21 de enero de 2016

Te odio


Cuando te conocí, estaba muy emocionado contigo, quizá eso le ocurre a todo mundo cuando inicia una relación, tu forma de ser, tu aspecto físico me atraían mucho, pero sobre todo me gustaba mucho tu sencillez,  eras un hombre que estaba satisfecho con las cosas esenciales, no estaba interesado en lujos ni en demostrar algo que no era, tu forma de ser me parecía muy autentica, cuando no sabías algo, simplemente lo reconocías y permanecías en silencio, mientras me decías lo inteligente que te parecía yo, porque sabía del tema. Pero después algo paso, aun a veces no entiendo si tú realmente eras de otro modo y yo no me di cuenta o con el tiempo cambiaste.

Habíamos tomado bebidas alcohólicas muchas veces, antes, cuando nos veíamos en hoteles, pero no fue sino hasta que tuvimos un departamento donde fue la primera borrachera seria. Al principio las bebidas saben bien, la cerveza fría, el tequila con hielo, sal y limón, una noche bohemia escuchando música, viendo tv, la noche avanzaba. En algún momento algo comenzó a cambiar sin darme cuenta, era ya muy noche, yo tenía sueño y me sentía muy tomado, te dije que era hora de descansar pero tú querías seguir tomando, dijiste que no tenías sueño, y algo en ti iba siendo diferente. Serían las tres de la mañana cuando te pusiste de malas porque yo no te quería dejar seguir tomando, comenzaste a vestirte y me dijiste que se iba te ibas a ir a tu casa. Vivíamos por un rumbo peligroso, no había ningún transporte a esa hora, no podía dejar que te fueras en esas condiciones, traté de sujetarte pero tú me hacías a un lado de la puerta, querías salir a como diera lugar, yo no sabía qué hacer, estuvimos jaloneando así un buen rato, por momentos regresabas a la mesa a servirte otro tequila que tomabas de un golpe para regresar a la puerta para salirte del departamento. Iba amaneciendo cuando por fin te sentaste en un sofá a dormitar pero aún con la mirada puesta en la puerta. Comenzaste a roncar, como pude te llevé a la cama, intenté desvestirte pero no pude, cerré con llave la puerta del departamento para que no salieras sin darme cuenta y me quede en el sofá, cuidando que no fueras a salir. Quizá dormí unas tres horas esa noche, yo tenía cosas que hacer, no podía dormir hasta tarde y tuve que levantarme para atender mis responsabilidades, tú en cambio despertaste como a la una de la tarde, para ti nada había pasado, “no me acuerdo qué pasó” fue lo que dijiste, nunca imagine que tu comportamiento de esa noche se repetiría, muy seguido los siguientes años que vivimos juntos.

Paso el tiempo, fue durante unas vacaciones, el lugar era Cancún. A veces salíamos por la noche a algún antro, pero esa noche en particular no salimos, nos quedamos en uno de los bares del hotel. Tú tomabas más que yo y ya era muy tarde, pedíamos bebidas dobles y las subíamos al cuarto, y luego bajábamos al bar por más y volvíamos a hacerlo, para tener bebida una vez que hubieran cerrado el bar. Después nos subimos a la habitación, estábamos platicando de cualquier cosa, nos abrazábamos, nos besábamos, y todo lo demás. Tú seguías tomando, te dije que ya era muy tarde, que debíamos dormir, quizá serían las cuatro de la mañana, las bebidas en el cuarto se habían acabado, querías seguir tomando más y te vestiste para bajar al bar, te dije que ya lo debían haber cerrado pero no me hiciste caso y quisiste salir solo, ya estabas demasiado ebrio, tus pasos eran zigzagueantes, la mirada vidriosa, no podía dejarte bajar solo, me vestí lo más rápido que pude ya que no me esperaste y saliste entre quejas de que yo no te comprendía.

