Dicen que los homosexuales tenemos una habilidad innata para bailar,
pero eso es falso, bailar es como cualquier otra habilidad de las personas,
creo que si lo pensamos mejor nos daremos cuenta que quienes tienen la
habilidad de bailar son también muy histriónicos y por eso llaman la atención,
luego entonces existe la idea general de que todos los homosexuales son muy escandalosos y por lo tanto deben saber bailar muy bien, ahí está el estereotipo, porque no
todos los homosexuales saben bailar bien, algunos ni siquiera saben bailar. En
mi caso, creo que siempre tuve dos pies izquierdos para bailar, recuerdo que
cuando era estudiante de secundaria iba a las tardeadas y hasta el más torpe de
mis amigos tenía más gracia para bailar que yo, quizá se debía a que nadie me
enseñó nunca a hacerlo y lo más que llegaba a bailar era música disco donde
cada quien bailaba como podía. Sin embargo, lo que me gustaba mucho era ver bailar
a las parejas música del estilo de la cumbia, que hace muchos años en mi pueblo
se le llamaba “música tropical”. Curiosamente en el medio en el que crecí y
estudié no era común bailar “de vueltitas” y más bien era mal visto ya que se
decía de forma despectiva, que eso era “un baile de chilangos”, las parejas
bailaban separadas porque así debía bailarse.
Tenía unos años de haber terminado la Universidad cuando conocí a
Benjamín, era atrayente para mi gusto y era una de las primeras personas con
las que pretendía entablar algo parecido a un noviazgo, pero lo cierto es que
no éramos nada, sólo dos hombres que de vez en cuando se veían para coger y
nada más, sin más pretensiones que pasar bien el rato que estábamos juntos.
Hacía algún tiempo que nos veíamos y cierta vez en un fin de año me invitó al
entonces DF, a visitar a una pareja de amigos suyos, (la historia de Benjamín
fue contada en el relato “Diciembre me gustó ´pa que te vayas”). La noche del
31 de Diciembre la pase con Benjamín y sus amigos, no recuerdo ya el nombre del
antro, o quizá lo olvidé a propósito, era un lugar grande de tres pisos, y en
aquel tiempo Gloria Estefan había sacado su primer disco en español, “Mi
tierra”, con un ritmo muy latino y bailable, recuerdo que pusieron la canción “Ayer”,
le pedí a Benjamín que bailáramos, ya antes lo habíamos intentado pero yo era
muy malo para bailar mientras que él era muy bueno bailando, él me miró de
forma despectiva y me dijo que no, porque yo no sabía bailar, por más que lo
intentara, y se levantó a sacar a bailar a alguien más. Me sentí muy mal, yo
sabía que no tenía idea de cómo bailar y no tenía pretensiones de hacerlo bien,
pero solo quería compartir ese momento especial con él, ya que era 31 de
Diciembre y de alguna manera estábamos juntos, aunque no fuésemos pareja
formalmente, su rechazo me hizo sentirme torpe, inútil y muy frustrado.
Había pasado el tiempo, había olvidado a Benjamín, había conocido más
personas con las cuales tuve sexo ocasional, siempre sin ningún compromiso,
creo que nunca consideré que las relaciones entre dos hombres pudieran
funcionar a largo plazo, nunca utilizaba la palabra pareja o novio porque no
era algo en lo cual creyera, para mí lo que pasaba entre dos hombres era que
tenían sexo, pasaban un buen rato, se desahogaban físicamente y hasta ahí, las
parejas que había conocido también buscaban lo mismo, un rato de sexo
independientemente de su supuesto compromiso, para mí una relación real, seria,
sólo podía darse de forma verdadera entre un hombre y una mujer. En eso andaba,
entre encuentros casuales y el trabajo. Cada día salía ya tarde de la oficina y
emprendía el mismo camino de regreso a casa, pasaba siempre por las mismas
calles y un día me llamó la atención un lugar donde se escuchaba música,
principalmente cumbias, era un local en un segundo piso con ventanales que
dejaban ver a parejas bailando. Pasaba cada día y me di cuenta que se trataba
de una escuela de baile, pasaron varias semanas hasta que un día la curiosidad
fue más, me estacioné y subí a ver a las parejas bailar.
Era una escuela muy informal, la gente no era muy constante, la cuota
era por clase, le dije al profesor que yo no sabía bailar nada, me dijo que no
había problema, que muchos habían llegado ahí sin saber absolutamente nada, yo
veía que algunas parejas bailaban realmente bien, no tenía confianza en que
pudiera aprender algo pero decidí probar con una clase. Me asignaron a una
señora que ya sabía bailar, me fue guiando poco a poco y me fue dando confianza
para intentarlo. El primer día no fue malo, al día siguiente regresé y conforme
fueron pasando los días fui adquiriendo más confianza. El profesor tenía un
sistema que me parecía muy práctico y en cada clase nos iba cambiando de pareja
dependiendo que tan malos o buenos nos viera para ir aprendiendo. Uno de esas
veces me puso de pareja a una chica que era algo más joven que yo, era muy
risueña, también iba sola a la clase, y poco a poco y sin darme cuenta cada vez
que iba la buscaba como pareja de baile. Platicábamos y supe que era de una
colonia aledaña a donde yo vivía, un día le ofrecí un aventón (ya tenía un
coche de medio uso) y accedió, la llevé hasta su casa.
