30 de junio de 2016

Marchando Juntos


La marcha de este 2016 fue distinta para mí, la vivencia no fue igual a la de los años anteriores, y no lo fue porque en esta ocasión hubieran muchos debates polémicos previos a la marcha, sino por lo que yo estuve viviendo a nivel personal, mi estado emocional fue otro y todo lo viví de diferente manera, me sentí más pleno, más libre, más con la idea de que estaba iniciando algo diferente, algo hermoso, algo divino, lleno de felicidad… perdón esa es una canción, pero lo que intento decir es que por primera vez en muchas marchas, me sentí pleno y feliz.

El 25 de Junio, amaneció en la CDMX y la alarma del celular sonó, era hora de levantarnos, la noche había sido de insomnio por unos zancudos que no nos habían dejado dormir bien, pero debíamos levantarnos si queríamos llegar a tiempo a la marcha. Nos bañamos para terminar de despertar y fuimos a desayunar, regresamos por algunas cosas al cuarto del hotel y salimos hacia el metro que estaba a cuadra y media de donde nos quedábamos. En la calle era fácil reconocer a quienes iban a la marcha, aun cuando fueran vestidos de forma común, había algo que los hacía reconocibles, con las miradas nos identificábamos. Dos estaciones más y los vagones se vaciaban en el metro Insurgentes, un río de gente saliendo era el preludio de la marcha, afuera había vendedores ofreciendo banderas arcoíris de todos tamaños, y algunas banderas de osos. Caminamos hacia la glorieta del Ángel, la gente iba llegando, los contingentes se iban acomodando hasta la Diana.

Nos quedamos del otro lado del Ángel viendo a la gente llegar, algunos comenzaron a sacar de sus mochilas la vestimenta que usarían, uno solo lo vi quitarse casi toda la ropa para quedar en un diminuto short, en la esquina estaban algunos activistas, del otro lado algunas familias estaban sentadas en las bancas de concreto, la vigilancia era discreta pero ahí estaban, fotógrafos pasaban, gente que hasta ese momento se daba cuenta “ah, es que hoy es la marcha de los gays”, gente llegando de todas partes, algunos lucían ya sus vestimentas y hacían las pruebas de cómo posar para las fotos, el maquillaje era retocado, algunos venían del Sanborns diciendo que “había una fila larga y había que pagar en caja, cobraban cinco pesos por ir al baño…”.

Subimos las escaleras del Ángel, mientras me quitaba la camisa recordaba los memes de las redes sociales de días antes que pedían vestir “decentemente”, de aquellos que protestaban por los desnudos y travestidos que desfilarían en la marcha y que se decían que así no era cómo se luchaba por los derechos de la comunidad, que solo vistiendo decentemente podíamos tener la aceptación de la sociedad, como si por el hecho de ser “decentes” la sociedad nos fuera a aceptar. Sí, de cierta forma al ir sin camisa yo era parte de los que marchaban semidesnudos, y había algo de transgresión en ello en ese día, y al mismo tiempo una sensación de libertad que era compartida por todos los que estábamos ahí, no importaba cómo fuéramos vestidos. Yo iba a marchar así, con el torso desnudo, pero no estaría solo… Eso era lo importante para mí.

¿Cuánto tiempo hay que dejar pasar para retomar la vida cuando un ciclo se ha cerrado? ¿Cuándo es tiempo de iniciar una nueva vida? Creo que no hay un tiempo ideal para ello, cada persona es distinta, y parece que el momento indicado es cuando hay alguien ahí, esperando para ser aceptado, sin presiones de ningún tipo. Él y yo comenzamos a caminar entre un mar de gente mientras recordaba la primera vez que marché hace cinco años, en aquélla ocasión iba con quien era mi pareja, un par de amigos que también eran pareja, y dos amigos más. En cinco años pasaron muchas cosas, ninguno de aquellos estaban ya en esta marcha, por lo menos no juntos. Una semana después de la marcha del año pasado mi entonces pareja y yo dimos fin a nuestra relación, también los amigos que eran pareja no lo eran desde hacía más tiempo y de los otros dos amigos no volví a saber de ellos, supongo que son cosas que pasan con el tiempo. Hoy caminaba con alguien más a mi lado, sabíamos que íbamos a encontrar a muchos conocidos en el trayecto, y que había cosas que eran muy evidentes.

