizo de una novia, pero nunca resolvimos lo que era el inicio de algo.
Pasaron los años, los
dos nos casamos, a veces nos encontrábamos y platicábamos como amigos sin
mencionar lo que una vez pasó pero diciendo muchas cosas con la mirada, creo
que él sabía lo que yo sentía por él y él también sentía lo mismo, pero estábamos
casados. Cierto día que andaba cerca llamé a su casa y ahí me dijeron que si no
sabía que él ya había muerto. No dije nada, ahí se cayó todo. Tiempo después
supe que se había suicidado de un balazo. No supe las razones. Mucho tiempo me
emborrache pensando en él, cuando me quedaba solo, cuando mi esposa iba de
visita a su familia me quedaba solo y sacaba las fotografías de la escuela
donde él estaba, y ahí lloraba, las extendía por toda la mesa hasta quedar
perdido de borracho. Y entonces no sé lo que pasó, pero lo vi, estaba ahí
despertándome y diciéndome “acuéstate, ya va a llegar tu esposa, yo te ayudo a
levantar esto, no puedes dejar las fotos aquí”, y me llevó a la cama, estaba yo
demasiado ebrio y supongo fue el alcohol. A la mañana siguiente desperté, vi la
hora y me levanté de golpe, mi esposa estaba ya casi por llegar e iba a ver las
fotos que tenía yo regadas en la mesa, fui y me encontré con que no había
ninguna foto en la mesa, todas estaban levantadas y guardadas donde siempre. No
supe qué pasó.
Lo único que conservo
de él son esas fotografías. Han pasado muchos años, he descubierto mi
sexualidad, ya no vivo con mi esposa, pero hasta el día de hoy me acuerdo mucho
de él y sé que hay un ángel allá arriba viendo por mí.
Juan
Cuando Juan estaba con
Manuel, ambos acostumbraron a coleccionar conejos, en cerámica, en peluche, era
algo que los hacía acordarse el uno del otro cuando no estaban juntos. Y si
algo tenía Manuel era ser muy detallista, siempre en cada fecha le compraba una
tarjeta y le escribía algo. A lo largo del tiempo fueron acumulando los
detalles, todo esto lo tenía Juan en un cuarto que compartían juntos. Hasta que
cuando se separaron Juan se quedó con todo y regreso a vivir a la casa de sus
padres donde después de un tiempo tuvo que quemar todo eso por temor a ser
descubierto ya que en la casa de sus padres no tenía privacidad. Solo se quedó
con tres cosas: un anillo de graduación de Manuel, una foto de él y un Peluche.
El peluche fue el último regalo que Manuel le regaló, unos días antes de que él
muriera. Cuando se lo regaló a Juan le extraño que no fuera un conejo, sino un
oso con un moño, porque en todos los años juntos los peluches siempre habían
sido conejos, y tampoco había una fecha ó motivo para habérselo regalado. Juan
solo guardo el oso de peluche. Días después Manuel Murió, y Juan sacó el oso de
peluche y lo puso sobre su buró, de tal forma que antes de dormir siempre lo
veía.
Y ahí permanece hasta
el día de hoy, recordándole lo efímero de la vida, entendiendo que cuando se
tiene a alguien, más importante que recibir, es dar, hacer lo que se pueda para
apoyar a la pareja, al compañero de vida, al amigo, por pequeño que sea, porque
el valor lo da uno mismo. Porque el hubiera no existe…
