4 de octubre de 2017

Cuando pasó el temblor


La normalidad, esa extraña rutina vuelta cotidianidad que a fuerza de repetirla nos hace ir en piloto automático por la vida, repetimos un día tras otro, y vamos haciendo nuestra vida a base de seguridades, de cosas que damos por hechas, de una vez y para siempre, esperamos que lo construido no cambie, que no se derrumbe, que no se venga abajo, que siga creciendo, fortaleciéndose, mejorando, como cuando conocemos a alguien, a una persona que es especial, con la que comenzamos a construir sueños, ilusiones, certezas, hasta que de repente pasa algo, algunas veces de forma violenta, a veces ocurre un temblor, y entonces nuestra cotidianidad se derrumba, las cosas que habíamos construido caen, todo cambia de forma intempestiva, y a veces no nos damos cuenta…

Cuando comencé a andar en esto, creo que ya era algo tarde para mi edad, cuando hoy día muchos a corta edad ya tienen una amplia experiencia, más en sexo que en sentimientos, yo aún no me asumía. Creo que muchos comenzamos por la búsqueda de experiencias sexuales más que por una relación afectiva. Mi caso no fue diferente. Siempre hubo mucha facilidad para tener encuentros furtivos y anónimos que de alguna manera calmarían una inquietud permanente en nuestra naturaleza, por lo menos hasta el siguiente encuentro. Inicié en esto por una casualidad, también por ociosidad, fui conociendo gente, pero nada era en serio, todo era sin ningún compromiso, solo un desfogue del momento, en una lucha interna entre lo que se supone que debía ser, lo que la sociedad esperaba de mí, y mi propia búsqueda personal de ser yo mismo. La sociedad nos impone formas de identidad tradicionales que de alguna manera no son capaces de ofrecer un sentido de identificación y pertenencia a quienes buscamos una realización propia como individuos fuera de los parámetros “normales”.

Cuando conocí a Nacho no supe que era casado sino hasta unas semanas después que comenzamos a salir, era un pequeño detalle que había omitido, pero tampoco teníamos gran expectativa al conocernos, todo inició como un encuentro casual, algo que sólo iba a suceder una vez, ambos nos gustamos y decidimos tener sexo, un encuentro sin ningún tipo de compromiso, sólo era un hombre que me gustó mucho, y yo a él. La atracción fue mutua y después del primer encuentro sexual comenzamos a salir. Supe después que él era casado, y más que eso, era felizmente casado. Pero para mí esa era la primera experiencia seria que tenía, la primer persona con la que entablaba una platicaba que iba más allá de las formalidades de un encuentro ocasional, él tenía más experiencia que yo, era una persona de mundo, conocedora, mostraba seguridad en sus gestos, en su palabras.

Tenía el tipo norteño, con el pelo medio quebrado muy corto, alto, bigotón, mirada alegre y una sonrisa varonil que encantaba a cualquiera. Cuando no vestía formal por su trabajo, gustaba de usar camisas de manga larga a cuadros que dejaba a medio abotonar dejando lucir el vello del pecho, pantalón de mezclilla, botas y un cinturón ancho con una amplia insignia. Lo único que le faltaba era el sombrero para lo que hoy en día sería la imagen de un vaquero. Su voz era grave y le encantaba la parranda, era bueno para el trago.

Comenzamos a vernos más seguido, un par de veces a la semana, a veces más, en su trabajo él trataba con muchos clientes y las invitaciones a salir eran frecuentes, así que su esposa estaba acostumbrada a que no siempre volvía a tiempo a su casa y muchas veces regresaba con varios tragos encima. Frecuentábamos bares heteros, buscábamos ir entre semana cuando no había mucha gente y podríamos hablar ampliamente, de todo y de nada. De alguna manera a través de la plática y entre cerveza y tragos buscábamos un sentido a nuestra relación, teniendo que coexistir en un mundo hetero aunque cada vez más diferenciado, donde inconscientemente buscábamos un sentido de identidad propio, rompiendo con lo heredado de la sociedad.

Éramos los dos solos, cómplices en un mundo que no estaba hecho para nosotros. Y fuimos pasando sin saberlo a una situación de sentimientos que ninguno de los dos se atrevía a hablar, él por ser casado, yo por lento. No nos atrevíamos a dar un nombre a la relación que estábamos iniciando, no éramos novios, no éramos pareja, pero nos comportábamos como si fuéramos más que eso. Y cierta vez en un mes de Septiembre de 1995 planeamos estar un fin de semana juntos en la Ciudad de México, donde nadie nos conocía, donde nadie pudiera reconocernos, más porque él era casado. Lo habíamos planeado con tiempo, dijo en su casa que tenía un evento con un cliente muy importante y que no podía faltar, quedamos de vernos un sábado por la mañana, yo pasé a nuestro punto de encuentro en mi coche y viajamos.

Reservamos un hotel y después de cenar fuimos a buscar un antro gay. No conocíamos gran cosa de antros, las opciones eran pocas. A un costado de la Alameda Central, en medio de una pequeña calle mal iluminada estaba la entrada, disimulada en medio de la noche. Nos acercamos y el vigilante nos miró un momento y luego nos advirtió: “Este es un antro gay”; nosotros asentimos, nos lo dijo una segunda vez y luego nos dejó pasar. Dentro todo era nuevo y diferente para nosotros, la decoración parecía de la película Fiebre de Sábado, con la pista iluminada y alrededor las mesas. Estaba lleno, así que como pudimos nos sentamos en una mesa. Era algo increíble para mí ver de un golpe todo ese mundo.  Muchos bailaban y era la primera vez que yo veía bailando a hombres juntos, tomándose de las manos, besándose. Y ahí estaba con él. Tenía un magnetismo tal que llamaba mucho la atención, su estatura lo hacía lucir su vestimenta y su pelo en pecho era una invitación a acariciarlo.