Te alcance en el pasillo, el elevador no llegaba y tomaste las escaleras, más de una vez tropezaste cuando te dirigías al bar, el hotel a esa hora estaba vacío y en silencio. El bar estaba cerrado, no había nadie más que el personal del lobby, acostumbrado a ver borrachos no nos dijeron nada, tú seguías deambulando de un lado a otro del hotel buscando alcohol, yo te iba cuidando y pidiéndote que volviéramos al cuarto, que ya todo estaba cerrado y que podías caerte y lastimarte o en el peor de los caso chocar contra algún vidrio. Pero no me hacías caso, entre más te insistía más me rechazabas, ibas delante de mí y a veces te detenías y me empujabas diciéndome que te dejara solo, que ya estabas harto que te estuviera siguiendo. Yo no podía dejarte solo, los minutos pasaban, subías pisos y bajabas, salías al área de albercas y volvías al bar, luego al elevador.

Al entrar tras de ti al elevador me miraste por un momento, con la mirada llena de rencor y entonces vi tus ojos rojos y fríos y me dijiste con una voz que te salía del fondo de tus sentimientos, diciéndome en voz alta: “¡Te odio!”.  ¿Por qué alguien que es mi pareja y al que solo cuidaba me odiaba? Y ese sentimiento de odio habría de repetirse en cada una de las borracheras que siguieron.  Esa vez eran cerca de las seis de la mañana cuando por fin te dirigiste al cuarto y te tiraste a lo largo de la cama, vestido. Inmediatamente comenzaste a roncar, yo no podía dormir, no podía ni siquiera moverte para acostarme un rato. Me quede ahí viéndote y repasando lo que había sucedido, tratando de entender el motivo de tu odio hacia mí siendo yo tu pareja. Ver un amanecer en Cancún es algo que siempre había querido ver, pero en esa circunstancia es algo que tenía un sabor amargo.

Pronto lo entendí, si tú no ibas a dormir, entonces, yo tampoco podía hacerlo. En ocasiones te pedía que me dejaras dormir porque al día siguiente debía manejar para ir a algún lugar por un compromiso previo, tú me decías que sí me ibas a dejar dormir, yo me subía al cuarto e intentaba dormir, mientras, abajo en la sala tú seguías tomando, luego subías al cuarto y entonces te acostabas, luego dabas de vueltas en la cama por todos lados, te ponías con los pies en las almohadas y la cabeza al revés, luego subías los pies a la pared, te levantabas, ibas a servirte más tequila, yo te pedía que me dejaras dormir pues al día siguiente debía manejar pero tú no tenías sueño, encendías la TV, la pagabas, subías al cuarto, volvías a hacer lo mismo, salías, azotabas la puerta y cuando finalmente te ganaba el sueño ya eran las siete de la mañana, yo no había dormido toda la noche y entonces debía levantarme, hacer mis cosas y tomar el coche para manejar una hora. Dos cafiaspirinas y un redbull no me eran suficientes para evitar ir dormitando en la carretera, muchas veces te dije del riesgo de quedarme dormido mientras manejaba, pero solo repetías “No tengo sueño, ¿qué quieres que haga?”.

La persona de la que me había enamorado, desapareció, pero yo aún me resistía a reconocerlo. Hubo un gran cambio en ti, en todo lo que dije al principio, dejaste de ser el hombre sencillo, dejaste de interesarte por lo que a mí me gustaba, entre otras cosas, pero lo que más me dolía, eran los sentimientos que había detrás de esa costumbre tuya de no dejarme dormir bien, cada noche que pasábamos juntos, tenía que ser de borrachera, y no parecía importarte que si no descansaba lo suficiente pondría en peligro mi integridad física al día siguiente. Para ti solo importaba la diversión, el que únicamente viviéramos para pasar el rato, repetías con frecuencia “yo estoy vivo, quiero divertirme”, lo que yo sintiera y sufriera, no parecía importante en tu agenda de actividades. Y siempre al siguiente día, te comportabas como si nada hubiese pasado, haciendo algunas cosas que eran útiles para mí, creías que ya no era necesario ni disculparte ni que yo estuviera diciéndote nada de reclamos. Aun no sé cómo pude acostumbrarme a una vida así contigo. Yo estaba confundido, porque de que otra manera podía creer que alguien como tú, con esas actitudes me estaba demostrando amor. Cuando se ama a alguien, se le trata con respeto y se busca su bienestar.

