Hay una hora particular de la madrugada cuando la noche es más oscura, más negra, cuando parece que el tiempo para que amanezca se hace más lento y la oscuridad parece que se puede sentir entre los dedos como si fuera algo viscoso y profundamente negro, ocurre alrededor de las cuatro de la mañana, poco antes del amanecer, cuando la luz del nuevo día parece tan lejana de llegar y todo lo que se ve alrededor es la negrura de la noche.
Era el año 1993, el
año en que inicié mi exploración del mundo homosexual y la exploración de mí
mismo, trataba de descubrir quién era yo y lo que quería llegar a ser. El auto
compacto que manejaba se desplazaba a toda velocidad por las calles del oriente
de la Ciudad de México, era de madrugada y me encontraba ebrio, Carlos y yo
habíamos salido de una cantina frecuentada por homosexuales, la cual hoy día
soy incapaz de recordar dónde estaba, él me había llevado ahí y ahora íbamos
hacia el departamento en el que vivía hacia el rumbo de la colonia Obrera,
manejaba por calles que no conocía y que eran vías rápidas, veía las luces de
los faros de los coches pasar a mi lado mientras trataba de esquivarlos, mi
visión era borrosa, las luces parecían dejar una estela al irlos pasando,
Carlos iba menos borracho que yo, pero no me decía nada, no daba importancia a
eso, mientras me iba diciendo por dónde debía ir. En ese año me encontraba
desempleado y después de buscar trabajo sin encontrarlo en mi ciudad, había
llegado al DF y una de esas tardes después de fracasar buscando trabajo
encontré un cine porno en las inmediaciones del centro histórico, ahí conocí a
Carlos, tuvimos sexo fugaz y luego me propuso ir al departamento donde vivía,
el cual compartía con otros tres amigos.
Tiempo después me
hablaron de mi ciudad para ofrecerme un trabajo, me regresé y entré a trabajar
en una posición modesta que me daría para vivir en los siguientes años, pero
los fines de semana regresaba al DF para buscar a Carlos. Él me enseño un mundo
que yo no conocía, me llevó a los bares del Centro Histórico y ese día había
insistido en ir a una cantina del oriente de la ciudad. Recuerdo que el
ambiente se me hizo muy pesado, los
hombres que estaban ahí parecían reconocer al que no era de esos rumbos
y sólo se me quedaban viendo, yo confiaba en Carlos y pensaba que dado que él
conocía ese lugar todo iba a estar bien. Las horas iban pasando y las cervezas
se iban consumiendo, en algún momento me sentí ebrio y le pedí a Carlos que nos
fuéramos, pero él quería seguir divirtiéndose, dado que yo no sabía bailar él
se puso a bailar con otros y yo me quedé sólo en la mesa. Lo espere bastante
tiempo, pues él era de los que se quedan hasta el final y así fue, salimos
cuando estaban por cerrar yo creo que ya ni podía caminar derecho, no sabía si
podría manejar pero Carlos me dijo que estaba bien, que yo era chingón, que
podía y comencé a manejar rumbo a donde vivía. Las luces de la ciudad
iluminaban las calles, arriba la oscuridad de la noche abrazaba la gran ciudad.
Carlos era una persona
que sólo vivía para el momento, un día podía estar conmigo, al día siguiente
con quien le prometiera otra cosa, por lo menos por ese día. Quizá su único
talento era que sabía ser un buen pasivo, quiero decir que era de apariencia y
comportamiento varonil, tenía buen sentido del humor y sabía hacer algo que yo
no, sabía venderse bien, y sabía sacar provecho de ello, siempre buscaba
divertirse, sin importar el mañana. Esa ocasión, fue la única vez que he
manejado completamente borracho en una ciudad que no conozco, sabía que podía
chocar en cualquier momento, él también lo sabía, y no le importaba, la noche
había sido lo suficientemente divertida, el auto zigzagueaba mientras la
promesa de un buen sexo me esperaba al final del camino. Poco tiempo después,
un día, simplemente no volví a buscarlo. Estoy seguro que no me extrañó,
siempre había alguien nuevo por conocer, había mucho que conocer del
“ambiente”, conocer a otras personas, dormir en otras camas, probar otros
cuerpos, los años fueron pasando.
