23 de octubre de 2014

Chacal: el obscuro objeto del deseo

- Me gusta ir a ese antro en las afueras de la ciudad porque siempre van chacalillos muy guapos.
- Es cierto, el otro día conocí uno que me gustó mucho. Tenía una herramienta como de 20 cm, espero que la próxima vez que vaya, lo vea de nuevo. Solo tuve que invitarle los tragos esa noche.
- Yo prefiero los que son delgados, pero que tienen pinta de machos y que sean bien entrones, pero la última vez que fuí conocí uno gordito que se veía bien machote y se le notaba un bulto muy grande, pero yo no le guste, se fue con una jota bien fea.

Todos en el ambiente homosexual, hablan de lo que es un chacal, como si fuera una especia de raza especial, con ciertas características definidas y casi siempre como si se tratase de un platillo exótico, algo que se desea pero que al mismo tiempo causa cierta repulsión, sin embargo es la fantasía de casi todos los homosexuales, aunque la mayoría lo niegue, sobre todo los más refinados, los más nice, los que están al tanto de la moda, del restaurante de lujo, de sus maravillosos viajes, son los que más buscan al chacal, pero frente a sus amigos siempre lo negarán o ni siquiera lo mencionaran, pero bien que se pasearan en su carro por las zonas de su ciudad donde se sabe que pueden encontrarles.

¿Quiénes entran en la categoría de un chacal? ¿Cuáles son sus características? Primero recurramos a Carlos Monsivais, él lo define de esta forma: “El chacal es el joven proletario de aspecto indígena o recién mestizo, ya descrito históricamente como Raza de Bronce (o sea morenazo). El chacal es la sensualidad proletaria, el cuerpo que proviene del gimnasio de la vida, del trabajo duro. Es la friega cotidiana y no el afán estético que decide esbeltez. El chacal tiene por hábito sentirse ampliado, deseado así nadie lo contemple. El chacal no mira para no regalar su mirada, pero se deja mirar para ascender en su autoestima. Las camisetas entalladas, los jeans ajustados y convenientemente rotos, las gorras de béisbol, el perfeccionamiento de la mirada hostil o indiferente que sin embargo invita, de ningún modo el prostituido, en modo alguno el inaccesible…”.

Algunos adjetivos atribuidos al chacal son que es un producto del mestizaje, aspecto indígena, de clase trabajadora, mirada hostil, de mataputos, lenguaje proletario, poco educado, un macho inaccesible, no se reconoce como gay, la palabra gay le choca, es sinónimo de afeminados, pero él mismo no se reconoce como chacal, a él no le importa toda la tinta que los intelectuales escriben en torno a él, es machista, misógino, se supone sexualmente activo por naturaleza, él no ama, no quiere a otros hombres, solo se los coge, los usa para su placer momentáneo, no aspira a tener una pareja, es fiel a su gueto, a sus raíces, un diamante sexual en bruto, y ahí su atractivo, es buscado por quienes buscan una experiencia sexual fuerte, algo que en el mundo gay ya no existe, el hombre químicamente puro.

Dentro de las características de un chacal se supone que estos tienen un cuerpo “marcado”, atribuido al rudo trabajo que desempeña en labores que requieren fuerza. Quienes los buscan, sueñan encontrarse con un chacal que los acaricie con sus manos rudas, toscas, que los callos de sus manos raspen sus cuerpos finos y delicados, y que con ese solo roce sientan estar ante un hombre real, pero antes los bañaran, y aun así el olor de su sudor corporal persistirá. A pesar de ser un hombre mestizo, los homosexuales buscan que tenga rasgos atractivos, de acuerdo a la estética del homosexual, los quieren “feos pero no tanto”, cuando el hombre de ascendencia indígena en México es una persona de rasgos que chocan con el ideal de belleza que podemos ver anunciados en cualquier revista gay, incluso sus cuerpos no son los de un stripper que lo ha formado en un gimnasio, no son cuerpos con vello corporal, este es escaso, el bigote es muy poco común en ellos y es muy poco poblado. El chacal está más cerca de los albañiles, cargadores de la central de abastos, jornaleros, campesinos, donde la belleza no abunda, donde los cuerpos por lo general no son atléticos sino más bien panzones, chaparros y prietos, lo cual no es lo que buscan los homosexuales de tinta, quienes idealizan al chacal en un trailero, un cortador de madera, un almacenista, cuyos estereotipos han idealizado en las películas porno, prometiéndonos el mejor sexo.