Un chavo que estaba al lado me comenzó a hacer plática, y de pronto me preguntó si él era mi pareja. No tenía idea de lo que realmente significaba eso, así que solo pude decir que no. Entonces sin perder más tiempo se dirigió a él y lo sacó a bailar entre mi desconcierto. Quede ahí, sentado, sin poder decir que es lo que pensaba, en mi cabeza solo daba vueltas su pregunta: “¿Es tu pareja?”. Cuando terminó de bailar se sentó a un lado y me dijo: “discúlpame, pero tú me dijiste que no era tu pareja, veo que si lo es”. Y se fue. A partir de ese momento no me separé más de él. Tomamos, bailamos, nos abrazamos por fin libremente frente a otros, nos besamos. Salimos de ahí para ir al hotel. La noche se hizo corta.

Dormimos abrazados, acariciando nuestros cuerpos desnudos, exhaustos, creo que fue en ese momento cuando entendí el significado de lo que era una pareja. Así, en los hechos y a pesar de todo y sin expresarlo, ya éramos una pareja, se lo dije, me dijo que sí, que ya éramos una pareja, nos abrazamos, y entre beso y beso comenzamos a hablarnos de amor, nos amábamos, parecía como si su esposa y sus hijos no existieran en ese momento, sólo éramos él y yo y comenzamos a imaginar planes, de estar juntos, de amarnos, de afrontar todas las dificultades que se nos presentaran, de que nadie podría evitar que nos separáramos ya más. Y así, entre besos y promesas nos fuimos quedando dormidos.

Nos despertó un brusco movimiento, adormilados nos despertamos de golpe, estaba temblando, era un 14 de Septiembre y aún estaba fresco el recuerdo del 19 de Septiembre de diez años atrás, nos asustamos pero no alcanzamos a hacer nada, poco a poco fue pasando. En ese momento y de repente nos golpeó la realidad. La familia, su esposa, sus hijos, mis padres. Rápidamente nos vestimos y nos dirigimos al estacionamiento, para mala suerte el coche no arrancaba, él se comenzaba a desesperar, le dije que si quería se fuera en el metro para tomar el camión a Cuernavaca pero me dijo que me iba a esperar, en ese tiempo no había celulares, buscamos un mecánico cerca que nos pasara corriente, el mío era un coche viejo, nos costó trabajo encontrar alguien en domingo pero finalmente pude echar a andar el auto y salimos.

Aún con la resaca y la desvelada a cuestas emprendimos el regreso a provincia. Todo el trayecto no dijimos nada, pero ambos íbamos pensando en lo que nos esperaría al regresar, las reacciones de la familia, las explicaciones. Al llegar a la ciudad lo dejé donde siempre cada quien fue a su casa. No había pasado nada, y sin embargo mucho había pasado. Los noticiarios en radio y televisión comenzaban a transmitir lo que había pasado, era un sismo de 7.3 y hasta ese entonces era considerado como el más fuerte desde 1985, causó gran alarma ya que faltaban pocos días para el aniversario del terremoto de 1985. Y había dejado grietas que no alcancé a ver en ese momento, el temblor nos despertó en más de un sentido, nos despertó al día y nos despertó a la realidad, a una realidad más fría que la noche de alcohol y pasión que habíamos vivido apenas unas horas antes, cuando estábamos construyendo nuestra propia historia como pareja, algo que estaba a punto de terminar.

Pocos días después de esto nos citamos para vernos, lo vi con su sonrisa habitual, pero algo había cambiado. Fuimos a uno de los bares que frecuentábamos y entonces habló conmigo. Me contó que le había ido muy mal en su casa, su esposa estaba con una crisis nerviosa y le había llamado a todos los familiares cercanos porque no había sabido nada de él, le dijo llorando que su hijo se había asustado mucho y que ella no había sabido qué decirle que justo en el momento en que más lo necesitaba él no había estado y que habían pasado horas sin saber de él. Luego me dijo que se estaba clavando mucho conmigo y que eso no era posible ya que era una persona casada y que por nada del mundo podía ofrecer más, que tenía claras sus prioridades y que eso era su esposa y sus hijos. Entendí que no había vuelta atrás, que quizá si no hubiera temblado hubiésemos seguido juntos algún tiempo más, pero sólo hasta el momento en que su mundo de casado no fuera a verse amenazado. Brindé una última vez con él y nos despedimos.

Así, me di cuenta que el temblor había derrumbado lo que comenzaba a sentir como una relación de pareja. Lentamente recogí los pedazos que quedaban y regresé a mi mundo de siempre, a esa cotidianidad extrañamente reconocida, a volver a las rutinas, a reconocer la ausencia en las cosas diarias. Pasaría mucho tiempo para que volviera a sentir algo por alguien, pero algo había cambiado. Yo, ya no era el mismo, ahora buscaba una pareja, alguien con quien revivir y alargar esos breves momentos de felicidad que tuve aquella noche al lado de Nacho, ya no buscaba solo momentos de sexo pasajero sino algo más, algo que ahora aparecía ante mí como algo que era posible, la expectativa hacia que sintiera una especie de optimismo…

Por: Martín Soloman