El cielo estrellado sobre los cerros de Chalma se debatía entre la
profundidad exquisita de un mar de tinta y la magnificencia plena de las
estrellas que colmaban su infinita extensión. Un viento fresco bajaba a la
cañada y, el multitudinario coro de los grillos, amenizaban la noche joven que
como doncella, peinaba sus trenzas gruesas en el río poderoso que murmuraba
secretas melodías en su enorme vertiente, mismo que, cual serpiente jaspeada,
rodeaba el majestuoso templo del Santo Cristo aparecido y venerado hacía siglos
atrás. La hospedería para los peregrinos que yacía levantada más allá del borde
la cañada, mostraba sus ventanales hacia el paso del angosto camino de piedra
bola que dirigía su destino y el de tantos penitentes a las plantas del Santo Señor
de Chalma y que así mismo, bordeaba las sinuosas caras del cerro custodio del
Santuario.
Aquella noche a finales de agosto, las nubes otorgaron tregua a los
peregrinos que llegaban a las fiestas de San Agustín de Hipona, patrón de los
religiosos que fundaron el Santuario y su convento. El suelo pedregoso del
pueblo hallábase rebosante de espejos acuosos que las jornadas anteriores
legaron para los festejos. Era casi la medianoche, cuando el encargado del
portón escuchó los cuatro golpes secos contra la añeja tabla que resguardaba la
hospedería del exterior y del camino de piedra bola y de los puestos que
plagaban su estrecho territorio. Con voz aguardentosa el viejo portero
preguntó: - ¿Quién? Una voz gruesa respondió del otro lado: - Dos cristianos peregrinos
que buscan techo, petate y café. El anciano entreabrió una ceja de la tabla y
miró hacia el callejoncillo y observó en efecto a dos hombres. Un tanto
desconfiado, acercó su lámpara y halló dos rostros duros. Era evidente que
ambos hombres pertenecían a tierras distintas, a juzgar por los huaraches, las
fajas, los sombreros y las ropas, pudo inquirir que se trataba de un arriero de
la tierra caliente de Morelos y el otro, un simple campesino de la tierra fría
de más allá del Ajusco.
El arriero, tenía un aspecto de hombre recio, de poco hablar y mucho
mirar. El otro hombre, un campesino labriego un tanto más joven que el arriero
y de semblante más sereno que el otro. Ambos cargaban morral, gabán y a leguas
se miraba que habían sido los últimos parroquianos en salir de la pulquería de
la plaza vieja. Su experiencia en la vida le había enseñado a preguntar poco y
cobrar por adelantado, no sin advertirles que los pleitos ò el escándalo por la
embriaguez se sancionaba con la expulsión de la casa y la consecuencia de
llamar a los municipales de Ocuilan. Cobró el precio de un cuarto que incluía
petates, y el desayuno al rayar el alba. El café que pidieron se los cambió por
una botella de mezcal y les acompañó hasta la entrada del cuarto que daba al
angosto callejón de piedra bola y desde cuyo ventanal, se podían mirar, apenas
como un retoño, el remate de las torres y la cúpula aperaltada del Santuario.
Abrió con su llave la puerta y la entregó a los forasteros, no sin antes
anunciarles la hora del desayuno y si deseaban agua caliente para bañarse se
cobraba aparte.
El arriero de cara recia y modos toscos se llamaba Rodrigo Santa Cruz y
el campesino labriego se llamaba Baltazar Cuaxospa. Se habían conocido muchas
horas antes, apenas había pasado el mediodía cuando la vida los cruzó en los
portales de la Hospedería que pertenece a los frailes agustinos del Santuario.