Sin embargo, todo esto, al final, le viene importando un pepino al que se le atribuye el adjetivo de chacal, porque él mismo no se reconoce en tal categoría, se rige por sus propias ideas, quizá incluso él mismo no sepa lo que quiere, quizá solo sea vivir el rato, pasarla bien, sin importar quién sea el puto en turno con el cual coge, porque para el chacal, en sus propios términos, no se acuesta con otro, se lo coge parado. Lo cual nos hace plantearnos la siguiente pregunta ¿Cómo se da el sexo con un Chacal?¿Es tan placentero? Quizá esto dependa de la definición de lo que es tener un "buen sexo". El concepto más común es cuando hay química, cuando hay lenguaje corporal, interacción de ambas partes. Lo opuesto es cuando quienes tienen sexo buscan solo su propia satisfacción sin importar la de la otra persona con la cual cogen. En términos del mundo homosexual, la pasiva solo pone la cola para que cualquiera se lo coja, sin importar quién sea ni cuánto dure. El chacal que es activo por su parte solo buscará un culo a dónde meter su verga, sin importar quién sea la persona, porque para el chacal el homosexual pasivo no es una persona, es un culo más y lo cogerá a su propio ritmo marcado por su propio placer hasta eyacular sin importar si la pasiva lo gozó o se quedó a medias.

Hay quienes creemos que el chacal no existe como si fuese una especie definida, sino que más bien es una utopía creada por los intelectuales que viven en un medio rosa marcado por el buen gusto y las buenas costumbres, que ven con ojos de deseo e idealización un mundo que les es ajeno pero atractivo por el tipo de hombres con las características que definieron como chacal, un hombre químicamente puro, instinto puro, sexo puro, representa las características masculinas que el mundo gay ha perdido en aras de una glamurización y supuesta sofisticación que no es más que la feminización del lenguaje y amaneramiento de los homosexuales los cuales, al irrumpir abiertamente en la sociedad lo hacen reclamando una identidad LGBTTTI pero al mismo tiempo, cada una de esas letras es un giro hacia lo obvio, perdiendo las características masculinas, son autoexpulsados de un paraíso primigenio de hombres masculinos. La búsqueda del chacal se vuelve una búsqueda hacia una utopía, porque el chacal es una imagen de algo que no existe, porque en el momento que el chacal acepte formar una relación con un homosexual y se adapte al modo de vida homosexual, habrá perdido su esencia y pasará a ocupar alguna de las múltiples categorías existentes y que definen a los homosexuales obvios que juegan a ser masculinos. Sin embargo ante la demanda aparecen sujetos que por varios intereses sean estos monetarios o simplemente por reconocer su propia homosexualidad reprimida aceptan el juego de roles que se da entre ellos categorizados como “chacales” y otros homosexuales.

Parece darse entonces un equilibrio cuando el chacal y el homosexual declarado o jota, comienzan con una negociación, el chacal quizá no cobre pero el otro ofrece algo a cambio por sexo, unas chelas, la cena, pal taxi, etc. permitiendo esto que la jota en cuestión no adopte al chacal o lo haga su pareja, sino que obtenga placer al contratarlo para eso y que ambos se queden en su mundo al cual pertenecen, conservando el chacal su esencia y convirtiéndose en un producto de consumo para todas las jotas refinadas que abundan en todas las ciudades. Como Carlos Monsivais de quién por cierto, se rumora que frecuentaba la ciudad de Cuernavaca para convivir con chichifos con aspecto de chacal, obviamente jóvenes, pero que además tuvieran una alta capacidad intelectual con los cuales pudiera dialogar y debatir sobre temas literarios. Al parecer él buscaba una buena charla para terminar haciendo el amor y no ir directamente a la cama.