Hay un momento en que se decide cerrar un ciclo, la vida continúa y entonces me di cuenta que quien iba acompañándome en la marcha había estado siempre ahí, sin importar que tan descabelladas fueran mis ideas y proyectos, él siempre me apoyaba y sin pretender ningún protagonismo, solo por el gusto de estar acompañándome. Mientras bajábamos las escaleras del Ángel lo vi de una forma diferente, él siempre estuvo ahí, más allá de la amistad y del excelente equipo de trabajo que ambos formamos desde hace mucho tiempo, quise preguntarle el por qué, que lo motivaba a ser mi acompañante en este periodo de mi vida, pero en ese momento nos encontramos a un buen amigo diseñador y fotógrafo que se nos unió para marchar, en el camino encontramos a algunos amigos, curiosamente eran los que hacía mucho tiempo no veíamos, nos saludamos, nos pusimos al día con nuestras vidas y nos tomamos la foto.

La pregunta era inevitable: “¿dónde está el otro?” – “bueno, hace un año que terminamos la relación”- e intentar explicar en pocos minutos lo que llevó años, no era tan fácil, así que solo me limite a decir que las cosas eran así ahora y que era lo mejor que me había pasado y se veía en mi semblante, varios me lo dijeron, notando que mis esfuerzos en el gym habían dado buen fruto, yo estoy en mi mejor forma, ni en el pasado desarrolle tanto mi cuerpo como ahora, el cambio me ha sentado bien. Mientras tanto, la marcha avanzaba. Era una marcha numerosa, más grande que la del año pasado, un río de gente llenaba Reforma, quienes iban desnudos o mostrando los pechos al aire eran pocos, muy pocos, si bien había disfraces muy originales, también eran poco provocadores, había un ambiente de ser políticamente correctos ese día, los pocos transgresores se perdían entre el cúmulo de gente que marchaba vestido de forma “normal”.

Una señora con sus dos hijos me pide que cargue a la niña para tomarme una foto, accedo, aunque hace años no cargo a un niño, lo hago, la niña está contenta, sonríe y le doy las gracias, el recuerdo de mi hijo es inevitable. Otra mujer de mediana edad se acercó a mí y me pidió una foto también, al despedirse me lanzo piropos. La tarde avanzaba, las consignas eran gritadas, algunos vendedores ambulantes eran retirados por la policía en cuanto eran detectados, no importaba lo que vendieran, de cuando en cuando había huecos a lo largo de la marcha, ya era entrada la tarde cuando los primeros carros alegóricos iban apareciendo, torsos desnudos pero ningún desnudo explícito, ningunos senos al aire, perdidos entre el mar de gente un par de hombres totalmente desnudos caminaba sin despertar mayor curiosidad, en cambio los disfraces más originales llamaban la atención de los fotógrafos. Sí, era una marcha muy numerosa, y demasiado “normal”.

Ya era tarde cuando arribamos a la Alameda Central, la gente de la marcha se iba mezclando con los transeúntes cotidianos de un sábado por la tarde, una ligera llovizna había caído pero la gente seguía llegando, aún venían algunos carros alegóricos, y de pronto sentí esas miradas reprobatorias de la gente que veía pasar la marcha por ir con el torso desnudo, la homofobia seguía ahí al final del arcoíris, cuanto más visible fueras era más sentida, no pude menos que recordar los memes de las redes sobre ir vestidos “decentemente” para ser aceptados. En ese punto de la Alameda dimos por concluido el recorrido para ir a comer, me puse la camisa y salimos de la marcha.  Por primera vez en años iba sobrio, hambriento… y feliz, había dicho que iba a marchar solo, pero no fue así, no estaba solo. Comimos en un lugar cercano al hotel y después nos fuimos a bañar y a descansar un poco. La noche iba llegando pero no encendimos la luz, entonces le pregunté lo que había pensado antes, ¿por qué había estado conmigo todo este tiempo?. “¿No lo sabes?” me dijo, “…es porque te amo”.