Baltazar Cuaxospa había ido en peregrinación con la gente de su pueblo y
llevaba la convicción de rogar a los pies del Santo Señor de Chalma, la protección
divina para que sus yuntas de maíz produjeran una abundante cosecha, plena de
cargas de mazorcas y, que sus rebaños de borregos multiplicasen sus cabezas ya
que serían empleados para los primeros gastos de su nueva casa y así como para
solventar su matrimonio con la doncella que sería su esposa y que se llamaba
Cándida Molotla, hija del huesero del pueblo. Ese día, Baltazar Cuaxospa, había
decidido quedarse en Chalma y no regresó con los de su pueblo porque un
comerciante de Malinalco, le había prometido traer un hermoso rosario de plata
proveniente de Taxco y que el joven casadero pensaba regalar a su novia. Había
quedado de verse con el platero en el pasillo de los arcos que tiene la
hospedería del Santuario un poco antes del mediodía, arriba de la fuente.
Cuando llegó a ese lugar, los peregrinos que se alojaban en el angosto
pasillo, almorzaban, y él se colocó a corta distancia de ellos. La cortesía de
los hombres de pueblo y sus mujeres, se mostró ante él y le ofrecieron una
gorda con chile, lo que no despreció por hallarse en ayunas y en franca
disposición, devoró con avidez. De pronto, sintió el peso de una mirada, pero,
entre la multitud que pululaba en el atrio del Santuario no logró hallar los
ojos que le atormentaban. Mientras se encontraba distraído en buscar esa
mirada, hizo su arribo el platero, quien llegó puntual como el negocio requería
y ambos subieron al rincón de la hospedería a cerrar el trato de tan ansiada
joya. El rosario que le presentó el platero Melquiades Ornelas, bien valía los
pesos que había exigido y además era un trabajo fino, delicado e idóneo para
adornar el cuello de su “chata” y engalanar su belleza morena. Entregó Baltazar
el dinero y el platero la joya, se despidieron y cada quien tornaría a lo suyo.
De repente, sintió un golpe seco en la nuca, esa mirada volvió a romper
su calma. Puso los ojos a buscar el origen de su malestar pero solo para
toparse con un par de ojos verdes pertenecientes a un rostro recio, duro y
barbado. Se quedó atónito, y esos instantes que le comieron la calma, se
volvieron eternos, se liberó con trabajos de la fuerza magnética de aquella
mirada proveniente ese hombre desconocido. Lo miró fuerte y lo encaró, si el
extraño buscaba pleito o era un ladrón, bajo su faja cargaba un revólver y en
su mano, la navaja que bien sabría asistirlo. El hombre mal encarado lo vio
acercarse amenazante, obstinado, dispuesto y con un ademán rápido, sacó sus
manos debajo del gabán y le gritó: - ¡No busco camorra compadre! ¡Quiero
prevenirlo que está en peligro! Baltazar paró su carrera y le miró amenazante,
dudoso, dejo entrever temeroso. - ¡Pos, que trae! ¡Me anda cazando desde hace
rato! - El barbón mal encarado sonrió y le dijo: - Sólo quiero avisarle que no
se fie del platero. - ¿Por qué?- Muy intrigado le inquirió Baltazar. - Entremos
al Santuario, ahí le podré contar mejor. Le amonestó el arriero.
Ambos hombres cruzaron el umbral del Santuario y se confundieron entre
la multitud de peregrinos. El arriero le condujo hasta el claustro del convento
y salieron a la plazuela que se había formado a la orilla del portentoso río. -
¡Mire usted joven! El platero es un ladrón de la peor calaña. Vende su
mercancía a peregrinos incautos, pero manda a sus criados a robar lo que
vendió, por eso siempre pide señas y se las ingenia para saber donde se quedan
sus víctimas. Mi hermano sufrió esa desgracia pero a los criados del platero,
se les pasó la mano y me lo mataron. Era un poco más joven que usted y había
venido a dejar mercancía de Mazatepec y Cocoyotla y tuvo la mala suerte de
hallarse con ese demonio.- Finalizó el arriero y sus ojos se llenaron de
lágrimas. - No, pos. ¡Gracias! pero no creo que usted sea tan buena gente y
mejor me retiro.- Dijo Baltazar algo asustado y enderezaba sus pasos a la calle
de las Guitarras. - ¡Espérese cabròn! Lo van a buscar donde duerme y saben que
rumbo va a agarrar cuando se vaya- Le gritó Rodrigo y lo tomó del brazo. Algo
desconocido en el espíritu de Baltazar hizo que su confianza otorgara crédito a
las palabras del arriero y solamente atinó a decir: - ¡Vámonos para la Plaza
Nueva! Le invito un taco, amigo. Y los dos tomaron el camino de los guajes.