Podemos concluir entonces que el sujeto definido como chacal no tiene una ideología y no se conceptualiza como tal. Sin embargo los homosexuales intelectuales cuando hablan del chacal, lo hacen como si se tratara de una especie existente y que solo espera ser encontrada para brindarles satisfacción incansable, pero quizá el chacal ni siquiera está interesado en ellos. Eso me hace recordar una escena de la película del Indio Fernández, La cucaracha, donde María Félix es una soldadera que se desvive por su general, el Indio Fernández, ella le habla y le cuenta de un futuro juntos, mientras el general, indiferente y harto de su palabrería, le dice una sola frase para darle por su lado: “si pués”...

…Y ustedes, ¿a qué antro van a ir buscar chacal esta noche?


16 de octubre de 2014

Acuérdate de Acapulco


(Relato enviado como anónimo)

Anteriormente cuando veía a una persona homosexual yo la evitaba, me parecían personas repulsivas, quizá era porque mi concepto acerca de ellas estaba muy limitado, yo solo veía al individuo afeminado o vestido con prendas femeninas, me parecía muy desagradable que existieran hombres que desearan ser mujeres, eso no me cabía en la cabeza, yo consideraba eso como algo antinatural. Pero algo ocurrió en mi vida que me hizo redefinir mi sexualidad, o al menos eso creo, aunque es algo que aún estoy explorando.

Dicen que son las acciones las que nos definen lo que somos, por ello no puedo decir mi nombre, puedes llamarme Juan, antes me decía Don Juan, siempre he tenido suerte con las mujeres. Nunca sentí atracción por otros hombres, desde que recuerdo siempre tuve muchas novias, mis relaciones sexuales con mujeres comenzaron a una edad temprana, no me considero atractivo pero ellas veían algo en mí y me buscaban. En casa me presionaban para no embarazar a alguna antes de poder terminar mi licenciatura, pero justo pasó eso, mi novia quedó embarazada. Nos enfrentamos a nuestras familias y decidimos casarnos. Como pude terminé la licenciatura y tuve que buscar trabajo. Debo decir que me casé enamorado, mi esposa era una buena mujer, siempre me apoyó y el sexo con ella era fabuloso, puedo decir que realmente nos complementábamos. Sin embargo el estar casado no evitaba que otras mujeres me buscaran, y llegué a tener encuentros sexuales ocasionales con varias de ellas, lo cual mantenía en secreto. El miedo a que alguna de ellas quedara embarazada me hacía evitar el eyacular dentro de ellas, cuando estaba a punto de llegar al orgasmo me salía interrumpiendo el orgasmo para luego masturbarme fuera y lograr eyacular, algo que les disgustaba a ellas. Esta costumbre de interrumpir el orgasmo me fue dificultando el lograrlo, pero conocí a una mujer casada con la cual tuve relaciones de la forma que acostumbraba, a ella no le molestaba y una vez que me salía de ella me ayudaba a alcanzar el orgasmo. Ahí inició todo, al estar teniendo sexo con ella y antes de eyacular me salía y me tumbaba a masturbarme y ella comenzó a tomar la iniciativa de acariciarme los testículos mientras yo me masturbaba, eso me ayudaba a alcanzar el orgasmo. Después comenzó a lamer mis testículos mientras me masturbaba hasta que una vez pasó su lengua más abajo, hacia  mi ano. La primera vez que lo hizo me sorprendí, su lengua tocaba terminaciones nerviosas que no sabía yo que existían, mi eyaculación fue más rápida y abundante, terminé con una sensación de satisfacción que no conocía hasta entonces. Me fui acostumbrando a buscarla, aunque yo la penetraba en diversas posiciones, siempre me salía para terminar mi orgasmo masturbándome, más ahora ya no era para evitar terminar dentro de ella, sino porque buscaba el placer que me proporcionaba a mi ano, hasta que cierto día que me manoseaba el ano introdujo uno de sus dedos. No supe cómo reaccionar, aunque mi primer instinto fue rechazarla, la sensación del orgasmo a punto de llegar me hizo dejarla hacer, teniendo uno de los orgasmos más intensos hasta ese momento. Aunque había mucha franqueza en mi relación con ella, todo se resumía a un encuentro sexual ocasional entre ambos, nos buscábamos para coger, algunas veces ella, otras yo, siempre la penetraba primero y luego ella me dedeaba de forma delicada hasta que sin poder más yo eyaculaba.