Comenzamos a salir fuera de las clases de baile, comenzamos a pasar más
tiempo juntos, y un día le pedí fuera mi novia. Ella accedió, conocí a su
familia, la llevé a mi casa, le presente a mi familia. En aquel tiempo yo ya no
era tan joven y en mi familia siempre
estuvo latente la preocupación de mi orientación sexual no declarada pero
intuida, disfrazada de preocupación por mi futuro, de si alguna vez me casaría,
de si les daría nietos. En provincia y después de cierta edad sin estar casado
era algo que les preocupaba y me presionaban por casarme pronto. Así que cuando
les presenté a mi novia en casa, mi familia cambio hacía mí, supongo pensaron
que sus oraciones habían sido escuchadas, y aunque en la escuela tuve novias,
con nadie había llegado tan lejos como esta vez. Las cosas iban avanzando, yo
enfrentaba un dilema, por un lado el deseo de estar con ella, de formar una
familia, de dejar el mundo de los encuentros sexuales vacíos, sin futuro, quizá
tener hijos, pero por otra parte estaba mi naturaleza y el placer que
experimentaba al tener relaciones sexuales con otros hombres, algo que
disfrutaba mucho cada vez que los buscaba, y no me faltaban oportunidades. Así
y mientras tenía ese dilema las cosas con ella iban avanzando, y un día tomé
una decisión: me casaría con ella.
Hablé con mi familia en casa, les dio mucho gusto saber que, ¡por fin!,
iba a casarme. Elegí un día para hacerle la propuesta, elegí un restaurante
discreto donde la invité a cenar y ahí, mientras la tomaba de las manos, le
propuse casarnos. Ella accedió, le dio mucho gusto, me abrazó y me besó, creo
que era algo que ya esperaba que pasara. Fijamos una fecha para el enlace, no
tan larga, no tan corta, comenzamos a hablar mucho de los detalles de la boda,
decidimos que no tendríamos boda religiosa, sólo civil, ella se vendría a vivir
conmigo, nuestras familias comenzaban ya a frecuentarse, yo fui a su casa a
hablar con sus padres para pedir formalmente su mano, a ellos les dio mucho
gusto, sólo dentro de mí un frío recorría mi cuerpo al darme cuenta lo que
estaba por hacer, el cómo iba a cambiar mi vida, el cómo iba a afectar su vida,
y la de nuestras familias. Cada día después de pasarla a dejar a su casa
llegaba a la mía y me costaba trabajo dormir. Casarme era algo que deseaba,
sentar cabeza como decían mis padres, pero por otro lado estaba mi vida oculta,
aquella que sólo yo conocía donde daba rienda suelta a mis instintos, donde
gozaba poseer el cuerpo de otro hombre, donde tenía placer, donde disfrutaba.
Y aquí me encuentro en este punto de mi vida, con más interrogantes y
miedos que certezas y esperanzas. El tiempo ha pasado muy rápido y de pronto me
doy cuenta que faltan sólo diez días para que nos casemos, hemos ido ya al
registro civil para llenar la solicitud, aunque la boda será sólo civil hay
muchas cosas que se han venido presentando y que no tenía idea, he tenido que
hacer cambios en mi casa para adaptarme a lo que será mi vida de casado, para
recibirla, para vivir juntos. Hoy iré a su casa para platicar con su familia
los últimos detalles previos, y tengo miedo. Creo que poco a poco la alegría
inicial de hacer esto ha ido cambiando a resignación y a miedo, de cortar mi
vida personal, de que esto no funcione, y de destruir esperanzas de otros.
Pienso muchas cosas mientras me dirijo a su casa, sólo faltan diez días y
nuestras vidas están a punto de cambiar. La noche es oscura y fría, pero yo me
descubro sudando, me acerco a su casa, mientras me pregunto: ¿de verdad quiero
casarme? ¿por qué decidí casarme? ¿será porque quiero complacer a mi familia, a
la sociedad? ¿porque es lo que se espera de un hombre de mi edad, maduro? ¿ella
por qué se casa? ¿tendrá los motivos adecuados? ¿que represento yo para ella? ¿cuánto
tiempo durará este matrimonio? ¿qué haré con mi vida oculta, cómo la viviré?.
Pero ya he llegado a su casa, finalmente toco a su puerta, y en silencio decido
responder todas esas preguntas honestamente antes de casarme con ella, de nuevo
un sudor frío recorre mi cuerpo mientras ella me abre la puerta con una gran
sonrisa...
Por: Martín Soloman