Dicen que los niños y los borrachos siempre dicen la verdad, pero para los borrachos, decir la verdad es su forma de decir lo que sin alcohol no podrían decir, y esa verdad nos hiere, nos lastima. No hay inocentes ni culpables, cada quien tiene sus razones, sus motivos para amar, o para odiar. Y esos motivos solo quienes sienten los conocen. Lo que aquí se escribe en el blog es  apenas un acercamiento a esos eventos que nos conducen hasta donde hoy estamos. No soy inocente, también yo cometí errores, muchos, tú los conoces, pero las razones por las que estamos en esta situación nos responsabilizan a ambos, y no es como tú pretendes, presentarte como inocente o víctima. Todos somos egoístas, y aun cuando vivimos en pareja y nos tenemos amor, el hecho es que cada uno busca algo en el otro que cuando ya no lo encuentra vuelve el amor en odio, un odio que puede expresarse de muchas formas, una de ellas, la más recurrente en este caso era simplemente no dejar dormir al otro, y que le haga como pueda, un odio que me lo habías dicho desde Cancún y que ahora ibas disfrazando en la frase “No tengo sueño, ¿qué quieres que haga?”.

Epílogo:
-          ¿Qué buscas?
-          Un vaso…
-          Aquí hay uno -. Te digo mientras con tu mirada buscas algo
-          ¿Y el whisky?
-          Ya no hay, se acabó

Entonces arrojas el vaso contra la ventana y te das media vuelta diciendo entre dientes “para eso me gustabas” y te diriges a la escalera que da a los cuartos, al tercer escalón te detienes y me gritas por mi nombre, volteo a verte y me apuntas simulando con tu mano una pistola, tus ojos están rojos de rencor y haces el sonido de un disparo: “¡bang!”.

Por: Martín Soloman

5 de enero de 2016

La Navidad diferente

Muchas veces me han preguntado por qué no publico fotos completas de mi cara, la verdad es que aparte de que no me considero físicamente agraciado no suelo usar las redes sociales para ligar, prefiero que las cosas sean a la antigua, que nos conozcamos en persona y, si hay química, ya pasemos a otra cosa. Alguien me dijo alguna vez que quien ocultaba su rostro es porque tenía algo que ocultar, y por lo menos en mi caso así es, oculto mi rostro por una muy buena razón, aunque haya quienes crean que no hay motivos para hacerlo, yo si tengo uno, les contare...

Desde hace tiempo no celebro ni la navidad ni el año nuevo, una razón es porque en mi familia somos muy coherentes y no nos soportamos ni en esas fechas, nos odiamos los 365 días del año. Y las razones que tanto cacarea la gente de paz y amor en esas fechas me parecen tan falsas y ridículas que no soporto esas fiestas. Por eso durante la época navideña me consigo un amigo con ideas similares, o una piel solitaria de esas que abundan por estas fechas en busca de alguien igual y que no tenga otra preocupación más que pasar una noche cálida entre el frío del invierno y de la soledad. O me voy a la playa, a disfrutar del sol, de la arena, del descanso. Pero este año fue diferente. Ocurrió algo que lo cambio todo. Mi mundo hedonista fue trastocado.