Esto cambió cuando cierta vez fui enviado por parte de mi trabajo a Acapulco. Los viajes de trabajo no tienen nada de placentero, ir a Acapulco es ver la playa desde el taxi circulando mientras el calor húmedo nos ensucia la ropa la cual debe lucir presentable para el trabajo. Ese día terminé temprano mi trabajo y por la tarde me fui al centro a conocer. Ya era tarde para ir a la playa y en aquel tiempo no conocía yo gran cosa de Acapulco, así que solo caminé por calles del centro y en una de estas encontré un cine, la curiosidad me hizo detenerme, era un cine donde proyectaban películas porno. Sin tener otra cosa que hacer decidí entrar. No sabía lo que pasaba en un cine porno, la sala no era muy grande pero estaba lo suficientemente iluminada para ver lo que pasaba. Lo que ví me sorprendió y me llenó de pensamientos que contradecía todo lo que hasta ese momento tenía en mi mente acerca del sexo. Hombres teniendo sexo con otros hombres, me llamaba la atención que no eran afeminados, nunca había visto algo así en vivo, nadie veía la película, pero lo que más me llamó la atención fue un hombre que estaba prácticamente desnudo sin estarlo, era un señor como de unos cincuenta años, muy masculino, típico acapulqueño, piel quemada por el sol, barrigón, con algo de vello en el pecho, el calor en el cine hacía que su cuerpo brillara a la luz de la pantalla, llevaba una bermuda la cual estaba hasta sus tobillos y una camisa de manga corta la cual estaba totalmente desabotonada y abierta, dejando al descubierto su panza, llevaba sandalias que había hecho a un lado dejando sus pies descalzos. De frente a él y de rodillas estaba un hombre joven mamándole la verga, nadie más parecía verlos, todos estaban buscando algo ó haciendo lo suyo, el hombre panzón era el único que parecía no importarte estar prácticamente desnudo, por alguna razón no podía dejar de verlo y entonces vi como el joven comenzaba a lamer sus testículos y cómo su lengua bajaba, el hombre maduro se deslizó en su asiento hacia adelante dejando su ano libre y entonces el joven comenzó a lamerlo, y a dedearlo. No me di cuenta pero mi verga estaba erecta y dura, tenía una extraña sensación entre placer y pecado, entre deseo y prohibido, el morbo me hacía no poder dejar de ver lo que veía, entonces me salí del cine, llegué al hotel y me masturbé mientras uno de mis dedos acariciaba por primera vez mi ano. No tarde mucho en venirme, pero aún me quedaba un día más en Acapulco, al día siguiente debía regresar a casa.