Sí, era verdad, y yo también lo amaba, sin atreverme a decirlo antes por el recuerdo de una relación pasada, atado a compromisos que habían sido rotos desde mucho antes de haber terminado la relación, sin atreverme a ver a quien había estado ahí todo este tiempo, sin ninguna exigencia, solo esperando el momento en que estuviera yo dispuesto a voltear a verlo con otros ojos. Entonces, sobrio, entendí que yo también lo amaba, le tomé del rostro y se lo dije. Ambos nos abrazamos, fue un abrazo fuerte, largo, silencioso, un abrazo con el que no fue necesario decir muchas cosas que ambos entendíamos. La noche se abría paso, quisimos salir, la oferta de diversión nocturna era amplia, algunos lugares estaban repletos, el solo entrar hacía imposible respirar, otros lucían vacíos, era tanta la oferta que era difícil decidir dónde ir. “Elige cualquier lugar, no importa cuál, lo importante para mí es estar contigo, como ha sido durante todo este tiempo que te he estado esperando…”.  

Por: Martín Soloman




1 de junio de 2016

Una noche en El Tahur



Había revuelto el cuarto, no encontraba mi billetera por ningún lado, primero busqué donde siempre acostumbraba guardarla cuando me quedaba en algún hotel, en la mesita de estudio, pero solo estaba mi celular, un bolígrafo y algunas monedas, después busqué en mi maleta de viaje y tampoco estaba, ¿Acaso él la había tomado? ¿Me había robado? Quizá el conocerlo me había resultado caro.

Hacía dos días que había llegado a la hoy CDMX, la empresa para la cual trabajo me había enviado a un curso de capacitación, me reservaron en un hotel céntrico casi frente a la Alameda Central, no tenía conocidos que se hubieran hospedado en el mismo hotel. El primer día de curso salimos temprano, serían las seis de la tarde, subí al cuarto del hotel y me puse un pantalón de mezclilla para estar más cómodo y decidí salir a dar una vuelta, quizá iría más tarde a algún bar de la zona rosa o del centro histórico, no me había decidido, aún era temprano y opté dar una vuelta por la Alameda Central. Me senté en una banca y entonces lo vi, era un hombre joven, de vestimenta sencilla, moreno, con un discreto bigote, no parecía ser de la ciudad, llevaba una pequeña mochila a la espalda y una gorra, parecía concentrado viendo su celular, yo lo observaba pero él parecía no darse cuenta que yo lo miraba.

De vez en cuando el miraba hacia algún punto al otro lado de la calle y luego volvía a ver su celular. Había algo en él que me atraía, no sabía qué era, no era guapo pero había algo en él que parecía atrayente, tampoco tenía un cuerpo con músculos, en vez de eso lucía una visible pancita y fuera del bigote no parecía tener más vello corporal, a juzgar por la camisa a cuadros a medio abotonar en el pecho. Era muy diferente a la gente que se paseaba en la Alameda, había parejas de hombres que iban tomados de la mano luciendo impecable ropa de boutique en sus esbeltos y ejercitados cuerpos, con un andar cuidado para provocar miradas, algunos intelectuales paseaban con mirada escrutadora tras unos lentes de marca, alguno llevaba paseando a su perrijo que también lucía un coqueto conjunto de ropa especial para perros, y desentonando con todo ello estaba el hombre que me llamaba la atención. Al cabo de un tiempo se movió para ir a sentarse a una banca, yo lo seguí procurando no perderlo de vista y tan pronto como el lugar junto a él se desocupó me fui a sentar a su lado.

Entonces pareció reparar en mi presencia, yo también comencé a ver mi celular y le devolví una tímida mirada que él sostuvo con firmeza, le pregunté si estaba esperando a alguien y me dijo que sí pero que seguramente lo habían dejado plantado, me preguntó si yo esperaba a alguien y le dije que no, que solo había salido para distraerme un rato, le comente que no era de ahí y que solo estaba de paso. Él no parecía interesarse en mí, solo me escuchaba y miraba distraídamente para otro lado, supuse que quizá yo lo aburría y me quedé en silencio, haciendo tiempo para levantarme e irme y dejarlo tranquilo. Estaba por levantarme de la banca cuando me dijo: “invítame una cerveza”, no era pregunta, era más bien un imperativo, lo miré y entonces por primera vez lo vi sonreír, eso me desarmó y le dije que sí, que en el hotel había un restaurante donde podíamos tomar una cerveza pero él me dijo que no, que prefería otro lugar que no estaba tan lejos, que si no tenía inconveniente en caminar, le dije que no y fuimos hacia Garibaldi para bajar sobre República de Cuba y dar vuelta en la esquina.