Se oían las campanas del reloj del Santuario que anunciaban el cuarto
para las tres de la tarde. En la Plaza Nueva, se arrimaron a un puestecito que
atendía una viejecilla desdentada y cuyos ojos parecían enterrados entre los
pliegues de sus numerosas arrugas. Comieron a dos carrillos y platicaron de sus
vidas. El arriero de cara hosca y barbado, y singulares ojos verdes, se
presentó como oriundo del pueblo de Tetecala Morelos, pegado a la sierra que
divide con Guerrero. Recién había quedado viudo porque su mujer murió en el
parto y se llevó a la criatura con ella. Dedicado a llevar mercancía propia y
por encargo de los diferentes pueblos al sur de su Estado, ya fuese de
Tehuixtla, de Mazatepec, de Coatlán del río, de Miacatlán, de Coatetelco, de
Jojutla, de Tlaltizapán, de Tepalcingo, de Axochiapan, de Xantetelco; ya fuese
jamaica, cacahuates, palanquetas, loza de barro, recuas de bueyes, mulas, y todo
lo que esas campos benditos de la tierra caliente regalan al hombre que trabaja
con sus manos y el sudor de su jornada.
Su gracia o mejor dicho su nombre era Rodrigo Santa Cruz Tapia, y le
contó a su interlocutor parte de su historia íntima y, empezó narrando que era
hijo ilegítimo del finado administrador de la Hacienda de Coahuixtla, un
español otrora avecindado en Jojutla que sedujo a su madre y que abandonó
apenas se enteró que su simiente germinaba en la fértil llanura de sus
entrañas. Su madre, una bondadosa india tlahuica, hija del curandero de
Tetecala, trabajaba de criada de Don Alfonso Meléndez, quien fue el culpable de
su desgracia al llevarla con su amoroso verdugo a la Hacienda de Coahuixtla.
Sólo el tiempo se encargó de compensar a la desdichada mujer, ya que el
administrador de la Hacienda, engendraba puras hijas, que nacieron entre su
mujer legítima y las numerosas aventuras y diversas fechorías del “calavera”
españolito. Por lo que en su lecho de muerte, tuvo a bien ordenar el reconocimiento
de su bastardo y heredarle un tercio de su fortuna, lo que asombró a Rodrigo y
sin remordimiento, despreció el apellido y los bienes de su progenitor
arrepentido.
Su difunta madre, todavía alcanzó a otorgar su bendición y presenciar su
casamiento con Natividad Villalba, una dulce joven de Tepoztlán, que el arriero
conoció en sus múltiples correrías por los pueblos de su Estado. Y que, al
parir la vida que ambos sembraron amorosamente, el cielo destinó que no
soportaría el trance y expiraría su aliento en tan delicada labor. Baltazar le
escuchaba asombrado y compungido por la suerte de aquel arriero, le mostró su
simpatía y quizá, un poco de temor se apodero de su alma, ya que no lograría
sostenerse al padecer la misma agonía que su interlocutor le narraba y se veía
reflejado con horror ante su próximo enlace con la joven que desposaría y para
quien había elegido comprar la joya que sin saberlo él, le estaba condenando a
muerte. El sol de verano que es fuerte y alegre, empezaba a descender y sus
rayos pegaban duro contra los rostros de ambos hombres que compartían el pan y
la sal aquella tarde. La anciana del puesto recogía sus trastos recién lavados
y les anunció que cerraba el negocio. Aquellos hombres pagaron su cuenta y
tomaron el camino de la Plaza Vieja, lejos del lugar donde había dormido
Baltazar y que seguramente los ladrones enviados por el platero le buscarían al
caer la noche.