Algo nuevo estaba ocurriendo en mi mente, todo el día mis recuerdos me llevaban al cine que había visitado la tarde anterior, así que al terminar el trabajo me dirigí a la terminal de autobuses y pregunté por el último autobús de regreso. Pude cambiar mi boleto, puse mi maleta en el guarda equipaje y mire mi reloj, tenía unas tres horas libres, sin pensarlo más tomé un taxí que me dejó a una cuadra del cine, no deseaba supiera a donde iba, pagué mi boleto y entré. Me senté en la fila de en medio la cual separaba las filas delanteras, en ese lugar había visto al hombre maduro, ahora estaba yo ahí. No tardó en llegar alguien a sentarse a mi lado, por un momento sentí vergüenza de estar ahí y lo mire de reojo, era un hombre de mi edad, acapulqueño, parecía normal, no parecía ser de esos, no quise ver más. Al principio yo estaba muy nervioso, pero la oscuridad del cine y la certeza de que estaba muy lejos de casa me relajaron. El hombre a mi lado comenzó a rozar mi pierna con los nudillos de sus manos, al no reaccionar yo, tomó confianza y su mano se dirigió a mi bragueta, la abrió y sacó mi miembro para llevárselo a la boca. La sensación fue muy agradable, diferente a lo que conocía del sexo oral, sus labios eran gruesos, la cavidad de su boca era más grande, sabía lo que hacía. Pero no era eso lo que yo buscaba, así que me desabroché el cinturón y bajé mis pantalones, con mi mano bajé su cabeza a mis testículos mientras me deslizaba hacia abajo en el asiento. Él pareció entender, pasó de lamer mis testículos hacia mi ano y entonces metió uno de sus dedos, la sensación era muy morbosa, mientras me metía un dedo su boca se prendía de mi miembro, hasta que no pude aguantar más y eyaculé en su boca. Cuando todo pasó cayó sobre mí un sentimiento de culpa y remordimiento, pensé en mi esposa, a toda prisa me subí los pantalones y salí de ahí hacia el autobús. Todo el viaje me debatía entre el remordimiento y la culpa y al mismo tiempo el placer que sentí, un placer culposo, pero placer al fin, una sensación que me recorría de la punta del glande bajando por debajo de mi pene hasta mi ano. Al llegar a mi casa me recibió mi esposa, me disculpe diciendo que venía muy sudado por el viaje y me metí directo a bañar. No cené y me acosté con ella, buscó mi cuerpo y tuvimos relaciones, sin embargo, por primera vez, no pude tener un orgasmo.


A partir de ese día las cosas cambiaron, amo a mi esposa, me siguen atrayendo las mujeres, pero soy incapaz de alcanzar un orgasmo si no tengo la estimulación en mi ano, y la única mujer que me lo hacía ya no puedo verla a la cara después de lo que pasó en Acapulco. Aquí en mi ciudad descubrí un cine porno, pero no me he animado a ir, es un lugar donde cualquiera puede reconocerme, sin embargo he visto de lejos que clase de hombres entran ahí y van algunos que en aspecto no se ven afeminados, los veo similares a mí, ¿buscaran lo mismo que yo?. Cada vez mi necesidad por lograr un orgasmo es mayor, ya lo he decidido, mañana iré a ese cine, buscaré mi placer, lo que pase después no lo sé, cómo cambié yo y las consecuencias tendré que afrontarlas, no sé si esto me haga menos hombre,  pero deseo volver a disfrutar de un orgasmo como el que tuve en aquel cine de Acapulco…

8 de octubre de 2014

Ojos Melancólicos

(Relato enviado como anónimo, se hicieron cambios con el consentimiento del autor)

Desde que recuerdo, siempre fui una persona solitaria. Mi infancia estuvo llena de preguntas que no tuvieron respuesta, crecí solo con mi madre quien nunca me dio las respuestas que yo buscaba. Pero al llegar a la etapa universitaria algo cambió. Tuve la suerte de conocer a un amigo que era también homosexual como yo. Desde el principio que nos conocimos sabíamos lo que éramos, dicen que la sangre llama, así que un día nos sinceramos y desde ahí nació una muy buena amistad, hicimos un buen dúo y siempre estábamos bromeando y riendo de todo lo que vivíamos, fue él quien me llevó a la zona de ambiente y aunque en un principio lo rechacé terminé aceptándolo y realmente nos la pasábamos muy bien. Fue por ese tiempo cuando conocimos a un hombre de cuya primer imagen que tengo al recordarlo son sus ojos, parecían llenos de tristeza, así que, sin saber su nombre, le llamamos Ojos Melancólicos. Sólo lo conocíamos de vista, quizá trabajaba en la Universidad, no lo supe ya que nunca lo tratamos personalmente.