El año pasado era víspera de Navidad y decidí regresar a la playa, a un lugar donde hace muchos años había tenido mi primer trabajo, lejos de mi familia, de mis conocidos, de todo. Conocí este lugar cuando me enviaron a trabajar ahí siendo muy joven, en aquel tiempo aún creía ser un hombre heterosexual y conocí a una chica que hice mi novia, Mayte. Realmente no la quería, pero me alivió mi soledad en los pocos meses que estuve trabajando por ese rumbo, también hice algunas amistades, quienes bromeaban que me casaría con ella y no saldría de ahí, yo solo sonreía sin decir nada. Supongo que sí me hubiera casado, pero un día un conocido me dijo que había una oportunidad de otro trabajo en el DF y dicha ciudad quedaba más cerca de mi casa, no lo pensé y renuncié al trabajo. No dije a nadie de ahí que me iba, todo lo hice en sigilo, no quería que nadie se enterara y menos Mayte, nunca me han gustado los dramas, así que solo dije que me iba de vacaciones pero ya nunca regresé.

En el DF fue donde descubrí mi verdadera sexualidad, descubrí un mundo nuevo, me descubrí a mí mismo y supe que lo mío no eran las mujeres, sino los hombres. Me dediqué a hacer mi vida lo mejor que pude, en algún momento y ante la presión de que me casara tuve que decirles a mis padres lo que realmente era, ellos me rechazaron pero no me importó, yo ya era una persona independiente. Esa vez fue la primera Navidad que sentí su rechazo y desde entonces evito visitarlos en esas fechas. Nunca me aceptaron, cuando los visito solo me toleran, a condición que no me quede mucho tiempo con ellos.

Tiempo después regresaba ocasionalmente a la playa donde había comenzado a trabajar años atrás, el lugar ha cambiado mucho, ha crecido y se ha convertido en un destino turístico en ascenso, muchas cosas han cambiado. Siempre que iba me hospedaba en un hotel cómodo y discreto y descubrí que había lugares donde se podía ligar a otros hombres, generalmente eran jóvenes del lugar que buscaban turistas para que les invitaran los tragos y una cena, o para que les pagaran por su compañía, un trato justo dado que quienes vamos a esos lugares somos personas ya mayores, creo que incluso algunos podrían pasar por abuelos de ellos buscando el vigor de la juventud perdida hace muchos años. Fue la víspera de Navidad del año pasado cuando lo conocí, un hombre joven, quizá de unos veinte años, muy atractivo, de esos de que son esculpidos por la vida, por el trabajo duro, como los que me gustan, de hermoso cuerpo y buenas nalgas, pero lo más interesante era su rostro, tenía unos hermosos ojos, y otros rasgos que se me hacían conocidos, quizá era porque yo me había visto así a su edad, me gustó mucho, cosa rara en mí que normalmente estaba alejado de los más jóvenes. Se me acercó y me saludó sonriendo, me dijo llamarse Hugo, me inspiró confianza y sin que me lo pidiera le invité una cerveza, él aceptó, hicimos plática y después de un rato me preguntó si podía acompañarme a mi hotel. Dudé un momento pero acepté, solo sabía que me gustaba mucho y era una oportunidad de no estar solo en esas fechas, como era mi costumbre.

Apenas cerré la puerta de la habitación él me besó, con esa fuerza de sus labios jóvenes, frescos, mis manos lo tomaron de su cintura y bajaron a sus nalgas duras, él me tomó de la camisa como si me fuera a desabrochar pero de un movimiento rápido me la abrió de golpe, los botones rotos cayeron al piso mientras lo besaba, sentía su aliento cálido a cerveza, sus manos recorrieron mi cuerpo mientras apretaba su cuerpo con el mío, sentía como nuestras vergas se rozaban entre los pantalones que rápidamente cayeron al suelo. Esa noche hicimos de todo, no hubo activo, pasivo, solo hubo dos hombres que se amaron con intensidad, fue una noche placentera, inolvidable. Al amanecer, cuando desperté, él ya no estaba, me levanté preocupado por mi billetera, pensé que me la había robado, pero no, ahí estaba completa junto con mi reloj y mi celular, y una nota que decía que me volvería a ver pronto.