Era un bar pequeño, una cantina, de mobiliario básico, olía a arrabal, muy distinto a los bares de la zona rosa que conocía, el lugar se veía viejo, descuidado, las paredes mal pintadas, pero estaba lleno de gente, hombres más bien maduros, vestidos de forma común, algunos con sombrero, muchos parecían haber salido de su trabajo, al entrar todos se nos quedaron viendo, un mesero se acercó y nos asignó una mesa al fondo, la música era de una rockola, el mesero nos preguntó qué íbamos a tomar, pregunté qué cervezas tenía pero mi amigo dijo “traiganos dos indio, caguamas”, me volteó a ver y le dije que estaba bien, la verdad es una cerveza que no me gusta mucho, además que no soy bueno tomando cerveza.

“Me llamo Gabino” - me dijo
“José Alberto”- le respondí
“Tienes nombre de telenovela” me dijo con una sonrisa, “todos los de las telenovelas tienen nombres así,¡ José Alberto!” dijo mientras imitaba los diálogos de la televisión, no pude menos que sonreír, le pregunté sí él reamente se llamaba Gabino, me dijo que si, “como el del corrido, que no entendía razones” le dije y soltó una carcajada. La gente alrededor nos veía de reojo, me parecía que cuchicheaban entre ellos mientras nos veían con una sonrisa de complicidad. Cuando llevaron la cerveza él dijo que no quería vaso y brindamos con la caguama, tomando de la botella. Platicamos un poco, me preguntó qué andaba haciendo en la ciudad, le expliqué de mi curso y que estaba hospedado en un hotel cercano, él escuchaba y a veces me interrumpía para decir cualquier otra cosa, como si no estuviera interesado en mi plática, le pregunté de él y me dijo que andaba buscando trabajo, que tampoco era de ahí y que hacía poco había llegado con unos familiares y que salía para buscar trabajo, hasta ahora no había encontrado, le pregunté de qué buscaba y me dijo “de lo que caiga es bueno”.

La cerveza se terminó, pedí otra ronda mientras algunos bailaban con las cumbias que ponían en la rockola, tenía que acercarme a él para escuchar lo que me decía, la cerveza se me comenzaba a subir a la cabeza, pude percibir su olor corporal, era bastante fuerte, pero por alguna razón no me desagradó, observé detalles en él, las manos descuidadas, los zapatos gastados, una camisa a cuadros con varias puestas y un cinturón que le quedaba grande, supongo que él también me veía, a pesar de ir de mezclilla mi ropa era distinta, los zapatos bien boleados, usaba loción, iba afeitado. Le pregunté si bailaba, me dijo que no pero yo insistí, quería sentir su cuerpo, nos levantamos mientras los demás nos veían, bailamos abrazados, sin ritmo, y pude sentir la firmeza de su cuerpo, quizá tendría unos 35 años, y nuevamente percibí su olor, a sudor, de haber estado caminando todo el día, al sudor de una noche de cervezas. Pedimos una cerveza más y le dije que ya era tarde, me dijo que estaba bien, que aún podía alcanzar el metro para llegar a donde se estaba quedando, entonces sin pensarlo le pregunté si le gustaría pasar la noche conmigo, “¿en tu hotel? ¿me dejarán pasar?”, le dije que sí, de hecho no se fijaban ya en quien entraba, tenía la tarjeta de acceso a la habitación conmigo y no debía haber problema. Me dijo que entonces esperáramos un poco más.

En ese momento llego un personaje pintoresco, un hombre calvo de unos 50 años, ya se veía ebrio cuando llego, pero parecía dispuesto a pasárselo bien, usaba una playera de cuello en v que simulaba una blusa pues le había puesto un nudo en la espalda, dejando ver al frente su gran barriga, además de eso llevaba una pequeña mochila a la espalda y los pantalones se los bajaba lo más que podía, pronto comenzó a bailar y a cantar cada éxito que salía de la rockola, invitaba a los demás a acompañarlo diciendo que era “una mujer buscando hombre”, pero nadie se animó a bailar con él y muchos fingían no verlo al ignorarlo cuando se les acercaba, pero al mismo tiempo reían de todo lo que hacía. Después de un buen rato se fue, y de esa forma disfrutamos del show del bar. En ese momento Gabino me volteo a ver y me dijo que era hora de irnos.