Ojos Melancólicos era un hombre de unos cuarenta años, vestía siempre jeans y playeras tipo polo, era de piel morena, con un cuerpo fuerte que mostraba sus horas en el gym, la expresión de su rostro era agradable con unos ojos grandes y negros que siempre transmitían la sensación de estar tristes, la percepción que teníamos de él era bastante subjetiva, el rasgo de sus ojos era lo que lo distinguía. No sé bien cómo fue que apareció, a veces lo encontrábamos en la fonda donde íbamos a comer, otras veces en la parada del camión, otras al cruzar una calle, siempre lo observábamos de lejos y aunque hablábamos un tanto despectivo de él, creo que ambos sentíamos atracción por dicha persona.

Recuerdo que cuando yo me lo encontraba por la calle, nos mirábamos, seguramente él notaba que me atraía y en ocasiones parecía detenerse para ver si hacíamos contacto, yo pensaba que también le parecía atractivo porque él me mostraba una expresión en su rostro como de cariño mezclada con deseo, o al menos eso creía yo, aun así nunca platicamos. A veces mi amigo y yo lo veíamos con otro hombre de piel blanca y que al parecer era su pareja. Pero el otro no nos llamaba la atención como Ojos Melancólicos. A mí personalmente, me gustaba mucho su porte, no importaba la ropa que usara siempre lo veía bien. Siempre me ha gustado el que un hombre tenga un comportamiento masculino y eso me atraía de él, aunque yo lamentaba que no pudiese ocurrir algo entre los dos.

El tiempo pasó, yo me gradué, perdí el contacto con mi amigo y me fui a la ciudad de México donde conseguí trabajo, había hecho muchos cambios en mi aspecto, ya no era el joven universitario delgado y andrógino, ahora era un hombre adulto, fuerte y presumía una barba de candado. Así que un día que viajaba en el metro, absorto en mis pensamientos, de pronto note a un hombre con una figura agradable frente a mí, estaba de espaldas, se veía corpulento para su edad ya que sus sienes estaban cubiertas de canas muy brillantes, me gustó mucho su cabello y la elegancia con que las canas iban cubriendo su cabeza, debía rebasar los cincuenta años. Lo observé en cada detalle, me gustó su porte y pensé que era un buen candidato para compartir mi cama, lo miré un buen rato a ver si giraba su cabeza y si podría ver su rostro. Pero paso mucho tiempo y eso no ocurrió. De pronto llegue a mi destino y baje, olvide al desconocido hombre que me había gustado. Pero más adelante al salir de la estación, frente a mi iba él, iba a paso rápido, cuando de pronto su celular cayó al piso y fue a dar a mis pies. Lo levante y al mirar su rostro me impactó, era Ojos Melancólicos. Él sonrió al verme y me agradeció le entregara su celular y se dio la vuelta, para seguir su camino, mientras que yo solo me quede observándolo, camino unos diez pasos y regreso a preguntarme. “¿Te conozco?”.  Solo pude decir que no, realmente nunca nos habíamos conocido, así que le dije la verdad. Se disculpó y me dijo que había sido grosero al marcharse sin agradecer apropiadamente, me invito a tomar un café de los que venden a la salida del metro y yo un poco vacilante acepte, era un día lluvioso.

Mientras tomábamos el café, me miró y me dijo que le recordaba a alguien, aun no nos contábamos de donde éramos. Yo tenía ya cerca de treinta años y el seguramente tenía por lo menos unos veinte años más que yo. Lo deje hablar un buen rato, pude notar que era una persona agradable, atractivo, educado y seguramente si se sentía atraído hacia mí, parecía no recordarme, quizá era porque jamás en el pasado cruzamos ninguna palabra y yo ahora lucía diferente. Le pregunte a quien le recordaba, y me dijo que le recordaba a una persona a quien él amaba como a un hijo. Me llamo la atención que me dijera algo así. Entonces le pregunte más. ¿Tienes hijos? “Sí”, me respondió, “tengo un hijo, pero hace muchos años que no lo veo”. Y su mirada tomó esa tristeza que le conocía, no quise preguntar más aunque yo me sentía intrigado por saber más de él. Pero ya no quiso seguir hablando de ese tema y me pregunto cosas de mí, para conocerme, así que decidí contarle otra historia de mí, le dije que siempre había vivido en el DF y no en la ciudad en la que realmente nos habíamos conocido y hasta el nombre me cambie por si las dudas, no quería que pudiera reconocerme. Me dijo que había sido grato conocerme y que si yo deseaba podíamos seguir platicando en otra ocasión. Por supuesto respondí que si, en mi mente estaba ocurriendo algo extraño, sentía atracción hacia esa persona y al mismo tiempo una especie de familiaridad, quizá porque yo si tenía la certeza de saber que él era Ojos Melancólicos. Me dio su número celular y se despidió amablemente, la lluvia había disminuido.