Era una noche
cualquiera del año 2013, acababa de pasar la caseta de Tlalpan y manejaba en
medio de la fría noche hacia Cuernavaca, las luces de los faros rasgaban la
oscuridad de la noche mientras mi pareja con la que tenía varios años venía a
mi lado dormitando, ebrio, despreocupado, regresábamos después de haber estado
toda la noche en algún club de encuentros sexuales, donde teníamos por
costumbre asistir frecuentemente. Iba tomando un red bull y momentos antes
había tomado un par de cafiaspirinas para no dormirme durante el camino de
regreso, aunque no venía yo tomado la hora en la que veníamos era muy pesada
para mí, no era el joven de veinte años antes que podía aguantar las
desveladas, me daba cuenta que no podia seguir asi, mientras la música de la
radio sonaba, yo estaba absorto en mis pensamientos, quería pensar qué hacía yo
manejando a esa hora mientras trataba de no dormir, ya era la madrugada del
domingo, quizá las cuatro de la mañana, la carretera estaba sólida y el frío
entraba al interior del coche. Quizá una desvelada no sea gran cosa, pero todo
había empezado desde el viernes cuando mi entonces pareja se había puesto a
tomar toda la noche para irse acostando hasta las cuatro o cinco de la mañana
del sábado, de tal forma que ésta era la segunda desvelada consecutiva, y tenía
que manejar sin que fuera a quedarme dormido en la carretera. Y esta situación
con mi pareja se había repetido durante los últimos años.
Éramos una pareja
abierta y frecuentábamos los clubes de encuentro, diría que éramos sexualmente
atrayentes y todos quienes nos conocían en ese ambiente les gustaba eso de
nosotros, la parte sexual, la apertura sexual en la relación era vista como
sinónimo de madurez en la relación, el hecho de que cada quien pudiera tener
sexo con quien quisiera sin que el otro se molestara era algo que admiraban,
por lo menos en ese ambiente, eso era al menos lo que todos veían. Al interior
la relación ya estaba fracturada. Abrir la relación fue un proceso que se dio
muy temprano, y si bien al inicio tratamos de establecer reglas, finalmente se
rompieron todas, ya no había reglas comunes, más que las que cada uno se
quisiera poner, y mi pareja no respetaba ya ninguna, pero al mismo tiempo me
exigía una exclusividad que él mismo no me daba. Y esto no se limitaba a la
parte sexual, como persona no había consideración, empatía, todos y todo debía
adaptarse a él. Cada fin de semana para mi pareja, eran borracheras hasta
vomitar y arrastrarse en el suelo sin poder pararse, yo tenía que andar
limpiando en casa sus destrozos o cuidándolo si andábamos fuera, que no le
fuera a ocurrir algo malo, aunque eso implicara desvelarme y sin que a él le
importara que al día siguiente tuviera que levantarme temprano y tuviera que
manejar, con el riesgo de chocar si me quedaba dormido. Pero eso era algo que
nadie más sabia, yo suponía que era parte de tener una pareja que le gustaba
disfrutar, divertirse.

Mi pareja tenía un
horario de trabajo que iniciaba cada día a la una de la tarde, cada día
iniciaba para él a las doce del día, cuando se levantaba y terminaba a las
cuatro o cinco de la mañana, cada uno de los días de la semana, sin importar
que yo iniciara mi día a las siete de la mañana porque tenía que irme a
trabajar, mi día tenía que terminar a la misma hora que él, total, al día
siguiente él podía dormir hasta medio día. Yo compraba cafiaspirinas como si
fueran dulces, el red bull lo compraba por paquetes, y eso era lo que me
acompañaba cuando tenía que manejar al día siguiente.
Tres Marías había
quedado atrás, iniciaba las curvas que descendían hacia Cuernavaca, las luces
de la ciudad brillaban a lo lejos entre la oscuridad de la noche, el frío de la
madrugada mordía la piel como cientos de dientes diminutos que se clavaban en
la carne, la ciudad de México quedaba atrás, junto con todo lo vivido una
noche, atrás quedaban los cuerpos desnudos entre la semioscuridad de un cuarto
oscuro, culos, miembros, bocas, semen, saliva, condones tirados por doquier,
cuerpos tirados también después de ser usados por algunos momentos, cuerpos sin
nombres, bocas sin rostros, es sólo sexo, sin más pretensiones. Cruzo por el
libramiento de Cuernavaca hacia mi casa, a mi lado mi pareja va dormido como un
fardo, sé lo que pasará al llegar, despertará y seguirá tomando. Si, hay una
hora en la madrugada cuando la noche es más oscura, cerca del amanecer. A mi
izquierda comienza a aparecer, lejana aún, la luz del amanecer, la oscuridad
poco a poco va quedando atrás, en el radio una canción suena, “yo no sé
mañana”, volteo a verte por el espejo retrovisor y veo tus ojos negros
mirándome inquisitivos, adelante comienza a amanecer, con la promesa de un
nuevo día, una nueva vida…
Por: Martín Soloman
Por: Martín Soloman