En la Plaza Vieja, existe una infinidad de puestos que ofrecen
fritangas, dulces, artículos religiosos, réplicas del Santo Cristo de Chalma en
todos los tamaños, cirios, velas y veladoras. Entre la multitud piadosa que
busca consuelo en la sagrada imagen, se hallan maleantes de la peor calaña que,
cobijados en la multitud, realizan las peores bajezas ante los ojos del que acoge
a los cansados y afligidos por las cargas de la vida. Ambos hombres llegaron al
expendio de pulque que a esa hora se hallaba lleno de parroquianos y
peregrinos, algunos jugaban baraja y, otros simplemente vaciaban “tornillos” de
pulque mientras exprimían el dolor de sus cuitas entre trago y trago. Se
rumoraba tapanco y un excelente momento para apostar a los gallos o se decía
también que los jaripeos que tendrían lugar al día siguiente con los ejemplares
traídos de Guerrero ò de las tierras bajas de Cuernavaca, serían un verdadero
espectáculo para oriundos y peregrinos. Rodrigo había despepitado su historia e
incluso había ido más allá de lo permitido pero un extraño sentimiento en su
alma le dijo que el joven labriego de tierra fría era una persona de fiar,
además, necesitaba contar su hondo penar que nomás se le estaba avinagrando en
el cuerpo.
Les sirvieron generosamente el néctar de las entrañas del maguey y el
tibio aire del expendio ayudado de las sillas acojinadas, les permitió mayor
comodidad y ello propició que Baltazar le contara su historia. Empezó
disculpándose por la mala espina que le causó el acercamiento del arriero,
pero, claramente dejó entrever que la duda sobre las intenciones del hosco
barbón, aún azotaban su alma. Rodrigo Santa Cruz, dibujó una sonrisa que
evidenciaba la claridad de su propósito y puso la mano en su viejo escapulario.
Baltazar Cuaxospa Acatitla, era su nombre completo, había nacido el día de los
Santos Reyes y a muy temprana edad había quedado huérfano de padre, quien le
dejó a cargo de su madre y una hermana que aún permanecía soltera. El resto de
sus hermanos habían tomado su derrotero y fundado sus propias familias. Cada
uno había entrado en posesión de la tierra que el finado padre había repartido
entre su descendencia y a Baltazar le tocaron dos yuntas, la casa paterna y su
solar, dos caballos, diez borregos y muchas deudas que pagar. Se había dedicado
a sembrar su tierra y tomar en “medianía”, los terrenos de vecinos,
principalmente viudas y mujeres solas.
Había trabajado como ayudante en la Hacienda de Santa Fe de Tetelco que
se encontraba en las cercanías del pueblo de Santiago de Chalco. Sus negocios
de medianero fructificaron y logró poner fin a las deudas que su difunto padre
le había heredado y que el resto de sus hermanos evitó pagar. Su principal
logro fue el conocer a la muchachilla de ojos garzos que le había robado el
aliento y por quien había destinado dinero y fuerzas para peregrinar al
Santuario y llevarle ese rosario que le había jugado una mala pasada con el
platero. El sol terminó durmiéndose entre los cerros que ocultan Malinalco y
los pueblos circundantes a Chalma y múltiples peregrinos bajaban y subían
entonando cantos, tronando cohetes, quemando incienso. Los olores, los sonidos,
que venían del callejón empedrado cuya desembocadura finalizaba en el atrio del
Santuario, fueron bajando de tono hasta que el expendio de pulque quedó con
ellos dos solos.