Pasaron algunos días, entre mis dedos estaba el papelito donde había anotado su número, lo pensé mucho y después de una semana decidí llamarle. Me contestó amablemente, me dijo que si me recordaba y entonces le dije que ahora yo lo invitaría a tomar un café, él aceptó. Nos vimos en una cafetería del centro histórico, yo sentía curiosidad por él, era un hombre maduro aún atractivo para su edad, durante la conversación me dijo que le gustaría mantener una muy buena relación amistosa, estuve de acuerdo y al finalizar el café caminamos sin rumbo platicando de todo, descubrí que era más agradable de lo que pensaba y que teníamos muchas cosas afines. Vivía cerca del centro, por el rumbo de Tlatelolco, aunque me quedaba de lado contrario al que yo vivía le dije que me quedaba de paso a mi casa y le pregunté si podía acompañarlo, él accedió y seguimos platicando, su conversación era interesante y al salir del metro le pregunté si podría conocer donde vivía, él accedió. Supe que era profesor universitario, lo cual lo hacía más interesante en el trato. Cuando llegamos a su casa me invito a pasar, vivía solo y era un lugar muy agradable, yo estaba muy excitado porque me gustaba mucho y al entrar a su casa no pude controlarme y me acerqué a su cuerpo, él se había quedado quieto y entrecerró los ojos mientras yo acerqué mis labios a los suyos y entonces lo besé, primero con timidez, al sentir que él me correspondía lo abracé y sin separar mis labios de los suyos comencé a quitarle la ropa y pude ver que para su edad tenía una piel muy bonita, muy suave y de un color uniforme, sus músculos eran firmes, así que en el sofá de su casa lo hice mío, aunque al principio puso algo de resistencia finalmente se dejó llevar por el instinto. Al terminar platicamos, me sinceré y le dije la impresión que tenia de él, que me parecía un caballero muy atractivo y que después de lo que había ocurrido, yo deseaba mantener una buena relación con él, definitivamente deseaba estuviera en mi vida.

Por fin había logrado, lo que muchos años antes había deseado, había hecho mío al hombre que en ese momento ya no podía seguir llamando Ojos Melancólicos, ahora él tenía un nombre, pero las cosas no habían terminado ahí. Él también se sinceró y me dijo que durante muchos años había sufrido una pena, le pedí que me contara. “¿Recuerdas el día que nos conocimos y te dije que tenía un hijo?”  “Si, lo recuerdo” “Pues bien, ese hijo si lo pude ver, pero nunca pude tratarlo.” Me explico que siendo muy joven había llevado una relación heterosexual con una mujer llamada Sofía de la cual había nacido un hijo, pero que él no se había enterado sino muchos años después, cuando ya había terminado la relación con esa mujer. Ella nunca se lo dijo, le guardaba rencor por haberla abandonado y procuró que nunca supiera que ese hijo era suyo. Él lo supo años después.  Me siguió contando, “durante muchos años solo lo veía de lejos, cuando creció descubrí que él era homosexual como su padre, así que solo me conformaba con verlo por la calle, creo que incluso él pensó que a mí me gustaba, lo cual complico aún más las cosas para poder acercarme a él”. Yo lo escuchaba con atención, mi corazón latía aprisa y no pude evitar preguntarle si sabía quién era ese joven. Me contestó diciendo el nombre de su hijo era Andrés. “Pero qué raro” pensé yo, “su hijo se llama igual que yo y también mi madre se llama Sofía…”. En ese momento mi corazón dio un vuelco, pues yo nunca conocí a mi padre.