Pagué las cervezas y entonces lo tomé de la mano y salimos juntos, un coro de chiflidos nos despidió, yo no quise voltear a ver a quienes nos chiflaban y a Gabino pareció no importarle. Caminamos de regreso por la Alameda Central, al salir al aire fresco de la noche sentí que la cerveza se me subía de golpe y me tenía que ir apoyando en su hombro mientras le indicaba por dónde para llegar al hotel, entramos por un pasillo comercial y al fondo tomamos el elevador, tardé en encontrar la tarjeta de la habitación, era necesaria para el elevador y llegamos. Al entrar Gabino me dijo “este cuarto es más grande que la casa donde me estoy quedando”. Se tiró de espaldas sobre la cama como un niño y abrió los brazos mientras me invitaba a recostarme con él con su sonrisa traviesa, así lo hice y nos comenzamos a desnudar, lo quise besar pero no accedió, me dijo que mejor nos fuéramos a bañar porque estaba muy sudado, ambos nos metimos a la regadera, Gabino no me dejó bañarme solo, me dijo que me podía caer, me veía muy tomado. Ya bañados nos regresamos a la cama, desnudos, y entonces me llevé su miembro a la boca, comenzó a crecer, era una verga muy morena y más grande que el promedio, estaba dotado, lo cual me encendió. Esa noche hice más de lo que hasta entonces me había atrevido a hacer con otro hombre, nunca le dije que era casado y por ello mis relaciones sexuales con otros hombres habían sido hasta entonces muy tímidas, pero al estar con Gabino todas mis inhibiciones iban cayendo una a una, me puso de todas las formas que se le ocurrieron, no me dejaba tocarme hasta que sintió eyacular, entonces me dijo que me masturbara y eyaculé después que él, ambos quedamos tirados sobre la cama.

Entonces me fui quedando dormido, las cervezas, el orgasmo y el cansancio de la noche me vencieron. No supe de mí hasta el día siguiente cuando me despertó la alarma de mi celular. Estaba solo en la habitación, no había rastro de Gabino, me metí a bañar para prepararme para ir al curso y al vestirme no encontré mi billetera, por más que la busqué donde usualmente la dejo no había nada, solo pude pensar que Gabino la había tomado, toda la euforia de la noche anterior se perdió y caí en la cuenta que me había robado, sin embargo mi celular ahí estaba, la billetera era todo lo que me faltaba. Bajé rápidamente al lobby para buscar los números de teléfono del banco para cancelar mis tarjetas, cuando de recepción me llamaron por mi nombre y me dieron una nota, era de Gabino. Me decía que yo había tirado mi billetera en el elevador al buscar la tarjeta de la habitación, yo no me había dado cuenta, pero qué la había recogido y que la había guardado en la bolsa de un saco que vio colgando. Subí rápidamente al cuarto y ahí estaba la billetera con todas mis tarjetas y el efectivo. En la nota me dejaba su número de celular y me daba las gracias por la invitación de la noche anterior, que había salido temprano para su casa a cambiarse y buscar trabajo.

Me sentí avergonzado, por pensar que me había robado y que no había sido así, pero eso acrecentó mi interés en él, deseaba verlo de nuevo, le envié un mensaje de texto que tardó en contestar, le pregunté cómo estaba y me dijo que bien. Todo el día estuve pensando en él, al llegar la tarde le hablé para preguntarle si podía verlo, me dijo que andaba por otro rumbo de la ciudad y no le era posible venir. Así, dirigí mis pasos lentamente hacia el bar al que me había llevado, pedí una mesa y una cerveza Indío que fui tomando lentamente, mientras recordaba la noche anterior y entonces, al volver la vista hacia la entrada, vi a Gabino que con una sonrisa se dirigía hacia mi mesa…


Anónimo
Adaptado por Martín Soloman