El etílico néctar lentamente se apoderó de los ánimos de ambos hombres y
de repente sintieron que todo había terminado ahí, aunque la curiosidad de
Baltazar abrió la cortina que despejaría su duda y sin rodeos le dijo a su
compañero de esa noche: - ¿por qué me quiso auxiliar a mí? – preguntó Baltazar
con el evidente trastabilleo que el pulque bebido impone y que también abría su
franqueza. - Le digo que mi hermano sufrió la mala suerte de hallarse con ese
platero del demonio. Que el Señor de Chalma me perdone, pero, éste es el mismo
rosario de plata que había comprado mi hermano y que le arrancó la vida en las
calles de este pueblo. No se apure usted Baltazar que no pretendo dañarlo ni
robárselo, pero, ya había visto al platero negociar con usted un día antes,
cuando yo ya disponía a irme. Ya sabía las señas del asesino de mi hermano y el
modo en que cuaja sus fechorías. Y luego, usted, casi tiene la misma edad que
mi hermano. De alguna manera quise evitarle ese dolor a su gente y si no puedo
chingarme ahorita al platero al menos, empezaré por perjudicarle los golpes que
manda a ejecutar con sus malandrines- dijo el arriero con tono melancólico.
Baltazar miro los ojos verdes y acuitados del arriero; sintió honda pena
por las desventuras que la vida le había dispuesto. Sólo atinó a poner su mano
sobre el hombro del barbado interlocutor y le compartió una sonrisa. El
encargado del expendio, acercó la cuenta de los litros bebidos y ambos hombres
se dispusieron a salir, un poco sigilosos pero ambos confiaban sin saber la
causa, que no se harían daño y que nadie les haría daño, al menos no esa noche.
Salieron al callejón que lleva al Santuario si se baja y a la Hospedería grande
si se sube. Sentían el efecto del pulque en sus venas y el sentimiento de una
camaradería que los hacía confiar sin detenerse. Olvidaron el temor de la
amenaza y decidieron finalizar lo que ya era una parranda en la tranquilidad de
una mesa. En el cuarto que habían alquilado, se hallaban dos petates, una
mesita desvencijada y mugrienta. Un par de sillas de madera, pintadas de rojo y
al parecer no viejas pero tampoco nuevas. Un cabo de cera, y el amplio ventanal
que daba al callejón de los peregrinos. Baltazar prendió el cabo de cera y se
alumbró un breve espacio del cuarto de alquiler. Rodrigo separó los petates y
los colocó en distintos rincones del cuarto. Colocaron la botella de aguardiente
en la mesa y se desprendieron de morrales y gabanes que pusieron cada cual en
su petate.
Se sentaron a beber el licor bravo que recibieron del portero y
comenzaron a platicar del cielo que les enmarcaba esa noche. - Mire Don
Rodrigo, ésta noche el aire limpió los cielos. Tal parece que San Agustín
quiere su día de fiesta sin el estorbo de la llovizna – dijo Baltazar mientras
se acercaba al ventanal. - ¡Cierto es Baltazar! Nomás hace falta una guitarra
para cantarle a las estrellas que salieron toditas a lavar. – agregó el arriero
en un tono locuaz y dicharachero. No recibió más respuesta. El campesino se
quedó impávido, pasmado, maravillado ante el magnífico escenario de aquella
noche que sus sentidos invadidos por el alcohol le mostraban.
El arriero, primero tomó a mal el silencio del campesino, pero, pronto
pensó que a lo mejor se habría quedado dormido como las mulas con lo ebrio que
ya se hallaba. Se levantó y dio pasos lentos hacia el otro que miraba el cielo.
En vez de parase junto a él, decidió recargarse en su cuerpo. No halló
resistencia. No hubo queja, no hubo protesta. Su sangre mestiza hirvió de
pronto y se quedó callado, cada vez más junto, cada vez más junto y reinó el
silencio. El otro que había perdido la percepción del tiempo, por un momento
dejó la sensación de aquel cielo pleno y colmado de estrellas pero sobretodo de
paz. Y sintió el peso de un cuerpo, el calor de ese cuerpo. Percibió el olor a
pulque, a tabaco, a sudor y a tierra que mezclados con el aliento caliente del
arriero, le estremeció. Pronto sintió un tizón ardiente que engrosaba
lentamente en dirección al arriero y sus manos toscas buscaron su cuerpo y lo
replegaron contra sí. Pronto la barba del arriero se posó en su cuello y su
propia carne se convirtió como la lengua de fuego que tienen los tlicuiles, sin
demora el cuerpo fuerte y tosco del arriero se apoderó de él…….