Era de tarde cuando tocaron a mi habitación, pensé que era Hugo, pero al abrir descubrí con sorpresa que era una mujer madura, pensé que se había equivocado de cuarto al tocar pero entonces me habló por mi nombre y me dijo “¿no me recuerdas?”. Entonces revolví en mis recuerdos, esos ojos, esa mirada, y supe que era Mayte, la chica que había sido mi novia en ese mismo lugar veinte años antes. A sus casi cuarenta años seguía siendo una mujer atractiva, me dijo que hacía poco me había visto en la calle, no estaba segura que era yo hasta que preguntó en la recepción del hotel y por ello decidió buscarme. Yo no entendía por qué me había buscado y entonces me dijo que quería presentarme a alguien, yo un poco exasperado le dije que estaba por salir, entonces vi cómo le hizo señas a otra persona que estaba afuera. Quien entró para mi sorpresa era Hugo, yo seguía sin entender y ella solo me dijo: “él es tu hijo”.

Me quedé frío, Hugo me esquivaba la mirada y Mayte siguió diciendo que cuando yo me fui de allí ella había quedado embarazada y que me había buscado por todos lados sin resultado, nadie en mi trabajo le dijo a dónde me había ido. Su rostro era inexpresivo, su mirada era fría, me dijo que ella había criado sola a nuestro hijo, que afortunadamente había podido salir adelante y que no quería nada de mí, solo que lo conociera y que supiera de los años que había perdido. Hugo seguía detrás de ella sin decir nada, Mayte decía las palabras con rudeza, en sus ojos pude ver que me odiaba, “y ahora que lo sabes, no volverás a vernos” fue lo último que me dijo mientras salía con Hugo de la habitación.

Ahí estaba yo, en medio de la habitación, de pronto todo mi mundo se había venido abajo, yo tenía un hijo del cual nunca supe, pero eso no era lo más impactante, sino que ¡yo había tenido sexo con él la noche anterior! ¡Era lo peor que podía haberme pasado! Un sentimiento de asco se apoderó de mí y salí de ahí hacia una tienda donde compré alcohol. Estaba anocheciendo, me fui a la playa y ahí comencé a tomar, quería olvidar, quería no ser yo, quería desaparecer, sería tan fácil, era de noche, la marea comenzaría a subir, nadie me buscaría… el licor de la botella iba bajando, quería buscar algo en mí que me diera valor, quise levantarme y caí a la arena húmeda, quise seguir tomando más, mi cabeza me daba vueltas, ya no podía levantarme, vomité. Alguien me tomó de un brazo para incorporarme, en la oscuridad alcancé a distinguir que era quien menos deseaba ver en ese momento, era Hugo. Le di un manotazo para alejarlo, pero él me sostuvo la cara y me dijo mientras me miraba fijamente: “No soy tu hijo”.

De lo que pasó después no estoy seguro, pero al día siguiente desperté en el cuarto donde él vivía. La cabeza me punzaba, apestaba yo a alcohol. Cuando Hugo oyó que había despertado entró a verme, me confirmo que yo no era su hijo, me contó que Mayte le había pagado para protagonizar todo, desde el primer encuentro que tuvimos y que no lo había conocido por casualidad. Yo tenía más preguntas que no podía formular, pero Hugo parecía adivinarlas y me siguió contando que Mayte me había odiado por haberla dejado veinte años atrás, toda su familia tenía planes de boda conmigo y ella quedó en vergüenza frente a toda su familia cuando me fui, si me había buscado sin resultado hasta que me ubicó años después en las redes sociales, con las fotos que yo había puesto en mis perfiles supo que se trataba de mí y ahí se enteró de lo que en realidad era yo, un homosexual, y entonces había planeado la forma de vengarse de mí, había esperado que yo regresara y había contratado a Hugo para poder vengarse de mí de una forma muy cruel. Sin embargo, algo en mí le había conmovido a Hugo y se había sentido con la necesidad de contarme la realidad.


Regresé al hotel solo por mis objetos personales, pagué unos días más la habitación y esa misma tarde salí de regreso al DF. Dejé que Mayte pensara que había cumplido su venganza, después de todo creo que si se lo debía… 

Por: Martín Soloman